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El Testigo Fiel
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formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003

La teología en la universidad

por Dr. Mike van Treek Nilsson
Doctor en Teología; docente e investigador de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Acceso a su sitio web
9 de abril de 2015
El rol de la teología en una universidad católica pluralista no puede sino hacerse cargo de la creación de este necesario espacio de encuentro y articulación de lenguajes. Me imagino que en estas condiciones la tarea primordial de la universidad no es enseñar "la" religión ni "las" religiones como una suerte de oferta de productos. No, la pregunta fundamental podría ser más bien cómo una tradición religiosa puede enriquecer y fortalecer la vida social, propiciar el entendimiento mutuo, enriquecer la convivencia y el reconocimiento mutuo.

En estos días crea revuelo la no renovación de la missio canonica de un profesor de la Facultad de Teología UC [de Chile, nde.], Jorge Costadoat. No recuerdo otra ocasión en que los medios de comunicación y las redes sociales hablaran tanto y por tan largo tiempo en torno a la teología.

El debate hace bien, pues brinda entre otras cosas la oportunidad de clarificar conceptos y ajustar comprensiones. En lo que respecta al caso específico, en la última versión oficial de la explicación, no es justo asociar la no renovación del encargo de enseñar a la heterodoxia o la herejía del profesor. Se trataría de una omisión de ciertos contenidos, lo que tendría como consecuencia el desdibujamiento de la integridad de la doctrina en lo que concierne a sus cursos.

No hay, entonces, sanciones, al menos en términos formales, puesto que en aquella materia, si luego de un largo proceso de diálogo y revisión se llegara a plantear alguna indicación, ésta recae sobre “posiciones intelectuales expresadas públicamente” y no sobre la persona misma, como afirma la propia Congregación para la Doctrina de la Fe. En el debate no siempre ha sido el caso, a veces hay ensañamiento contra la persona llamándolo “hereje”, “heterodoxo” o “anticatólico”. El uso de esos epítetos en nada busca mantener la unidad en la caridad.

Quisiera expresar un punto de vista de teólogo sobre este asunto, un asunto más bien metodológico ausente en este rico y sano debate. Se dice que el teólogo debe “respetar” el magisterio. A mí me parece todavía muy poco, muy impersonal y sobre todo parcial. Si el teólogo y el magisterio sólo se tienen “respeto”, puede que no haya colaboración ni crecimiento mutuo. Ese crecimiento se puede dar si existe diálogo y crítica entre ellos. La libertad de cátedra en una Facultad de Teología católica debería estar al servicio de ello, asegurando que las razones no se impongan por el poder de quien las enuncia sino que se consideren en el mérito de su propia disciplina.

El oficio teológico

Si el teólogo y el profesor de teología se limitaran a memorizar y defender el magisterio de la Iglesia y a reproducir esa actitud en el estudiantado, no sería necesaria una Facultad de Teología. No se enseñan formulaciones, se enseña a pensar teológicamente. Quien trabaja como teólogo bajo el mandato de la misma Iglesia, debe, entre otras cosas, enseñar la génesis y desarrollo de las formulaciones en las cuales la comunidad de fe expresa y objetiva su fe. Las estudia en sus circunstancias de enunciación particular, pues consideramos que son enunciados vivos y que producen vida al comprenderlos correctamente.

Por ello no basta que él o ella enseñe de manera precisa “la repetición de las fórmulas dogmáticas”, porque su trabajo debe hacer que la Iglesia completa comprenda mejor la fe en Cristo (Juan Pablo II, Sodales Commissionis Internationalis Theologicae [1979]). Comprender mejor supone aportar algo nuevo, agregar algo que no estaba en la reflexión y encontrar un lugar para ello. En otras palabras, el trabajo del teólogo o la teóloga ayuda a la Iglesia a conocer mejor la fe que ella misma confiesa. No hay cabida para una comprensión estática del propio Magisterio.

Es más, en una universidad que posee una Facultad de Teología, dada la libertad de enseñanza que favorece al estudiantado, cualquier estudiante puede ingresar a las aulas de teología. No hace falta que sea creyente; y si lo es, no hace falta que sea católico ni cristiano. A mi juicio, esto es un desafío mayor, pues significa ayudar a un vasto público a desarrollar un pensamiento crítico sobre el objeto que se estudia y sobre la forma en la que cada cual se sitúa frente a él. No es fácil ese ejercicio. Las universidades no pueden renunciar a formar personas que examinan su pensamiento y el de los demás, considerando justo que otros también les hagan ver sus propios límites. ¡Y eso en cualquier materia! Me parece que se trata de un ejercicio de alta libertad y desprendimiento nada fácil de practicar.

Aprender aquello en el terreno de las comprensiones de la fe supone formar parte de una comunidad educativa en la que debe existir “la discusión imparcial y objetiva, el diálogo fraterno, la apertura y la disposición de cambio de cara a las propias opiniones” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo, 11 [1990]), cuestión que sin duda vale tanto para para el teólogo que enseña y publica, como para el estudiantado que aprende el oficio. Y es que se aprende haciendo.

Dado el giro lingüístico que afecta también la comprensión de los enunciados teológicos, se comprenderá que ninguna teología puede realizarse en un escritorio. Cuando los movimientos de la cultura plantean interrogantes a los creyentes sobre la forma en que enuncian su fe, no cabe el fixismo de las formulaciones, sí su comprensión más cabal posible, pues en la adhesión a la verdad no puede renunciar a su inteligencia. Corresponde su análisis genético, investigar si la formulación todavía dice lo que quiso decir y si en las nuevas situaciones se podría decir de forma que traduzca una comprensión más profunda de lo que se cree.

Es lo que, por ejemplo, hace un estudioso de la Escritura: sitúa los textos en su medio histórico original, se pregunta qué habrían podido comprender de él los destinatarios originales, qué miradas nuevas les aportó, cómo les revitalizó la vida, a qué compromisos históricos los empujó, etc. Luego se preguntará por la historia de la interpretación, pues ese sentido y esos efectos se habrán multiplicado, enriqueciendo la comprensión que ahora podremos llegar a tener de él; en fin, ese estudio ayudará a que “vaya madurando el juicio de la Iglesia” con la ayuda de otras ciencias. Me resuena hoy muy poderosamente un párrafo reciente de Francisco: “A quienes sueñan con una doctrina monolítica defendida por todos sin matices, esto puede parecerles una imperfecta dispersión. Pero la realidad es que esa variedad ayuda a que se manifiesten y desarrollen mejor los diversos aspectos de la inagotable riqueza del Evangelio” (Evangelii Gaudium, 40 [2014]).

Así, un profesor o una profesora de teología, si quiere serlo, debe poder despertar de ese sueño monolítico a sus estudiantes. Para propiciar esa libertad del individuo requiere y usa la libertad de cátedra, pues de lo contrario estaría estimulando una suerte de “autopreservación” de estructuras de pensamiento caducas.

Teología en el espacio público

En una sociedad como la nuestra, creo que el teólogo o la teóloga debe operar en la lógica de la comunicabilidad de las afirmaciones de la comunidad creyente. Habermas, quien ha insistido en este punto de manera lúcida, ve en este proceso dos direcciones.

De una parte, el lenguaje del teólogo debe ayudar a que la comunidad pueda formular su fe en un lenguaje accesible a quienes no comparten sus presupuestos religiosos. Sin duda que para lograrlo se requiere conocer el medio donde se dialoga y para ello resulta fundamental aquella interdisciplina que sólo puede darse en una universidad. El primer esfuerzo de traductibilidad le toca al creyente que busca darse a entender.

De otra parte, y todavía según Habermas, el creyente (de cualquier religión) es un ciudadano con derecho a ser respetado y oído en su intento de traductibilidad. Por ello que el ciudadano no creyente también realiza un esfuerzo en orden a no descartar por principio los aportes que provengan de lo religioso, siempre que hayan sido traducidos de manera tal que resulte posible entablar una conversación razonable (Lo político: el sentido racional de una cuestionamble herencia de la teología Política [2001]).

Si Habermas tiene razón, el rol de la teología en una universidad católica pluralista no puede sino hacerse cargo de la creación de este necesario espacio de encuentro y articulación de lenguajes. Me imagino que en estas condiciones la tarea primordial de la universidad no es enseñar “la” religión ni “las” religiones como una suerte de oferta de productos. No, la pregunta fundamental podría ser más bien cómo una tradición religiosa puede enriquecer y fortalecer la vida social, propiciar el entendimiento mutuo, enriquecer la convivencia y el reconocimiento mutuo. Esta pregunta puede tener sentido para todos y no desdibujar para nada la propia tradición. Creo que, en el caso del cristianismo, incluso más bien la refuerza. Para que esto pueda ocurrir, una facultad de teología católica debe estar al resguardo de grupos que puedan querer capturar el currículum de enseñanza e investigación al servicio de intereses particulares, pues ello atentaría contra la catolicidad de dicha facultad, es decir, contra la voluntad de querer interpelar universalmente en el espacio público.

Teología y movimientos sociales

En el marco de la perspectiva que he desarrollado aquí, el teólogo y la teóloga no pueden permanecer únicamente pendientes de su escritorio, de lo que otros escriben e investigan. Además de la biblioteca, el teólogo respira por el pulmón de los movimientos sociales.

Según la Comisión Teológica Internacional –órgano que ayuda a la Congregación para la Docrina de la Fe sobre cuestiones doctrinales de importancia mayor– durante los últimos siglos se han llevado adelante cambios sociales que han alterado profundamente la geografía de nuestras sociedades. La Ilustración, la Revolución francesa, la emancipación de la mujer, los movimientos pacifistas, los que propugnaron una nueva democracia, los movimientos de liberación y los ambientalistas… Según esta comisión, la Iglesia ha sido “extremadamente cauta” (un eufemismo políticamente correcto) frente a dichos movimientos y se ha fijado más bien en las amenazas que ellos traerían para la fe y la doctrina, pero ha descuidado su importancia. La Comisión constata que este exceso de cautela o prudencia se ha ido modificando “gracias al sensus fidei del pueblo de Dios, a la mirada clara de creyentes individuales proféticos, y al diálogo paciente de los teólogos con las culturas circundantes”. La teología que se ha puesto en contacto con ella ha intentado discernir qué de esos movimientos es compatible con el Evangelio y qué no lo es (Teología hoy: perspectivas, principios y criterios, 55 [2012]).

El cristianismo cree en un Dios que se ha hecho legible en la historia y audible en el mundo, sin identificarse con él. No me imagino que un discernimiento como ese se pueda dar sin prudencia, pero tampoco sin audacia, valentía y sin algún grado de participación en aquellos movimientos. ¿No es una universidad católica y especialmente sus facultades de teología, con sus teólogas y teólogos, las que deberían llevar adelante y propiciar este diálogo? De nuevo, la libertad académica es necesaria para permitir que esto se dé. Y es precisamente bajo este marco del Magisterio que la ejerceremos.

[artículo reproducido con permiso de su autor]

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