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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003

Mi alma tiene sed de ti

 

«El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: 'de sus entrañas manarán ríos de agua viva'. Dijo esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él» (Jn 7, 37-39)

«... el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna» (Jn 4,14)

 

Salmo 42

 

2 Como busca la cierva corrientes de agua,

así mi alma te busca a ti, Dios mío;

3 mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:

¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

4 Las lágrimas son mi pan noche y día,

mientras todo el día me repiten:

«¿Dónde está tu Dios?»

5 Recuerdo otros tiempos,

y desahogo mi alma conmigo:

cómo entraba en el recinto santo,

cómo avanzaba hacia la casa de Dios

entre cantos de júbilo y alabanza,

en el bullicio de la fiesta. 

6 ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué gimes dentro de mí?

Espera en Dios, que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío».

 

7 Cuando mi alma se acongoja,

te recuerdo desde el Jordán y el Hermón y el monte Misar.

8 Una sima grita a otra sima con voz de cascadas:

tus torrentes y tus olas me han arrollado.

9 De día el Señor me hará misericordia,

de noche cantaré la alabanza, la oración al Dios de mi vida.

10 Diré a Dios: «Roca mía, ¿porqué me olvidas?

¿Por qué voy andando, sombrío, hostigado por mi enemigo?»

11 Se me rompen los huesos por las burlas del adversario;

todo el día me preguntan:

«¿Dónde está tu Dios?»

12 ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué gimes dentro de mí?

Espera en Dios, que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío». 

 

Comentario

«Como busca la cierva corrientes de agua». Un animal sediento: ésa es la imagen que describe tu situación ahora. Hemos querido comenzar por este salmo porque, detrás de tu llamada de auxilio, aparece ante todo una persona profundamente insatisfecha. No estás contento contigo mismo. ¿Quién lo iba a decir? ¡Has conseguido tantas cosas! Seguro que muchos te envidian. Y, sin embargo, no eres feliz.

Aunque te sorprenda, ¡enhorabuena por tu inquietud! Gracias a ella sigues buscando. Vives en medio de hombres que, al menos aparentemente, han renunciado ya a buscar la verdad de su vida: se conforman con aprovechar al máximo las ocasiones de goce que les presenta la vida; incluso parecen felices. En cambio tú, curiosamente, te empeñas en complicarte la vida. Pues bien, ¡alégrate! Eso quiere decir que aún tienes remedio, que aún no se ha embotado tu capacidad de verdad. Serena tu ánimo con la terminante promesa de Jesús: «quien busca encuentra». Y tú estás buscando con empeño y sinceridad. ¿No será que Aquél a quien buscas está ya en ti removiendo tus entrañas?

«Tiene sed del Dios vivo». Tú ya sabes lo que buscas. Todos los hombres buscan algo; por muy satisfechos que parezcan, nadie se conforma con lo que es ni con lo que tiene. Y esa insatisfacción general es el motor mismo de la historia humana. Pero la mayoría no sabe lo que busca. Tú, en cambio, has descubierto ya cuál es la única meta hacia la que apuntan todas tus ansiedades: el Dios vivo. ¡Qué tremenda y misteriosa ambición expresan estas pocas palabras! No aspiras simplemente a pensar en Dios, a imaginarlo o recordarlo; quieres encontrarte con Él, con el mismo Dios que revolucionó la vida de Abrahán y de Moisés. Y, poseído por la misma extraña locura de estos grandes creyentes, pretendes, además, «ver su rostro». Nos parece que has contraído una enfermedad incurable: la pasión por el Dios vivo. Quien es tocado una vez por la mano del Invisible ya no puede sustraerse nunca a su atracción: es como un insecto que no puede escapar del círculo luminoso. Y no entiendas mal aquellas palabras de Jesús: «Quien beba de esta agua, nunca más tendrá sed». Porque el mismo que las pronunció, murió gritando: «Tengo sed». Ciertamente, quien prueba el agua de Dios ya no necesita ni desea otra bebida: eso es lo que quería decir Jesús. Pero a Dios, cuanto más se le busca más se le desea; hasta la muerte. Porque esta enfermedad es necesariamente mortal: no se puede ver a Dios sin morir. ¿Estás dispuesto a jugarte la vida por este encuentro?

«Todo el día me repiten: ¿Dónde está tu Dios?» Sí, eres testigo a la fuerza. Y no de una presencia, sino de una ausencia. Durante algunos años has pretendido olvidarte de Dios y los demás no te han dejado. Te has esforzado por ser uno más, por compartir la despreocupación de una vida «normal» y sin problemas. Pero la gente es terca: para ellos Dios sigue siendo «tu Dios». Y por eso cargan sobre ti todas las quejas que tienen contra Él. Se burlan, te atacan, te preguntan. Cuántas veces has querido gritar: «¿Qué tengo que ver yo con Dios?». Pero es inútil; para los demás estás marcado. Siempre serás ante ellos un punto de referencia obligado, un signo de contradicción.

¿Y ante ti mismo? La pregunta que te hacen los demás, ¿no será un simple eco de la que tú te estás haciendo siempre? Posiblemente puedes expresar tu tragedia íntima con las bellas palabras del poeta: «Hombre de Dios me llamo, pero sin Dios estoy». Y es muy posible también que en este momento estés pensando: «Si no puedo escapar de Dios, lo mejor será rendirme de una vez». ¡Ojalá lo hagas! Pero, cuidado: el problema de Dios no se resuelve con un solo acto de voluntad, difícil pero factible, que te permita decir: «Ya lo tengo». A Dios no lo poseemos nunca. Es como una sombra que unas veces se insinúa y otras desaparece. Parece que le gusta escaparse y dejarnos vacíos, como le ocurrió a Jesús en la cruz. También a él le decían: «Si tanto le ama, que venga a salvarle». Y no pudo responder más que con una queja amarga: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Y es que lo que quiere Dios es poseernos a nosotros. Y, para conseguirlo, nos vacía primero de nuestro afán de atraparlo. Hasta que no tengamos más remedio que decir: «A tus manos encomiendo mi espíritu», y morir después en la oscuridad y en la confianza. Mientras dure esta vida, seremos siempre peregrinos que avanzan tanteando en la oscuridad.

«Recuerdo otros tiempos...» Para muchos, Dios está relacionado con lo más puro y lo más alegre de su niñez. Pero no todos pueden decir lo mismo; incluso para algunos, la primera educación constituye más bien un obstáculo que les separa de Dios. Si tú has tenido la suerte de nacer en una familia cristiana, que te ha educado en los valores evangélicos y te ha ido introduciendo en la Iglesia, aviva los recuerdos de tu niñez que son como tu historia personal de la salvación. Vuelve a conectar con los primeros testigos que te revelaron el rostro de Dios; sobre todo con tus padres.

Pero no te quedes en el pasado. Dios, aunque no te hayas dado cuenta, no ha dejado de actuar en ti. Descubre sus huellas en el presente de tu vida. Dios es ciertamente tu pasado, pero también es tu presente y tu futuro. En tu vida ha habido alegrías y angustias, conquistas y fracasos, entregas y traiciones; pero lo mejor de tu vida está aún por venir. Por eso, apóyate en tus recuerdos, pero vive de esperanza. Porque tu Dios está aún por llegar. 

 

 

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