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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003
Domingo 25 de marzo: Año litúrgico 2017 ~ 2018
Tiempo de Semana Santa ~ Ciclo B ~ Año Par
Hoy celebramos:
Domingo de Ramos, solemnidad
procesión de los ramos
Mc 11,1-10: Bendito el que viene en nombre del Señor.
o bien
Jn 12,12-16: Bendito el que viene en nombre del Señor.
en el templo
Is 50,4-7: No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado.
Sal 21,8-9.17-18a.19-20.23-24: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Flp 2,6-11: Se rebajó a sí mismo, por eso Dios lo levantó sobre todo.
Mc 14,1-15,47: Pasión de nuestro Señor Jesucristo
O bien, más breve:
Mc 15,1-39: Pasión de nuestro Señor Jesucristo
Comentario: ¿Qué tiene de propio la Pasión según San Marcos?
procesión de los ramos
Mc 11,1-10: Bendito el que viene en nombre del Señor.
Se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, y Jesús mandó a dos de sus discípulos, di­ciéndoles:
–«Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontra­réis un borrico atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestad­le: "El Señor lo necesita y lo devolverá pronto."»
Fueron y encontraron el borrico en la calle, atado a una puerta, y lo soltaron. Algunos de los presentes les preguntaron:
–«¿Por qué tenéis que desatar el borrico?»
Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo per­mitieron.
Llevaron el borrico5 le echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás gritaban:
–«Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor.
Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David.
¡Hosanna en el cielo!»
o bien
Jn 12,12-16: Bendito el que viene en nombre del Señor.
En aquel tiempo, la multitud que había acudido a la fiesta, al oír que Jesús llegaba a Jerusalén, salió a recibirlo con ramos de palma, gritando:
–«¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el que es rey de Israel!»
Pero Jesús encontró un borriquillo y se montó en él, como estaba escrito:
«No temas, ciudad de Sión, mira a tu rey que llega
montado en un borrico.»
Sus discípulos no comprendieron esto a la primera, pero, cuando Jesús fue glorificado, se acordaron de que habían hecho con él lo que estaba escrito.
en el templo
Is 50,4-7: No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado.
Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado,
para saber decir al abatido
una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los iniciados.
El Señor me abrió el oído.
Y yo no resistí ni me eché atrás:
ofrecí la espalda a los que me apaleaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.
El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.
Sal 21,8-9.17-18a.19-20.23-24: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre, si tanto lo quiere.»

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos.

Se reparten mi ropa,
echan a suertes mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel.
Flp 2,6-11: Se rebajó a sí mismo, por eso Dios lo levantó sobre todo.
Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajó hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
Mc 14,1-15,47: Pasión de nuestro Señor Jesucristo
Pretendían prender a Jesús a traición y darle muerte
C. Faltaban dos días para la Pascua y los Ázimos. Los sumos sacerdotes y los escribas pretendían prender a Jesús a traición y darle muerte. Pero decían:
S. – «No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo.»
Se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura
C. Estando Jesús en Betania, en casa de Simón, el lepro­so, sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de per­fume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y lo derramó en la cabeza de Jesús. Algunos comentaban indignados:
S. – «¿A qué viene este derroche de perfume? Se podía ha­ber vendido por más de trescientos denarios para dárselo a los pobres.»
C. Y regañaban a la mujer. Pero Jesús replicó:
+ –«Dejadla, ¿por qué la molestáis? Lo que ha hecho conmigo está bien. Porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros y podéis socorrerlos cuando queráis; pero a mí no me tenéis siempre. Ella ha hecho lo que podía: se ha adelanta­do a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. Os aseguro que, en, cualquier parte del mundo donde se proclame el Evange­lio, se recordará también lo que ha hecho ésta.»
Prometieron dinero a Judas Iscariote
C. Judas Iscariote, uno de los Doce, se presentó a los su­mos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, se alegraron y le prometieron dinero. El andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?
C. El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:
S. –«¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?»
C. El envió a dos discípulos, diciéndoles:
+ –«Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decid­le al dueño: "El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?"
Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arregla­da con divanes. Preparadnos allí la cena.»
C. Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.
Uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo
C. Al atardecer fue él con los Doce. Estando a la mesa comiendo, dijo Jesús:
+ «Os aseguro que uno de vosotros me va a entre uno que está comiendo conmigo.»
C. Ellos, consternados, empezaron a preguntarle uno tras otro:
S. –«¿Seré yo.»
C. Respondió:
+ –«Uno de los Doce, el que está mojando en la mis­ma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!, ¡más le valdría no haber nacido!»
Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre, sangre de la alianza.
C. Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:
+ –«Tomad, esto es mi cuerpo.»
C. Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron.
Y les dijo):
+ –«Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.»
Antes que el gallo cante dos veces me habrás negado tres.
C. Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos. Jesús les dijo:
+ –«Todos vais a caer, como está escrito: "Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas.
Pero, cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.»
C. Pedro replicó:
S. – «Aunque todos caigan, yo no.»
C. Jesús le contestó:
+ –«Te aseguro que tú hoy, esta noche, antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres.»
C. Pero él insistía:
S. –«Aunque tenga que morir contigo, no te negaré.»
C. Y los demás decían lo mismo.
Empezó a sentir terror y angustia
C. Fueron a un huerto, que llaman Getsemaní, y dijo a sus discípulos:
+ –«Sentaos aquí mientras voy a orar.»
C. Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir terror y angustia, y les dijo:
+ –«Me muero de tristeza; quedaos aquí velando.»
C. Y, adelantándose un poco, se postró en tierra pidien­do que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y dijo:
+ –«Abba! (Padre), tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz.
Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.»
C. Volvió y, al encontrarlos dormidos, dijo a Pedro:
+ –«Simón, ¿duermes?; ¿no has podido velar ni una hora? Velad y orad, para no caer en la tentación; el espíritu es decidido, pero la carne es débil.»
C. De nuevo se apartó y oraba repitiendo las mismas pa­labras. Volvió, y los encontró otra vez dormidos, porque te­nían los ojos cargados. Y no sabían qué contestarle. Volvió por tercera vez y les dijo:
+ –«Ya podéis dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora; mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»
Prendedlo y conducidlo bien sujeto
C. Todavía estaba hablando, cuando se presentó judas, uno de los Doce, y con él gente con espadas y palos, manda­da por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles:
S. –«Al que yo bese, ése es; prendedlo y conducidlo bien sujeto.»
C. Y en cuanto llegó, se acercó y le dijo:
S. –«¡Maestro!»
C. Y lo besó. Ellos le echaron mano y lo prendieron. Pero uno de los presentes, desenvainando la espada, de un golpe le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús tomó la palabra y les dijo:
+ –«¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario os estaba enseñando en el tem­plo, y no me detuvisteis. Pero, que se cumplan las Escrituras.»
C. Y todos lo abandonaron y huyeron.
Lo iba siguiendo un muchacho, envuelto sólo en una sá­bana, y le echaron mano; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo.
¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?
C. Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes y los ancianos y los es­cribas. Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del palacio del sumo sacerdote; y se sentó con los criados a la lumbre para calentarse.
Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte; y no lo encontraban. Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra él, los testimonios no concordaban. Y algunos, ponién­dose en pie, daban testimonio contra él, diciendo:
S. –«Nosotros le hemos oído decir: "Yo destruiré este templo, edificado por hombres, y en tres días construiré otro no edificado por hombres."»
C. Pero ni en esto concordaban los testimonios.
El sumo sacerdote se puso en pie en medio e interrogó a Jesús:
S. –«¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?»
C. Pero él callaba, sin dar respuesta. El sumo sacerdote lo interrogó de nuevo, preguntándole:
S. – «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito? ... »
C. Jesús contestó:
+ –«Sí, lo soy. Y veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo.»
C. El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras, diciendo:
S. – «¿Qué falta hacen más testigos? Habéis oído la blas­femia. ¿Qué decís?»
C. Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirle y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían:
S. –«Haz de profeta.»
C. Y los criados le daban bofetadas.
No conozco a ese hombre que decís
C. Mientras Pedro estaba abajo en el patio, llegó una
criada del sumo sacerdote y, al ver a Pedro calentándose, lo
miró y dijo:
S. – «También tú andabas con Jesús, el Nazareno.»
C. Él lo negó, diciendo:
S. –«Ni sé ni entiendo lo que quieres decir.»
C. Salió fuera al zaguán, y un gallo cantó.
La criada, al verlo, volvió a decir a los presentes:
S. – «Éste es uno de ellos.»
C. Y él volvió a negar.
Al poco rato, también los presentes dijeron a Pedro:
S. –«Seguro que eres uno de ellos, pues eres galileo.»
C. Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar:
S. –«No conozco a ese hombre que decís.»
C. Y en seguida, por segunda vez, cantó un gallo. Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús: «Antes de que cante el gallo dos veces, me habrás negado tres», y rom­pió a llorar.
¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?
C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, at4ndo a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Pilato le preguntó:
S. – «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Él respondió:
+ –«Tú lo dices.»
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.
Pilato le preguntó de nuevo:
S. –«¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presen­tan contra ti.»
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado.
Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Es­taba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que ha­bían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre.
Pilato les contestó:
S. –«¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían en­tregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.
Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S. –«¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»
C. Ellos gritaron de nuevo:
S. –«¡Crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. –«Pues ¿qué mal ha hecho?»
C. Ellos gritaron más fuerte:
S. –«¡Crucifícalo!»
C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado
C. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían tren­zado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S. – «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo.
Llevaron a Jesús al Gólgota y lo crucificaron
C. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz.
Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.
Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucifi­caron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su iz­quierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo considera­ron como un malhechor.»
A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar
C. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S. –«¡Anda!, tú que destruías el templo y lo recons­truías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:
S. – «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede sal­var. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»
C. También los que estaban crucificados con él lo insul­taban.
Jesús, dando un fuerte grito, expiró
C. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinie­blas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:
+ –«Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»
C. Que significa:
+ –«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S. –«Mira, está llamando a Elías.»
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vi­nagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:
S. – «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expi­rado, dijo:
S. –«Realmente este hombre era Hijo de Dios.»
C. Había también unas mujeres que miraban desde lejos; entre ellas, María Magdalena, María, la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, que, cuando él estaba en Galilea, lo seguían para atenderlo; y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén.
José rodó una piedra a la entrada del sepulcro
C. Al anochecer, como era el día de la Preparación, vís­pera del sábado, vino José de Arimatea, noble senador, que también aguardaba el reino de Dios; armándose de valor, se presentó ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús.
Pilato se extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión, le preguntó si hacía mucho tiempo que había muerto.
Informado por el centurión, concedió el cadáver a José. Este compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María la de José observaban dónde lo ponían.
O bien, más breve:
Mc 15,1-39: Pasión de nuestro Señor Jesucristo
¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?
C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, at4ndo a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Pilato le preguntó:
S. – «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Él respondió:
+ –«Tú lo dices.»
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.
Pilato le preguntó de nuevo:
S. –«¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presen­tan contra ti.»
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado.
Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Es­taba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que ha­bían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre.
Pilato les contestó:
S. –«¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían en­tregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás.
Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S. –«¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»
C. Ellos gritaron de nuevo:
S. –«¡Crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. –«Pues ¿qué mal ha hecho?»
C. Ellos gritaron más fuerte:
S. –«¡Crucifícalo!»
C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
Le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado
C. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían tren­zado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S. – «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo.
Llevaron a Jesús al Gólgota y lo crucificaron
C. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz.
Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.
Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucifi­caron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su iz­quierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo considera­ron como un malhechor.»
A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar
C. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S. –«¡Anda!, tú que destruías el templo y lo recons­truías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:
S. – «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede sal­var. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»
C. También los que estaban crucificados con él lo insul­taban.
Jesús, dando un fuerte grito, expiró
C. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinie­blas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:
+ –«Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»
C. Que significa:
+ –«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S. –«Mira, está llamando a Elías.»
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vi­nagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:
S. – «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expi­rado, dijo:
S. –«Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

¿Qué tiene de propio la Pasión según San Marcos?

Domingo de Ramos - Pasión según san Marcos

por Lic. Abel Della Costa
29 de mar de 2015

Insisto permanentemente (no sólo yo, desde luego, sino la casi totalidad de los estudiosos y divulgadores bíblicos) en que los evangelios no son filmaciones de los hechos de Jesús, sino catequesis: la catequesis narrativa de la Iglesia inicial, que es la norma fundamental de nuestra fe. Todos los desarrollos de la fe en la tradición de la Iglesia parten de esa catequesis narrativa.

 

¿Qué quiere decir esto de «catequesis narrativa»? quiere decir que, sobre la base de la transmisión oral de hechos y dichos de Jesús, una segunda generación de cristianos, apoyados en la autoridad de los apóstoles, organizaron un conjunto de relatos coherentes que, en forma de una historia, nos cuentan aquellos aspectos de la vida de Jesús que nos llevan a descubrirlo como el Cristo-HIjo de Dios de gloria oculta (Marcos), o como el nuevo y definitivo Moisés (Mateo), o como la cabeza de una Iglesia que se expande por el Espíritu (Lucas) o como la fuente de Vida divina para los que creen en él (Juan). Cada uno de los evangelios, sobre la base de unos hechos y unos dichos recibidos en una transmisión oral enriquecida por la experiencia de la fe, y atendiendo a las situaciones que vivían sus respectivas comunidades, ha modelado esos hechos, les ha dado una forma literaria adecuada, y no sólo adecuada, sino atractiva y en los usos de su tiempo.

Todos estos escritos son palabra de Dios, pero no son «dictado de Dios», todos llevan la impronta de un profundo trabajo humano. Sería de hecho inconcebible que un Dios que se ha encarnado no hubiera querido que su Palabra fuera profundamente humana: Dios se ha encarnado, pero mucho antes que eso, había comenzado a «entintarse» de palabra humana, y lo siguió haciendo hasta completarse, al fin del siglo I o principios del II, la escritura del Nuevo Testamento.

Esta introducción debería ser innecesaria a la vista de que cada año leemos el Domingo de Ramos una pasión sinóptica (Mateo, Marcos, Lucas) y a los cinco días, en Viernes Santo, la pasión según san Juan. Con sólo eso, ya deberíamos saber que sobre la base de unos mismos hechos y dichos fundamentales, cada narrador ha escrito relatos realmente distintos, con formas de contar, con detalles, y con una impronta propios.

San Marcos fue, posiblemente, el primero que escribió de modo continuo una «pasión del Señor». No tenemos ningún relato como estos dos capítulos que provengan de fechas más tempranas que la década del 60, cuando escribió él su evangelio. Los escritos anteriores que poseemos (las Cartas de Pablo) no hablan de la Pasión en términos de una catequesis narrativa, sino en otro tipo de escritura: san Pablo habla todo el tiempo de la cruz, de su significado, de su valor para el creyente, y de cómo la cruz es criterio de verdad del mensaje de Jesús y de la vida del creyente, pero no nos cuenta nunca una «pasión» en forma narrativa.

Tras él escribieron san Mateo (posiblemente comenzada la década del 70), san Lucas (finalizando los 70) y Juan (mucho más tarde, cerrando los 80). Todos ellos conocieron el relato de san Marcos y otras tradiciones orales que Marcos no había conocido o no había aprovechado para su catequesis.

Por ejemplo, por poner sólo uno de los infinitos detalles de unos y otros: los cuatro mencionan que Jesús estuvo flanqueado, en el Gólgota, por dos malhechores.

Marcos: «Con él crucificaron a dos salteadores, uno a su derecha y otro a su izquierda.» (15,27)

Mateo: «al mismo tiempo que a él crucifican a dos salteadores, uno a la derecha y otro a la izquierda.» (27,38)

Lucas: «le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.» (23,33)

Juan: «y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.» (19,18)

Sobre el mismo motivo tradicional -con Jesús fueron crucificados dos más- Marcos y Mateo identifican a los dos como salteadores, y aparecen allí por primera vez, Lucas los identifica como malhechores (más genérico), y los trae a su relato ya desde antes: «Llevaban además otros dos malhechores para ejecutarlos con él.» (Lc 23,32) por eso él habla de «los malhechores» y no de «unos malhechores»: ya los había presentado en el versículo anterior.

Y Juan mantiene la imagen de Jesús flaqueado por otros dos crucificados, e incluso acentúa el hecho de que Jesús está en el medio, pero no se interesa por esos dos personajes, al punto que ni siquiera sabemos si eran o no delincuentes, sólo pone en foco la figura de Jesús.

 

Un poco más adelante, esos otros crucificados actuarán:

Marcos: «También le injuriaban los que con él estaban crucificados.» (15,32)

Mateo: «De la misma manera le injuriaban también los salteadores crucificados con él.» (27,44)

Lucas: escena del «buen» ladrón, Lc 23,39-43, una escena propia de Lucas, en la que uno lo insulta, mientras que el otro (el bueno) lo reconoce como inocente.

Juan: no dice nada más acerca de ellos.

Marcos/Mateo, por un lado, atienden a la tradición de los dos malhechores, pero consignan que los dos insultaban a Jesús, mientras que, por su parte, Lucas conoció otra tradición en la que uno de los dos se convertía, o quizás elaboró catequéticamente esta figura en forma de símbolo para mostrar que no hay límites a la misericordia divina.

Vemos en apenas unos pocos versículos cómo, a partir de unas mismas tradiciones básicas, los autores de los evangelios elaboraron una auténtica enseñanza en forma de narración. Como esto, se pueden comparar versículo a versículo los cuatro. Si lo hacemos, veremos que Mateo es el que más depende de san Marcos en su relato de la pasión: san Lucas elaboró mucho más, e incluyó tradiciones distintas (que no conoció o no consignó Marcos), algunas de las cuales también utilizó san Juan, aunque su relato es, a su vez, mucho más desarrollado.

 

En la antigüedad se creyó (y así se transmitió casi hasta el siglo XX), que san Mateo había escrito antes que san Marcos, por lo que se perdía en parte la profunda originalidad de la narración de este último: san Mateo tiene una mayor elegancia en el uso del idioma griego, y una gran maestría para ir desarrollando su texto en diálogo con escenas del Antiguo Testamento; esto implica que si san Marcos se inspiró en él, representaría más bien un empobrecimiento, un «achicamiento», ¿qué podría tener de valioso alguien que escribe más «crudamente», y con menos sutileza al relacionar los hechos de Jesús con el Antiguo Testamento?

Sin embargo ya hoy casi nadie queda que defienda la prioridad de san Mateo, y más bien el consenso de los estudiosos es el contrario: Marcos elaboró una «pasión» con un carácter propio; Mateo, sin renunciar a ese carácter, desplazó un poco el acento, para dejar de manifiesto cómo en Jesús se cumplían las expectativas del Antiguo Testamento.

 

¿Cuál es ese carácter propio de la pasión de san Marcos? A san Marcos le interesa destacar la absoluta y total soledad de Jesús: abandonado de los suyos, abandonado de los dirigentes judíos, abandonado de los que pasaban por allí, abandonado incluso de los que iban a sufrir su misma suerte, los salteadores. En san Marcos hay una escena que es uno de los pocos textos que no fueron recogidos luego ni por san Mateo ni por san Lucas, ni por san Juan: la escena del muchacho que lo sigue hasta Getsemaní envuelto en una sábana, y que cuando lo quieren prender huye desnudo (Marcos 14,51-52 ). Se ha escrito mucho sobre esa escena, sobre si está aludiendo al propio san Marcos... ¡menuda imaginación de los intérpretes! no hay nada en ella que indique que se está refiriendo a sí mismo, pero muestra por medio de un ejemplo muy destacado que incluso alguien que deseaba acercarse a Jesús, también lo abandona en la hora baja de la cruz.

¡Y hasta Dios lo abandona! Es verdad que el versículo «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado» lo consignan tanto Marcos como Mateo, pero en Marcos, si se me permite la expresión, suena más fuerte, ya que viene preparada por una escena de Getsemaní en donde la soledad de Jesús destaca por sobre cualquier otro rasgo.

En san Marcos Jesús se entrega a la voluntad del Padre, no en la comprensión divina que nos cuenta Juan, tampoco en la compañía de la Iglesia que nos comenta Lucas, ni siquiera con el «colchón» de la comprensión bíblica que nos comenta Mateo: en san Marcos Jesús va hacia la voluntad de Dios completamente desnudo, como el muchacho que huye en Getsemaní. Jesús se apoya sólo en la promesa de Dios de no abandonarlo, pero no tiene asidero que avale eso: todos lo dejan, y el Padre calla.

En un ritmo ternario muy bien pautado, san Marcos nos cuenta cómo en tres grupos -los que pasaban, los dirigentes y los malhechores- lo dejan; las horas pasan también de a tres (tercia, sexta, nona) hasta una completa e inquietante oscuridad, y tres mujeres contemplan desde lejos (junto a otras, pero sólo tres se nombran).

Sólo un centurión, un pagano, alguien fuera de cuadro en esta historia divina, sin embargo, lo reconoce. Y desde allí, desde esa completa nada, desde ese universo religioso fallido, explota, en la mañana de Pascua el anuncio inesperado de la resurrección.

No leamos a Marcos como un mero repetidor de Mateo, sino como alguien que ha captado esta nota fundamental de la soledad absoluta de Jesús, que ninguno de los otros rescató con semejante crudeza y visibilidad.


 

Para profundizar puede leerse:

-Brown, Raymond: «Cristo en los evangelios del año litúrgico», caps. 16 y 17. Ed. Sal Terrae, 2010

 

-Leonard, Philippe: «Evangelio de Jesucristo segun San Marcos», Cuadernos Bíblicos Verbo Divino, nº 133, 2006

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