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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003

Dios es Luz

Domingo IV de Cuaresma, ciclo A: 1S 16,1b.6-7.10-13a; Sal 22,1-3a.3b-4.5.6; Ef 5,8-14; Jn 9,1-41

por Lic. Abel Della Costa
Nació en Buenos Aires en 1963. Realizó la licenciatura en teología en Buenos Aires, y completó la especialización en Biblia en Valencia.
Desde 1988 hasta 2003 fue profesor de Antropología Teológica y Antropología Filosófica en en la Universidad Católica Argentina, Facultad de Ciencias Sociales.
En esos mismos años dictó cursos de Biblia en seminarios de teología para laicos, especialmente en el de Nuestra Señora de Guadalupe, de Buenos Aires.
En 2003 fundó el portal El Testigo Fiel.
2 de abril de 2011
Las lecturas de hoy responden a su manera, en enigma, sacramentalmente, al que es posiblemente el mayor interrogante del hombre: ¿tiene algún sentdo lo que ocurre? ¿qué debo hacer con ello?

 

El evangelio de hoy es riquísimo, y si se lee completo (la propia liturgia prevé la posibilidad de una versión abreviada), es prácticamente imposible abarcarlo en la predicación de una misa dominical. Su tema dominante es simbólico, relacionado con los sacramentos, que es lo que meditamos a través de las lecturas de estas semanas que se van aproximando a la Pascua. Así como el domingo pasado tenía como tema dominante el agua, en este domingo es la luz.

La luz ilumina un mundo sumido en la tiniebla. Es un primer aspecto rebosante de alegría y esperanza: todos somos ese ciego de nacimiento, que espera recibir la luz alguna vez, y que con sólo estar cerca cuando pasa Jesús, puede recibirla. Podemos no saber nada de él, podemos no comprender lo que él hace, pero si nos dejamos obrar, podemos volver a ver. Es la luz como don gratuito y gozoso de un Dios que es luz, y un Hijo que es luz de luz.

Pero el evangelio no se agota en el paso de la oscuridad a la luz. Ya el propio prólogo del evangelio de Juan nos dice que la Palabra era la luz verdadera (Jn 1,9), para enunciar a renglón seguido que cuando vino a su casa, los suyos no la recibieron. Esa luz trae un juicio al mundo, abre un espacio iluminado donde se ven las obras de los hombres: quien no teme, se acerca a ese espacio de luz, quien tiene algo que ocultar, en cambio, preferirá la tiniebla. El tema simbólico, atemporal, de la luz divina que en cuanto se acerca ilumina al hombre, da paso en realidad a algo mucho más temporal: con Jesús llega el juicio del mundo, con el que sale a la superficie lo escondido. Y ya no es tan fácil acercarse a la luz, porque la luz puede doler. Esta segunda dimensión de la lectura de Juan, la luz como juicio, hace comprensible la actitud de los fariseos y de los padres del ex ciego: la luz, que en abstracto debería ser apetecible por cualquiera, es sin embargo, peligrosa. En tanto muestra lo que en realidad son las cosas, puede dar al traste con muchas falsas certezas, y obligar a ver cosas que no queremos ver.

Este segundo aspecto de la lectura, la luz como juicio, da paso a un tercero, más escurridizo, más difícil de conceptualizar, y que podríamos llamar: la luz como signo de contradicción. Es verdad que en la luz se revela la verdad escondida de las cosas, y que quien no tiene nada que temer, no temerá ir a la luz, para que sus obras se vean... pero ¿quién no tiene nada que temer? Hay un aspecto de oscuridad que anida en el corazón de cada uno de los hombres; así que la luz, que es don gratuito, que no viene del hombre, ni está oscurecida por él, al iluminarlo, lo salva, pero al salvarlo, condena en él lo condenable. Lo reprobable «sale a luz».

Así es todo lo que proviene de Dios, contradictorio y excesivo. Lo que nosotros, en nuestros criterios tranquilizadores de cristianos «de buena sociedad» quisiéramos llamar «salvación» es: que nadie nos incordie demasiado, que no nos falte la salud y el pan (y la lavadora, y el auto, y el piso...), y al cabo de una existencia con los menores sobresaltos, podamos ir a «descansar en paz» a un cielo de serena impersonalidad. Pero cuando Dios salva, como salvó a este ciego de nacimiento, lo deja más bien en una incómoda posición: la comunidad creyente no quiere saber demasiado de él, no sea que el juicio ilumine las obras escondidas de todos, y sus padres tampoco quieren saber demasiado con él -«ya es mayorcito»-, no sea que se enfade el obispo del lugar. La gracia que le trajo Jesús al ciego más se parece a una des-gracia. Y sin embargo él, el receptor de esa gracia/desgracia, expulsado por su comunidad, negado por sus padres, es capaz, en esa desnudez, de decir: «creo, Señor». Y así quedó a salvo.

Ese tercer aspecto de la luz -a contrapelo de los criterios de los hombres; distinta, y no sólo distinta sino opuesta a nuestras pobres expectativas- está recogido en la primera lectura de hoy, la elección y unción de David. Sabemos, porque así lo afirma la teoría, que la primera lectura y el evangelio de cada domingo están estrechamente relacionados; sin embargo hoy cuesta mucho ver esa relación, porque no es inmediata. «Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón». Si atendemos a esa frase de Yahvé a Samuel, se comprende mucho mejor el comienzo del evangelio: «Maestro, -preguntan los discípulos- ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?»; «Ni éste pecó ni sus padres», contesta Jesús. Quizás nos parece primitiva la doctrina de que el mal -incluso una enfermedad- es consecuencia directa y proporcional al pecado cometido por alguien, el afectado o sus padres. Dos mil años de cristianismo, afortunadamente, han desterrado de nuestro lenguaje las formas más groseras de esa convicción. Sin embargo, si escarbamos un poco, la idea de que «lo justo» sería un castigo proporcional e inmediato a la culpa la llevamos todos muy metida dentro. «No puede ser que haya un Dios -nos dicen algunos- en un mundo sumido en el mal»; no deja de ser otra expresión de la misma doctrina: si hay un mal, ese mal sólo puede ser: o pura insensatez y azar, o un castigo proporcionado a una culpa, y como no podemos imaginar a nadie tan culpable como para merecer un terremoto de grado 9, entonces no puede ser que Dios exista. Es otra versión, más refinada, de la misma primitiva doctrina de la proporcionalidad de la culpa y el castigo.

Jesús más bien ilumina las cosas por medio de otra lectura de los hechos: «esto ocurrió para que se manifiesten en él las obras de Dios». Si exploramos la parcela de realidad que nos tocó en suerte difícilmente podamos evitar la desesperación o el sinsentido: si vamos hacia atrás constatamos que el pasado pasó, que no tiene vuelta, que no puede ser cambiado; si vamos hacia adelante nos adentramos en la incertidumbre, en lo aun-no-venido, en lo que no podemos ni prever, ni calcular, y que en su inasibilidad asusta. La lectura de las cosas que Jesús propone no va ni hacia adelante ni hacia atrás, sino hacia el fondo, hacia la profundidad: cada instante está atado a una manifestación posible de Dios. La parcela de realidad que nos ha tocado en suerte, aunque la habitamos, no es nuestra, sigue siendo el terreno donde obra Dios. No somos nosotros los que disponemos de la luz, la luz dispone pasar al lado nuestro, a través nuestro. Todo lo que se le pide a Samuel es que tenga preparado el cuerno de aceite para ungir, no con los criterios de Samuel, sino con los de Yahvé. Todo lo que se le pide al ciego es que esté mendigando justo allí por donde pase Jesús. Y así ocurre posiblemente con nosotros: todo lo que se nos pide es mantenernos abiertos a la posibilidad de la luz.

Hemos sido creados así, como Juan, o Lucía, o Enrique, con unos dones que exploramos y explotamos a lo largo de la vida, y posiblemente con unos límites que nos pesan, que nos entristecen, a los que no les encontramos sentido. Sin embargo, si en vez de correr la loca carrera por el sentido, por el significado de cada cosa, simplemente permanecemos allí, en espera, en la tiniebla, pero con la profunda convicción de que esa tiniebla es tal como la dice Jesús, «para que se manifiesten las obras de Dios», volverá a brillar la simplicidad del evangelio, tal como en los primeros días, cuando aun no lo habíamos complicado tanto, rebosante de alegría y esperanza. Y en ese momento «Cristo será tu luz».

Comentarios
por Rosy (201.138.179.---) - dom , 03-abr-2011, 21:40:10

Muy bonito Abel, bella y preciosa esta narración sobre "la Luz", Jesús más bien ilumina si exploramos la realidad que nos tocó en suerte dificilmente podamos evitar la desesperación o el sinsentido. Si vamos hacia atras constantamos que el pasado paso, que no tiene vuelta, que no puede ser cambiado; si vamos hacia adelante nos adentramos en la incertidumbre, en lo aun-no-venido, en lo que no pedemos ni prever, ni calcular, y que en su inasibilidad asusta. "Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón". Que hermoso, Gracias .

Rosy

por Ecazes (201.210.58.---) - sáb , 09-abr-2011, 14:25:50

¿?
¿Quiere decir que esto horrible, que vivo hoy, lo debería vivir "en la espera" de un sentido futuro?
¿en serio?

por Abel (88.28.233.---) - sáb , 09-abr-2011, 17:17:23

«Quiere decir que esto horrible, que vivo hoy, lo debería vivir "en la espera" de un sentido futuro». Yo por mi parte, no pienso eso, ni el artículo creo que tampoco diga eso. Lo que sí dice es posiblemente más duro: el sentido no nos pertenece. Eso horrible que estás vviendo -lo de horrible que cada uno de nosotros vive- pertenece a Dios, él sabe lo que está obrando con ello.
No es un consuelo ni un desconsuelo, es dejar las cosas en manos de quien realmente están. Cuando sobreviene «eso horrible», no es el momento de pensar cómo es que ocurre que el dolor pueda redimir algo, pero para eso están, precisamente, unos relatos que nos dicen que es así aunque de momento no lo veamos.
Los relatos de la Pasión no están para contarnos ciertas anécdotas de cuánto sufrió Jesús, ni para regodearnos morbosamente en ese dolor, sino para objetiva y compartir que, aunque en la intimidad de la Creación se incluía la posibilidad de lo horrible, y efectivamente ocurre, también con eso Dios crea algo.
Sólo que muy de a ratos sabemos qué es eso que crea. Esos son momentos que valen la pena.

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