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2 comentarios

La persistente tenacidad de la pregunta

29 de marzo de 2010

A quienes conozcan la película esta escena puede resultar chocante, ¿qué hace en este trabajo religioso una escena de una película postmoderna como «Querelle» (Fassbinder, 1982), completamente alejada de cualquier sentido de trascendencia, de cualquier relación con el «rollo religioso»? Retomo, sin embargo, un comentario a esta misma escena que he hecho en otro momento:

Dos hermanos se están peleando. En realidad en toda la película no se sabe si estos dos son hermanos, parece que sí. Pero más que hermanos, atravesando el film van siendo cada vez más espejo uno del otro. Aunque no se parecen ni en el blanco del ojo, la película insiste en que el parecido de ellos es cada vez mayor, incluso la voz en off con la que empieza la escena (que no subtitulé) dice que el parecido de los hermanos es cada vez mayor; tanto que ya casi se confunden en una unidad, de tal modo que uno ama con el amor del otro, y por lo tanto también es vejado con las vejaciones que le hacen al otro, como dos siameses míticos. De eso trata precisamente esta escena: los hermanos salieron a pelearse, pero en realidad van a bailar, y a fundirse en una especie de masa indiscernible, donde perderían su identidad: la lucha por el reconocimiento (la que atravesamos todos) los dejaría irreconocibles.

 

 

 

Pero ahí en medio, sin venir a cuento, sin que surja de la situación, aparece un via crucis colorinche. No es irrespetuoso, pero sí muy feo, y un poco irreverente en el sentido en que las figuras son convencionales, como sacadas de una tienda de chinos. Alguien que no cultiva el lenguaje religioso no puede de ninguna manera llegar a la belleza y sutileza del lenguaje religioso. Por eso los iconógrafos rezaban y ayunaban, porque para pintar la belleza de Dios, hay que tener a la vista al Dios mismo y su belleza. Y alguien para quien el «rollo religioso» es una tontería del pasado, cosa de viejos, resulta que difícilmente tenga a la vista el bellísimo rostro de Dios, excepciones misteriosas al margen, que son exclusivas de la libertad reveladora del propio Dios.

Así que para hablar de religión alguien que está fuera del «rollo religioso», de la única manera que lo puede hacer es con la periferia del lenguaje religioso, con lo más convencional, corriente, y feo. Sin embargo, y he aquí el conceptito, el rayito de luz que quería traer para ver a trasluz, resulta que eso feo, convencional y periférico atraviesa la obra rompiendo su unidad autosuficiente; eso es lo que está tan exquisitamente pintado en Querelle, que no quiero comentarlo mucho para no perderlo. Sólo digo que Dios se presenta «transversalmente», rompiendo una unidad, en este caso simbolizada en la falsa pero indisoluble unidad autosuficiente de los dos hermanos, y ellos, a punto de fundirse en una danza que los mataría, tienen que esperar a que pase esa procesión grotesca, con lo que pierden el impulso mortal del inicio... y resultan salvados.

Llamé a este final de la muestra «La persistente tenacidad de la pregunta». Puede haber un mundo que ya no se interese por Dios: Dios mismo deseó para el hombre una libertad que puede llegar a desentenderse de su propio fundamento, de su Creador; en el silencio de Dios está incluido el silencio de la pregunta por Dios. Sin embargo a algunos toca, sin que podamos enorgullecernos de ello, simplemente sabiendo que es así, que hemos sido llamados a eso: a renovar en un mundo refractario la pregunta, una y otra vez: «¿Por qué el Cristo debía morir?»; transversalmente, sin esperar a que el mundo se haga primero apto para comprender la pregunta, tan sólo renovando cada día nuestra voz marginal, pero que no puede desoír la esperanza y la alegría de que tras la muerte y por ella, el Cristo entra en su gloria, que es también la nuestra.

 

 

 

Yo soy el hombre que ha visto la miseria

bajo el látigo de su furor.

Él me ha llevado y me ha hecho caminar en tinieblas y sin luz.

Contra mí solo vuelve él

y revuelve su mano todo el día.

De todo mi pueblo me he hecho la irrisión,

su copla todo el día.

Él me ha colmado de amargura,

me ha abrevado con ajenjo.

Esto revolveré en mi corazón, por ello esperaré:

Que el amor de Yahveh no se ha acabado,

ni se ha agotado su ternura;

cada mañana se renuevan:

¡grande es tu lealtad!

¡Mi porción es Yahveh, dice mi alma, por eso en él espero!

Bueno es Yahveh para el que en él espera,

para el alma que le busca.

Bueno es esperar en silencio

la salvación de Yahveh.

(Lamentaciones 3)

 

 

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