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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003
Domingo 20 de enero: Año litúrgico 2018 ~ 2019
Tiempo Ordinario ~ Ciclo C ~ Año Impar
Hoy celebramos:
II Domingo del Tiempo Ordinario, solemnidad
Is 62,1-5: El marido se alegrará con su esposa.
Sal 95,1-2a.2b-3.7-8a.9-10a.c: Contad a todos los pueblos las maravillas del Señor.
1Cor 12,4-11: El mismo y único espíritu reparte a cada uno, como a él le parece.
Jn 2,1-12: En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos.
Comentario: La Boda en la boda
Is 62,1-5: El marido se alegrará con su esposa.
Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que rompa la aurora de su justicia, y su salvación llamee como antorcha.
Los pueblos verán tu justicia, y los reyes tu gloria; te pondrán un nombre nuevo, pronunciado por la boca del Señor.
Serás corona fúlgida en la mano del Señor y diadema real en la palma de tu Dios.
Ya no te llamarán «Abandonada», ni a tu tierra «Devastada»; a ti te llamarán «Mi favorita», y a tu tierra «Desposada», porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá marido.
Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo.
Sal 95,1-2a.2b-3.7-8a.9-10a.c: Contad a todos los pueblos las maravillas del Señor.
Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre.

Proclamad día tras día su victoria,
contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor.

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda.
Decid a los pueblos: «El Señor es rey,
él gobierna a los pueblos rectamente».
1Cor 12,4-11: El mismo y único espíritu reparte a cada uno, como a él le parece.
Hermanos:
Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu;
hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor;
y hay diversidad de funciones,
pero un mismo Dios que obra todo en todos.
En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.
Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría;
otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu.
Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe;
 y otro, por el mismo Espíritu, don de curar.
A éste le han concedido hacer milagros;
a aquél, profetizar.
A otro, distinguir los buenos y malos espíritus.
A uno, el lenguaje arcano;
a otro, el don de interpretarlo.
El mismo y único Espíritu obra todo esto,
repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.
Jn 2,1-12: En Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos.
En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.
Faltó el vino y la madre de Jesús le dijo:
-No les queda vino.
Jesús le contestó:
-Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.
Su madre dijo a los sirvientes:
-Haced lo que él diga.
Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.
Jesús les dijo:
-Llenad las tinajas de agua.
Y las llenaron hasta arriba.
Entonces les mandó:
-Sacad ahora, y llevádselo al mayordomo.
Ellos se lo llevaron.
El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo:
-Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora.
Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él.
Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

La Boda en la boda

Domingo II del tiempo ordinario, ciclo C: Is 62,1-5; Sal 95; 1Cor 12,4-11; Jn 2,1-12

por Lic. Abel Della Costa
19 de ene de 2013

El domingo II del tiempo ordinario, en este ciclo C que comenzamos, está ocupado por la lectura de un evangelio especial: el signo de las Bodas de Caná. Uno de los "misterios" que introdujo el papa Juan Pablo II en su propuesta de reforma del rosario. Efectivamente todo el relato apunta mucho más que a un milagro, que a una exteriorización del poder divino en Jesús; los mismos términos utilizados -agua, vino, boda, purificación- nos habla de que hay algo que penetrar y descifrar. El propio Juan no habla (en ningún caso, tampoco en éste) de "milagro" sino de "signo".

En la antigüedad se celebraba el 6 de enero la manifestación del Señor, la Epifanía, comprendiendo en ella tres aspectos: la manifestación ante los gentiles bien dispuestos -simbolizados en los Magos-, la manifestación al Israel penitente -simbolizado en el bautismo en el Jordán-, y la manifestación a los suyos, precisamente en las Bodas de Caná (puede leerse un poco más sobre este carácter de la Epifanía aquí). En  Occidente la fiesta del 6 de enero fue concentrándose cada vez más en la evocación del hecho de la llegada de los "reyes magos" y por tanto convirtiéndose en la memoria de algo pasado, en vez de la celebración de una epifanía siempre nueva para cada generación, e incluso para cada año. La liturgia conserva trazos de aquella celebración inicial al colocar el bautismo del Señor al domingo siguiente de Reyes, y en el caso del ciclo litúrgico C, al leer las Bodas de Caná en este domingo.

¿Qué es lo que hay que penetrar en este signo? ¡Parece tan transparente! y sin embargo evoca un gran misterio, al que nos ayuda a acercarnos la primera lectura. Sabemos por la "teoría litúrgica" que la primera lectura y el evangelio de los domingos (y sólo algunas veces también la segunda) están relacionados; el problema es que esa relación no siempre se ve a primera vista: en ocasiones será que tratan el mismo tema, en otras ocasiones, que están contrapuestas, o que la primera propone un misterio y el evangelio lo descifra, o la primera anuncia, y el evangelio "cumple". Esa relación la percibimos unas veces en temas, pero también en "climas", en "formas de contar", o en palabras, imágenes o metáforas que se repiten. ¡La liturgia es toda una escuela de lectura profunda de la Biblia!

Decía que la primera lectura nos ayuda a descifrar el misterio de las Bodas de Caná, porque ella habla también de una boda:

«Como un joven se casa con su novia,

así te desposa el que te construyó;

la alegría que encuentra el marido con su esposa,

la encontrará tu Dios contigo.»

No se trata de cualquier relación de Dios con su pueblo, sino de una relación nueva y distinta la que anuncia el profeta. Desde antiguo Dios era conocido como "Padrino de Israel" (Gn 31,42), "Protector" (Ex 18,4), "Salvador" (2Sm 22,3), incluso "Padre" (Sal 89,27), y muchos nombres más, que van bordando la trama de una relación enteramente personal con Dios. Sin embargo, los profetas llegan aun más lejos, e Isaías cantará a Dios como el Esposo de Jerusalén. Y por tanto la salvación ya no es sólo un rescate, no es librar a Israel (a cada uno de nosotros) de las consecuencias desdichadas, pero aun a nuestro nivel, de nuestra mala conducta; la salvación es entrar en una relación nueva con Dios, que sólo puede ser descripta con una imagen también nueva: una boda, donde el Esposo es el propio Dios, y la Esposa su pueblo redimido.

Jesús va a una boda, eso no tiene mucho de especial, bodas hay siempre en todos los pueblos; sin embargo en estas bodas ocurre algo que sólo ven algunos: aquellos a quienes se les manifestó por anticipado las Bodas donde el propio Cristo es el Novio, que comparte con los suyos el Vino Nuevo. A una palabra de su madre, el tiempo se detiene, e incluso se curva y transcurre al revés: lo que todavía no ocurrió ocurre por anticipado, antes de la Hora, y los discípulos tienen ante la vista el misterio del vino dispuesto para la Boda. Ese vino no podría ocurrir sin la muerte de Jesús, no puede ocurrir si no llega a ser su sangre. Sin embargo unos pocos pueden verlo anticipadamente, ¿quiénes?:

«El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua)»

«en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él.»

Los discípulos y los esclavos son los únicos que tienen acceso de primera mano a este banquete eucarístico que, en misterio, Jesús celebró, a instancias de su madre, en el medio de un pueblo que no llegó, presumiblemente, a enterarse de lo que pasaba esa noche.

Jesús va a una boda en el pueblo, y en ella celebra anticipadamente su propia Boda; podemos ver ese acontecimiento que ocurre en las narices de todos pero no a la vista de todos, o seguir celebrando la boda del pueblo; podemos incluso gozar de algunos de sus frutos, y beber un vino nuevo de calidad extraordinaria, sin apenas percatarnos, ni preguntarnos, por su origen. Sin embargo, quienes estaban allí como esclavos fueron avisados, y quienes estaban próximos, pudieron descifrar el signo, y entrar a partir de allí en un tiempo nuevo.

El tiempo de la Iglesia, este tiempo de espera y preparación que es nuestra vida, tiene mucho que ver con esta curvatura en el tiempo de la historia: vivimos en el mundo, pero habiendo visto el signo y creído en él. No podemos reprochar a los que no ven el signo -¡no se les muestra a todos!-, no podemos lamentarnos porque todos gozan ya de algunos frutos de la redención sin que lleguen a creer; pero podemos, sí, estar atentos a esta plenitud, a esta verdadera salvación ya realizada, que está ocurriendo todo el tiempo a la vista de los humildes y de los discípulos, en las narices de todos, pero cuyo desciframiento sólo tienen unos pocos. Agradezcamos ser contados entre ellos.

 
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