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de un sermón de San Bernardo «La Palabra se hizo carne y ha acampado ya entre nosotros» Ha acampado, ciertamente, por la fe en nuestros corazones, ha acampado en nuestra memoria, ha acampado en nuestro pensamiento y desciende hasta la misma imaginación. ¿De qué modo?, te preguntarás. Pues yaciendo en un pesebre, reposando en el regazo virginal, predicando en la montaña, pasando la noche en oración; o bien pendiente de la cruz, en la lividez de la muerte, libre entre los muertos y dominando sobre el poder de la muerte, como también resucitando al tercer día y mostrando a los apóstoles la marca de los clavos, como signo de victoria, y subiendo finalmente, ante la mirada de ellos, hasta lo más íntimo de los cielos. ¿Hay algo de esto que no sea objeto de una verdadera, piadosa y santa meditación? Cuando medito en cualquiera de estas cosas, mi pensamiento va hasta Dios y, a través de todas ellas, llego hasta mi Dios. A esta meditación la llamo sabiduría, y para mí la prudencia consiste en ir saboreando en la memoria la dulzura que la vara sacerdotal infundió tan abundantemente en estos frutos, dulzura de la que María disfruta con toda plenitud en el cielo y la derrama abundantemente sobre nosotros.
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Misterios del gozo: lunes y sábado
Misterios de la luz: jueves
Misterios del dolor: martes y viernes
Misterios de la gloria: miercoles y domingo
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Autoavanzar
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Antes de comenzar la oración, hacemos la señal de la cruz, mientras decimos:
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V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre
y por los siglos de los siglos. Amén.
Rezamos un acto penitencial.
Puede utilizarse ésta u otra fórmula semejante:
V/. Señor, ten misericordia de nosotros
R/. porque hemos pecado contra ti.
V/. Muéstranos, Señor, tu misericordia
R/. y danos tu salvación.
Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados, y nos lleve a la vida eterna.
Amén.
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