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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
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Santos Luis Batis Sáinz, Manuel Morales, Salvador Lara Puente y David Roldán Lara, mártires
fecha: 15 de agosto
†: 1926 - país: México
canonización: B: Juan Pablo II 22 nov1992 - C: Juan Pablo II 21 may 2000
hagiografía: Mártires Mexicanos
Elogio: En la localidad de Chalchihuites, en el territorio de Durango, en México, santos mártires Luis Batis Sáinz, presbítero, Manuel Morales, padre de familia, Salvador Lara Puente y David Roldán Lara, que, por odio al cristianismo, sufrieron la muerte durante la persecución mexicana.
Ver más información en: Mártires mexicanos (1915-1937)

San Luis Batis Sáinz nació en San Miguel del Mezquital, Zacatecas (Arquidiósesis de Durango) el 13 de semptiembre de 1870. Fue párroco de San Pedro Chalhuites, también en Zacatecas. Celoso sacerdote en todos sus ministerios, tuvo especial dedicación a los jóvenes. Fue para ellos un guía y padre bondadoso que, de diversas formas, les hacía crecer espiritual y culturalmente, y les ayudaba a superarse hasta en lo material. Especialmente supo difundir en la juventud el espíritu de heroísmo cristiano para profesar su fe.

Apenas habían pasado quince días de la supresión del culto público, ordenada por los obispos, cuando fue tomado prisionero. Al comunicarle que los soldados lo buscaban, dijo: «Que se haga la voluntad de Dios, si Él quiere, yo seré uno de los mártires de la Iglesia». Y al día siguiente, 15 de agosto de 1926, fue conducido, junto con sus mas cercanos colaboradores en el apostolado: Manuel Morales, Salvador Lara y David Roldán, al lugar conocido como «Puerto de Santa Teresa». El Sr. Cura Batis y Manuel Morales fueron llevados fuera de la carretera para ser fusilados, entonces el sacerdote intercedió por su compañero recordándoles, a los verdugos, que Manuel tenía esposa e hijos. Todo fue inútil, y el párroco, con su característica sonrisa bondadosa, absolvió a su compañero y le dijo: «Hasta el cielo». Pocos segundos después se consumaba su martirio en el día de la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María.

San Manuel Morales, nació en Mesilla, de la Parroquia de Sombrerete en Zacatecas, el 8 de febrero de 1898, y desde muy niño vivió con sus abuelos en Chalchihuites. Allí mismo trabajó como dependiente en una tienda; gozó de la estimación de la gente del pueblo por la atención y amabilidad que siempre manifestó, era sociable y comunicativo. Posteriormente trabajó en una panadería de su propiedad. Contrajo matrimonio con la maestra Consuelo Loera, con la que tuvo tres hijos. Se comportaba como buen cristiano, respetuoso y fiel con su esposa, buen padre de familia.

Fue secretario del Círculo de Obreros Católicos «León XIII», miembro de la Acción Católica de Jóvenes de México, y presidente de la Liga Nacional de Defensa Religiosa, fundada en Chalchihuites en junio de 1925. Esta organización tenía como objetivo que todos los católicos mexicanos se unieran estrechamente para defender, por medios pacíficos y legales, los derechos de la Iglesia Católica y de la religión contra los ataques del sectarismo que se había adueñado del Gobierno de México.

Esa liga no tuvo actividades en Chalchihuites sino hasta el 29 de julio de 1926, en que se celebró una sesión en la plaza de toros del pueblo y a la que concurrieron aproximadamente seiscientas personas. Como presidente de la Liga, don Manuel Morales tomó la palabra ante todos y los exhortó a pertenecer sin temores a la misma, cuyos medios de obrar en nada faltarían el respeto al gobierno constituido. En su arenga, Manuel dijo: «Dios y mi derecho», es nuestro lema. La Liga será pacífica, sin mezcla alguna en asuntos políticos. Nuestro proyecto es suplicar al gobierno se digne ordenar la derogación de los artículos constitucionales que oprimen la libertad religiosa». Terminó su discurso con estas bellísimas palabras: «A los cuatro vientos y con el corazón henchido de júbilo gritemos: ¡Viva Cristo Rey y la Morenita del Tepeyac!».

El sábado 14 de agosto, cuando llegaron los soldados de Zacatecas que supuestamente venían a sofocar el levantamiento de armas, Manuel había salido de su despacho de panadería desde las siete de la tarde y estaba tranquilamente en su casa, con su esposa y sus pequeños. Después de cenar en familia, salió para asistir a la junta ordinaria de la Acción Católica. La junta no se celebró y Manuel se regresó a su casa y, sin darse cuenta aún de la llegada de los soldados, se entregó al descanso. Recibió el aviso de la prisión del Sr. Cura en la mañana del 15 de agosto, estando todavía en la cama. Salió rápidamente a reunir gente para ir ante las autoridades a gestionar la libertad del Sr. Cura. Se presentó ante los miembros de la junta vecinal, que se realizaba en la Botica Guadalupana. Estando en dicha reunión, llegaron los soldados con rifle en mano y gritaron: «¡Manuel Morales!», y él dio un paso adelante y respondió en entereza cristiana: «¡A sus órdenes!». Los soldados respondieron a Manuel con un aventón, lo golpearon con el rifle en la espalda y el cuello y fue conducido a la presidencia municipal. Las gestiones que hicieron las comisiones para obtener la libertad de los prisioneros fueron inútiles. La señora Consuelo Loera, esposa de Manuel, insistió mucho en hablar con el teniente Ontiveros y le dijo «Mi esposo es inocente y nada debe». El teniente, aparentando bondad y profanando la memoria de su madre, le dijo: «Señora, váyase tranquila, le juro por mi madre que nada le pasará a su esposo». Le aseguró que tenía órdenes superiores de trasladar a su esposo a Zacatecas. En medio de un gran dolor, los esposos se despidieron, aunque ella todavía abrigaba la esperanza de que nada le pasaría a Manuel.

Le tocó viajar en el mismo automóvil que al Sr. Cura Batis y también estar junto a él en el momento de su última ofrenda a Cristo. Cuando el Sr. Cura trató de salvarle la vida diciéndoles a los soldados que Manuel tenía familia, éste como siempre, respondió lleno de fe y de valentía: «Deje que me fusilen, Sr. Cura, yo muero pero Dios no muere, Él velará por mi esposa y mis hijos». Y levantándose el sombrero para que le dispararan en la frente gritó: «Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe». Las balas segaron la vida de aquel cristiano ejemplar, cerca de las dos de la tarde, del día de la Asunción de la Santísima Virgen.

San Salvador Lara Puente nació un en rancho de nombre Berlín, perteneciente a la parroquia de El Súchil, Durango, el 13 de agosto de 1905. Hijo de don Francisco Lara y doña María Soledad Puente Granados, fue bautizado el 10 de septiembre en el mismo lugar, con el nombre de José Salvador. Fue alumno del Seminario de Durango, pero al pasar su familia por una situación económica difícil, tuvo que dejar el plantel; no dejó sin embargo de estar cerca y al servicio de la Iglesia. Además de su trabajo como empleado de confianza en la mina El Conjuro, ayudaba mucho al señor Cura en su labor pastoral, tanto por su testimonio de vida intachable como por su apostolado cristiano.

Fue secretario de la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa y presidente de la Acción Católica. En la reunión de jóvenes, cuando el señor Cura expresó sus deseos de martirio y preguntó quién sería capaz de acompañarlo, Salvador con generosidad se ofreció, aunque sin ningún alarde sino con sencillez cristiana.

Poco antes de su sacrificio, en una velada que hubo en Chalchihuites, Salvador declamó la poesía titulada "Marciano", que describe la inocencia del cristiano acusado de incendiar Roma. Salvador, con mucho sentimiento, como posesionado del contenido, parecía decir nuevamente: "Si mi delito es ser cristiano, haces bien en matarme porque es cierto".

El 14 de agosto de 1926, después de su trabajo, descansaba tranquilamente en su hogar. Así pasó la noche, ignorando que al señor Cura Batis lo habían aprendido los soldados; al día siguiente recibió la noticia y fue a unirse con sus compañeros para deliberar la forma de salvar al señor Cura; cuando llegaron los soldados y después de aprehender a Manuel Morales gritaron su nombre. Él respondió con entereza: «¡Aquí estoy!».

El teniente Maldonado engañó a todos diciéndoles que solamente iba a conducir a los reos a Zacatecas para que rindieran declaraciones; la madre de Salvador, Doña Soledad, confió en Dios y en la palabra del militar, por que infundió ánimo a su hijo, lo bendijo y le recordó cuán santa era la causa que defendía. A Salvador le tocó viajar junto a David Roldán en un carro que supuestamente los conduciría a Zacatecas; pero al llegar al Puerto de Santa Teresa se descubrió la verdadera intención: asesinarlos por el delito de ser católicos. Salvador y David contemplaron la muerte heroica de su párroco y de su amigo Manuel, después de recibir del señor Cura la absolución. Luego los condujeron a unos 160 pasos, hacia la falda de los cerros, por el camino de Canutillo. Los jóvenes iban rezando. Salvador, de 21 años, en la plenitud de la vida, se colocó frente al pelotón y con la noble frente en alto, gritó al unísono de David: «Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe». Una descarga de fusilería segó sus vidas. Luego el «tiro de gracia» destrozó casi sus rostros. La juventud y el heroísmo de Salvador impresionaron a los verdugos, quienes al verlo muerto dijeron: «Qué lástima haber matado a este hombre tan grande y tan fuerte».

San David Roldán Lara nació en Chalchihuites, Zacatecas, diócesis de Durango, el 2 de marzo de 1907, hijo de don Pedro Roldán Reveles y de doña Reinalda Lara Granados. Su vida fue muy corta. Contaba con sólo 19 años de edad cuando fue fusilado junto con el Cura Luis Batis y dos compañeros más, tan sólo por proteger su fe.

Aunque tuvo que abandonar sus estudios en el Seminario de Durango, debido a las necesidades económicas de su familia, David Roldán Lara no apartó su vida de la fe cristiana, y se caracterizó por ser un joven limpio, ordenado y responsable que trató de evitarle cualquier disgusto o molestia a su madre, doña Reinalda, quien enviudó muy joven.

Cristiano comprometido, perteneció a la Acción Católica y en 1925 fue nombrado presidente de la misma, posteriormente, fue designado vicepresidente de la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR) cuando iniciaron los problemas originados por las leyes callistas. El 29 de julio de 1926 esta asociación celebró su primera junta en defensa pacífica de la Iglesia; sus propuestas fueron desde el principio claras: no a la violencia, sí a la resistencia organizada y pacífica. Una de las metas consistió en redactar un pliego petitorio suscrito por el mayor número de personas posible, pidiendo al Congreso de la Unión se derogaran las leyes anticlericales por coartar la libertad religiosa.

Pese a que pregonaban precisamente un no a la violencia, fueron acusados falsamente, junto con el señor Cura, de incitar a levantarse en armas. El 15 de agosto de 1926, David se encontraba en su casa preparándose como era su costumbre a cumplir el precepto dominical, cuando un grupo de soldados enviados por el General Ortíz, de Zacatecas, fueron a aprehenderlo hasta su hogar. El joven salió sonriente; al pasar frente a la casa de uno de sus amigos, saludó con cortesía y alegría. Fue llevado a donde se encontraban el Sr. Cura Batis y otros muchos jóvenes, entre ellos estaban Manuel Morales y Salvador Lara, quien era primo hermano de David.

Ante las autoridades federales se presentó el señor Gustavo Windel, padre de la joven con quien David pretendía casarse y además gerente de la mina «El Conjuro», lugar en el que David trabajaba; y les ofreció la cantidad de dinero que quisieran para que liberaran a los presos, pero fue en vano. David y Salvador viajaron en el mismo automóvil y salieron muy serenos. David recibió la absolución de su párroco y el ejemplo de su entrega ante las armas asesinas; vio morir al sacerdote y a su amigo Manuel Morales; luego, junto con Salvador, fue conducido a unos ciento sesenta pasos del lugar de la ejecución anterior, hacia la falda de los cerros. Caminaba con valor y tranquilidad. Sereno y rezando, se dirigió al lugar que le señalaban para completar con un acto de amor su vida juvenil, alimentada y sobrenaturalizada con la fe, el trabajo y la entrega generosa al apostolado. Con el mismo grito que acababan de escuchar de labios del Sr. Cura y de Manuel: «¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!», entregó su espíritu a Dios.

fuente: Mártires Mexicanos
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