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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003

La resurrección del Señor, ¿el gran milagro?

por Lic. Abel Della Costa
Nació en Buenos Aires en 1963. Realizó la licenciatura en teología en Buenos Aires, y completó la especialización en Biblia en Valencia.
Desde 1988 hasta 2003 fue profesor de Antropología Teológica y Antropología Filosófica en en la Universidad Católica Argentina, Facultad de Ciencias Sociales.
En esos mismos años dictó cursos de Biblia en seminarios de teología para laicos, especialmente en el de Nuestra Señora de Guadalupe, de Buenos Aires.
En 2003 fundó el portal El Testigo Fiel.
5 de abril de 2015
La resurrección: eso que nos define como creyentes en Cristo, ¿es que los demás no lo ven? ¿cómo pueden ser tan obtusos?

Muchas veces, creyendo defender los «derechos de Dios» contra el racionalismo o la impidedad modernas, oímos hablar de la resurrección como un portentoso milagro del Señor, es más: como el gran milagro; ¡qué deformación espiritual tan tenebrosa la de un mundo que a la vista de algo así de asombroso, no es capaz de conmoverse, y se empeña en su «no serviré»!

El caso es que la resurrección no es un «argumento poderoso», no es un «hecho para asombrar», no es posible «convencer» a nadie de ella, ni es, de ninguna manera «un gran milagro»... la resurrección no es ninguna clase de milagro. La resurrección, junto con la presencia real de Cristo resucitado en la Eucaristía, junto con la concepción virginal de Jesús, y algunos pocos más, son los hechos centrales del misterio cristiano, y no son, por eso mismo, milagros.

El milagro, tanto en la Biblia como fuera de ella, es un hecho asombroso, visible por muchos, por los que creen y por los que no creen, es una «preparación para la fe». Dios permite que en el mundo ocurran milagros, con los cuales los hombres, embotados en en el encierro de sus vidas cotidianas y previsibles, de repente son convocados a preguntarse «¿es que hay 'algo más'? ¿es que quizás este mundo no es todo lo previsible que yo pienso?» Sin embargo el milagro no da la respuesta, sólo ayuda a formular la pregunta. Dios se sirve de muchísimos gestos de providencia para suscitar en el hombre la pregunta asombrosa «¿es que hay algo que se me escapa?»

Jesús usó milagros, como usó la ruptura de la lógica religiosa de su época: cuando todos esperaban que actuara como un «rabino correcto», él superaba la «corrección religiosa». Uso también un lenguaje elíptico para hacer pensar en Dios, las parábolas, y usó gestos proféticos, como la «purificación del templo.»

Lenguaje simbólico y sugestivo, gestos que dan qué pensar, cimbronazos a la lógica religiosa, milagros, curaciones, etc. son hechos de providencia, son intromisiones veladas de Dios en nuestro mundo, por las cuales el hombre, cada hombre, es convocado a hacerse una pregunta, y a esperar y buscar una respuesta. No ocurrieron sólo con Jesús ni en su tiempo: en toda época hubo taumaturgos, sanadores, grandes predicadores, profetas dentro y fuera de la Biblia, líderes religiosos con un carisma especial. Ni eso es propio de Jesús, ni es eso lo que lo define. Si Jesús no hubiera hecho un solo milagro, no dejaría de ser quien es, no dejaría de ser El Señor. Los hizo, como hizo tantas otras cosas para preparar a los hombres al Misterio.

Pero lo propio de Jesús no es el milagro sino el MIsterio: la irrupción en nuestra vida, en nuestro estar hoy aquí y mañana en la tumba, de una realidad que trasciende el aquí y la tumba, es más: que llena de vida a nuestro hoy y a nuestra tumba.

Por eso la resurrección no puede ser «vista», como los milagros, porque es Misterio, y el misterio sólo puede ser anunciado, oído, creído, celebrado. La resurrección -el hecho central de la vida de Jesús, aquel para el que vino y que lo entroniza como Cristo y Señor- no es para nosotros algo que podemos «ver» (y decidir si pasar de él o admitirlo), sino algo que estamos llamados a «experimenmtar», a quererlo para nosotros mismos, a celebrarlo como ahora posible. La resurrección es la fuerza de Jesús, su «energía».

Quizás parezca demasiado moderno esto de la energía, demasiado «nueva era». Pero así lo dice, en un versículo memorable, la Carta a los Filipenses, al hablar de la resurrección nuestra, a semejanza de la de Cristo:

«Nuestra vida ocurre en el cielo, de donde además aguardamos ansiosamente al Señor Jesucristo como Salvador; él transfigurará nuestro cuerpo de humillación en un cuerpo de gloria como el suyo, conforme a esa energía con que puede hacerlo y someter a sí mismo todas las cosas.» (3,20-21)

La resurrección no es un hecho entre otros hechos, ni un hecho portentoso digno de admirarnos y volver a nuestra vida de siempre. Demasiado poco sería si fuera sólo eso. Escuchado el anuncio, aceptado que nuestro tiempo, nuestro mundo atravesado de humillación ha sido convocado realmente a la gloria, por quien tiene la energía de hacerlo, por quien de verdad tiene el poder de hacerlo, entronces la resurrección de Jesús es el certificado de que ya ahora, ocurra lo que ocurra, nuestra vida está transcurriendo en un plano de profundidad que los demás quizás no pueden ver, pero nosotros sí: «Nuestra vida ocurre en el cielo».

Rechazar la resurrección, por tanto, no es cosa de racionalistas modernos, no es cosa de mera impiedad, es resistencia a algo demasiado grande para cualquiera de nosotros: si nosotros la hemos admitido, es por una especial gracia del Señor, que nos ha llamado a su vida ya desde ahora:

«Al oír la 'resurrección de los muertos', unos se burlaron y otros dijeron: 'Sobre esto ya te oiremos otra vez'... Pero algunos hombres se adhirieron a él y creyeron, entre ellos Dionisio Areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos otros con ellos.» (Hechos 17,32.34)

No es sencillo aceptar la resurrección, ni va de suyo que porque el cuerpo no está en la tumba, se vuelve obvio admitir lo inaudito. Quien la admite lo hace en su propio nombre, se pueden contar con los dedos de la mano: Dionisio, Damaris, y algunos otros. Nosotros hemos escuchado el anuncio, nuestro corazón ha sido hecho capaz (no por nosotros mismos, ciertamente) de aceptar la palabra y penetrar en el Misterio; su energía de transformarlo y someterlo todo a sí nos ha alcanzado. Toca celebrarlo, y con mucha comprensión y prudencia ir preparando a los hombres a escuchar de este hecho inaudito, y acogerlo en su corazón y para su propia vida.

Comentarios
por isidro13 (82.213.187.---) - mar , 07-abr-2015, 15:10:55

Por un lado, ¿Por qué es tan fácil de entender lo que dices, Abel, y a la vez tan difícil de sentir, experimentar, celebrar...? ¿insuficiencia de fe? ¿especial gracia?...
Por otro lado, ¿cómo sentir, experimentar, celebrar (REAL Y VERDADERAMENTE, no por devoción, lo dice la Iglesia, la liturgia, etc)... algo que no podemos "entender", es decir, el Misterio?

por Abel (81.203.151.---) - mar , 07-abr-2015, 19:07:58

La experiencia de la fe es algo muy complejo: implica el sentimiento, de arrobamiento o asombro ante el Misterio (de más profundidad, pero no lejano del "asombro filosófico" del que hablan Platón y Aristóteles)
Ese sentimiento, como todo sentimiento, dura lo que dura, no puede ser retenido. Pero la experiencia de la fe no es idéntica a ese sentimiento, la experiencia de la fe reclama la comprensión ("la fe busca al intelecto", de San Anselmo) pero para ello se apoya en la memoria de lo ya intuido en el sentimiento de asombro ante el Misterio ("Cuando mi alma se acongoja, te recuerdo", salmo 42).
Así que la experiencia de fe, aunque no puede retener su objeto, el Misterio, sí puede celebrarlo, unas veces con un mayor "sentimiento a flor de piel" y en otras con una "melancolía religiosa" que no está teorizada en los manuales de espiritualidad (ya que la han osificado como "noche oscura de alma"), pero es muy real y legítima.
Dios se manifiesta siempre: como presencia, como ausencia, como velo; si sólo lo identificas con su presencia, te pierdes mucho. Ricoeur habla de la fe como "experiencia vivida", lo que envuelve a la vez sentimiento, comprensión, y sobre todo, memoria.

por Jim Romi Carrazana (i) (181.95.194.---) - lun , 13-abr-2015, 15:07:15

para mi es novedoso por descubrir personalmente en mi intimidad que la Bendita Resurrección de Jesus es su fuerza y su energia y que mas que un milagro es un misterio y que los misterios sólo pueden ser oidos,eceptados y celebrarlos


por Quisco Mengual (i) (195.77.16.---) - jue , 12-may-2016, 10:52:56

Que la resurrección sea un misterio es indudable; que posee una "energía" que todo lo transforma, también. Pero negar que sea "milagro" me parece unilateral,debido a mi parecer a una concepción excesivamente restringida de lo que es milagro; reducida al aspecto instrumental de "signo visto para suscitar la creencia". Existen milagros que nadie ve; sanaciones que no son atestiguadas por nadie. Aparte de eso, si hemos de creer a la escritura, Jesús fue visto resucitado por muchos, o sea que sí que se vió el milagro, y tampoco cuando alguien que iba en silla de ruedas camina vemos el milagro en sí mismo sino sus resultados: que camina.
Entiendo que se quiera desviar la atención de lo meramente "llamativo y apabullante" para afirmar su valor cualitativo, interior y misterioso, pero negarle a la resurrección el adjetivo de milagrosa, entendida como hecho que supera lo meramente natural, para insistir solo en su energía está demasiado próximo, a mi entender, a las concepciones según las cuales Jesús solo resucitó "en el espíritu de sus discípulos" y de ahí a hacer de la resurrección una mera impresión psicológica el paso es demasiado corto y se da con demasiada frecuencia hoy en día. Seguir manteniéndola como milagro, equivale en este caso a defenderla de degradaciones, esta vez sí, modernistas e incrédulas.

por Abel (81.203.151.---) - vie , 13-may-2016, 06:24:05

Comprendo que te resulte restrictivo circunscribir el milagro a su "visibilidad", porque estamos demasiado acostumbrados a relacionar el milagro con lo que supera las posibilidades naturales.
Pero con "mi" definición (que estrictamente no es mía, sino a la que adhiero) no hago sino retrotraer la milagrosidad a su significado más propio, reflejado en el sentido mismo de las palabras, tanto en latín como en griego: miraculum, algo digno de admirarse, y más elocuente en griego, thaumaston: algo para contemplar.
La milagrosidad está siempre vinculada al público que ve, se admira, y reconoce en ella "algo". Juan evito la palabra milagro y los llamó "signos", para incidir en ese aspecto aun más importante: el milagro hace ver otra cosa....
Así que el aspecto de ver es fundamental, según lo entiendo. Por eso es milagro la multiplicación de los panes, y no lo es ni la resurrección ni la transustanciación, porque les falta -esencialmente- ese aspecto de poder ser vistos por un testigo.
Por supuesto que hay milagros que no han tenido más testigos que su receptor, por ejemplo una curación milagrosa que haya ocurrido en un bosque: los demás sólo ven que quien andaba en silla de ruedas, ahora va caminando... su aspecto de milagro está testimoniado por alguien, y deberá investigarse la fiabilidad del testigo, etc. Igual que hacemos con los milagros del evangelio, que tampoco hemos (nosotros) visto. Pero el hecho en sí es milagroso cuando ocurre a la vista de alguien, que se convierte en su testigo.
El ver al Resucitado no equivale a ver la resurrección, como ver a un ex paralítico andando no equivale a ser testigo del milagro que lo llevó a esa nueva situación.
Me parece que decir que esto es "demasiado próximo, a mi entender, a las concepciones según las cuales Jesús solo resucitó "en el espíritu de sus discípulos"", es algo injusto hacia el escrito y hacia mí. Una prevención innecesaria.
La resurrección no necesita que la defiendan tergiversando las cosas. La mejor defensa de la resurrección es comprender adecuadamente lo que ella es, y vivir testimonialmente aquello que ella abrió y permite, sin temor a supuestas "degradaciones", que a veces son reales, pero a veces (yo diría, las más de las veces) no son sino fantasías o miedos del lector.

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