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Sobre la ascensión de Jesús a los cielos

¿Qué puede querer decir que Jesús «ascendió a los cielos»? ¿acaso que «salió volando» como los superhéroes infantiles, o los dioses de las mitologías de los pueblos?

Abel Della Costa

16-may-2010

 

Ascensión y resurrección

En muchas diócesis del mundo la celebración del domingo VII de Pascua, el anterior a Pentecostés, cedió su puesto ya de manera permanente a la celebración de la Ascensión del Señor, que al igual que pasa con otras solemnidades (Epifanía, Corpus), al perderse la vinculación entre el calendario civil y el religioso, la Iglesia prefiere moverlas al domingo más lógico, en este caso el anterior a Pentecostés, por la importancia del acontecimiento.

Esto ya nos da una pista de que la Ascensión no es un adorno teológico del calendario litúrgico, ni una pieza menor. Es más, en el Credo formulamos «al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, y está sentado a la derecha de Dios...». Sin embargo, cuando queremos pensar la escena, el momento del ascenso como tal, no podemos menos de admitir que la tal formulación -Jesús ascendió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre- obedece a una representación completamente metafórica, incluso en cierta medida infantil, del universo: arriba, abajo, más abajo, descendió, murió y descendió más (a los infiernos), resucitó y ascendió, está sentado...

Y todavía debe agregarse un aspecto aun más importante a esta representación metafórico-espacial: la palabra misma "resucitar", que los primeros cristianos escogieron para confesar la fe en el triunfo de Jesús sobre la muerte -en griego el verbo «egeiro»-, significa también un movimiento en el espacio: se levantó. Perfectamente se podría haber confesado la fe diciendo que Jesús «revivió». Es más, pàra nosotros, que carecemos de una conexión íntima y vital con la «gramática» de la confesión de la fe, «resucitar» y «revivir» nos parece que dicen lo mismo. Sin embargo «revivir» mira la cuestión en abstracto, enuncia una idea, mientras que resucitar, resurgir, levantarse de entre los muertos, enuncia un movimiento.

Si volvemos a pensar, teniendo en cuenta esto, los «movimientos» de los que habla la confesión de fe, vemos que aparecen bajo una nueva perspectiva:

-descendió

-descendió más (a la región inferior, País de los muertos, Sheol)

-ascendió (égerthen, se levantó, resucitó)

-ascendió más (a la diestra del Padre)

Este «más», esta sobreabundacia de movimiento, le da su tono específico a la confesión de la fe: Jesús murió, sí, pero murió más que cualquier otro hombre, y no se trata sólo de un más cuantitativo, al estilo de ciertas películas sobre la Pasión: mucha sangre, mucha herida, muchos golpes, mucha muerte; es un «más» de otra clase, un más cualitativo: murió más que todos, porque se abajó hasta lo más hondo de todo: descendió a los infiernos, dice el Credo, llegó hasta «los espíritus encarcelados» como lo dirá 1Pedro 3,19.
Y correspondientemente, Jesús volvió a vivir, sí, pero no se trata de un volver a vivir como el hijo de la sunamita resucitado por Eliseo (2Re 4), ni siquiera como resucita Lázaro por obra de Jesús, sino que es «más» resurrección, es un surgir de la muerte que asciende y llega al Padre. Resurrección y Ascensión son momentos del mismo movimiento por el que Jesús abandona el territorio de la muerte y llega a la posesión de la plenitud de la vida.

 

Ascensión y ausencia

Tendemos a pensar la ascensión de Jesús negativamente, como una ida, una falta: si ascendió, no está. Incluso algunas palabras del Evangelio, cuyo uso en la predicación debe ser cuidadosamente contextualizado, pueden sugerirnos la idea de que Jesús no está («Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán», o «Como el novio tardara»); quizás inconscientemente ponemos en relación esta ida del Novio con la Ascensión: no está porque se fue. Pero la ascensión no habla de la ida de Jesús, sino del «sobreelevamiento», del exceso de resurrección que hay en él: su resurrección es toda la resurrección posible.

San Juan teologiza esto con esas palabras tan enigmáticas: «si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito» (16,7). ¿Qué relación puede tener el irse como condición para la venida del Paráclito? ¿Acaso el Paráclito no es el mismo Dios, y no queda en la muerte y resurrección de Jesús reconciliado Dios con el hombre, de modo que se hace posible el Paráclito? ¿Por qué además irse era condición a la venida del Paráclito?
Al hacerle estas preguntas al teólogo Juan, hemos encontrado, sin darnos cuenta, la respuesta: sólo en la muerte y resurrección de Jesús se completa la reconciliación de Dios con el hombre, por eso es necesario toda la resurrección, no sólo el levantarse de entre los muertos, sino el levantarse por completo, el el ascender hasta todo lo posible, hasta la diestra de Dios.

Mientras Jesús estaba «solamente» resucitado, sólo algunos tenían acceso a él, pero ahora que ha resucitado por completo, es decir, que ha realizado hasta el final el movimiento de elevación, todos tenemos acceso a él. Había una única manera en que el Resucitado podía estar con todos: ascendiendiendo hasta lo más alto, completando el movimiento de elevación iniciado con la resurrección. En la ascensión de Jesús los ámbitos de cielos y tierra han quedado fundidos en un continuo, que es posible transitar; queda soldada la brecha y por ella desciende el Espírtu y asciende el hombre. Las oraciones pueden ser por fin escuchadas por Dios sin necesidad de griterío: «¡Gritad más alto, porque es un dios...» (1Re 18,27) burlaba Elías a los dioses paganos; pero enunciaba una verdad que no sólo valía para los paganos: un Dios que no reconcilia consigo al hombre, que no repara la brecha entre cielos y tierra, es un Dios que sólo puede ser accedido en la lejanía, al que hay que gritarle, y aun en la incerteza de ser oídos: «Alzo mi voz a Dios gritando, / alzo mi voz a Dios para que me oiga» (Sal 76, ver. liturg.). Pero se han abierto las exclusas del cielo y al fin Dios puede «derramar su bendición sobre nosotros hasta que ya no le quede» (cfr. Mal 3,10)

«Estoy con vosotros»

La ascensión es la garantía de la presencia de Jesús, si de verdad está es porque ascendió, si no, sólo estaría para unos pocos, quizás para ninguno. De hecho, mientras no había ascendido, los «relatos de apariciones» nos muestran que él debía tomar la iniciativa de ser visto. En cambio por la ascensión, ya no es necesaria una acción específica de Jesús para ser visto; o como provocadoramente lo dice Hebreos 10,19: «tenemos entrada libre al Santuario, en virtud de la sangre de Jesús», y aun agrega: «por este camino nuevo y viviente, inaugurado por él para nosotros, a través del velo, es decir, de su propia carne.» ¡De ninguna manera la ascensión es una «ida»! sino el avance de nuestro propio ascenso a Dios, la culminación de la apertura del camino «nuevo y viviente». Si la ascención fuera una ida, ¿qué estaría más justificado que quedarse, como los Apóstoles, «mirando al cielo»? ¡Y sin embargo, no hay nada que mirar! porque el que asciende, desciende como Espíritu, el que asciende, lo hace para que sea posible descender sin necesidad ya del completo anonadamiento de la muerte.

«Ascender al cielo» es la condición de posibilidad de «permanecer con los suyos». En clave del anuncio de Jesús, sólo puede permanecer ascendiendo, sólo puede ascender si permanece. Por ello, mientras san Lucas puede tomar la ascensión como centro de su obra en dos partes: el ascenso de Jesús al Padre (Evangelio), el descenso del Espíritu al mundo (Hechos); san Mateo podrá proclamar su evangelio sin necesidad de mencionar la ascensión:

«Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» (Mt 28,18-20)

 

 

me pareció malo no me aportó nada bueno muy bueno ¡excelente!

 

 

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