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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003
Domingo 27 de enero: Año litúrgico 2018 ~ 2019
Tiempo Ordinario ~ Ciclo C ~ Año Impar
Hoy celebramos:
III Domingo del Tiempo Ordinario, solemnidad
Ne 8,2-4a.5-6.8-10: Leyeron el libro de la ley y todo el pueblo estaba atento.
Sal 18,8.9.10.15: Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.
1Cor 12,12-30: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro.
O bien más breve:
1Cor12,12-14.27
Lc 1,1-4;4,14-21: Hoy se cumple esta Escritura.
Comentario: Proclamar el Año de Gracia del Señor
Ne 8,2-4a.5-6.8-10: Leyeron el libro de la ley y todo el pueblo estaba atento.
En aquellos días, Esdras, el sacerdote, trajo el libro a la asamblea de hombres y mujeres y de todos los que podían comprender. Era el día primero del mes séptimo.
Leyó el libro en la plaza que hay ante la puerta del agua, desde el amanecer hasta el mediodía, en presencia de hombres, mujeres y de los que podían comprender; y todo el pueblo estaba atento al libro de la ley.
Esdras, el sacerdote, estaba de pie sobre un estrado de madera, que habían hecho para el caso. Esdras abrió el libro a vista del pueblo, pues los dominaba a todos, y cuando lo abrió, el pueblo entero se puso en pie.
Esdras pronunció la bendición del Señor Dios grande, y el pueblo entero, alzando las manos, respondió: «Amén, Amén»; se inclinó y se postró rostro a tierra ante el Señor.
Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura.
Nehemías, el Gobernador, Esdras, el sacerdote y letrado, y los levitas que enseñaban al pueblo decían al pueblo entero:
-Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis (porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la ley). Y añadieron:
-Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene preparado, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.
Sal 18,8.9.10.15: Tus palabras, Señor, son espíritu y vida.
La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante.

Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;
los mandatos del Señor son verdaderos
y enteramente justos.

Que te agraden las palabras de mi boca,
y llegue a tu presencia
el meditar de mi corazón,
Señor, roca mía, redentor mío.
1Cor 12,12-30: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro.
Hermanos:
Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.
Y todos hemos bebido de un solo Espíritu. El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo.
Si el pie dijera: «no soy mano, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el oído dijera: «no soy ojo, luego no formo parte del cuerpo», ¿dejaría por eso de ser parte del cuerpo? Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿cómo oiría? Si el cuerpo entero fuera oído, ¿cómo olería? Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de los miembros como él quiso.
Si todos fueran un mismo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo.
El ojo no puede decir a la mano: «no te necesito»; y la cabeza no puede decir a los pies: «no os necesito».
Más aún, los miembros que parecen más débiles son más necesarios. Los que nos parecen despreciables, los apreciamos más.
Los menos decentes, los tratamos con más decoro. Porque los miembros más decentes no lo necesitan.
Ahora bien, Dios organizó los miembros del cuerpo dando mayor honor a los más necesitados.
Así no hay divisiones en el cuerpo, porque todos los miembros por igual se preocupan unos de otros.
Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos le felicitan.
Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro.
Y Dios os ha distribuido en la Iglesia: en el primer puesto los apóstoles, en el segundo los profetas, en el tercero los maestros, después vienen los milagros, luego el don de curar, la beneficencia, el gobierno, la diversidad de lenguas, el don de interpretarlas.
¿Acaso son todos apóstoles?, ¿o todos son profetas? ¿o todos maestros?, ¿o hacen todos milagros?, ¿tienen todos don para curar?, ¿hablan todos en lenguas o todos las interpretan?
O bien más breve:
1Cor12,12-14.27
Hermanos:
Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.
Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.
El cuerpo tiene muchos miembros, no uno solo. Vosotros sois el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro.
Lc 1,1-4;4,14-21: Hoy se cumple esta Escritura.
Ilustre Teófilo:
Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
Fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el Libro del Profeta Isaías y, desenrrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres,
para anunciar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista.
Para dar libertad a los oprimidos;
para anunciar el año de gracia del Señor.»
Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba, y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles:
-Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.

Proclamar el Año de Gracia del Señor

Domingo III del tiempo ordinario, ciclo C: Ne 8,2-4a.5-6.8-10; Sal 18; Lc 1,1-4;4,14-21

por Lic. Abel Della Costa
25 de ene de 2013

Nuestra fe tiene un evidente contenido penitencial. Todos nuestros ritos comienzan con un pedido de perdón, el símbolo central mismo, la cruz, no es sino la evocación más patente de que las relaciones con Dios parece que están siempre rotas de antemano. La propia religiosidad natural del hombre, en tanto compara la plenitud del ser de Dios con la precariedad del hombre, no puede menos que abajarse hasta el suelo y declarar su propia nada. Será por eso quizás por lo que en muchos casos, cuando se piensa en "llevar el evangelio al mundo contemporáneo" se piensa más bien en la denuncia que en el anuncio.

Sin embargo las lecturas de hoy nos abren una perspectiva distinta: la denuncia del pecado, la dimensión penitencial de la fe, no es su contenido último. Es imprescindible, claro, pero no es el objetivo; el objetivo es proclamar la cercanía de Dios, la inauguración de un tiempo nuevo en el que Dios realiza aquello que estaba contenido en germen en la creación: su presencia gozosa en la vida de cada hombre.

Eso es un rasgo muy destacable del evangelio de hoy: la cita de Isaías con la que Jesús comienza la predicación del evangelio habla fundamentalmente del establecimiento del "año de gracia" del Señor, y la cita misma ha sido leída en una clave nueva, muy propia de san Lucas, enteramente gozosa. Si vamos a Isaías 61,1-2, que es de donde se ha tomado, veremos que el pequeño fragmento dice:

«a pregonar año de gracia de Yahveh,

día de venganza de nuestro Dios»

En la predicación profética, el consuelo de Dios iba indisolublemente unido a la venganza de Dios frente a sus enemigos, la misma fe bíblica se expresa muchas veces de manera revanchista. Por muy "universalista" que fuera la predicación de un Isaías, por ejemplo, el anuncio de la "buena noticia" de que Dios vendría a liberar definitivamente a su pueblo iba unida a la convicción de que eso implicaba aplastar la cabeza de los enemigos de Israel, identificados generalmente con los pueblos vecinos y más poderosos. El día de la venida de Dios no sólo sería un día de júbilo para Israel, sino también un "Día de ira [...], día de angustia y de aprieto, día de devastación y desolación, día de tinieblas y de oscuridad, día de nublado y densa niebla", como lo expresa tan tremendamente Sofonías 1,15, inspirador de nuestro poema cristiano "Dies Irae".

El evangelio está haciendo una deliberada opción al leer a Isaías: omitir ese aspecto de venganza y condenación que muchas veces nosotros creemos esencialmente pegado a la predicación de la Buena Noticia de Jesús. Como señala Fitzmyer, conocido exégeta del evangelio de San Lucas: "La frase de Isaías que describe un período de gracia que ha de traer la liberación de Sión se usa aquí para proclamar y presentar el «tiempo de Jesús» y la nueva forma de salvación que comporta este tiempo.[...]El texto de Lucas omite la segunda parte de Is 61,2: «el día del desquite de nuestro Dios», porque esa idea no cuadra con el panorama salvífico que en este momento ve su inauguración." (El Ev. Según San Lucas, II, pág. 436) 

Nosotros hoy llamaríamos a eso una "cita manipulada", y en un cierto sentido lo es: si san Lucas estuviera haciendo un estudio crítico sobre el cumplimiento en Jesús de las profecías de Isaías, la omisión de un versículo que contradice la tesis de Lucas sería una manipulación. Pero el Evangelio no es un erudito y ascéptico estudio sobre el cumplimiento de profecías antiguas, sino que es la comunicación de Dios, de que efectivamente, aunque anunciado en el pasado con voces vacilantes y a tientas, el gran Día del Señor llegó por fin. Y ese gran día pone las cosas en su lugar, todo aquello que en el pasado se le había ido "pegando" al mensaje de gracia adquieren, en virtud de la claridad de Jesús, un nuevo lugar. En definitiva, Jesús es el criterio de verdad de Isaías, y no a revés. Y ese criterio de verdad comienza por proclamar: gracia y consuelo sin condiciones de parte de Dios.

Si no es la gracia gratuita, el perdón ya concedido y realizado, si no es esa la nota central, el punto más firme e inmutable de nuestra predicación de Jesús... no estamos predicando a Jesús. Me dirán que la nota penitencial, el "temor y temblor" ante la llegada de Dios figuran de pleno derecho en la Biblia, y que la expectación del Juicio la rezamos en el Credo. Eso es también absolutamente cierto; sin embargo es una verdad subordinada: el centro de la predicación de Jesús es la gracia, el "sí" incondicional y definitivo de Dios al hombre; y si es ese el centro de la predicación de Jesús, no puede menos que ser también el centro de nuestra predicación de Jesús, a lo cual subordinar todo el resto.

 

Para confirmar esta lectura de que Jesús reinterpretó el anuncio bíblico de la venida de Dios en términos de gracia y aceptación incondicional, viene en auxilio la primera lectura: la liturgia ha querido unir a la proclama del Evangelio una lectura del AT que aparentemente tiene poco que ver.

Es la vuelta del Destierro, la reconstrucción nacional, han pasado muchos años en Babilonia, con escasa esperanza, por no decir humanamente nula, de volver a decir "esta es la tierra de Israel"; Dios les abrió una puerta en la persona del rey persa Ciro, los judíos pueden volver a su tierra, reconstruir su templo, retomar su vida religiosa. Pero algo dentro de ese pueblo, en su alma, ha cambiado, la experiencia del destierro fue también una experiencia nueva y distinta de Dios, baste recordar las notas de profunda nostalgia religiosa de un salmo del destierro como el "Junto a los ríos de Babilonia" (S. 137): no, ciertamente que la vida religiosa de Israel no puede desenvolverse como antes del destierro, han visto un semblante misterioso y serio de Dios, lo han visto retirarse de la historia, alejarse del hombre como nunca lo habían experimentado, ciertamente que la nueva experiencia de Dios requiere también una época nueva en la expresión de Dios. En ese contexto del retorno se han recopilado las tradiciones antiguas, todo aquello que formaba el entramado religioso, oral en parte, en parte escrito, y en muchos casos inorgánicamente acumulado, y se han puesto por escrito por primera vez en forma de Ley. La Ley para el Israel que vuelve del destierro no son una serie de preceptos rituales y morales que hay que cumplir, sino que la palabra "Ley" (Torah) abarca mucho más: la ley es la narración del despliegue de Dios en la historia de Israel, la Biblia llama "Ley" a ver por escrito la acción de Dios en la vida de estos hombres, que se traduce en respuestas que estos hombres están llamados a dar. A ese proceso de escritura de esta Ley la Biblia lo resume en la obra de Esdras: él es el gran promulgador de la Ley con posterioridad al Destierro. Suele entenderse que lo que ocurrió en la época de Esdras es la promulgación del Pentateuco tal como lo conocemos nosotros, es decir, no como un conjunto de tradiciones diversas, sino como una obra que expresa en su conjunto la esencia Israel como pueblo teofánico, como pueblo de la manifestación de Dios.

Lo que leemos en la primera lectura de hoy parece que tiene poco que ver con el evangelio, sin embargo vemos que la lectura culmina con la misma clase de afirmación de la gracia que hará Jesús: frente a la tendencia de la religiosidad natural de sentir vergüenza ante Dios, al comparar nuestra nada y miseria con Él (simbolizado en "el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la ley"), el libro de Esdras proclama: este día es de gozo, no de luto, esta palabra es de presencia, no de ausencia, de aceptación, no de condena.

Si conseguimos mantener frente al mundo esa actitud de fundamental aceptación, de fundamental comprensión y espíritu de redención gozosa, también nuestras palabras de reproche y conversión sonarán distintas, y seguramente tendrán incluso más efecto. No se trata de ninguna "positividad ne age", porque no provienen de nuestra fuerza de voluntad, sino de la aceptación que aprendemos en el Hijo, al ser aceptados gratuita e incondicionalmente por él.

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