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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003

Cómo están organizados los libros en la Biblia (2ª parte)

por Lic. Abel Della Costa
Nació en Buenos Aires en 1963. Realizó la licenciatura en teología en Buenos Aires, y completó la especialización en Biblia en Valencia.
Desde 1988 hasta 2003 fue profesor de Antropología Teológica y Antropología Filosófica en en la Universidad Católica Argentina, Facultad de Ciencias Sociales.
En esos mismos años dictó cursos de Biblia en seminarios de teología para laicos, especialmente en el de Nuestra Señora de Guadalupe, de Buenos Aires.
En 2003 fundó el portal El Testigo Fiel.
8 de septiembre de 2016
En la segunda parte de la cuestión del canon tratamos de dos aspectos que hacen a la constitución y el significado del canon cristiano de la Biblia: cómo se relaciona nuestra Biblia con su parte más extensa, el Antiguo Testamento, y cómo está organizado el Nuevo Testamento.

[Este escrito continúa el trabajo comenzado aquí]

El cristianismo inicial en el contexto del judaísmo

Fra Angelico: Los profetasEl judaísmo de época de Jesús era mucho más complejo de lo que nosotros lo imaginamos. El propio Nuevo Testamento refleja algunas divergencias internas muy notables: «Aquel día se le acercaron unos saduceos, esos que niegan que haya resurrección [...] Mas los fariseos, al enterarse de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron en grupo,» (Mateo 22,23.34). Fariseos y saduceos era todos judíos, no eran unos ortodoxos y otros heterodoxos, ni unos un poco menos judíos que los otros... todos ellos eran judíos, sin embargo tenían divergencias de interpretación en puntos tan centrales como el destino eterno del hombre, el modo de recibir la Ley, etc. A estos dos grupos se suman otros, algunos más radicales, como el de los esenios, que rechazaban algo que parece tan del núcleo de la fe bíblica como el culto en el templo de Jerusalén, o los zelotes, con su lectura urgentemente política de la fe. Otros, aun reconociéndose judíos, no se interesaban por la fe "hebrea", es decir, de tradición palestinense y con su centro en un idioma que realmente ya no se hablaba, como el hebreo, ni siquiera como el arameo (la lengua corriente en Palestina): era el judaísmo de habla griega, profundamente inserto en el mundo helenístico, y que dialogaba con ese mundo ofreciéndole una interpretación ética y monoteísta de la vida (estos son, posiblemente, los que Hechos 6 llama "los helenistas").

En ese contexto, el surgir de un movimiento interno al judaísmo, que proclama que la vuelta de Elías anunciada por Malaquías 3,23 ya se había producido, que el Mesías esperado había sido Jesús, y que en él se había abierto el nuevo Eón, el Tiempo Final, no implica necesariamente una ruptura con el judaísmo. El judaísmo era profundamente adaptable en sus creencias, tenía incluso vertientes misioneras, así que no parece que nada de lo que dijeran los nuevos creyentes en Cristo debiera llevar de manera inevitable a una ruptura.

De hecho esa ruptura no se produce de manera inmediata: los cristianos siguieron siendo judíos durante varias décadas; durante nada menos que medio siglo, ya que la Pascua de Cristo fue poco antes del 30, y la separación definitiva y excomunión recíproca entre judíos y cristianos fue hacia el año 80. Durante esos 50 años se podía ser judío y cristiano al mismo tiempo; los cristianos aprovechaban el encuentro sabático en las sinagogas para proponer su lectura de "La ley y los profetas", y ganar adeptos, o a veces una buena paliza.

Fue Pablo el instrumento elegido por Dios para llevar a la fe cristiana la nueva conciencia de que la novedad traída por Cristo implicaba la ruptura con la fe judía, que quedaba, por tanto, atrás. El judaísmo resultaba una herencia a asumir y superar; el propio Pablo se propone como modelo de esa "lógica" según la cual precisamente por ser judío, su fe debe ir más allá de la fe judía (Filipenses 3, y muchos otros pasajes).

Lo que san Pablo proponía no fue inmediatamente aceptado; san Pablo escribió entre el 40 y poco más del 60, pero hizo falta un acontecimiento histórico como la destrucción del templo de Jerusalén por las tropas romanas (año 70) para que los cristianos se dieran cuenta de que posiblemente Pablo tenía razón: Dios hablaba de una manera nueva en Cristo, no era una simple continuidad, era una continuidad con ruptura.

 

Continuidad con ruptura

Esta fórmula identifica el gran problema que afecta a la comprensión cristiana de la Biblia: tres cuartos de ella -lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento- se refieren a una fe que podemos considerar superada y abolida por Dios mismo...

De 73 libros que componen la Biblia, 46 no hablan de manera directa ni obvia de Cristo, muchas de las lecturas que los cristianos vemos como "proféticas" en el Antiguo Testamento son muy cuestionables desde el punto de vista literal. Tomemos por caso el famoso texto de Isaías 7,14: «el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una virgen está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel» (trad. del griego) Tan incorporado tenemos que ese texto habla de la Virgen María y de Jesús, tan hondo caló la relectura que hace de él san Mateo (1,23), que muchos cristianos no se paran a pensar que el «signo» que el Señor da a los judeos de época de Isaías (siglo VIII aC) no puede referirse a alguien que nacerá ocho siglos más tarde, cuando todo ese pueblo que recibe la señal esté muerto... es una profecía dicha para el rey Ajaz y su época, ante la grave amenaza de los asirios acampando cerca de Jerusalén. En esa profecía Dios, por boca del profeta, les reafirma que aunque la situación histórica es desesperante desde el punto de vista humano, Dios mismo sostiene y consolida la dinastía de David. En su sentido primero, la profecía se refiere posiblemente al nacimiento del heredero real, el que será luego el rey Ezequías. Sólo por vía de una profunda relectura, que supone toda una comprensión de las Escrituras, esa profecía resulta un anuncio de Cristo. Y así con muchos otros textos.

Sin embargo, leer así el "Antiguo Testamento" no es leer mal. El propio Jesús resucitado enseñó a los cristianos a leer las Escrituras anteriores en la nueva claridad de la Pascua de Jesús: según nos cuenta san Lucas, al atardecer del domingo de resurrección, dos de los discípulos iban atribulados a la aldea de Emaús, conversando acerca de las ilusiones rotas con la muerte de Jesús. Jesús se les aparece y -sin que ellos lo reconozcan- «empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras.» (Lc 24,27).

No es leer mal, pero es importante comprender la distancia entre nuestra recepción del "Antiguo Testamento", y la que puede tener un judío, para quien esos mismos escritos (ese mismo texto) no es ningún "Antiguo" Testamento, sino el libro de una Alianza para ellos vigente.

 

Antiguo Testamento

MoisésLa primer gran cuestión, entonces, del canon cristiano de la Biblia es la división entre Antiguo y Nuevo Testamento. No es una división obvia, ¿por qué están allí esos 46 libros, con el valor de "palabra de Dios"? ¿por qué está allí una "Ley" que sin embargo para nosotros ya no es Ley?

Quien precisamente acuñó la expresión "antiguo testamento" para referirse a las Escrituras judías fue -¡nuevamente!- San Pablo, con su capacidad para ver el desarrollo de la fe varías décadas antes de que ocurriera. "Antiguo testamento" aparece una sola vez en toda la Escritura, sin embargo esa sola vez marca muy bien la nueva comprensión de las cosas que se abría en Jesús:

«si el ministerio de la muerte, grabado con letras sobre tablas de piedra, resultó glorioso hasta el punto de no poder los hijos de Israel fijar su vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, aunque pasajera, ¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu!...Teniendo, pues, esta esperanza, hablamos con toda valentía, y no como Moisés, que se ponía un velo sobre su rostro para impedir que los israelitas vieran el fin de lo que era pasajero... Pero se embotaron sus inteligencias. En efecto, hasta el día de hoy perdura ese mismo velo en la lectura del Antiguo Testamento. El velo no se ha levantado, pues sólo en Cristo desaparece. Hasta el día de hoy, siempre que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones. Y cuando se convierte al Señor, se arranca el velo.» (2Corintios 3,7ss).

El pasaje hace una relectura cristiana del espisodio de Exodo 34,29-35. En el contexto original, este pasaje viene a desarrollar la cuestión de la intimidad de Moisés con Dios: a tal punto habla Moisés con Dios de una manera única, que la piel de su rostro se vuelve brillante por la cercanía con la luz divina; sin embargo eso los llena de temor religioso, y prefieren que se cubra, antes que ver esa gloria tan cercana a la gloria divina.

Donde el episodio original proponía quizás sólo un elogio de la gran figura de Moisés, san Pablo ve un poco más, ve el destino de su pueblo: es el pueblo que Dios se escogió, llamado a la gloria, y sin embargo, por voluntad propia cegado a la verdadera profundidad de Dios, que sólo se descubre en Cristo.

El Libro de la Alianza (en griego "diatheke", que pasa al latín como "testamento"), entonces, participa de esa doble cara: por un lado es verdaderamente el libro de Dios, pero no muestra por sí mismo su gloria, si no lo "abrimos" con la llave del Nuevo Testamento. Como dirá la célebre fórmula de san Jerónimo: "en el Antiguo está latente el Nuevo, en el Nuevo se hace patente el Antiguo".

 

Lo antiguo y lo nuevo: la "historia" bíblica

Para la biblia hebrea, no hay más que tres categorías de libros: la Ley (Torah, el Pentateuco), Los profetas (nebi'im), Los [otros] escritos (jetubim). 

La Ley es la categoría fundamental, y son por tanto los libros más importantes, análogos para la fe judía de lo que son los evangelios para la nuestra. 

Los profetas interpretan la Ley, la actualizan, la reclaman. La Biblia llama "profetas" a mucho más de lo que nosotros entendemos con esa categoría. Para la biblia hebrea son "proféticos" los libros de los Reyes, de Samuel, de los Jueces, que para nosotros entran sin duda en la categoría de "históricos" (categoría que no existe en la biblia hebrea).

La "conversión" de libros proféticos en históricos comenzó ya en la traducción de los LXX; dado que no se trataba sólo de una traducción, sino de todo un trasvasamiento de mentalidad, los libros ya estaban agrupados de una manera distinta que en lo que podemos suponer que era el canon palestinense: los que parecían contar la historia de Israel (o aspectos de ella), estaban todos juntos, tras la Ley. Por tanto, aunque no fuera explícito, surgía una nueva categoría, del recorte de profetas y escritos: los libros "históricos".

Nuestro canon se constituyó ya bajo esa forma de presentar los libros. Por ejemplo, en el "Decreto Gelasiano", del 496 aprox. -una de las fuentes en la constitución definitiva del canon católico- aparecen explícitamente como históricos libros sapienciales como el de Job o el de Tobías, y la lista de profetas es similar a la nuestra actual, despojada de todos los que la biblia hebrea llama "profetas anteriores", que han quedado desplazados hacia lo histórico.

La constitución de una "historia bíblica" es, posiblemente, una de las novedades que le debemos a la organización cristiana del canon.

Alguno podría pensar que se trata de una mera cuestión de nombres, sin embargo, no es así; el modo como se organizan los libros (y la "organización" es uno de los aspectos de la canonicidad, como hemos visto) implica un modo de comprenderlos, una verdadera "precomprensión" que nos orienta en lo que debe significar para nosotros.

Para la mentalidad que está tras el canon hebreo, las historias de David o de los jueces no son importantes en sí mismas, como historias, no están ubicadas en el pasado; son importantes porque en ellas alienta una proclamación profética de la historia, son vigentes, en la medida en que es vigente el llamado de los jueces a la fidelidad esencial a la Alianza, o la promesa de permanencia eterna hecha por boca de Natán a la casa de David.

Pero si para nosotros todo aquello ya no es Ley, ya ha sido superado en Cristo, ¿cómo asumirlo? como preámbulo, como historia de los orígenes, como anuncio, no como cumplimiento.

Claro que no se convierte un tipo de libro en otro sin pagar un precio, y el alto precio es que lo supuestamente histórico quedó bajo el régimen de la crítica histórica. Si yo digo "La Ilíada es el poema que canta el significado de la guerra de Troya en la costitución de la civilización griega", poco importa cómo haya sido la guerra de Troya, pero si pienso que la Ilíada cuenta la guerra de Troya, tendré que preguntarme cómo fue la guerra de Troya, para juzgar la fidelidad esencial de ese libro a los hechos que narra. En un libro histórico, el valor del libro está supeditado a la fidelidad a los hechos históricos, es un criterio externo el que juzga sobre el libro.

Es uno de los grandes problemas que enfrenta el cristiano ante el Antiguo Testamento: no lo ve ya como proclamación actual sino como anticipo, como anuncio de Cristo a través de los hechos de la historia antigua de Israel... pero si resulta que los hechos de esa historia no se corresponden con lo narrado en el libro, ¿será cierto el anuncio?

Lamentablemente, la mentalidad que fue convirtiendo lo profético del Antiguo Testamento en "histórico", también se extendió al Nuevo Testamento. Los evangelios fueron concebidos inicialmente como proclamación de la fe en Cristo, como anuncio de que la historia estaba preñada de resurrección, narrando "historias" que en muchos casos comprenden gran dosis de símbolo, que en otros son condensaciones de hechos diversos y dispersos, que en otros son construcciones interpretativas en forma de narración. Sin embargo, a los pocos siglos (ese movimiento ya comienza en el siglo II, pero se acentúa en el III y IV), la defensa de la fe lleva a interpretar los evangelios en clave biográfica: son leídos como si se tratara de la biografía de Jesús, y por tanto cualquier impugnación a la literalidad de las narraciones aparece como una negación de la verdad cristiana.

El canon del Nuevo Testamento

Lo cierto es que los evangelios se escribieron bastante lejos de la vida "fáctica" de Jesús; si Jesús tiene su Pascua antes del año 30 (el 26, el 28), el primer evangelio escrito lo situamos en la década del 60, san Marcos. 

Los primeros cristianos no necesitaron una narración evangélica, porque conservaban vivos ciertos recuerdos presenciales del Maestro, que les ayudaban a responder a la pregunta: "Y vosotros, ¿quién decís que soy?" Esa es la pregunta central de la fe cristiana, y para ayudarnos a penetrar en ella fueron apareciendo los evangelios, que de una manera muy vívida nos presentan, no la biografía pasada de Jesús, sino el actuar de Jesús ante nosotros.

Los evangelios son, desde luego, el núcleo del canon cristiano. Lamentablemente (¡no se puede tener todo!) al coleccionar los cuatro evangelios en una misma secuencia -Mateo, Marcos, Lucas, Juan- queda partida una obra tan unitaria como Lucas 1ª y 2ª parte, es decir, Lucas y Hechos. 

El orden en que se presentan de manera invariable desde la antigüedad obedece a la tácita convicción de que ese fue el orden en que fueron compuestos. En la actualidad ya no se afirma que el orden de composición sea Mateo, Marcos, Lucas, Juan, sino Marcos, Mateo, Lucas, Juan; sin embargo la costumbre en presentarlosde aquel modo está demasiado arraigada como para pretender modificarla.

Las epístolas de Pablo forman un "corpus" de 14 escritos, que sigue considerándose tal aunque sobre algunas se haya mantenido históricamente la duda sobre su autoría, o más modernamente se haya llegado a la casi convicción de que no son escritas por él sino por alguien de su entorno de discipulado.

El orden de las epístolas obedece... sólo al tamaño: la más larga adelante, Carta a los Romanos, y la más breve al final -Filemón-, seguida de Carta a los Hebreos, que, aunque en el Corpus Paulino, se vio ya en la antigüedad que no era del Apóstol, y no entró en el orden convencional de las demás.

En la actualidad los especialistas están de acuerdo en considerar ciertamente de mano de san Pablo: ITesalonicenses, Gálatas, Filipenses, I y II Corintios, Romanos y Filemón (en ese posible orden de composición); las restantes se denominan "deuteropaulinas", y la opinión sobre la autoría humana está dividida, algunos las consideran del propio Pablo. pero otros las consideran de discipulos de san Pablo, aunque pueda ser que en ellas estén incorporados fragmentos que provengan de él mismo. Ese conjunto de seis cartas se divide en: II Tesalonicenses, por un lado, Efesios y Colosenses (llamadas "de la cautividad" junto con Flm y Flp), por otro, y las dos a Timoteo y la dirigida a Tito (es decir, las tres llamadas "Pastorales"), por otro.

Cabe aclarar algo importante: la autoría humana de los textos bíblicos no es objeto de definición del magisterio, ni es objeto propio de la fe. El magisterio define que tal libro forma parte del canon bíblico, y lo hace con la convicción del momento en que lo enuncia: la carta a los Efesios de san Pablo es parte del canon; lo definido es que esa carta pertenece al canon, que sea o no un escrito del propio Pablo es algo que debe estudiarse con las herramientas propias de la crítica literaria e histórica (estilo, ideas, fuentes, etc.). 

A veces hay un cierto uso abusivo del lenguaje en estos temas, por ejemplo está el que no se molesta en explicar la cuestión de la sumisión de la mujer al marido en Tito 2,4, porque "esa carta no es auténtica de Pablo". ¡Es verdad que quizás no es de autoría paulina! pero eso no nos exime de explicarla, puesto que, al igual que el resto de los escritos bíblicos, es palabra de Dios.

Sigamos enumerando el canon: tras las trece cartas que podemos identificar como de autoría o de tradición paulina, viene la 14ª del corpus paulino, que está -como ya dije- completamente fuera del círculo paulino de ideas: la carta a los hebreos. La antigüedad abrigó muchas dudas sobre la autoría humana de esta carta, y no la tenía con certeza como de Pablo, aunque luego, ya en el medioevo, se fue considerando más y más del apóstol de los gentiles, motivo por el cual en el decreto de Trento sobre el canon se la coloca junto a los escritos paulinos.

Luego del Corpus paulino, viene un conjunto de siete cartas que llamamos "espístolas católicas". Ese nombre no les viene de que sean de los católicos por oposición a los protestantes, sino de que no tienen destinatario explícito (como las de Pablo), y son, en cierto sentido, dirigidas a todos los creyentes, es decir, universales, "católicas", en griego.

Están organizadas entre sí por una combinación de tamaño y autor supuesto: primero la de Santiago, que se tuvo desde la antigüedad como de Santiago "el hermano del Señor" (identificado a su vez, desde el siglo II y en Occidente, con el apóstol Santiago de Alfeo, es decir, Santiago el menor), por el carácter "judeocristiano" de su teología. Le siguen las dos atribuidas a Pedro (la segunda más bien un escrito tardío, casi seguramente el último en escribirse de todo el Nuevo Testamento), luego las tres pertenecientes al "corpus joánico", luego la menos leída de todas: la epístola de Judas, un muy breve escrito cuyo autor se identifica con Judas "hermano de Santiago", posiblemente del mismo círculo judeocristiano de los "hermanos del Señor", pero cercano ya al fin de la era apostólica, cuando la iglesia comienza a ser sacudida por las divisiones doctrinales que caracterizarán los dos siglos siguientes.

Cierra el conjunto de escritos del Nuevo Testamento, y toda la Biblia, el Apocalipsis, cuyo autor se identifica con el nombre de Juan, y es tradicional atribuirlo al apóstol de ese nombre, aunque ciertamente en la actualidad ya casi nadie identificaría al autor de Apocalipsis (sea o no el apóstol) con el autor del evangelio. No es el único escrito apocalíptico del Nuevo Testamento (están los discursos de Jesús, fragmentos de Pablo, de Pedro, de Judas), pero es único libro que pertenece por completo a ese género, muy usado en el judaísmo inmediatamente anterior y posterior al Señor. La lectura del Apocalipsis suele provocar en la actualidad sensaciones diversas, del temor al rechazo, de la angustia a la fascinación un poco morbosa en un supuesto conocimiento de "lo que va a ocurrir en breve", pero seguramente lo común a la mayoría de los lectores es la extrañeza y la distancia frente a un lenguaje que fue habitual y comprensible de suyo en su época y hoy ha quedado cerrado a nosotros: si siempre hace falta la ayuda de introducciones y guías de lectura para la Biblia, con el Apocalipsis esas muletas son absolutamente imprescindibles; es el típico libro que hace la fiesta de la lectura fundamentalista, que llega a destrozarlo, junto con la mente del lector.

Conclusión y recomendaciones bibliográficas

La pregunta acerca de cómo están organizados los libros d ela Biblia nos ha llevado en distintas direcciones, distintas pero espero que todas interesantes y que dejan con ganas de seguir pensando. En muchos, y en los límites de uno o dos artículos, tengoq ue contentarme con mencionar hipótesis y direcciones d einterpretación, sin poder "probarlas" o exponerlas con más detalle.

La bibliografía es muy amplia, según qué aspecto del tema le interese más al lector. Yo pienso que dos documentos recientes de la Pontifica Comisión Bíblica deberían formar parte de las lecturas de todo católico inquieto:

-«El pueblo judío y sus escrituras sagradas en la biblia cristiana», del año 2001

-«Inspiración y verdad de la Sagrada Escritura», del año 2014

En los dos se aborda la cuestión de la canonicidad, e incluso en el primero se resumen varias líneas de hipótesis sobre la formación del canon judío y el cristiano. Los dos libros pueden buscarse a partir de la Biblioteca de ETF.

En este mismo sitio hay muchos escritos que abordan distintas cuestiones relacionadas con la autoría de los libros bíblicos y la canonicidad. Por ejemplo, para la cuestión de la autoría de los escritos del "corpus joánico" (Jn, 1,2 y 3Jn y Apoc) hay una pregunta en el Libro de Preguntas que resume el estado de la cuestión, aunque por supuesto no dejo de recomendar ir al mayor especialista en el tema de Juan que es el exégeta Raymond Brown (sus libros se pueden encontrar en la Biblioteca de ETF.

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