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Un domingo para el recuerdo

Domingo I de Cuaresma, ciclo A: Gn 2,7-9; 3,1-7; Sal 50 (frg.); Rm 5,12-19; Mt 4,1-11

por Abel Della Costa
12 de marzo de 2011
Las lecturas de hoy nos cuentan una historia, pero no precisamente una historia de datos, sino una historia de salvación, de una salvación cuya fuerza de proclamación haremos bien en buscar ante todo dentro de nosotros mismos.

 

Nuestra fe apela permanentemente a la historia, es histórica. Ya desde los orígenes de Israel la formulación de fe tenía un fuerte componente histórico: «cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: "¿Qué significa esto?", le dirás: "Con mano fuerte nos sacó Yahveh de Egipto, de la casa de servidumbre."» (Ex 13,14). Si leemos con atención nuestro Credo, junto a la dimensión de exaltación de las tres Personas divinas, lo recorre esta evocación de la historia; el Credo cuenta una historia de creación, cruz, muerte, renacimiento, exaltación final. Nada más natural, entonces, que cuando comienza la cuaresma, cuando decididamente la nave de la liturgia enfoca la proa hacia el día más importante de todo el año celebratorio, el domingo de Pascua, se dedique un domingo a recordar los motivos históricos que llevaron a necesitar una redención.

Efectivamente, las lecturas de hoy están engarzadas como una historia: de caída y gratuita elevación. La primera lectura nos habla de una tentación -la de Adán y Eva- en la que se sucumbió, y de una tentación -la de Jesús- en la que no se sucumbió; mientras que la segunda lectura -Carta a los Romanos- se lleva hoy un gran peso: contarnos cómo ese triunfo de Jesús se convierte en causa de triunfo para todos los seres humanos.

Hoy los predicadores tienen un menú muy completo: si son de tendencia pelagiana (es decir, si se inclinan a valorizar la fuerza del hombre para resistir a la tentación) pueden hablar de cómo Jesús nos dio un ejemplo de resistir y triunfar frente al demonio; si son de tendencia más agustiniana (es decir que tienen menos confianza en las fuerzas del hombre) pueden hablar de cómo la lucha de Jesús frente al demonio abrió por fin el campo de la gracia, hizo posible, no el ejemplo de Jesús a nuestra vida, sino el obrar de Jesús en nuestra vida. Si al predicador le gusta jugar con la imaginación, puede evocar la escena del paraíso, con su árbol del conocer el bien y el mal, su serpiente parlanchina, etc. Si por el contrario le gusta la conceptualidad, puede enzarzarse en los vericuetos de la teología del «pecado original», concepto que san Agustín elaboró precisamente a partir de dos de las lecturas de hoy, la primera y la segunda.

Me gustaría por mi parte detenerme en lo que creo que es la energía subterránea de las lecturas de hoy, aquello que hace que estas lecturas no sean una mera lección de protohistoria, ni un ejercicio de abstracción teológica, sino una verdadera celebración. Lo que reúne a todas estas lecturas está magistralmente expresado en el salmo, se trata de la confesión personal, la confesión de la fe, pero no de los grandes enunciados de la fe, sino la confesión de por qué mi alma se vuelve una y otra vez suplicando a Dios un rescate, y confía en que ese rescate es posible:

«Pues yo reconozco mi culpa,

tengo siempre presente mi pecado:

contra ti, contra ti sólo pequé,

cometí la maldad que aborreces.»

La fe no deviene «confesión de fe», fe creída auténticamente y vivida más auténticamente, hasta que el pecado de Adán no es el mío, la culpa de Adán no es la mía, y la debilidad y miseria de Adán no son mi propia debilidad y miseria. El paseo por la historia nos lleva a la solidaridad esencial con todos los hombres: «todos pecaron», enuncia san Pablo. El paseo por la «teología de la gracia» alienta la esperanza de toda la Iglesia, de una comunión en la redención que ya ha comenzado. Pero no hay solidaridad en la debilidad ni comunión en la redención si yo no soy capaz de decir desde mí mismo y por mí mismo, no porque me lo manden decir, me lo enseñen en historias, ni me reciten una teología, sino porque lo percibo dentro de mi mismo como una llaga lascerante:

«Misericordia, Dios mío, por tu bondad...»

Las lecturas de estos primeros días de la cuaresma, y muy especialmente las de este domingo, apuntan a ese centro, a ese «yo confesante». La confesión de la fe es sin duda un hecho colectivo, como dice la fórmula en la proclamación bautismal: «ésta es nuestra fe, ésta es la fe de la Iglesia, la que nos gloriamos de profesar...». A mí me llena de emoción una fórmula que se usa en la liturgia judía y que lamentablemente no hemos tomado: «Dios nuestro y de cada uno de nosotros...». Sin embargo todas estas fórmulas, colectivas o de comunidad confesante, se apoyan y adquieren su verdadera dimensión en algo que es prereligioso y preconfesional: la mirada vuelve hacia el centro de sí mismo y descubre que, sea como sea, no puede resolver por sí mismo un lugar de llaga y dolor, de vacío y marca, de sinsentido.

Ese sentimiento, que no es todavía religioso, ni es todavía confesión de fe, pone en movimiento «algo». En la parábola «del hijo pródigo» está hermosamente retratado ese momento en el que la llaga interior adquiere un lenguaje religioso: «sí, volveré y diré a mi padre...» La llaga pone en movimiento la posibilidad de hacerme cargo del dolor y el mal que llevo conmigo. Más allá de nuestra responsabilidad en términos jurídicos, estamos inmersos en un mal que nos mantiene alejados de Dios; incluso si nada o muy poco de él pudiera sernos imputado, permanecer sumidos en el mal es una forma de acordar con él. Tendemos (y nuestra pelagiana época, hecha de libros de autoayuda y voluntarismo ñoño, nos ayuda a ello) a considerar la culpa nada más que como un hecho jurídico. Incluso miramos con malos ojos un salmo como el 50, que enuncia «mira que en la culpa nací»; quizás nos puede parecer psicológicamente degradante semejante confesión de una culpabilidad de la que no necesariamente somos responsables. Pero la culpa, aquella de la que hablan la religión y la confesión de fe, no es sólo -y me atrevería a decir que no es ni siquiera principalmente- el derivado de haber hecho mal las cosas: hay una «culpa de existir», de permanecer en la llaga de la existencia y no clamar a Dios día y noche reclamando su intervención:

«Devuélveme la alegría de tu salvación,

afiánzame con espíritu generoso.

Señor, me abrirás los labios,

y mi boca proclamará tu alabanza.»

Job clamaba a Dios. Jesús, clavado en la cruz, clamaba a Dios, y razona en una parábola (Lc 18): Si los jueces humanos, esencialmente injustos, hacen justicia a quien la reclama con insistencia, «Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar?» Ese clamor es precisamente el punto más alto de la religiosidad personal, el punto en que reconocemos que sólo Dios puede ser fuente de salvación. Tras ese punto llega la eclesialidad de la fe: puesto que necesito una salvación, puesto que no me salvo a mí mismo, puesto que es Dios quien me salva, me uno a todos aquellos que en su debilidad encuentran la fuerza de la confesión de fe, y son así convertidos en «los elegidos que claman día y noche».

Casi sin darnos cuenta hemos hecho, en apenas dos párrafos, todo el camino que lleva desde el sentimiento de una llaga y vacío, hasta la confesión comunitaria de la redención. Demasiado para sólo dos párrafos. Debemos ver más de cerca algunos de esos aspectos: he hecho la distinción, un poco al pasar, entre la religión y la confesión de fe, corresponde ahora que ahondemos en ella, que penetremos en lo específicamente cristiano de lo que hablan este salmo y en general las lecturas de hoy. Estamos quizás acostumbrados a confundir una cosa con la otra, a llamar fe a la religión y religión a la fe; pero ni remotamente son lo mismo. Puede haber una desarrolladísima religión, y ni un ápice de fe. La religión puede incluso devenir folclore y negocio, y desaparecer de ella la fe, sin que podamos «objetivamente demostrar» que allí no hay fe. Y esto que pasa en las comunidades, pasa también en la vida personal: nuestra vida puede enredarse en ritos regiosos, en gestos religiosos y en movimientos interiores religiosos, pero no llegar nunca a la confesión de fe, o perderla de vista, olvidarnos de apuntar a ella y de aspirar a ella.

La religión -lo dice cualquier manual de Teología Fundamental I- es un hecho humano, una potencialidad de cada hombre; no necesitamos ninguna revelación para que haya religión y religiones. La religión es ese movimiento humanísimo de un hombre que se vuelve desde sí mismo a reconocer frente a sí, sobre sí, a un Otro, incluso permaneciendo completamente desconocido. El hombre es, por ser una creatura, «capaz de Dios», y eso no se pierde nunca, ni por el más abyecto y degradante pecado; ni aun sumido en el más bajo peldaño espiritual el hombre deja de ser capaz de Dios, capaz de reconocer fuera de sí un Otro, y de dirigirse a él. En la infinita variedad simbólica de las muchas culturas que han existido y existen, los mitos y ritos constituyen lenguaje religioso creado por el hombre, por un hombre que se intuye «capaz de Dios», y ensaya dirigirse a él, con mayor o menor «eficacia».

Cuando un ser humano, cualquiera de nosotros, siente en sí ese vacío del que hablaba más arriba, esa llaga, «la vieja llaga de la herida en el ser», en la hermosa expresión de Alberto Moravia, puede ponerse en movimiento de ensayar un lenguaje para dar nombre a ese sentimiento, dirigir ese sentimiento a aquel que es el único que, intuimos, está fuera de ese dolor y vacío: al reconocer ese dolor y llaga como mal, al dirigir ese reconocimiento a Dios, realizamos un movimiento religioso. Cualquier hombre, de cualquier punto de la historia, puede comprendernos.

Aun cualquier hombre puede comprendernos y acordar con nosotros cuando ese reconocimiento del mal se transforma en un pedido de salvación: «sálvanos, Señor, que perecemos...», «Ten piedad de mí, Señor, que vea, que camine, que oiga...». Siguen siendo movimientos religiosos, surgidos del interior del hombre mismo, que toma las riendas de su existencia, que no se regodea en el mal en el que está sumido, sino que por el contrario, lucha por abrirse paso en la existencia, desde el vacío y la nada hasta alcanzar a Dios. Todo eso es el «clamor» del que hablaba más arriba, y puede -y debe- realizarlo cualquier ser humano, todos somos capaces de ello.

El problema del Dios de la religión no está en la religión... está en Dios. El problema no está en tender la mano hacia Dios, sino en si él la tiende hacia nosotros. El problema no está en llamar por teléfono, sino en si del otro lado de la línea hay alguien. Y no me refiero aquí al inútil cuestionamiento filosófico de si Dios «existe», sino a la pregunta mucho más radical, que no dirigimos a los demás acerca de Dios, sino al propio Dios: «¿pero realmente estás ahí?» Podamos o no definir la libertad, la experimentamos, vivimos inmersos en ella, la experimentamos incluso ya en el sentimiento de la llaga y en el origen de la religión: todo eso que sentimos puede o no convertirse en clamor a Dios. Si no somos libres de estar sumidos en el mal y el vacío, sí que lo somos de encontrar desde esa nada un lenguaje para clamar y reclamar a Dios. Y si nuestra libertad, que es creada, es tal que podríamos permanecer por siempre sentados en el mal y en el vacío y no querer hablar con Dios de eso, ¿acaso no podría la misma libertad de Dios rehuir nuestro llamado, no tender la mano, no levantar el teléfono?

Dios no salva en automático, no existe el «programa 14, de lavado, secado y salvación». Si es religioso dirigirse a Dios clamando por su auxilio, es profundamente irreligioso y blasfemo hacer de Dios una máquina de salvación. «Siempre aparece un dedo del cielo dispuesto a socorrernos», ironiza Kierkegaard contra esa religión de consumo de la salvación, mientras se pregunta si esas trombas de agua que descienden del cielo arrollando todo a su paso, serán esos benditos dedos de Dios. Clamamos a Dios, reconocemos nuestro mal, nuestro dolor, nuestra culpa... si queremos. Dios nos salva... si quiere, si le parece bien, si desea hacerlo. ¡Hombre! ¡Cómo no va a desearlo? Pues a decir verdad no sé, bastante tengo con tratar de entender las contradicciones de mi libertad como para dar cátedra de la interioridad de la libertad divina. Lo único que sé es que si yo soy (limitadamente) libre, Dios lo es ilimitadamente, y que esa libertad implica decidir responder a nuestro llamado, decidir querer salvarnos.

La confesión de fe comienza cuando la religión terminó su trabajo, terminó de pedir, de clamar, de implorar, y podemos ahora con toda serenidad sentarnos a ver -porque Dios mismo nos los deja ver- los signos de salvación que nos rodean, que ocurren en nosotros mismos, que ocurren a través nuestro, que ocurren en los demás, y decir: «Sí, ha querido salvar, ha salvado». La religión se resuelve en un clamor, está suspendida del futuro, se abre a la esperanza sin que pueda aun fundamentar acabadamente esa esperanza. La confesión de la fe se resuelve en una historia, en el recuerdo de que Dios podrá volver a salvar, puesto que ya ha querido hacerlo. Si la religión es un hecho humano universal, la confesión de la fe es particular, es de comunidades y grupos, es de Iglesias. Para nosotros, los que creemos en Cristo, la confesión de la fe es reconocer la obra de Dios en Jesús: sí, él fue escuchado, como dice Carta a los Hebreos: «habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente.» (Heb 5,7) Y si él fue escuchado, todos los demás pueden ser escuchados; «también a mí me diste esperanza», reconoce serenamente la secuencia de difuntos (Dies irae).

Entre el sentimiento de vacío y el clamor religioso se mueve nuestra libertad, entre la religión y la confesión de fe se manifiesta la libertad de Dios. Libertad que no podemos forzar, que no podemos manipular, que no podemos obligar, pero que podemos serenamente aguardar, ahora que hemos visto viva y eficaz la obra de Dios en Jesús, y por haber visto, celebrar. Como señala la Carta a los Romanos que hemos leído hoy: «Cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación.»

Comentarios
por Ecazes (190.201.46.---) - dom , 13-mar-2011, 16:35:27

Y de la libertad, viene la conciencia de la soledad.
Estoy condenada a ser libre.
Tengo, humanamente la opción de la esperanza, y de la desesperanza. A lo sumo me agarro a la esperanza de la Esperanza.
En última instancia, si no tengo Fe, siempre queda la religión.

por Rosy (189.164.220.---) - dom , 13-mar-2011, 17:36:44

Abel, gracias, si es religioso dirigirse a Dios clamando por su auxilio, es profundamente irreligioso y blasfemo hacer de Dios una máquina de salvación. "Siempre aparece un dedo del cielo dispuesto a socorrernos" y como dices Abel que ironiza Kierkegaard contra esa relgión de consumo de la salvación, mientras se pregunta si esas trombas de agua que descenden del cielo arrollando todo a su paso, serán esos benditos dedos de Dios, bonito medidtar sobre estas lecturas biblcas de este Domingo I de Cuaresma.

por rubén cortazar vinck (i) (189.216.221.---) - lun , 14-mar-2011, 01:51:34

Abel, recibe, por favor un saludo cordial.

Mira que bien ilustra el pasaje del libro de Judit esto que nos comentas arriba:

«Escuchadme, príncipes de la ciudad de Betulia: No es acertado lo que hoy habéis dicho al pueblo, como tampoco el juramento que habéis interpuesto entre Dios y vosotros diciendo que entregaríais la ciudad a vuestros enemigos si en esos días no viniere el Señor
en vuestro auxilio. 12 ¿Quiénes sois vosotros para tentar a Dios, los que estáis constituidos en lugar de Dios en medio de los hijos de los hombres? 13 ¿Al Dios omnipotente pretendéis poner a prueba? ¿No acabaréis de aprender? 14 Si no podéis sondear la profundidad del corazón humano ni comprender sus pensamientos, ¿cómo vais a escudriñar a Dios, el creador de todas las cosas; a penetrar en su mente y comprender sus pensamientos? De ningún
modo, hermanos, irritéis al Señor, Dios nuestro; 15 que si no quisiere ayudarnos en los cinco días, poder tiene para protegernos en el día que quisiere o para destruirnos en presencia de nuestros enemigos. 16 No pretendáis hacer fuerza a los consejos del Señor, Dios nuestro, que no es Dios como un hombre que se mueve con amenazas ni como un hijo del hombre que se rinde. 17 Por tanto, esperando la salud, clamemos a El que nos socorra. Si fuese su beneplácito, oirá nuestra voz.

por Abel (81.203.134.---) - lun , 14-mar-2011, 07:30:03

Sí, Rubén, gracias por la cita, expresa exactamente ese aspecto de respeto a la libertad de Dios que me parece fundamental, y que creo que perdemos de vista tantísimas veces en nuestro afán de presentar un cristianismo «eficaz».

por Maite (83.53.182.---) - lun , 14-mar-2011, 21:06:43

Gracias, me has regalado, una hermosa meditación, y, formación para el comienzo de la cuaresma; ire comentando en el foro lo que más me llamé, la atención, por ahora, a simple vista me parece excepcional, maravilloso.
Gracias, de nuevo

por Carlos JBS (201.167.85.---) - sáb , 19-mar-2011, 01:06:23

Podría haber decidido Dios no haber salvado? o esta determinado por lo que ha mostrado en su ser a salvar y en eso consiste precisamente su libertad???

hace mucho un sacerdote escribió esto
http://lasbodasdecana.wordpress.com/2005/11/15/otra-gran-mentira/
y recorde lo que dices.. no tiene mucho que ver al hermoso tema asi que se puede tratar en otra semana.

Abel, estas reflexiones si hacen un viernes de guardar.... y no la locura de las filas en las pescaderias. Saludos!

por nancy (186.81.34.---) - lun , 25-abr-2011, 18:50:04

ABEL.. GRACIAS por esta hermosa explicación del evangelio, propio para la cuaresma. Lo leí un poco tarde, pero me ha servido, para evaluar y aumentar mi fe, comprobar que DIOS nos ama, y que cada uno de nosotros debe buscar su salvación, hacer camino hacia DIOS, con una vida, unas obras, con amor.

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