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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003
Domingo 24 de marzo: Año litúrgico 2018 ~ 2019
Tiempo de Cuaresma ~ Ciclo C ~ Año Impar
Hoy celebramos:
III Domingo de Cuaresma, solemnidad
Ex 3,1-8a.13-15: «Yo soy» me envía a vosotros.
Sal 102,1-2.3-4.6-7.8.11: El Señor es compasivo y misericordioso.
1Co 10,1-6.10-12: La vida del pueblo con Moisés en el desierto fue escrita para escarmiento nuestro.
Lc 13,1-9: Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
o bien:
Ex 17,3-7: Danos agua de beber.
Sal 94,1-2.6-7.8-9: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
Rm 5,1-2.5-8: El amor de Dios ha sido derramado en nosotros con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
Jn 4,5-42: Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.
Comentario: «Si no da fruto, el año que viene la cortarás»
Ex 3,1-8a.13-15: «Yo soy» me envía a vosotros.
En aquellos días, pastoreaba Moisés el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; llevó el rebaño transhumando por el desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios.
El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse.
Moisés se dijo:
-Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza.
Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza:
-Moisés, Moisés.
Respondió él:
-Aquí estoy.
Dijo Dios:
-No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado.
Y añadió:
-Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob.
Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.
El Señor le dijo:
-He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel.
Moisés replicó a Dios:
-Mira, Yo iré a los israelitas y les diré: el Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntan cómo se llama este Dios, ¿qué les respondo?
Dios dijo a Moisés:
-«Soy el que soy». Esto dirás a los israelitas: «Yo-soy» me envía a vosotros.
Dios añadió:
-Esto dirás a los israelitas: el Señor Dios de vuestros padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación.
Sal 102,1-2.3-4.6-7.8.11: El Señor es compasivo y misericordioso.
Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios.

El perdona todas tus culpas,
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura.

El Señor hace justicia
y defiende a todos los oprimidos;
enseñó sus caminos a Moisés
y sus hazañas a los hijos de Israel.

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia;
como se levanta el cielo sobre la tierra,
 se levanta su bondad sobre sus fieles.
1Co 10,1-6.10-12: La vida del pueblo con Moisés en el desierto fue escrita para escarmiento nuestro.
Hermanos:
No quiero que ignoréis que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.
Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron nuestros padres.
No protestéis como protestaron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador.
Todo esto les sucedía como un ejemplo: y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado! no caiga.
Lc 13,1-9: Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
En aquella ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó:
–¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.
Y les dijo esta parábola:
Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.
Dijo entonces al viñador:
–Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?
Pero el viñador contestó:
–Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.
o bien:
Ex 17,3-7: Danos agua de beber.
En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés:
-«¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?»
Clamó Moisés al Señor y dijo:
-«¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen.»
Respondió el Señor a Moisés:
-«Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpea­rás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo.»
Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la reyerta de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo:
-«¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?»
Sal 94,1-2.6-7.8-9: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
  
Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.
  
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.»
Rm 5,1-2.5-8: El amor de Dios ha sido derramado en nosotros con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
Hermanos:
Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que esta­mos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios.
Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.
Jn 4,5-42: Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.
En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Si­car, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el ma­nantial de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
-«Dame de beber.»
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice:
-«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? »
Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.
Jesús le contestó:
-«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. »
La mujer le dice:
-«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»
Jesús le contestó:
-«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.»
La mujer le dice:
-«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que ve­nir aquí a sacarla.»
Él le dice:
-«Anda, llama a tu marido y vuelve.»
La mujer le contesta:
-«No tengo marido.»
Jesús le dice:
-«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.»
La mujer le dice:
-«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron cul­to en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.»
Jesús le dice:
-«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salva­ción viene de los judíos.
Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto soy deben hacerlo en espíritu y verdad.»
La mujer le dice:
-«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo. »
Jesús le dice:
-«Soy yo, el que habla contigo.»
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera ha­blando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas? »
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
-«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?»
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.
Mientras tanto sus discípulos le insistían:
-«Maestro, come.»
Él les dijo:
-«Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis.»
Los discípulos comentaban entre ellos:
-«¿Le habrá traído alguien de comer?»
Jesús les dice:
-«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.
¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cose­cha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo sala­rio y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mis­mo sembrador y segador.
Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y vosotros recogéis el fruto de sus sudores.»
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testi­monio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho.»
Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se que­dara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
-«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»

«Si no da fruto, el año que viene la cortarás»

Domingo III de Cuaresma, ciclo C: Ex 3,1-8a.13-15; Sal 102,1-2.3-4.6-7.8.11; 1Co 10,1-6.10-12; Lc 13,1-9

por Lic. Abel Della Costa
06 de mar de 2010

 

En aquella ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó:

–¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

Y les dijo esta parábola:

Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador:

–Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?

Pero el viñador contestó:

–Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.

 

Leemos en este tercer domingo de Cuaresma del ciclo C un evangelio inquietante, y no sólo el Evangelio: todas las lecturas, su elección, su interrelación, su unidad, son difíciles. A tal punto que el propio calendario litúrgico da la opción de leer en lugar de éstas las del ciclo A (Ex 17,3-7; Sal 94; Rm 5,1-2.5-8; Jn 4,5-42). Pero quedémonos en las que propiamente corresponden a este día:

Comienza contándonos la misteriosa escena de «la zarza que arde sin consumirse», es decir, la vocación de Moisés, pero por sobre todo la revelación del misterioso Nombre de Dios, el Nombre innombrable o, como se lo llamaba en época de Jesús (para evitar pronunciarlo) y que recoge el NT: «El Nombre que está sobre todo nombre» (sobre el Sagrado Nombre puede leerse aquí mismo otro artículo). Esa primera lectura está relacionada con el Evangelio. ¿Cómo lo sabemos? por definición: la primera lectura debe estarlo, porque ese es uno de los pilares del armado de los textos litúrgicos. Si no vemos la relación, debemos buscarla, porque han sido puestas juntas para expresar algo, algo que seguramente no dicen cada una por separado.

El evangelio de hoy es complicado: habla de culpas y castigos, del contubernio entre Dios y los males que nos ocurren. A Jesús le van con una pregunta, que él redobla, le preguntan por unos galileos que murieron de manera horrible y violenta, y él agrega el ejemplo de otros que murieron en un espantoso accidente. El tema era delicado ya para la época de Jesús, pero era delicado de distinta manera que para nosotros: en aquellos momentos la piedad religiosa llevaba a pensar que si te ocurría algo malo, debía tratarse de un castigo divino, así que en ese trasfondo le preguntan a Jesús no si esos males tienen relación con los pecados de esa gente, sino, posiblemente (porque la pregunta concreta no llegó a nosotros) cómo establecer esa relación, cómo reconocerla. Analizaremos después qué y cómo responde Jesús, pero quedémonos de momento en constatar que nosotros partimos exactamente de la premisa inversa: para nosotros esa relación entre el mal fortuito y el castigo divino es cosa de boleros y coplas ("castigo de Dios, es la crucecita que llevas a cuestas, María de la O..."), pero de ninguna manera aceptamos seriamente que Dios pueda estar "castigando" a través de esos hechos; si saliera algún predicador a decir que los recientes terremotos de Haití o de Chile son "castigos de Dios", le tomaríamos la fiebre. Es más, ni siquiera los males que pueden ser consecuencia de nuestras malas acciones los consideramos un castigo de Dios. Así que estamos en las antípodas del público de Jesús, al menos oficialmente.

Ni en uno ni en otro lugar de estos dos se sitúa la respuesta de Jesús, sino en un terreno movedizo, muy difícil de establecer. Veamos: por un lado nos dice:

«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no.»

«¿pensáis que [los que perecieron en Siloé] eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no.»

Lo primero que descarta Jesús es cualquier causalidad directa entre el mal que les ocurrió a estos galileos o a estos jerosolimitanos, y el obrar previo de ellos: ¿eran más pecadores? no

Sin embargo, tras esto parece borrar con el codo lo que escribió con la mano:

«si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.»

¡Pero entonces sí hay una vinculación! Esta segunda parte de la frase nos pone sobre la pista de que Jesús hizo cierta trampa: «¿pensáis que eran más pecadores? no, no eran más pecadores»... pero tampoco eran menos pecadores que el resto. Lo que Jesús niega es que haya un motivo específico en esos grupos de personas para ser castigados, pero ni niega ni afirma que el mal que les ocurrió tenga vinculación con la causalidad divina; ese punto, el fondo del asunto, lo deja en un cono de sombra. Algo así como si dijéramos: no podemos afirmar que los haitianos merezcan morir más que los ingleses, pero haitianos e ingleses merecen morir, sólo que esta vez le tocó a los haitianos...

Jesús no sigue por esa línea, sin embargo no niega esta lectura, hasta tal punto que toda la tradición cristiana posterior entenderá como cosa natural que el ser humano, por sí mismo, en tanto existe como humano en esta historia humana de mal y pecado, está bajo juicio y condena: hay una «nota de deuda» de la que no podemos desentendernos, porque aunque no la elegimos cada uno, nos compete. Esto ha sido elaborado, en la tradición de lenguaje que arranca con san Pablo, sigue con san Agutín y desemboca en el Concilio de Trento como «cuestión del pecado original».

Ese punto central, esa amenaza bajo la que se despliega la existencia humana, no podemos de ninguna manera licuarla, diluirla, hacerla desaparecer por arte de simpatía. Podemos leer este domingo las lecturas del ciclo A para no ser tan antipaticos, pero no podemos dentro nuestro, en nuestro pensamiento y en nuestra acción, olvidarnos que el hombre es un ser "bajo juicio", y que esa amenaza tiene que ver con una "nota de deuda" que seguramente no podemos racionalizar, pero que no debemos olvidar, entendamos o no la doctrina del Pecado Original.

Ahora bien, el Evangelio no es un "listado de doctrinas" (aunque contiene doctrinas, claro está); si queremos listado de doctrinas, vayamos al Denzinger, o incluso al Catecismo de la Iglesia (aunque el actual esté redactado un poco más amable, sigue siendo lo que es: un listado de doctrinas). El Evangelio no es eso, sino que nos muestra no sólo qué creer sino cómo hacerlo: cómo se movía Jesús mismo entre este lenguaje difícil, delicado, de la culpa, el castigo, la conversión, la salvación. ¿Y cómo se movía? Jesús, luego de dejar aludido el problema, se dispara hacia una pequeña parábola, su género predilecto:

«Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.

Dijo entonces al viñador:

-Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?

Pero el viñador contestó:

-Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.»

Todo en ella es un guiño de ojo a lecturas que no sólo conocían sus oyentes de aquella época, sino que también nos son muy familiares a nosotros, fundamentalmente la «Canción de la viña» de Isaías 5: un hombre tenía una viña, la planta, la cuida, no le da frutos sino agraces, la poda, la quema, la pisotea, la destruye...

Sólo que en la canción de la viña el Viñador es el propio Dios, pero en esta nueva "canción de la viña" que se acaba de inventar Jesús, ¿quién es el Viñador? Y no lo pregunto retóricamente: en las parábolas donde aparece un dueño, un señor, un rey, un patrón (generalmente todos ellos muy antipáticos), ese personaje es la representación humana de Dios, es lo que nosotros llamamos "DIos": exige, aprieta tuercas, pide intereses, es desmesurado, para el bien y para el mal; Jesús llega a hacer decir a uno de las víctimas de ese Dios: «sé que eres un dueño exigente, que recoges lo que no has sembrado» (lc 19,21). También en esta parábola de la viña estéril el Dueño es de ese mismo calibre: «Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?»

Notemos que nosotros, cristianos, enseñamos así a Dios, nosotros, cristianos, creemos que Dios es así. Es más, no tenemos problema en llamar "piedad religiosa" a esa manera de referirse de Dios como un Capomafia.

Jesús no niega esa imagen de Dios, nunca la niega y nunca la quita, es más: muestra que tiene su lugar en el lenguaje de la fe: un hombre cuyo ser está «bajo juicio» debe saber que la relación-de-juicio es ésa; como maravillosamente lo expresa esa poesía medieval de la secuencia de difuntos:

«¡Miserable de mí,

qué he de decir, 

a qué patrono invocaré, 

si ni siquiera el justo está seguro..!»

Ahora bien, no es casual que Jesús aplique el nombre de "viñador" al que aparentemente es sólo un empleado, porque eso nos hace pensar que ese viñador que dice: "déjala un año más" es verdaderamente el Dios que Jesús quiere enseñarnos a encontrar. Porque Jesús vino a mostrar la plenitud del hombre. Es verdad que el hombre está «bajo juicio», eso es innegable, y Jesús no lo niega... pero el hombre está también «bajo misericordia». Y la misericordia dura siempre un año más que el juicio, llega más lejos.

Por allí se nos cuela la primera lectura, que habíamos dejado durmiendo hasta ahora. Si hubiéramos sabido desde el principio cómo leer esa primera lectura, tal vez nos hubiera sido mucho más fácil llegar a comprender esta de los galileos. Porque esa primera lectura muestra el código bajo el cual debemos «comprender» al Dios del que habla Jesús. ¿Qué dice, en definitiva, esa primera lectura? habla de la no-obviedad de Dios, del Dios de nuestra fe, no del dios que nos imaginamos, del que nos representamos mentalmente, del que nos surge espontáneamente, del que nos transmite el "sentido común", no: del Dios de nuestra fe, del Dios del que habla Jesús. Ese Dios del que habla Jesús tiene relación con todas nuestras imágenes de Dios, pero no es idéntico con ninguna de ellas; o dicho de otro modo: el Dios del que habla Jesús no es obvio, ni lo descubrimos espontaneamente, nos debe ser enseñado, transmitido.

La primera lectura nos pone ante un Moisés que deja hablar a Dios, deja que Dios le plantee quién es. ¿Es que acaso Moisés se sentía menos interpelado por el problema del mal que nosotros? ¿es que Moisés se sentía menos contrariado por el problema de la culpa y la inocencia que nosotros? Posiblemente Moisés, como persona de sensibilidad religiosa, se haya planteado lo mismo que nosotros: el problema del mal y de la retribución de las buenas y las malas acciones, la arbitrariedad de la mayor parte de los males que nos ocurren, todo eso que el hombre se viene preguntando desde la época de las cavernas. Sin embargo orientó en esa escena un espacio en el que es posible plantear el misterio del mal con mayor fruto: esa orientación es dejar que Dios mismo manifieste quién es, no forzar con nuestras preconcebidas imágenes de Dios (todas en algo verdaderas, todas -en su absolutez- falsas) el obtener una respuesta mecánica a la "cuestión del mal". Ése es el marco de referencia que deja abierto Moisés: la respuesta no es una fórmula, sino una palabra que habla de una persona.

Pero aun esa palabra, en tanto pertenece al Antiguo testamento, es una palabra oscura, enigmática, impronunciable. Jesús viene a completar la respuesta de Moisés: la respuesta al mal no es una fórmula, sino una persona, y esa persona no es el dueño poderoso, sino el Viñador. En sus manos está que ese hombre «bajo juicio» que somos nosotros, cada uno de nosotros, entre en el «año de más» de la misericordia. Jesús no niega nuestras fórmulas religiosas sobre el mal y el castigo, sobre el juicio y la condena, sobre el demérito. Si las negara de manera absoluta, como hacemos a veces nosotros al querer acomodarnos al mundo y no caer anticuados, negaría también el núcleo y parte de verdad que hay en cada una de esas palabras. No las niega, pero no se detiene en ellas, salta hacia adelante, anuncia el «año de la misericordia», y lo que es más importante, entra en él.

Porque para que su anuncio no quede hueco y vacío, para que no sea un mero «huir hacia adelante» y tapar con misericordia lo que se dejó sin castigo, asume en su propia persona toda la arbitrariedad del mal, y así hace posible que el mal que cada uno de nosotros padecemos, cuya medida de juicio y castigo no podemos calibrar (¿quién acaso sabe cuánto del mal que le ocurre lo merece y cuánto es gratuito e inmerecido?), se convierta, por asociación al suyo, en dolor que salva, no en viña pisoteada, sino en viña excavada y en su tierra removida... para que sea más fértil.

 

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