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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003
Domingo 12 de marzo: Año litúrgico 2016 ~ 2017
Tiempo de Cuaresma ~ Ciclo A ~ Año Impar
Hoy celebramos:
II Domingo de Cuaresma, solemnidad
Domingo de la transfiguración: Dios llama a Abraham a salir de su tierra y le señala la nueva tierra, fuente de bendición y de gracia (1 lect.). Jesús, transformado, revela a sus apóstoles la tierra promtida. Para acceder a ella es necesario recorrer el camino que pasa por la cruz y la resurrección. La transfiguración de Jesús en el Tabor es prefiguración de su glorificación (Ev.). El cristiano, llamado a una vida santa, debe asumir los duros trabajos del Evangelio (2 lect.).
Gn 12,1-4a: Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios.
Sal 32,4-5.18-19.20.22: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
2Tm 1,8b-10: Dios nos llama y nos ilumina.
Mt 17,1-9: Su rostro resplandecía como el sol.
Comentario: ¡Qué bien se está aquí!
Gn 12,1-4a: Vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios.
En aquellos días, el Señor dijo a Abrán: -«Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre, y será una bendición.
Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.»
Abrán marchó, como le había dicho el Señor.
Sal 32,4-5.18-19.20.22: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor
están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
2Tm 1,8b-10: Dios nos llama y nos ilumina.
Querido hermano: Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha manifestado al aparecer nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio.
Mt 17,1-9: Su rostro resplandecía como el sol.
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: -«Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: -«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: -«Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: -«No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

¡Qué bien se está aquí!

Domingo II de Cuaresma Ciclo A: Mateo 17,1-9

por Lic. Abel Della Costa
16 de feb de 2008

Aunque escrito inicialmente como comentario a la transfiguración de Jesús según el evangelio de san Mateo, considero que, por la índole del texto, es útil también para penetrar en el mismo aspecto del evangelio de san Lucas.

El relato de la transfiguración se lee, como es natural, en la fiesta de la Transfiguración (6 de agosto), pero también en otra señalada ocasión del año litúrgico: en Cuaresma. ¿Por qué este relato se lee en la Cuaresma? ¿por qué de cara a la pasión?

Sabemos que entre las lecturas de la misa, la primera y el evangelio están íntimamente relacionadas. Esas relaciones no suelen ser obvias; ahora bien: precisamente el pensar esas relaciones es una manera de situarse comprensivamente frente al Evangelio, para llegar a su "inteligencia celebrante". Dicho de otra manera: un buen modo de acercarnos al Evangelio tal como se lee en la misa es preguntarnos: ¿por qué se lee en tal fecha? ¿por qué unido a tales y tales lecturas? ¿qué versículos se leen, cuáles se omiten del mismo fragmento?

En el caso de la transfiguración hay una constante, algo que aparece en los tres ciclos dominicales: la primera lectura es alguno de los relatos de la Alianza de Dios con Abraham. Veamos:

II Domingo de Cuaresma del Ciclo A:

Primera lectura: Gn 12,1-4a, la vocación de Abraham

Evangelio: Mt 17,1-9, la trasfiguración

En el Ciclo B:

Primera lectura: Gn 22,1-2.9-13.15-18. El sacrificio de Abraham

Evangelio: Mc 9,2-10, la trasfiguración

En el Ciclo C:

Primera lectura: Gn 15,5-12.17-18, Dios hace alianza con Abraham

Evangelio: Lc 9,28b-36, la trasfiguración

 

En cada ciclo se toma el relato del evangelio sinóptico que corresponde a ese año, Mt, Mc o Lc, y se lo combina con un relato de vocación de Abraham; porque incluso en el ciclo B, en el que se lee la escena en la que Abraham está por sacrificar a su hijo Isaac, se descarta casi todo el relato, se dejan de lado los aspectos más narrativos de esa dramática escena, para recoger sólo los versículos que hablan de la promesa a Abraham. Está claro que la liturgia quiere que leamos el Evangelio con los ojos puestos en la vocación de Abraham, pero ¿en qué sentido? ¿qué contienen los relatos de vocación de Abraham que puedan iluminar la escena de la transfiguración?

Lo que esperaríamos es, en realidad, algunas de las descripciones de Moisés recibiendo la ley, o intercediendo ante Dios, o la de Elías camino a la montaña a encontrarse con Dios... en fin, aquello de lo que precisamente habla la escena de la transfiguración, pero ¿Abraham?

La relación litúrgica entre lecturas no es de repetición: no se trata de que la primera lectura y el evangelio dicen lo mismo, sino que la primera lectura enfoca y dirige la comprensión del evangelio, acota el campo de significados de lo que podemos encontrar allí...y ahora sí: ante un evangelio de tanta amplitud de sentido como el de la transfiguración, la escena de Abraham nos dice «de todo lo que puedes leer allí, busca esto».

Es que verdaderamente el Evangelio de transfiguración habla de muchas cosas:

-Es una manifestación anticipada de la gloria que se esconde en la cruz.

-Es una contemplación de la gloria eterna de Jesús.

-Es una interpretación del permanente despiste de la iglesia, de nosotros los creyentes y especialmente de Pedro, respecto de lo que Dios quiere mostrarnos.

-Es una puesta a punto de las jerarquías entre los distintos enviados de Dios: incluso Moisés y Elías rinden tributo a Jesús.

-Es una contemplación de la profunda armonía que hay, aunque a veces no lo parezca, entre el espíritu de los profetas y el de la Ley, con Jesús como punto de encuentro de ambos.

¡De cuántas cosas habla el relato de la transfiguración! ¡Cuántas cosas dice, y todas importantes! ¿Qué tienen que ver todas estas cosas importantes con la vocación de Abraham?

La primera lectura nos dice: «lo que quiero que veas en el relato de la transfiguración es esto»; y ¿que es esto? «esto es lo menos obvio, lo que no verías por tu cuenta, por lo densa y apabullante que es esa escena.»

¿Qué es eso que está pensado en los tres relatos de vocación de Abraham?

-Que Dios hace una alianza unilateral con Abraham; y con "unilateral" me refiero a que tiene la completa iniciativa, que no es algo que Abraham buscase ni esperase.

-Que esa alianza implica como contenido que ese pueblo mínimo, que son Abraham y su sobrino (Gn 12), o Abraham y su hijo (Gn 22), o simplemente que es ese nómade Abraham, punto perdido en medio del desierto, se multiplicará hasta llegar a ser una gran nación, a causa de la cual, además, se bendecirán unos a otros los pueblos de la tierra.

La alianza con Abraham habla de la comunidad de Dios, de los elegidos por Dios para llevar al mundo una bendición; habla de la Iglesia, y de lo que somos, no de cara a una "sociología de la fe", sino de cara a lo que es el contenido más íntimo de la promesa y de la alianza: esa Iglesia que no es el simple arrejuntarse de muchos que creen en lo mismo, sino un pueblo específicamente creado por Dios para una bendición, para ser portavoces y portadores de una bendición.

Y si de eso habla la primera lectura de la misa de este domingo, es con esos ojos que debemos leer la escena de la transfiguración. Está  muy bien contemplar la gloria de Jesús, está muy bien recordar hoy, en plena cuaresma, que a la gloria se llega por la cruz, pero no es eso el centro de este segundo domingo: el centro de hoy es:

«...toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan...»

y también:

«...se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él...»

La lectura de la vocación eclesial de Abraham nos tiene que llevar a leer el evangelio de transfiguración con una mirada a la Iglesia: Jesús que muestra su gloria en medio de las columnas del Antiguo Testamento y las columnas de Jerusalén; una escena que prácticamente se puede poner en paralelo con la de los 24 ancianos del Apocalipsis, otra forma de decir: la Gloria de Jesús hace su Iglesia y la manifiesta tanto en la antigua alianza como en la nueva.

Si el evangelio de la primera semana de Cuaresma habla de un Jesús solo, que crea él solo la nueva posibilidad de acceso al Padre, en el riesgo y el silencio del desierto, este evangelio de la segunda semana viene a hacer el equilibrio: no Jesús solo sino con todos, rodeado y apoyado por sus columnas: en el primer domingo el Padre está callado, en el segundo el Padre habla, es más: habla con su voz divina ¡y los hombres somos capaces de oírlo y entenderlo!

Para poder vivir realmente a Jesús en la soledad de la cruz que se avecina, no podemos despojar a Jesús de ser el centro absoluto de una alianza, que no tiene otro contenido sino el de crear un nuevo Cuerpo de Dios, una Iglesia, bendecida por Dios, y fuente ella misma, y cada uno de nosotros en ella, de bendición para todos los hombres.

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