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El Testigo Fiel
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El poder I: Herodes

 

 

El fragmento pertenece a una película casi olvidada en la actualidad, «Golgotha», de Julien Duvivier, una superproducción francesa de 1935, que resultó ser la primer pasión cinematográfica del cine sonoro. Es una obra extraordinaria, con una hondura religiosa que sólo pocas veces alcanzó el cine al tratar este tema, realizada con apego al texto bíblico pero con suma libertad al interpretar el fondo de los motivos humanos que rodearon la Pasión; no pretende ser una reconstrucción histórica, aunque alcanza un apego plausible a lo que podemos imaginar que era el ambiente de Jerusalén en época de fiestas. Para quienes deseen conocer más sobre esta obra, o incluso conseguirla, pueden leer un monográfico que preparé yo mismo para el foro Cine Clásico, pero que está también publicado en nuestro foro.

 

 

 

Se desarrolla aquí el fragmento de Lucas 23,6-12, escena de «simple tradición», es decir, que se encuentra sólo en uno de los evangelios sinópticos, en este caso, en San Lucas:

«[...] Pilato preguntó si aquel hombre era galileo. Y, al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que por aquellos días estaba también en Jerusalén.

Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba presenciar alguna señal que él hiciera. Le preguntó con mucha palabrería, pero él no respondió nada.

Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándole con insistencia. Pero Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido y le remitió a Pilato.

Aquel día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados.»

¿Por qué se cuenta esta escena en San Lucas? no tanto por la figura de Herodes -que no la desarrolla-, sino porque en la catequesis de este evangelio se quiere dejar claro que todos los poderes de este mundo -representados por Pilato, Herodes y el Sanedrín- estuvieron a una contra Jesús: «se alían los reyes de la tierra contra Yahvé y contra su Cristo» (Salmo 2,2). Aunque Lucas recupera un momento histórico de la Pasión que los demás evangelistas pasaron por alto, no lo hace por afán de historiador, sino para ilustrar una catequesis de «profecía-cumplimiento», es decir, una catequesis centrada en mostrar que en Jesús alcanza su realización cada detalle -incluso detalles sueltos e inconexos- del Antiguo Testamento.

San Lucas no desarrolla el personaje de Herodes, pero podemos hacerlo, podemos imaginar, como hace Duvivier, este Herodes cargado de metales preciosos, pero cuyo gobierno se reduce a intentar que Roma no lo absorba del todo (tiempo después de la Pascua de Jesús, Herodes terminará sus días exiliado por Roma en Francia). Ese Herodes, con toda su fanfarronería, posiblemente esté intrigado de verdad por Jesús -«hacía tiempo que quería conocerlo»-, quizás hasta celoso de que él mismo, de auténtico linaje real, tuviera que hacer malabarismos para sostener su poder, mientras que Jesús, un don nadie, que ni siquiera habla, sea temido por los poderosos líderes judíos. No condena a Jesús, al contrario, se burla de él, lo viste de púrpura sin saber cuánta verdad hay en ese vestido. En el fondo Jesús y él son dos debilidades frente a frente; al burlarlo condena su propia debilidad al aislamiento y al fracaso.

Era necesario que el Cristo padeciera, sólo así la debilidad podía mostrar la auténtica grandeza, el auténtico poder, que no proviene ni de los signos externos, ni de la fanfarronería.

 

Ha quebrado Yahveh la vara de los malvados,

el bastón de los déspotas,

que golpeaba a los pueblos con saña golpes sin parar,

que dominaba con ira a las naciones acosándolas sin tregua.

Está tranquila y quieta la tierra toda,

prorrumpe en aclamaciones.

Hasta los cipreses se alegran por ti, los cedros del Líbano:

«Desde que tú has caído en paz, no sube el talador a nosotros.»

Ha sido precipitada al seol tu arrogancia al son de tus cítaras.

Tienes bajo ti una cama de gusanos, tus mantas son gusanera.

¡Cómo has caído de los cielos, Lucero, hijo de la Aurora!

¡Has sido abatido a tierra, dominador de naciones!

Tú que habías dicho en tu corazón:

«Al cielo voy a subir,

por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono,

y me sentaré en el Monte de la Reunión, en el extremo norte.

Subiré a las alturas del nublado, me asemejaré al Altísimo.»

¡Ya!: al seol has sido precipitado, a lo más hondo del pozo.

Los que te ven, en ti se fijan;

te miran con atención:

«¿Ese es aquél, el que hacía estremecer la tierra,

el que hacía temblar los reinos,

el que puso el orbe como un desierto,

y asoló sus ciudades,

el que a sus prisioneros no abría la cárcel?»

(Isaías 14)

 

 

 

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