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El poder III: Los líderes religiosos

Una tercera escena nos vuelve a enfrentar al problema del poder y la autoridad en relación a la pregunta fundamental. Se trata de una conocida escena de una de las mejores versiones fílmicas que se han hecho del Evangelio: «El Evangelio según San Mateo», de Pier Paolo Pasolini, realizada en 1964. El director ha leído el texto literalmente, palabra a palabra, y ha sabido encontrar la motivación dramática adecuada para cada momento. Los actores son no profesionales (experimento en el que el cine estaba bastante implicado en ese momento), e incluso es conocida la anécdota de que quien encarna a Jesús, Enrique Irazoqui, era un estudiante español de cine que había ido a hacerle una entrevista al Maestro Pasolini, y éste en cuanto lo vio comprendió que era «le physique du rol», el tipo justo para el personaje.

 

 

 

Nuestra experiencia en el siglo XX, y en especial en los países mediterráneos, de lo que es el poder religioso, tiene como necesaria referencia a la Iglesia católica; por supuesto que hubiera sido absolutamente anacrónico y absurdo representar el poder religioso que rodeó a Jesús tomando rasgos de la Iglesia; sin embargo, Pasolini logra evocarla, a través de esos absurdos sombreros que llevan los representantes del poder religioso, y que sin duda aluden a las mitras episcopales. Y es un aspecto importante: los cristianos tendemos a querer confinar el conflicto de Jesús con las autoridades religiosas, a su época, como si Jesús -en caso de nacer aquí y ahora- no habría de tener conflicto con las nuestras. ¡Sí, volvería a enfrentarse! y esencialmente, porque toda autoridad religiosa encarnada en un ser humano: el Papa, el pastor de una congregación luterana, el chamán de una tribu, tiene en sus manos hablar en nombre de aquel que lo excede por completo, y en cuyos planes misteriosos está incluido. Se necesita un completo despojamiento de sí para que la autoridad religiosa no colisione y se autodestruya ante su propio fundamento, el Dios que la excede.

«Non sappiamo», dice con contundencia el sacerdote: «no sabemos de dónde venía la autoridad de Juan»... y es verdad que no lo sabían, porque si lo hubieran podido saber, hubieran estado vacíos de su falsa autoridad y llenos de Dios. Pero es muy difícil al hombre -incluso al hombre cuando desea con fuerza ser un «hombre de Dios»- despojarse de sí mismo, aceptar el vacío, aguardar a que Dios acepte llenarlo.

No hay duda de que era necesario que el Cristo padeciera: era necesario ejemplificar el perfecto vacío de sí, para que los hombres supiéramos realmente en qué consiste, y poder imitarlo; pero era todavía, más necesario que ejemplificar, realizar por una vez, en nombre de todos los hombres, de toda la humanidad como un cuerpo, el perfecto vaciamiento de sí, único lugar en el que puede habitar la inmensidad inconmensurable de Dios.

 

 

Oráculo de Yahveh por ministerio de Malaquías.

Os he amado, dice Yahveh.

Y vosotros decís: ¿En qué nos has amado?

El hijo honra a su padre, el siervo a su señor.

Pues si yo soy padre, ¿dónde está mi honra?

Y si señor, ¿dónde mi temor?,

dice Yahveh Sebaot a vosotros sacerdotes que menospreciáis mi Nombre.

Decís: ¿En qué hemos menospreciado tu Nombre?

Presentando en mi altar pan impuro.

Y decís ahora: ¿En qué te hemos manchado?

Pensando que la mesa de Yahveh es despreciable.

Ahora, pues, ablandad el rostro de Dios

para que tenga compasión de nosotros.

De vuestras manos viene esto,

¿acaso os acogerá benignamente?, dice Yahveh Sebaot.

¡Oh, quién de vosotros cerrará las puertas

para que no encendáis mi altar en vano!

No tengo ninguna complacencia en vosotros, dice Yahveh Sebaot,

y no me es grata la oblación de vuestras manos.

Pues desde el sol levante hasta el poniente,

grande es mi Nombre entre las naciones,

y en todo lugar se ofrece a mi Nombre

un sacrificio de incienso y una oblación pura.

Pues grande es mi Nombre entre las naciones, dice Yahveh Sebaot.

(Malaquías 1)

 

 

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