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El Testigo Fiel
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Octubre de 1963: La segunda sesión del Concilio

El tema de la colegialidad episcopal

Así asomó en el Concilio la central mirada a la Iglesia como Pueblo de Dios.

En el mes de octubre de 1963 comenzó la segunda sesión del Concilio Vaticano II. De inmediato se pasó a la consideración del borrador o esquema sobre la Iglesia. Un primer borrador había sido presentado un año antes durante la primera sesión del Concilio pero no resultó satisfactorio para los padres conciliares. Aquel primer borrador fue rechazado por estar más preocupado con los aspectos jurídicos y clericales de la Iglesia, antes que con los temas pastorales o ministeriales de la Iglesia. Concebía la Iglesia más como una institución clerical con unos elementos "católicos" de identidad que había que conservar a toda costa. No prestaba suficiente atención a la Iglesia como la portadora del anuncio de la salvación, un anuncio que provoca regocijo, en que lo anunciado se hace presente en el mismo anuncio.

El segundo borrador sobre la Iglesia que entonces se presentó a comienzos de la segunda sesión del Concilio comenzó con una consideración sobre "el misterio de la Iglesia". Un segundo capítulo trataba sobre la jerarquía; un tercero, sobre el laicado; un cuarto, sobre el llamado universal a la santidad. De inmediato se objetó ese orden ya que el primer tema debía ser seguido por el tema del pueblo de Dios y sólo en tercer lugar, entonces vendría el tema de la jerarquía como parte de ese pueblo de Dios. De esta manera se demostraba el orden de importancia de estos temas y se encuadraba la jerarquía como parte de la Iglesia en cuanto un todo.

Así apareció el leitmotiv del documento: la Iglesia como "pueblo de Dios". De igual modo que el pueblo de Israel fue el receptor de la Revelación y preparó el camino para la llegada del Salvador, así ahora, una vez llegada la salvación, la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios en marcha hacia la tierra prometida del paraíso.

Sin tener que mencionarlo, sin planteamientos polémicos en el borrador, se presentó una nueva imagen de la Iglesia, no concebida al menos desde la época del emperador Constantino (ver los Apéndices, Breve reseña de los concilios). Todavía en las encíclicas Mystici Corporis en 1943 y la Humani Generis de 1950 de SS Pío XII, se presentó una imagen piramidal, jerárquica, de la Iglesia. En el cuerpo místico de Cristo hay una cabeza, Cristo Nuestro Señor, y un vicario representante de esa cabeza, el Papa. Todo el resto de los miembros del Cuerpo Místico están subordinados a la cabeza. Al intercambiar la imagen del cuerpo por la imagen del Pueblo de Dios, ahora la relación entre los cristianos se transforma en una relación horizontal.

Uno pertenece al pueblo de Dios en virtud del bautismo. Para los que favorecen el ecumenismo, esto permite asumir que aun los no católicos, si están bautizados, pertenecen ellos también al pueblo de Dios. Todos somos cristianos; de esta manera se enfatizan los elementos que nos unen, antes que los que nos separan. Esto implica igualmente el sacerdocio universal de todos los bautizados, tanto en virtud del bautismo, como de la confirmación.

La imagen de pueblo de Dios no niega la autoridad del Santo Padre el Papa, ni tampoco la de los obispos y otros miembros dirigentes de la Iglesia. Ciertamente el pueblo de Israel tuvo sus líderes y jueces y en todo grupo humano hay líderes y seguidores. En la Iglesia cada uno ocupa su lugar, ejerce su ministerio propio, pone a buen uso su carisma personal. Pero ahora se expresa mejor el misterio de la Iglesia que reside sobre todo en su realidad como comunidad de fe.

De la misma manera se incluyó en el documento la idea del sensus fidelium, del sentido de la fe entre los fieles bajo la inspiración del Espíritu Santo. Esto quiere decir que si surge una idea o una práctica difundida entre todos los fieles, ello puede ser visto como obra del Espíritu. Pero para ser reconocido en cuanto tal necesita el reconocimiento de la jerarquía. Por otro lado, también implica que los obispos o el papa no actúan, ni ejercen su magisterio, sin el pueblo, igual que el pueblo no actúa sin sus pastores. (§12 y 25)

De esa manera se fue elaborando el primer capítulo del documento, sobre el misterio de la Iglesia. Todo bautizado, por el hecho de estar bautizado, pertenece al Pueblo de Dios, aunque pertenezca a las iglesias separadas. Esta imagen de Pueblo y de Reino de Dios en el mundo, lo mismo que sacramento de salvación para el mundo, son todas imágenes bíblicas, como se demostró.

Para algunos padres conciliares el corazón del esquema sobre la Iglesia residía en la consideración de la colegialidad de los obispos. Para otros el concepto eje del documento sobre la Iglesia es el de la Iglesia como Pueblo de Dios, que es de donde se desprende el concepto de la colegialidad episcopal. Esto a su vez es cuestionado por otros que señalaban que esa es una imagen que no tiene abolengo histórico, o que no aparece con tanta frecuencia en la historia de la Iglesia. La realidad es que la imagen "pegó" y se popularizó ampliamente hasta el día de hoy.

En el Concilio Vaticano I en 1870 se definió la autoridad del Papa. Pero el papa no gobierna sin la Iglesia, es decir, sin los feligreses y sin los obispos. En aquel momento el jefe del gobierno alemán, Otto Von Bismarck, dijo que los obispos eran sólo delegados (vicarios) del Papa, sin autoridad para asumir posiciones por derecho propio. Los obispos alemanes contestaron en una carta pública que ellos no eran delegados papales y que tenían una autoridad propia que fundamentaba sus funciones. La aclaración de esto había quedado en la agenda inconclusa del Concilio Vaticano I. Ahora en Vaticano II había que definir la extensión y límites de la autoridad de los obispos y su rol en el pastoreo de la Iglesia.

Se sucedió entonces un periodo parecido al de la discusión del esquema sobre la liturgia el año anterior. Las intervenciones en latín parecían interminables y a veces parecía un diálogo de sordos. Los había que cuestionaban la misma noción de colegialidad. ¿Qué necesidad había en decir que los obispos formaban un colegio? Bastaba con el papa como supremo pastor.

Uno de los padres conciliares usó la imagen de Pedro y las ovejas: Pedro dirige las ovejas, pero las ovejas no dirigen a Pedro. Quizás ese era el punto de mayor preocupación: para algunos la Iglesia no puede ser una democracia. Esto es algo que todavía preocupa. Sin embargo es cierto que en los primeros siglos los obispos fueron electos por los feligreses junto a sus clérigos y que nunca se tomaron decisiones de manera unilateral, sino que siempre hubo consultas internas en las comunidades y externas con otras comunidades cristianas, antes de asumir una posición determinada en asuntos de peso. El caso más sobresaliente de participación popular en la Iglesia se dio con el triunfo de la fórmula trinitaria del Concilio de Nicea, que fue posible gracias al pueblo, cuando la jerarquía ya la había abandonado.

Se decía que los apóstoles formaron un colegio, ciertamente así lo encontramos en el Concilio de Jerusalén en Hechos de los apóstoles, capítulo 15. Surgió la duda sobre la naturaleza de las órdenes episcopales. ¿Es el episcopado una posición administrativa, o un sacramento? La autoridad del obispo, ¿deriva de su nombramiento por el papa, o por el derecho divino del sacramento? Si se admitía que el episcopado es un sacramento y que la autoridad del obispo deriva de ese sacramento del orden, entonces esto podía restar de la autoridad del papa.

Si lo que estaba en discusión era la autoridad del papa y la visión piramidal de la iglesia, o de las ovejas en total dependencia con el pastor, el papa, entonces no era admisible la noción de colegialidad. Pero prevaleció la imagen de Pueblo de Dios, no la de una jerarquía piramidal. La noción de colegialidad cabía más dentro de la concepción de pueblo de Dios. Los obispos dan un servicio al pueblo junto con el papa, y jamás sin el papa. La imagen de colegialidad no implicaba restarle autoridad al papa. Estaba claro que la autoridad última de la iglesia está en el papa y en todo caso el colegio de los obispos cumple una función de compartir la responsabilidad suprema de la Iglesia en ciertos momentos y contextos específicos, como en el caso mismo de los concilios ecuménicos o en los casos que el papa les consulte antes de proclamar algún dogma de fe (que es a lo que se refiere la noción de sensus fidelium mencionada antes)...

 


Puede verse más detalles de la obra «Vaticano II - Conceptos y supuestos», del Dr. Carlos Ramos Mattei, así como adquirirlo a partir de este sitio

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