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El Testigo Fiel
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El poder II: Pilato

Esta segunda escena es de todo punto de vista excepcional: por la hondura con la que penetra en el personaje de Pilatos, por la realización misma de la escena, y por el conjunto al que pertenece, una película que levantó -lamentablemente- innecesarias ampollas entre los creyentes del momento, impidiendo valorarla en su justa medida, como verdaderamente una gran obra cinematográfica, y una indagación religiosa muy profunda. Se trata de «Jésus de Montréal», del canadiense Denys Arcand, realizada en 1989; en la trama un sacerdote desea revitalizar el «Via Crucis viviente» que se realiza tradicionalmente cada año en la parroquia, y para ello contrata a un director teatral profesional (Daniel) quien, sin embargo, no es creyente y desconoce por completo a Jesús y su significado. La película va mostrando el proceso de integración del grupo de actores, a la vez el descubrimiento de la figura de Jesús por ojos de un no creyente, y donde se va dando una suerte de identificación no consciente entre Daniel y el personaje de Jesús que él representa. Para la interpretación teológica del personaje Jesús, Daniel -ignorante por completo en la materia- acude al asesoramiento de un teólogo que maneja teorías que hoy serían absurdas, pero que en ese momento eran la «vanguardia de ruptura» dentro del catolicismo acerca del origen de Jesús. Esto fue lo más polémico y -todo hay que decirlo- peor comprendido que tuvo la película: cierto público, que lamentablemente siempre habla en nombre de «los católicos», creyó que la película exponía esas teorías como propias, cuando eran sólo una motivación dramática, completamente necesaria, para desarrollar la trama. En fin, nada de eso está en esta escena que presento, donde sencillamente se confronta a Jesús con Pilato, con un detalle de verdadera maestría narrativa que quisiera destacar:

 

 

 

Jesús está débil, cargado de cadenas, delante de un Pilato displicente, que conoce su propio poder y también los límites de ese poder. Pero el armado visual esconde algo: hay otro Jesús en la escena, una estatua enorme del mismo Jesús ante Pilato, con los ojos vendados e imponente. Un Jesús débil abriendo hace dos mil años el camino hacia un Jesús monumental que domina la escena, casi una parábola de cierto destino del no-poder de convertirse en poder cuando se deja en manos de los hombres.


La escena se basa sobre todo en el diálogo de Jesús con Pilato de San Juan (18,29-19,12), pero no literalmente, sino que se trata de una reelaboración dramática muy llena de fuerza y significación. Al igual que nos pasaba con la escena de Herodes de Duvidier, el cineasta se interesó por el personaje de Pilato en sí mismo, cosa que no ocurre en el Evangelio, y nos lo muestra en toda la desolación a la que llega -casi diría que necesariamente- el paganismo.


Falta en la escena una frase de Jesús que es central en Juan, pero que aquí hubiera estado de más: «No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba.» Esa frase de Jesús es toda una respuesta cristiana al problema del poder mundano, mientras que lo que aquí hace la escena no es responder, sino más bien insistir en la pregunta por el poder: un poder que Pilato tiene realmente, pero que se sostiene en una sórdida cadena de lealtades, a cual más rastrera.

¿Ese poder condena a Jesús? ¿o la muerte de Jesús era necesaria para que pudiera ser posible en el mundo un poder fundado en la verdad y no en la cadena de lealtades? Con la condena de Jesús queda condenada una manera de entender y de ejercer el poder. Era necesario que el Cristo padeciera: sólo la condena de alguien absolutamente inocente podía dejar al descubierto el poder fundado en compromisos humanos.

 

 

¿Por qué se amotinan las naciones,

y los pueblos planean un fracaso?

Se alían los reyes de la tierra,

los príncipes conspiran

contra el Señor y contra su Mesías:

«rompamos sus coyundas,

sacudamos su yugo.»

El que habita en el cielo sonríe,

el Señor se burla de ellos.

Luego les habla con ira,

los espanta con su cólera:

«Yo mismo he establecido a mi rey

en Sión, mi monte santo.»

Voy a proclamar el decreto del Señor;

él me ha dicho:

«Tú eres mi hijo:

yo te he engendrado hoy.

Pídemelo: te daré en herencia las naciones,

en posesión, los confines de la tierra:

los gobernarás con cetro de hierro,

los quebrarás como jarro de loza.»

Y ahora, reyes, sed sensatos;

escarmentad, los que regís la tierra:

servid al Señor con temor,

rendidle homenaje temblando;

no sea que se irrite, y vayáis a la ruina,

porque se inflama de pronto su ira.

¡Dichosos los que se refugian en Él!

(Salmo 2)

 

 

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