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El Testigo Fiel
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formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003

¿Qué tiene de propio la Pasión según San Marcos?

Domingo de Ramos - Pasión según san Marcos

por Lic. Abel Della Costa
Nació en Buenos Aires en 1963. Realizó la licenciatura en teología en Buenos Aires, y completó la especialización en Biblia en Valencia.
Desde 1988 hasta 2003 fue profesor de Antropología Teológica y Antropología Filosófica en en la Universidad Católica Argentina, Facultad de Ciencias Sociales.
En esos mismos años dictó cursos de Biblia en seminarios de teología para laicos, especialmente en el de Nuestra Señora de Guadalupe, de Buenos Aires.
En 2003 fundó el portal El Testigo Fiel.
29 de marzo de 2015
Nos acercamos a percibir las diferencias entre los evangelios, y en relación a ello, intenatr llegar a lo más original de la pasión según san Marcos.

Insisto permanentemente (no sólo yo, desde luego, sino la casi totalidad de los estudiosos y divulgadores bíblicos) en que los evangelios no son filmaciones de los hechos de Jesús, sino catequesis: la catequesis narrativa de la Iglesia inicial, que es la norma fundamental de nuestra fe. Todos los desarrollos de la fe en la tradición de la Iglesia parten de esa catequesis narrativa.

 

¿Qué quiere decir esto de «catequesis narrativa»? quiere decir que, sobre la base de la transmisión oral de hechos y dichos de Jesús, una segunda generación de cristianos, apoyados en la autoridad de los apóstoles, organizaron un conjunto de relatos coherentes que, en forma de una historia, nos cuentan aquellos aspectos de la vida de Jesús que nos llevan a descubrirlo como el Cristo-HIjo de Dios de gloria oculta (Marcos), o como el nuevo y definitivo Moisés (Mateo), o como la cabeza de una Iglesia que se expande por el Espíritu (Lucas) o como la fuente de Vida divina para los que creen en él (Juan). Cada uno de los evangelios, sobre la base de unos hechos y unos dichos recibidos en una transmisión oral enriquecida por la experiencia de la fe, y atendiendo a las situaciones que vivían sus respectivas comunidades, ha modelado esos hechos, les ha dado una forma literaria adecuada, y no sólo adecuada, sino atractiva y en los usos de su tiempo.

Todos estos escritos son palabra de Dios, pero no son «dictado de Dios», todos llevan la impronta de un profundo trabajo humano. Sería de hecho inconcebible que un Dios que se ha encarnado no hubiera querido que su Palabra fuera profundamente humana: Dios se ha encarnado, pero mucho antes que eso, había comenzado a «entintarse» de palabra humana, y lo siguió haciendo hasta completarse, al fin del siglo I o principios del II, la escritura del Nuevo Testamento.

Esta introducción debería ser innecesaria a la vista de que cada año leemos el Domingo de Ramos una pasión sinóptica (Mateo, Marcos, Lucas) y a los cinco días, en Viernes Santo, la pasión según san Juan. Con sólo eso, ya deberíamos saber que sobre la base de unos mismos hechos y dichos fundamentales, cada narrador ha escrito relatos realmente distintos, con formas de contar, con detalles, y con una impronta propios.

San Marcos fue, posiblemente, el primero que escribió de modo continuo una «pasión del Señor». No tenemos ningún relato como estos dos capítulos que provengan de fechas más tempranas que la década del 60, cuando escribió él su evangelio. Los escritos anteriores que poseemos (las Cartas de Pablo) no hablan de la Pasión en términos de una catequesis narrativa, sino en otro tipo de escritura: san Pablo habla todo el tiempo de la cruz, de su significado, de su valor para el creyente, y de cómo la cruz es criterio de verdad del mensaje de Jesús y de la vida del creyente, pero no nos cuenta nunca una «pasión» en forma narrativa.

Tras él escribieron san Mateo (posiblemente comenzada la década del 70), san Lucas (finalizando los 70) y Juan (mucho más tarde, cerrando los 80). Todos ellos conocieron el relato de san Marcos y otras tradiciones orales que Marcos no había conocido o no había aprovechado para su catequesis.

Por ejemplo, por poner sólo uno de los infinitos detalles de unos y otros: los cuatro mencionan que Jesús estuvo flanqueado, en el Gólgota, por dos malhechores.

Marcos: «Con él crucificaron a dos salteadores, uno a su derecha y otro a su izquierda.» (15,27)

Mateo: «al mismo tiempo que a él crucifican a dos salteadores, uno a la derecha y otro a la izquierda.» (27,38)

Lucas: «le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.» (23,33)

Juan: «y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.» (19,18)

Sobre el mismo motivo tradicional -con Jesús fueron crucificados dos más- Marcos y Mateo identifican a los dos como salteadores, y aparecen allí por primera vez, Lucas los identifica como malhechores (más genérico), y los trae a su relato ya desde antes: «Llevaban además otros dos malhechores para ejecutarlos con él.» (Lc 23,32) por eso él habla de «los malhechores» y no de «unos malhechores»: ya los había presentado en el versículo anterior.

Y Juan mantiene la imagen de Jesús flaqueado por otros dos crucificados, e incluso acentúa el hecho de que Jesús está en el medio, pero no se interesa por esos dos personajes, al punto que ni siquiera sabemos si eran o no delincuentes, sólo pone en foco la figura de Jesús.

 

Un poco más adelante, esos otros crucificados actuarán:

Marcos: «También le injuriaban los que con él estaban crucificados.» (15,32)

Mateo: «De la misma manera le injuriaban también los salteadores crucificados con él.» (27,44)

Lucas: escena del «buen» ladrón, Lc 23,39-43, una escena propia de Lucas, en la que uno lo insulta, mientras que el otro (el bueno) lo reconoce como inocente.

Juan: no dice nada más acerca de ellos.

Marcos/Mateo, por un lado, atienden a la tradición de los dos malhechores, pero consignan que los dos insultaban a Jesús, mientras que, por su parte, Lucas conoció otra tradición en la que uno de los dos se convertía, o quizás elaboró catequéticamente esta figura en forma de símbolo para mostrar que no hay límites a la misericordia divina.

Vemos en apenas unos pocos versículos cómo, a partir de unas mismas tradiciones básicas, los autores de los evangelios elaboraron una auténtica enseñanza en forma de narración. Como esto, se pueden comparar versículo a versículo los cuatro. Si lo hacemos, veremos que Mateo es el que más depende de san Marcos en su relato de la pasión: san Lucas elaboró mucho más, e incluyó tradiciones distintas (que no conoció o no consignó Marcos), algunas de las cuales también utilizó san Juan, aunque su relato es, a su vez, mucho más desarrollado.

 

En la antigüedad se creyó (y así se transmitió casi hasta el siglo XX), que san Mateo había escrito antes que san Marcos, por lo que se perdía en parte la profunda originalidad de la narración de este último: san Mateo tiene una mayor elegancia en el uso del idioma griego, y una gran maestría para ir desarrollando su texto en diálogo con escenas del Antiguo Testamento; esto implica que si san Marcos se inspiró en él, representaría más bien un empobrecimiento, un «achicamiento», ¿qué podría tener de valioso alguien que escribe más «crudamente», y con menos sutileza al relacionar los hechos de Jesús con el Antiguo Testamento?

Sin embargo ya hoy casi nadie queda que defienda la prioridad de san Mateo, y más bien el consenso de los estudiosos es el contrario: Marcos elaboró una «pasión» con un carácter propio; Mateo, sin renunciar a ese carácter, desplazó un poco el acento, para dejar de manifiesto cómo en Jesús se cumplían las expectativas del Antiguo Testamento.

 

¿Cuál es ese carácter propio de la pasión de san Marcos? A san Marcos le interesa destacar la absoluta y total soledad de Jesús: abandonado de los suyos, abandonado de los dirigentes judíos, abandonado de los que pasaban por allí, abandonado incluso de los que iban a sufrir su misma suerte, los salteadores. En san Marcos hay una escena que es uno de los pocos textos que no fueron recogidos luego ni por san Mateo ni por san Lucas, ni por san Juan: la escena del muchacho que lo sigue hasta Getsemaní envuelto en una sábana, y que cuando lo quieren prender huye desnudo (Marcos 14,51-52 ). Se ha escrito mucho sobre esa escena, sobre si está aludiendo al propio san Marcos... ¡menuda imaginación de los intérpretes! no hay nada en ella que indique que se está refiriendo a sí mismo, pero muestra por medio de un ejemplo muy destacado que incluso alguien que deseaba acercarse a Jesús, también lo abandona en la hora baja de la cruz.

¡Y hasta Dios lo abandona! Es verdad que el versículo «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado» lo consignan tanto Marcos como Mateo, pero en Marcos, si se me permite la expresión, suena más fuerte, ya que viene preparada por una escena de Getsemaní en donde la soledad de Jesús destaca por sobre cualquier otro rasgo.

En san Marcos Jesús se entrega a la voluntad del Padre, no en la comprensión divina que nos cuenta Juan, tampoco en la compañía de la Iglesia que nos comenta Lucas, ni siquiera con el «colchón» de la comprensión bíblica que nos comenta Mateo: en san Marcos Jesús va hacia la voluntad de Dios completamente desnudo, como el muchacho que huye en Getsemaní. Jesús se apoya sólo en la promesa de Dios de no abandonarlo, pero no tiene asidero que avale eso: todos lo dejan, y el Padre calla.

En un ritmo ternario muy bien pautado, san Marcos nos cuenta cómo en tres grupos -los que pasaban, los dirigentes y los malhechores- lo dejan; las horas pasan también de a tres (tercia, sexta, nona) hasta una completa e inquietante oscuridad, y tres mujeres contemplan desde lejos (junto a otras, pero sólo tres se nombran).

Sólo un centurión, un pagano, alguien fuera de cuadro en esta historia divina, sin embargo, lo reconoce. Y desde allí, desde esa completa nada, desde ese universo religioso fallido, explota, en la mañana de Pascua el anuncio inesperado de la resurrección.

No leamos a Marcos como un mero repetidor de Mateo, sino como alguien que ha captado esta nota fundamental de la soledad absoluta de Jesús, que ninguno de los otros rescató con semejante crudeza y visibilidad.


 

Para profundizar puede leerse:

-Brown, Raymond: «Cristo en los evangelios del año litúrgico», caps. 16 y 17. Ed. Sal Terrae, 2010

 

-Leonard, Philippe: «Evangelio de Jesucristo segun San Marcos», Cuadernos Bíblicos Verbo Divino, nº 133, 2006

Comentarios
por mizales (190.186.242.---) - lun , 30-mar-2015, 21:45:22

bellisimo!
Miguel

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