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“Humanae vitae” y el último sondeo secreto de Pablo VI

12 de jul de 2018
El libro de Marengo sobre el origen de la encíclica: durante el primer Sínodo de los obispos, en 1967, el Papa Montini pidió un parecer sobre la anticoncepción; respondieron pocos y la mayor parte de ellos se mostró favorable a la apertura. Detalles del texto aprobado y después corregido.

En octubre de 1967, durante el primer Sínodo de los obispos celebrado en el Vaticano, Pablo VI le pidió al cardenal Secretario de Estado que solicitara pareceres sobre la contracepción en vista de la publicación de la encíclica. Solamente 26 de los 200 obispos que estaban presentes respondieron por escrito. De ellos, la mayor parte se dijo a favor de algunas concesiones con respecto a la píldora. Los que se opusieron fueron 7. Pero el Papa Montini, que ya había decidido no someter el argumento a la discusión conciliar y ya había escuchados los pareceres de una comisión de expertos (que se expresó a favor de la apertura), no halló elementos para cambiar la postura hasta entonces mantenida por sus predecesores y promulgó, pocos meses después, “Humanae vitae”, en julio de hace 50 años, aunque sin otorgarle la infalibilidad, como algunos habrían querido.

Es uno de los nuevos elementos que surgieron gracias a la investigación de monseñor Gilfredo Marengo, autor del libro recién publicado en Italia “El nacimiento de una encíclica. «Humanae vitae» a la luz de los Archivos vaticanos” (Libreria Editrice Vaticana). Una investigación detallada a partir de documentos hasta ahora nunca consultados, gracias a la cual se han podido reconstruir el origen de la encíclica, sus diferentes redacciones y las correcciones que hizo Pablo VI. Un trabajo minucioso, que permite cancelar reconstrucciones fantásticas o basadas en testimonios individuales no siempre equilibrados. Un trabajo que también anula las elucubraciones interesadas de cierta propaganda antipapal que actúa a golpe de invectivas por parte de anónimos. Esa misma campaña que recientemente atribuyó a Marengo (en cuanto ejecutor de directivas papales) el intento de «replantear» y cambiar la encíclica montiniana. Un libro que ayuda a comprender el trabajo personal del Pontífice, que en mayo de 1968 aprobó un primer borrador de la encíclica, preparado por la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero lo corrigió después de haber leído las consideraciones de la Secretaría de Estado (que sugerían un enfoque diferente, a pesar de que afirmaran la misma postura contraria en relación con los anticonceptivos).

El sondeo “sinodal”

Durante el primer Sínodo de los obispos de otoño de 1967, precisamente el 4 de octubre, Pablo VI le pidió al cardenal Jean Villot que enviara una invitación a todos los padres sinodales para que le enviaran reflexiones y sugerencias sobre la regulación de los embarazos. «La noticia de esta voluntad del Papa de consultar a todos los miembros de la asamblea sinodal es muy importante –subraya Marengo–, porque una de las acusaciones más repetidas, tras la publicación de “Humanae vitae”, fue que el Papa decidió en soledad, de una manera no colegial». Sin embargo, respondió solamente un poco más del 12 por ciento de la asamblea (los miembros del Sínodo eran en total casi 200), en un arco temporal que fue del 9 de octubre de 1967 al 31 de mayo de 1968. La mayor parte de ellos se expresó a favor del uso de métodos contraceptivos: solamente siete pidieron que el Papa se pronunciara para insistir en que eran ilícitos. En el libro de Marengo aparece la lista de las comunicaciones escritas, 25 en total. Algunos de los que respondieron lo hicieron más de una vez; otros, en cambio, enviaron un único documento con varias firmas.

Los nombres de los que se expresaron

A favor de la apertura estaban los cardenales Suenens (Bruselas) y Döpfner (Munich), los cardenales y obispos estadounidenses Shehan (Baltimor), Krol (Filadelfia), Dearden (Detroit), Wright (Pittsburgh); el cardenal Renard (Lyon), el obispo Martinj (Nouméa en Nueva Caledonia), en nombre de los obispos de las islas del sur de Oceanía; el cardenal Legér (Montreal), el administrador apostolico de Toronto Phocock, el obispo Hurley (Durban); el obispo Lorscheider (Brasilia); el cardenal Darmojuwono (Semerang), en nombre de la Conferencia Episcopal de Indonesia; el obispo Martensen (Copenhague); el consconsejero del Patriarca de Antioquía de los melequitas, Edelby; el obispo Flahiff (Winnipeg), el obispo Beck (Liverpool); el obispo Dupuy (Albi en Philippe). En cambio, los que se expresaron en contra fueron siete: el estadounidense Fulton Sheen, obispo de Rochester; el cardenal Santos (Manila); el cardenal Tappouni, Patriarca de Antioquía de los sirios; el cardenal Siri (Génova); el obispo Attipetty (Verapoly, en India); el vicario apostólico Hartl (Araucanía, Chile); el obispo de Cracovia, Karol Wojtyla.

Las razones de los que estaban a favor…

Entre las diferentes respuestas que pedían de alguna manera revisar los términos de las enseñanzas de la Iglesia en relación con la regulación de los nacimientos, destacaban, indica el autor del libro, las de los cardenales Suenens y Döpfner. El purpurado belga, gran elector de Pablo VI (se asomó desde la ventana del estudio del Palacio Apostólico junto al nuevo Papa al final de su primer Ángelus, del domingo 23 de junio de 1963), envió tres textos. «Conociendo bien las preocupaciones de Pablo VI de mantenerse en línea con el magisterio de sus predecesores, en el primero trataba de demostrar que la decisión de Pío XII de juzgar lícito el método Ogino-Knaus, a pesar de introducir un elemento de novedad con respecto a la “Casti connubii”, no podía ser considerada discordante en relación con el magisterio de Pío XI. Así habría sido, análogamente, si se hubiera acogido la tesis de cuantos sostenían que, en determinadas condiciones, los cónyuges podían usar la píldora contraceptiva». En una tercera carta, Suenens, en cambio, examinaba la decisión del Papa de no someter a la decisión del Concilio la discusión sobre los métodos anticonceptivos; insistiendo en su desacuerdo, proponía plantear el argumento en un Sínodo posterior, puesto que habría sido «dramáticamente peligroso para el bien de la Iglesia que el Santo Padre asuma, solo, el papel de defensor y guardián de la fe y de la moral, y se presente al mundo evidentemente alejado del colegio de los obispos, del clero, de los fieles». Döpfner presentó la opinión de la mayor parte de los obispos alemanes, a favor de la apertura. Después, poco antes de la publicación de la encíclica, invitó al Papa a considerar bien la decisión, diciéndose preocupado y previendo consecuencias desastrosas.

…y las razones de los que estaban en contra

Entre los que se pronunciaron en sintonía con la intención de Pablo VI, solamente Wojtyla fue más allá de la «simple petición de que un futuro documento del magisterio insistiera en lo que Pío XI y Pío XII habían afirmado». El futuro Juan Pablo II envió, presentado como “Votum” en nombre de los obispos de Polonia, el llamado “Memorial de Cracovia”. «El fastidio por las posiciones conservadores –escribe Marengo– surge en la primera parte del “Memorial”, en donde se muestra la insatisfacción por la manera en la que ellas argumentaban sobre el valor del magisterio eclesial a propósito de la ley natural, con un énfasis especial sobre la continuidad infalible de su enseñanza». Son dos los elementos críticos expresados. El primero tenía que ver con el método: «no se podía dar por descontado que el rechazo de la contracepción perteneciera definitivamente al magisterio ordinario infalible de la Iglesia, precisamente porque el Papa había considerado necesario volver a examinar el problema (a través de la misma Comisión pontificia). La observación identificaba el límite de las posiciones de la minoría que, dando por descontado el perfil autoritativo de las enseñanzas eclesiales ya producidas, consideraban sustancialmente inútil cualquier enfoque sobre la cuestión que fuera más allá de la mera repetición de los datos tradicionalmente presentes en el patrimonio doctrinal de la Iglesia. Por esta razón, los teólogos de Cracovia resaltaban el límite de esta postura que, invocando a priori la autoridad del magisterio, descuidaba desarrollar una argumentación de las tesis sostenidas, particularmente en relación con el perfil fisiológico y teológico de la categoría de ley natural». Las investigaciones publicadas en el libro revelan que Wotyla contaba con importantes contribuciones (la más célebre era el “Memorial de Cracovia” de febrero de 1968), pero no influyeron en la redacción de la encíclica. «Las fuentes no permiten afirmar –escribe Marengo– que estos textos haya sido utilizados significativamente para la redacción de “Humanae vitae”».

El borrador aprobado y luego corregido

Los documentos nunca publicados demuestran que Pablo VI aprobó el 9 de mayo de 1968 el texto de una encíclica y fijó la fecha para su publicación (habría sido el día de la Ascensión, el 23 de mayo). Llevaba como título “De nascendae prolis” y fue el resultado de la reelaboración que llevó a cabo el padre Mario Luigi Ciappi (entonces Teólogo de la Casa Pontificia y futuro cardenal) de un proyecto que preparó la Congregación para la Doctrina de la Fe entre el otoño y el invierno de 1967. El Papa Montini le pidió a Ciappi que evitara enfatizar el carácter “definitivo” de su pronunciamiento y que tuviera mucho cuidado para que la exposición doctrinal no pudiera dar pie a equívocos o incertezas. «Ciappi intervino en el texto -escribe Marengo– con tres finalidades: insistir en el primado del fin procreador del matrimonio; negar legitimidad al uso del principio de totalidad, dar a la encíclica el valor de un documento que cerrara de una vez por todas el debate». Se trataba de un texto con una conspicua parte doctrinal, lleno de citas de Pío XII. «Con estas decisiones –observa el autor del libro– la futura encíclica se habría reducido completamente, en sus finalidades, a un riguroso pronunciamiento de doctrina moral. No es casual que precisamente en los primeros párrafos se quitara la alusión a la especificidad cristiana de la comprensión del amor conyugal», contenido en un borrador anterior.

El Papa lo piensa mejor

En uno de los apéndices del libro de Marengo se publica íntegro el texto de esta encíclica lista pero archivada. La versión oficial latina ya había sido impresa y solamente se esperaban las traducciones a las lenguas modernas para poder proceder con su publicación oficial. Pero sucedió algo inesperado. «Los traductores franceses de la Secretaría de Estado, monseñor J. Martin y monseñor P. Poupard, de acuerdo con Eduardo Martínez Somalo, encargado de la traducción española, le enviaron al Santo Padre, mediante G. Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado, sus reservas sobre el texto». «Un atento análisis del documento preparado –escribieron los tres traductores, que después habrían sido creado cardenales– confirma la primera impresión. Es relativamente fácil darle algunos retoques formales (abreviar frases demasiado largas, quitar repeticiones, mover algunos argumentos…) y ello evitaría ciertamente una cantidad de fastidios: nuevo trabajo, nuevos retrasos, indiscreciones, odiosidades… Pero, en conciencia, debemos decir que en nuestra opinión el remedio sería insuficiente. Es la configuración misma, la formulación negativa o restrictiva, más allá de la presentación estilística, lo que parece poco adecuado al objetivo: hacer inteligible y (en la medida de lo posible) aceptable la doctrina de la iglesia al hombre de hoy en relación con una materia tan discutida y delicada. Si los Superiores consideran suficiente la primera solución (retoques formales), el documento puede estar listo dentro de pocos días. De lo contrario, será necesario un trabajo más largo y mayor esfuerzo. + JM e Poupard». Después de esta comunicación, la publicación de la encíclica fue bloqueada. Por esta razón “Humanae vitae” no fue publicada sino hasta el 25 de julio siguiente: no se pretendía divulgar el documento en pleno verano para que pasara inobservado (cosa, además, imposible, teniendo en cuenta el argumento). No: la publicación estiva se debió a estas observaciones sobre el texto que había formulado Ciappi.

El borrador Martin-Poupard

A partir de entonces, el trabajo para preparar la que habría sido “Humanae vitae” se desarrolló «dentro de una polarización entre los ambientes de la Secretaría de Estado y el protagonismo de Philippe, a quien Pablo VI reconoció, como fuera, el papel de coordinador último de la redacción del texto. El Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, con este encargo, se apoyó por completo en las sugerencias de B. Duroux O.P., colaborador suyo desde hacía mucho tiempo y que en esos años era uno de los asesores más escuchados de la misma Congregación». Martin y Popuard recibieron el encargo de redactar una nueva propuesta: a pesar de volver a proponer todos los contenidos doctrinales fundamentales, el nuevo texto se caracteriza «por un profundo cambio de estilo y de presentación, que se puede apreciar principalmente en el tenor de la sección introductoria y en la sección pastoral». Si en la “De nascendae prolis” se enfatizaba el deber de ajustarse a la doctrina, en este nuevo documento se pone en primer lugar ofrecer la ayuda y el apoyo de la Iglesia para acompañar a una cabal correspondencia con el plan de amor de Dios creador. En los primeros párrafos dirigidos a los sacerdotes que cuidan almas, retomando la invitación a la fidelidad a las enseñanzas del magisterio, se da mayor importancia a la necesidad de «una acogida llena de paciencia y de bondad para los pecadores», concentrada sobre la importancia de la fidelidad a los sacramentos como indispensable para un camino de perfección que no es cuestionado por «caídas, aunque sean demasiado reiteradas».

Nuevas dificultades

Pablo VI no aprobó tampoco el nuevo texto, duramente criticado por el Secretario del ex Santo Oficio Philippe. «Aunque todos los principales contenidos doctrinales –escribe Marengo– habían sido acogidos, el conjunto del texto (proponiéndose interpretar “problemas de vida conyugal en la fidelidad al plan de amor de Dios”) parecía sugerir que la licitud o no de la contracepción no era el objeto de la intervención magisterial; por otra parte, la centralidad otorgada al “amor conyugal” permitía, sin dudas, un enfoque unitario, pero también podía ser entendida como una implícita desviación de la atención al fin procreador del matrimonio. Además, la tonalidad con la que se afronta la invitación a seguir las indicaciones del magisterio en relación con los métodos de regulación de los nacimientos se alejaba del tono de rigor doctrinal y disciplinario, apostando, más bien, por una perspectiva de acompañamiento para las parejas, invitadas a adherir progresivamente a la plenitud de la forma cristiana de su amor recíproco». El padre Philippe metió, pues, las manos en el texto que fue entregado al Papa Pablo VI el 22 de junio. Montini también corrigió, amplió (probablemente con la ayuda de su “teólogo de cabecera”, el obispo Carl Colombo) y al final aprobó el texto definitivo el 8 de julio de 1968.

Finalmente, la “Humanae vitae”

El texto final de la encíclica deja clara «la conciencia de que todo lo propuesto y las normas expresadas no eran de fácil recepción, puesto que la Iglesia pretendía presentarse capaz de mostrar al mismo tiempo compasión por las debilidades y los pecados de los hombres y firmeza al proponer su enseñanza. El tono del lenguaje –escribe Marengo– mostraba haber tenido presentes muchas de las objeciones que habían sido propuestas sobre la hipótesis de un posible rechazo de las prácticas contraceptivas, objeciones que, principalmente, argumentaban a partir del rechazo de tal norma por parte de muchas parejas y también de la dificultad de utilizar los métodos naturales. Sin perseguir dialécticamente esas posiciones, el Papa las englobaba al tomar nota de una difícil condición cultural y social en la que viven las parejas casadas y en el reconocimiento realista de la nada sorprendente experiencia de la debilidad y del pecado». La elección de este paradigma de comunicación, cuya intención era la de favorecer la recepción de la encíclica fuera de polémicas ideológicas, ubica en primer lugar «un elemento fundamental de la vida moral del cristiano: aunque la libertad humana siga de manera imperfecta la salvación ofrecida en el Evangelio, la Iglesia debe proponerla siempre con fidelidad y totalidad». También es significativo el perfil pastoral del documento: se dejan claros tres elementos fundamentales: «el indispensable recurso al apoyo de la gracia divina, así como a los apreciables esfuerzos de las acciones humanas; el llamado a no aislar la práctica de la regulación de los nacimientos del mucho más amplio contexto de una vida matrimonial comprendida en todas sus dimensiones constitutivas; la noción de “dominio de sí” y de “castidad conyugal”».

Conclusiones de Marengo

«Alrededor de la encíclica - concluye el autor del libro - se catalizaron todas las tensiones de aquellos años: sin desmerecer el valor objetivo de su enseñanza y de la importancia del tema, debe tenerse en cuenta que este documento se sometió a una sobreexposición significativa , no solo en el panorama de la opinión pública, sino también en el contexto de la vida eclesial y de la reflexión teológica». Según Marengo, alinearse en pro o en contra de Humanae Vitae a veces ha coincidido «con radicales elecciones de bando, y se ha entendido como la necesaria, previa verificación, de fuertes perfiles de identidad en la Iglesia. Se han irreflexivamente favorecido dos actitudes extremas: un rechazo prejuicioso de su enseñanza, o una defensa - sin "si", ni "pero"- que le ha otorgado el desmedido papel de baluarte definitivo ante cualquier manifestación de crisis en la Iglesia y en el mundo». Una mejor comprensión del laborioso camino de la redacción y de los factores que han marcado su desenvolvimiento «puede ayudar a redimensionar el enfoque de la encíclica que ha exacerbado los resultados divididos de su recepción.»

fuente: Vatican Insider
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