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El Testigo Fiel
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Roma
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“Ninguno de nosotros debe sentirse «superior» a nadie”, ni “mirar los demás desde arriba”

28 de jun de 2018
El Papa en el Consistorio para los nuevos cardenales habló sobre «intrigas de palacio» en las curias eclesiásticas. Y explicó que el mayor honor es «servir a Cristo en el hambriento, en el olvidado, en el encarcelado, en el enfermo, en el tóxico-dependiente».

«Ninguno de nosotros debe sentirse “superior” a nadie. Ningunos de nosotros debe mirar a los demás por sobre el hombro, desde arriba […] La mayor promoción que se nos puede otorgar: servir a Cristo en el pueblo fiel de Dios, en el hambriento, en el olvidado, en el encarcelado, en el enfermo, en el tóxico-dependiente», y no dejarse corroer por «intrigas asfixiantes que secan y vuelven estéril el corazón y la misión». Son claras y nada fáciles las palabras que el Papa Francisco pronunció en la breve homilía durante el Consistorio público para la creación de 14 nuevos cardenales. El Pontífice concluyó con una cita sobre la pobreza del testamento espiritual de san Juan XXIII.

Los nuevos purpurados, uno por uno, desfilan frente al Papa para recibir de sus mano el birrete rojo (el color púrpura que indica el juramento de servir al Obispo de Roma y a la Iglesia “usque ad sanguinis effusionem”, hasta el derramamiento de la propia sangre), el anillo cardenalicio y el pergamino con el “título” que asigna a cada uno una iglesia parroquial de la diócesis de Roma, con lo que entran a título pleno en el clero romano, aunque ejerzan su ministerio en lugares alejadísimos.

Los nuevos purpurados son: Luis Raphael I Sako, patriarca de Babilonia de los Caldeos, en Irak; Luis Ladaria Ferrer, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe; Angelo De Donatis, Vicario de Roma; Giovanni Angelo Becciu, Sustituto de la Secretaría de Estado; Konrad Krajewski, Limosnero Pontificio; Joseph Coutts, arzobispo de, en Paquistán; António dos Santos Marto, obispo de Leiria-Fátima; Pedro Ricardo Barreto Jimeno, arzobispo de Huancayo, Perú; Désiré Tsarahazana, arzobispo de Toamasina, Madagascar; Giuseppe Petrocchi, arzobispo de L’Aquila, Italia; Thomas Aquino Manyo Maeda, arzobispo de Osaka, Japón. Además de ellos hay otros tres que tienen más de ochenta años: Sergio Obeso Rivera, arzobispo emérito mexicano; Toribio Ticona Porco, prelado emérito de Corocoro, en Bolivia; y el padre español Aquilino Bocos Merino, de los misioneros claretianos, el único que no es obispo.

En su saludo al Papa, el primero de los nuevos cardenales, el iraquí Luis Sako, recordó que «algunos musulmanes que fueron a felicitarme expresaron su admiración por la apertura de la Iglesia y por su estar siempre cerca de la gente en sus preocupaciones, miedos y esperanzas». Sako se refirió a los sufrimientos de los cristianos: «Su llamado paternal es para nosotros de animación en nuestros sufrimientos y nos da la esperanza de que la tormenta actual pasará y será posible vivir juntos armoniosamente. Creo firmemente en la fecundidad del amor empujado hasta el final. Esta sangre de los mártires no es por nada, Santidad, le aseguramos nuestro apoyo y nuestra colaboración aún más intensa para promover la cultura del diálogo, del respeto y de la paz, por todas partes y en particular en sonde más se necesita».

La imposición de los birretes estuvo acompañada por los aplausos de los fieles (más consistentes cuando pasaron los purpurados italianos, pues iban mayormente acompañados). Fueron significativos los abrazos del Papa con los nuevos cardenales, con sus colaboradores más cercados (De Donatis, Ladaria, Becciu y Krajevski), pero fue largo y conmovedor también el abrazo con otros, como con el arzobispo de Karachi, Joseph Coutts, o con el arzobispo de L’Aquila, Giuseppe Petrocchi. Un birrete diferente de los normales fue entregado al patriarca iraquí: en lugar del tradicional “tricornio”, recibió uno de forma cilíndrica semejante a un fez.

Francisco meditó sobre el pasaje del Evangelio de Marcos apenas leído en el que se describe la subida de Jesús a Jerusalén, mientras camina frente a sus discípulos. Cristo precede, «primerea», dice Bergoglio, a los suyos, en la hora «de las grandes determinaciones y decisiones».

«Todos sabemos –añadió el Papa– que los momentos importantes y cruciales en la vida dejan hablar al corazón y muestran las intenciones y las tensiones que nos habitan. Tales encrucijadas de la existencia nos interpelan y logran sacar a la luz búsquedas y deseos no siempre transparentes del corazón humano». Ante el tercer y más duro de los anuncios de la pasión, el evangelista Marcos no teme revelar «ciertos secretos del corazón de los discípulos: búsqueda de los primeros puestos, celos, envidias, intrigas, arreglos y acomodos; una lógica que no solo carcome y corroe desde dentro las relaciones entre ellos, sino que además los encierra y enreda en discusiones inútiles y poco relevantes». Pero Jesús les dice con fuerza: «No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor».

De esta manera, explicó el Pontífice, «el Señor trata de recentrar la mirada y el corazón de sus discípulos, no permitiendo que las discusiones estériles y autorreferenciales ganen espacio en el seno de la comunidad. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se está corroído por dentro? ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se vive atrapado en intrigas asfixiantes que secan y vuelven estéril el corazón y la misión? En esta situación —como alguien hacía notar— se podrían vislumbrar ya las intrigas palaciegas, también en las curias eclesiásticas».

Las palabras evangélicas son utilizadas para analizar la situación actual de la Iglesia. Y esas palabras de Jesús, «No será así entre vosotros», son una «invitación y una apuesta a recuperar lo mejor que hay en los discípulos y así no dejarse derrotar y encerrar por lógicas mundanas que desvían la mirada de lo importante», invitando, por el contrario, a dedicarse a la misión.

Precisamente la misión «supone dejar de ver y velar por los propios intereses para mirar y velar por los intereses del Padre. La conversión de nuestros pecados, de nuestros egoísmos no es ni será nunca un fin en sí misma, sino que apunta principalmente a crecer en fidelidad y disponibilidad para abrazar la misión».

Y Francisco invitó a estar «bien dispuestos y disponibles para acompañar y recibir a todos y a cada uno, y no nos vayamos convirtiendo en exquisitos expulsivos o por cuestiones de estrechez de miradas o, lo que sería peor, por estar discutiendo y pensando entre nosotros quién será el más importante. Cuando nos olvidamos de la misión, cuando perdemos de vista el rostro concreto de nuestros hermanos, nuestra vida se clausura en la búsqueda de los propios intereses y seguridades. Así comienza a crecer el resentimiento, la tristeza y la desazón».

En la Iglesia asfixiada por luchas internas, por intrigas de palacio, por grupitos viejos y nuevos, «poco a poco queda menos espacio para los demás, para la comunidad eclesial, para los pobres, para escuchar la voz del Señor. Así se pierde la alegría, y se termina secando el corazón». Por el contrario, Jesús enseña que «el que quiera ser primero, sea esclavo de todos». Es «la invitación que el Señor nos hace para no olvidarnos que la autoridad en la Iglesia crece en esa capacidad de dignificar, de ungir al otro, para sanar sus heridas y su esperanza tantas veces dañada».

Por ello, recordó el Papa indicando el ejemplo de Jesús, «la única autoridad creíble es la que nace de ponerse a los pies de los otros para servir a Cristo. Es la que surge de no olvidarse que Jesús, antes de inclinar su cabeza en la cruz, no tuvo miedo ni reparo de inclinarse ante sus discípulos y lavarles los pies. Esa es la mayor condecoración que podemos obtener, la mayor promoción que se nos puede otorgar: servir a Cristo en el pueblo fiel de Dios, en el hambriento, en el olvidado, en el encarcelado, en el enfermo, en el tóxico-dependiente, en el abandonado, en personas concretas con sus historias y esperanzas, con sus ilusiones y desilusiones, sus dolores y heridas».

Solo de esta manera, concluyó Bergoglio, «la autoridad del pastor tendrá sabor a Evangelio, y no será como “un metal que resuena o un címbalo que aturde”. Ninguno de nosotros debe sentirse “superior” a nadie. Ningunos de nosotros debe mirar a los demás por sobre el hombro, desde arriba. Únicamente nos es lícito mirar a una persona desde arriba hacia abajo, cuando la ayudamos a levantarse».

Para concluir, Francisco hizo que resonaran en la basílica vaticana las palabras del testamento espiritual de San Juan XXIII: «Nacido pobre, pero de honrada y humilde gente, estoy particularmente feliz de morir pobre, habiendo distribuido según las diferentes exigencias y circunstancias de mi simple y modesta vida, al servicio de los pobres y de la Santa Iglesia que me ha alimentado, lo que me llegó a las manos (en medida bastante más limitada que lo demás) durante los años de mi sacerdocio y de mi episcopado. Apariencias de comodidad, a menudo, velaron ocultas espinas de pobreza y me impidieron dar siempre con la generosidad que habría querido. Agradezco a Dios esta gracia de la pobreza de la cual hice votos en mi juventud, pobreza de espíritu, como Padre del S. Corazón, y pobreza real; y que me sostuvo para no pedir nunca nada, ni puestos, ni dinero, ni favores, nunca, ni para mí, ni para mis parientes o amigos» (29 de junio de 1954).

Un ejemplo, el del Papa Bueno que ahora es santo, que Francisco plantea a todos, y, particularmente, a los nuevos y viejos cardenales.

fuente: Vatican Insider
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