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El desencanto de los hombres

29 de marzo de 2010

 

 

De nuevo «Golgotha» de Duvidier, como en la primera escena, por lo que no es necesario volver a introducir en la película en general. Nos ubicamos casi en el inicio del drama, en la escena que corresponde a Ramos: la Ciudad Santa está llena de peregrinos que vienen a la fiestas (históricamente se calcula que Jerusalén multiplicaba por diez su población habitual en la Pascua); Jesús está llegando también, y su fama le precede. Por todas partes, en todas las épocas el ser humano ha clamado por algo, una mano poderosa que sobrevuele el poder destructivo de la enfermedad, la miseria y la muerte. Poco importa bajo este aspecto si nos aferramos a la sobrenaturalidad del milagro religioso, o si ansiamos el milagro -no menos misterioso para los que miramos de afuera- de la ciencia, se trata, en definitiva, de lo mismo: deseamos, como hombres, que alguien vindique el lugar que sentimos que nos pertenece, y que la naturaleza nos niega a cada minuto. El que responda a esa expectativa, ése será nuestro Rey, nuestro Señor, nuestro Dios. El que vengue al hombre frente a la naturaleza, al débil frente al fuerte, al pobre frente al rico, al ignorante frente al sabio.

Pero Dios no puede aceptar ese lugar, necesariamente debe declinarlo; el Dios «que hace llover sobre justos e injustos y salir el sol sobre buenos y malos» no puede aceptar el lugar de Señor de la venganza; ni siquiera de la venganza de los débiles contra los fuertes, ni siquiera de la venganza de la enfermedad frente a la tiranía de la Naturaleza. Era necesario que el Cristo de Dios muriera, y que muriera a manos de la gente, de esos mismos que si se hubieran dado cuenta jamás hubieran crucificado al rey de la gloria; era necesario para que muriera en él y con él toda falsa ilusión de un poder divino dispuesto a convertirse en el líder de una «secta de la venganza divina».

El poder divino, si emerge en el mundo (¡y emergerá a los tres días, nosotros lo sabemos!), sólo puede ser en una nueva figura de poder, no del poder de unos contra otros, ni siquiera de los buenos contra los malos y los justos contra los injustos, sino una figura nueva y desconocida, creada por Dios en su Cristo, y sólo en él.

 

 

Saldrá de entre ellos loor y voz de gente alegre;

los multiplicaré y no serán pocos,

los honraré y no serán menguados,

sino que serán sus hijos como antes,

su comunidad ante mí estará en pie,

y yo visitaré a todos sus opresores.

Será su soberano uno de ellos,

su jefe de entre ellos saldrá,

y le haré acercarse y él llegará hasta mí,

porque ¿quién es el que se jugaría la vida

por llegarse hasta mí? - oráculo de Yahveh -.

Y vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios.

Mirad que una tormenta de Yahveh ha estallado,

un torbellino remolinea:

sobre la cabeza de los malos descarga.

No ha de apaciguarse el ardor de la ira de Yahveh

hasta que la ejecute,

y realice los designios de su corazón.

En días futuros os percataréis de ello.

(Jeremías 30,19ss)

 

 

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