Haiku

Mayo 10th, 2010

Aquel tallito

que sostuve en mis manos

hoy me da sombra

 

Rayos y Truenos, reseñando a otro poeta.

 

Me queda rebotando en la cabeza, mientras miro a mi hija, la grande, que me cuenta, gesticula, se entusiasma, ríe...

Ayer era un bebe.

En paz...

Mayo 6th, 2010

Es de Amado Nervo, y lo leímos en algún taller.

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas noches de mis penas;
mas no me prometiste tú sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Vecino ¿me prestaría una cita?

Enero 24th, 2010

Esto lo puso Kanbei, en su blog,  justo aquí al lado. Y es lo que he estado dando vueltas en estos días.

 

Cuenta tu historia en libertad.

Los años que han quedado tras de ti, con todas sus luchas y sus dolores, seran recordados, en su momento, solo como el camino que te guió hacia tu nueva vida. Pero, mientras la nueva vida no sea completamente tuya, tus recuerdos seguirán causándote dolor. Cuando revives eventos dolorosos del pasado, te puedes sentir victimizado por ellos. Pero hay un modo de contar tu historia que no produce dolor. Entonces, tambien, la necesidad de contar tu historia se tornará menos oprimente. Descubrirás que ya no estas alli: el pasado se ha ido, el dolor te ha dejado, ya no tienes que volver y revivirlo, ya no dependes de tu pasado para identificarte.

Hay dos modos de contar tu historia. Uno es contarla compulsiva y urgentemente, para seguir retornando a ella porque consideras tu presente sufrimiento como el resultado de tus experiencias pasadas. Pero hay otro modo. Puedes contar tu historia desde el lugar en que ya no te domina. Puedes hablar de ella con cierta distancia y verla como el camino para tu presente libertad. La compulsión a contar tu historia se ha ido. Desde la perspectiva de la vida que vives ahora y la distancia que ahora tienes, tu pasado no te amenaza. Ha perdido su peso y puede ser recordado como la manera en que Dios te torna mas compasivo y comprensivo hacia los demás.

 

Henry Nouwen
La voz interior del amor.
Ed. Lumen

 

 

 

A veces (últimamente, con mucha frecuencia) me quedo empantanada en aquellos recuerdos. Es una lucha desigual, trapera.

Parece que la he estado peleando mal. No hay manera de ganarle al pasado, y la Esperanza gana, ella sola, las peleas del presente

 

 

Antífona

Noviembre 26th, 2009

Al paraíso te conduzcan los ángeles,
a tu llegada te reciban los mártires
y te conduzcan a la ciudad santa de Jerusalén.
El coro de los ángeles te reciba
y con Lázaro, el que fue pobre,
tengas el descanso eterno.

 

Se la robé a Ens

Que camina tras otro féretro.

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Noviembre 25th, 2009

La primera vez que volví a Buenos Aires fue una bomba atómica emocional.

Entre los reencuentros, las novedades, las historias de unos y otros, resultaba difícil mantener la cabeza fuera del agua y respirar.

La abuela entendía. Me esperaba en su apartamento. Y allí se sentaba a oír. Solo estaba y oía. De alguna manera sabía que lo que estaba viviendo era mucho.

Así, tomábamos mate de a poquito. Charlábamos de a poquito. Nos acompañábamos de a poquito.

En la tranquilidad de su cama, podía recuperar algunas horas de sueño. Aunque debo confesar que dormí poco. Miraba las fotos, los muebles, la ventana, la colcha. Los libros. Todo era novedad, todo era importante. Mirar alrededor en duermevela, atenuaba un dolor viejo.

En esa misma cama había dormido yo de niña, y le conté de lo que recordaba, de la inmensa escalera, del eco, del vaso de agua con dientes, de la guitarra en una silla. Mamá lanzaba monedas a su ventana, para avisar que habíamos llegado. Mi tarea, de niña chiquita, era volver a encontrarlas en la vereda.

Le conté un poco de lo que había pasado mientras estábamos separadas. Pero eso no era importante. Era importante lo que habíamos vivido juntas.

Ella me contaba del abuelo. Y de papá. Pero mucho del abuelo. Y de lo que había vivido esos años de ausencias. Pequeños fragmentos de historia. Todo de a trozos. Todo de a poco.

 

Compró golosinas. Cada vez que nos sentábamos, sacaba un nuevo tipo de galletas, dulces, facturas. Y las guardó en paquetitos en la nevera. Pasábamos la tarde entre el mate suavecito y la charla dulce.

Al final, nos acabamos la provisión. Rebuscando en la despensa, encontré unas galletas redondas, con un agujero en el centro, cubiertas de un fondant de colores chillones. Las había visto en todas las tiendas. Vienen en unas enormes latas cuadradas, de donde las van sacando para la venta.

Nos sentamos como siempre. Mesita, mate y galletitas.

El ataque fue a traición. Probar esas galletas y volver a tener tres años, fue una sola cosa. En una fracción de segundo supe que me gustaban mucho esas galletas. Que me habían gustado siempre y que las extrañaba con locura, desde hacía años.

Mire a mi abuela, y se me hicieron presentes cuantas cosas como esa había extrañando con locura, todos estos años, sin darme cuenta. Su olor, su contacto. Lo suave de sus manos. El solo mirarla.

La sensación de pérdida fue abrumadora. Necesité mucha fuerza de voluntad para no llorar como un bebé abrazada a ese regazo.

 

Mi abuela murió esta mañana. Lejos otra vez.

Pido sus oraciones.