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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003
Domingo 10 de febrero: Año litúrgico 2018 ~ 2019
Tiempo Ordinario ~ Ciclo C ~ Año Impar
Hoy celebramos:
V Domingo del Tiempo Ordinario, solemnidad
Is 6,1-2a.3-8: Aquí estoy, mándame.
Sal 137,1-2a.2bc-3.4-5.7c-8: Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
1Co 15,1-11: Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.
Lc 5,1-11: Dejándolo todo, lo siguieron.
Comentario: «No temas»
Is 6,1-2a.3-8: Aquí estoy, mándame.
El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre un trono alto y excelso: la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él. Y se gritaban uno a otro diciendo:
-¡Santo, santo, santo, el Señor de los Ejércitos,
la tierra está llena de su gloria!
Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije:
-¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos.
Y voló hacia mí uno de los serafines, con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo:
-Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.
Entonces escuché la voz del Señor, que decía:
-¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?
Contesté:
-Aquí estoy, mándame.
Sal 137,1-2a.2bc-3.4-5.7c-8: Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario.

Daré gracias a tu nombre
por tu misericordia y tu lealtad.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma.

Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra,
al escuchar el oráculo de tu boca;
canten los caminos del Señor,
porque la gloria del Señor es grande.

Extiendes tu brazo y tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo:
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos.
1Co 15,1-11: Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.
Hermanos:
Os recuerdo el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado nuestra adhesión a la fe.
Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto:
que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras;
que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras;
que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce;
después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto;
después se le apareció a Santiago,
después a todos los Apóstoles;
por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.
Porque yo soy el menor de los Apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios.
Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.
Lc 5,1-11: Dejándolo todo, lo siguieron.
En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.
Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
-Rema mar adentro y echad las redes para pescar.
Simón contestó:
-Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.
Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:
-Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.
Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Jesús dijo a Simón:
-No temas: desde ahora serás pescador de hombres.
Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

«No temas»

Domingo V del tiempo ordinario, ciclo C: Is 6,1-2a.3-8; Sal 137; 1Co 15,1-11; Lc 5,1-11

por Lic. Abel Della Costa
09 de feb de 2013

El evangelio de hoy puede ser enfocado, como siempre, desde muchos ángulos; está, por ejemplo, la cuestión de la relación de Jesús con el pueblo, que se acercaba ávido a escucharlo, está la cuestión del milagro, hecho portentoso que nos obliga a preguntarnos "¿quién es este?"; está la cuestión de la reacción de Pedro; está la cuestión del seguimiento, del discipulado... de entre todo ello, la primera lectura nos ayuda a concentrarnos en un aspecto: notemos que en Isaías se destaca la reacción de temor, "soy un hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios impuros". Esa reacción ante una manifestación patente de Dios -ante una teofanía- está en el centro de la actitud religiosa del hombre; no sólo de la religión bíblica, sino de cualquier religión. Una religión se especifica como tal precisamente cuando es capaz de integrar, entre otros aspectos, la percepción que el hombre tiene de la majestad divina (el aspecto de «misterio tremendo»), y la consiguiente reacción de respeto y temor.

La Biblia está llena de escenas donde esa reacción de temor es puesta en primer plano, y es encomiada como la verdadera actitud religiosa; incluso cuando se quiere calificar una realidad que está fuera de la verdad religiosa, basta una palabra: "no hay temor de Dios allí" (ver, por ejemplo, Génesis 20,11, auqnue la expresión es constante para referirse a los no creyentes, o a los creyentes infieles a la Alianza). También en el Nuevo Testamento se habla del temor de Dios, si bien un poco más ambiguamente. Por ejemplo, según Juan, cuando Jesús está en el huerto, luego de la Cena, vienen los soldados y la turba movilizada por los judíos y preguntan donde está Jesús, y él responde "Yo soy"; comenta Juan «Cuando les dijo: "Yo soy", retrocedieron y cayeron en tierra.» (Jn 18,6). "Yo soy" es una forma griega para aludir al nombre divino, Yahveh, por tanto la reacción de caer en tierra es la reacción propia del temor religioso: han reconocido la manifestación de Dios en Jesús, y caen a tierra espantados ante la majestad (Juan lo destaca, porque quiere indicar que son inexcusables: sabían de quién se trataba).

En el fragmento de Isaías leído hoy, el profeta va a orar al templo, y de repente se ve envuelto en una escena teofánica, con ángeles que alaban al Señor Tres-veces-santo, humo... naturalmente su primera reacción fue de santo temor: "soy un hombre de labios impuros". La reacción de Dios no se hizo esperar: purificó a Isaías con un ascua encendida y le confió una misión. También en la escena del evangelio el milagro es presentado no como una mera acción taumatúrgica (los profetas y otros enviados divinos pueden hacer signos para demostrar que el poder de Dios está con ellos), sino como una auténtica teofanía, una manifestación visible de la grandeza divina. La reacción de Pedro no se hace esperar: «Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo: 'Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.'». Es la reacción religiosa universal, de aquellos que han cultivado en su vida el santo temor del Señor.

Pero a diferencia del relato de Isaías, la reacción de Jesús no es la del "Dios religioso" (si se me permite la expresión); no convalida el santo temor de Pedro, sino que le indica inmediatamente: "no temas". Esa expresión, en el contexto teofánico del relato, suena mucho más fuerte que un simple "no tengas miedo". Jesús se atribuye una potestad que va más allá de la potencia divina desplegada en el Antiguo Testamento. En este, ni siquiera Dios niega la "convención religiosa" fundamental: Dios en el cielo, el hombre en la tierra, Diso sagrado, el hombre profano, Dios santo, el hombre pecador. La dualidad religiosa es esencial a la religión, no podría haber religión sin espacios sagrados y profanos, sin tiempos sagrados y profanos, sin personas sagradas y profanas. Sin embargo Jesús, en la primera oportunidad teofánica, pone en entredicho esl sistema de la religión: "no temás, más bien sígueme".

¿Podría haber pedido Jesús el seguimiento sin romper con el sistema de la religión, con el santo temor que pone a Dios en un sitio y al hombre en otro? ¡Sí, naturalmente! También Isaías es un relato de vocación, también allí Dios le pide a Isaías el seguimiento, sin necesidad, como hemos visto, de romper con el sistema de la religión. La de Jesús no es una ruptura obligada por la situación, no es una ruptura "dialéctica". Por el contrario, como parte del mensaje que los seguidores de Jesús tenemos para llevar al mundo es que Jesús inauguró -libremente- una nueva relación con Dios, no sólo Dios se acercó al hombre, se acercó de una manera creativamente nueva, ningún profeta ni enviado de Dios había roto el sistema de la religión, ni la Palabra de Dios había roto el sistema de la religión. Pero Jesús sí, porque frente al natural y esperable temor del Señor, Jesús dice (y no sólo en este evangelio sino en muchas otras partes del Nuevo Testamento): «No temas».

¿Qué hacer entonces con la religión? ¿quedó abolida? No diría abolida, porque el propio Jesús realizó gestos religiosos, alabó prácticas religiosas -como rezar, bendecir- y nos enseñó prácticas religiosas, como partir el pan eucarístico. Pero no hay duda que con Jesús el sistema religioso queda subordinado a otra cosa anterior y más fundamental: «dejándolo todo, lo siguieron». Seguirlo a él, estar en relación con él; él y sus forma de hacer las cosas, él y su forma de moverse en el mundo, son el criterio, y no la espontánea actitud religiosa que se muestra piadosa y santificada, que respeta los derechos de Dios, mientras lo deja en su cielo, venerable y lejano.

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