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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde 2003
Domingo 9 de junio: Año litúrgico 2018 ~ 2019
Tiempo Pascual ~ Ciclo C ~ Año Impar
Hoy celebramos:
Domingo de Pentecostés, solemnidad
Misa de la vigilia. De las lecturas del AT se escoge sólo una:
Gn 11,1-9: Se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra.
o bien:
Ex 19,3-8a.16-20b: El Señor bajó al Monte Sinaí, a la vista del pueblo.
o bien:
Ez 37,1-14: Huesos secos: os infundiré mi espíritu y viviréis.
o bien:
Jl 3,1-5: Sobre mis siervos y siervas derramaré mi espíritu.
Sal 103,1ab.24ac.29bc-30.31.34: Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Segunda lectura y Evangelio:
Rm 8,22-27: El Espíritu intercede con gemidos inefables.
Jn 7,37-39: Manarán torrentes de agua viva.
Misa del día:
Hch 2,1-11: Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar.
Sal 103,1ab.24ac.29bc-30.31.34: Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
1Co 12,3b-7.12-13: Hemos sido bautizados en un mismo espíritu, para formar un solo cuerpo.
Antes del Evangelio se recita la
Secuencia del Espíritu Santo (Veni Creator)
Jn 20,19-23: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo.
Como 2ª lectura y Evangelio también puede utilizarse:
Rm 8,8-17: Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.
Jn 14,15-16.23b-26: El Espíritu Santo os lo enseñará todo.
Comentario: «Recibid el Espíritu Santo»
Misa de la vigilia. De las lecturas del AT se escoge sólo una:
Gn 11,1-9: Se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra.
Toda la tierra hablaba la misma lengua con las mismas palabras. Al emigrar (el hombre) de oriente, encontraron una llanura en el país de Senaar y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros:
-«Vamos a preparar ladrillos y a cocerlos.»
Emplearon ladrillos en vez de piedras, y alquitrán en vez de cemento. Y dijeron:
-«Vamos a construir una ciudad y una torre que alcance al cielo, para hacernos famosos, y para no dispersarnos por la superficie de la tierra.»
El Señor bajó a ver la ciudad y la torre que estaban construyendo los hombres; y se dijo:
-«Son un solo pueblo con una sola lengua. Si esto no es más que el comienzo de su actividad, nada de lo que decidan hacer les resultará imposible. Voy a bajar y a confundir su lengua, de modo que uno no entienda la lengua del prójimo.»
El Señor los dispersó por la superficie de la tierra y cesaron de construir la ciudad. Por eso se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde allí los dispersó por la superficie de la tierra.
o bien:
Ex 19,3-8a.16-20b: El Señor bajó al Monte Sinaí, a la vista del pueblo.
En aquellos días, Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde el monte, diciendo:
- «Así dirás a la casa de Jacob, y esto anunciarás a los israelitas: "Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa." Éstas son las palabras que has de decir a los israelitas.»
Moisés convocó a los ancianos del pueblo y les expuso todo lo que el Señor le había mandado. Todo el pueblo, a una, respondió:
- «Haremos todo cuanto ha dicho el Señor.»
Al tercer día, al rayar el alba, hubo truenos y relámpagos y una densa nube sobre el monte y un poderoso resonar de trompeta; y todo el pueblo que estaba en el campamento se echó a temblar. Moisés hizo salir al pueblo del campamento para ir al encuentro de Dios y se detuvieron al pie del monte. Todo el Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en forma de fuego. Subía humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia. El sonar de la trompeta se hacía cada vez más fuerte; Moisés hablaba, y Dios le respondía con el trueno. El Señor bajó al monte Sinaí, a la cumbre del monte, y llamó a Moisés a la cima de la montaña.
o bien:
Ez 37,1-14: Huesos secos: os infundiré mi espíritu y viviréis.
En aquellos días, la mano del Señor se posó sobre mí, y con su Espíritu el Señor me sacó y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos. Me hizo dar vueltas y vueltas en torno a ellos: eran innumerables sobre la superficie del valle y estaban completamente secos.
Me preguntó:
-Hombre mortal, ¿podrán revivir estos huesos?
Yo respondí:
-Señor, tú lo sabes.
El me dijo:
-Pronuncia un oráculo sobre estos huesos y diles: ¡Huesos secos, escuchad la Palabra del Señor! Así dice el Señor a estos huesos: «Yo mismo traeré sobre vosotros espíritu y viviréis. Pondré sobre vosotros tendones, haré crecer sobre vosotros carne, extenderé sobre vosotros piel, os infundiré espíritu y viviréis. Y sabréis que yo soy el Señor».
Y profeticé como me había ordenado, y a la voz de mi oráculo, hubo un estrépito, y los huesos se juntaron hueso con hueso. Me fijé en ellos: tenían encima tendones, la carne había crecido y la piel los recubría; pero no tenían espíritu.
Entonces me dijo:
-Conjura al espíritu, conjura, hombre mortal, y di al espíritu: Así dice el Señor: «De los cuatro vientos ven, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan».
Yo profeticé como me había ordenado; vino sobre ellos el espíritu y revivieron y se pusieron en pie. Era una multitud innumerable.
Y me dijo:
-Hombre mortal, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: «Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza ha perecido, estamos destrozados». Por eso, profetiza y diles:
Así dice el Señor:
«Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago». Oráculo del Señor.
o bien:
Jl 3,1-5: Sobre mis siervos y siervas derramaré mi espíritu.
Así dice el Señor:
- «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne:
profetizarán vuestros hijos e hijas,
vuestros ancianos soñarán sueños,
vuestros jóvenes verán visiones.
También sobre mis siervos y siervas
derramaré mi Espíritu aquel día.
Haré prodigios en cielo y tierra:
sangre, fuego, columnas de humo.
El sol se entenebrecerá,
la luna se pondrá como sangre,
antes de que llegue el día del Señor,
grande y terrible.
Cuantos invoquen el nombre del Señor
se salvarán.
Porque en el monte de Sión y en Jerusalén quedará un resto;
como lo ha prometido el Señor a los supervivientes que él llamó.»
Sal 103,1ab.24ac.29bc-30.31.34: Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas.
 
Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
 
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
Segunda lectura y Evangelio:
Rm 8,22-27: El Espíritu intercede con gemidos inefables.
Hermanos: Sabemos que hasta hoy la creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto. Y no sólo eso; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvados. Y una esperanza que se ve ya no es esperanza. ¿Cómo seguirá esperando uno aquello que ve? Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia. Pero además el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.
Jn 7,37-39: Manarán torrentes de agua viva.
El último día, el más solemne de las fiestas, Jesús, en pie, gritaba:
- «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva.»

Decía esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado.
Misa del día:
Hch 2,1-11: Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar.
Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:

- «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»
Sal 103,1ab.24ac.29bc-30.31.34: Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas.
 
Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
 
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
1Co 12,3b-7.12-13: Hemos sido bautizados en un mismo espíritu, para formar un solo cuerpo.
Hermanos: Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.
Antes del Evangelio se recita la
Secuencia del Espíritu Santo (Veni Creator)
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
Jn 20,19-23: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo.
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
- «Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
- «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
- «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Como 2ª lectura y Evangelio también puede utilizarse:
Rm 8,8-17: Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.
Hermanos:
Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíri­tu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espí­ritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.
Así, pues, hermanos, estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente. Pues si vivís según la carne, vais a la muerte; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.
Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.
Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre).
Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.
Jn 14,15-16.23b-26: El Espíritu Santo os lo enseñará todo.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Pa­dre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros.
El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él.
El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado; pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.»

«Recibid el Espíritu Santo»

Domingo de Pentecostés: Jn 20,19-23

por Lic. Abel Della Costa
10 de may de 2008

 

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.»

Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.»

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»



Entre las muchas lecturas que cada encargado de liturgia en cada parroquia puede elegir para el solemne domingo de Pentecostés, una es esta pequeña y bella perícopa de San Juan: Juan 20 vv. 19 a 23

Lo que dice es claro e impactante, por lo que no requiere que le demos muchas vueltas para entenderlo; sin embargo, me gustaría hacer notar algunos aspectos que surgen del modo como el texto quedó redactado e inserto entre otros textos.

Ante todo, el texto prepara la irrupción, un par de versículos más adelante, de la muy fuerte escena de la "duda de Tomás". Nosotros leemos la escena de Tomás en relación a las "apariciones" y este texto en relación a "Pentecostés", por lo que se pierde un poco la íntima conexión entre los dos, tejida narrativamente de dos maneras:

-la mención de las manos y el costado heridos: les mostró las manos y el costado y lo reconocieron.

-el saludo, muy judío, de "shalom aleijem", "la paz con vosotros", que se repite tres veces en total, dos en esta pequeña escena y una en la de Tomás.

I

Las manos y el costado heridos es un rasgo específico de la narración de San Juan, que la comparte con otro Juan, el Apocaleta, quien otorga a Jesús el título -halagüeño sólo en clave cristiana- de "Cordero degollado". Fácilmente recordamos que en San Lucas Jesús se les aparece a los Once y ellos no terminan de creérselo, entonces él les dice: "soy yo, no un fantasma, mirad mis manos y mis pies" (Lc 24,39); fácilmente, decía, asimilamos esa escena a ésta de Juan en la casa, con los Once encerrados. Sin embargo en la escena de Lucas las manos y los pies se mencionan sólo como signo de que no es un fantasma, de que tiene cuerpo y que ellos pueden corroborarlo, ni siquiera se dice que esas manos y pies estén heridos. San Juan, en cambio hace hincapié en que esas manos y costado están heridos, y así Tomás puede pedir tocar las heridas como prueba. En el relato de San Juan el costado es el altar donde nace la Iglesia, fundada en la sangre y en el agua ("no por el agua sola", dirá el autor de IJuan), por eso se anima a explicar algo tan novedoso y especial: el Señor resucitado está eternamente crucificado, eternamente llagado, porque de esa llaga nace algo eterno.

El hecho de que estemos acostumbados a pensar en el Resucitado como para-siempre-llagado no vuelve más obvia a la imagen, al contrario, deberíamos preguntarnos: si en todo el Nuevo Testamento no se habla de las llagas de Jesús una vez resucitado, ¿de dónde las sacamos?

Pues las sacamos de estos muy pocos lugares: Juan 20, IJuan y Apocalipsis, es decir, aunque escritores distintos, todos pertenecientes al "círculo joánico" en la forma de entender la fe.

II

Los evangelios sinópticos, tanto el más antiguo, Marcos, como los más "nuevos", Mateo y Lucas, e incluso el propio San Lucas, que sigue muy de cerca el relato de San Juan de la Pasión/Aparición en varios aspectos, nos "cuentan" la resurrección, apariciones del Resucitado, Ascención y donación del Espíritu en la forma de una saga, con sus episodios, entonces tal día corresponde que resucite, tal que aparezca aquí, luego allí, luego ascienda, y a los tantos días, que "mande" (puesto que "se fue") el Espíritu que garantiza su presencia permanente en la Iglesia.

No es que esté mal contarlo así, apela muy vivamente a la imaginación humana de todos los tiempos, y de hecho en la Iglesia hemos contado así las cosas durante dos mil años, y las seguiremos contando así hasta que el Señor vuelva. Pero no debemos olvidar que todo eso es sólo un esquema catequético, una forma de acercarnos a la realidad de realidades inefables. La donación del Espíritu 50 días después de la resurrección está muy bien para armar un calendario litúrgico y sobre todo para acristianar la fiesta judía de Pentecostés, fiesta de las cosechas, y dar así el puntapié de largada a la primera cosecha de la Iglesia ("Aquel día se les unieron unas tres mil almas...", Hechos 2,41), pero de ninguna manera podemos convertir ese esquema cronológico de la saga en un corsé que encierre la grandeza y la riqueza de lo que contiene la Pascua gloriosa de Jesús.

San Juan no se sintió de ninguna manera atrapado por ese esquema catequético, y sin ningún problema sitúa en un mismo momento escenas que los demás evangelistas distinguen y "organizan" cronológicamente:


-La primera aparición del Resucitado a los Once

-La donación del Espíritu

-El envío de los discípulos (que los convierte de discípulos en apóstoles)

-la potestad eclesial de actuar con el poder mismo de Dios 

III

Cada una de estos elementos que Juan ha concentrado merece un tratado, sin embargo me quedaré con el último: la potestad eclesial de actuar con el poder mismo de Dios.

«Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo.

A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos."»


No deberíamos reducir esta expresión sobre el perdón al sacramento de la Reconciliación. Es verdad que el sacramento hace visible y patente la potestad que Jesús dejó a su Iglesia de administrar, ministerialmente, el perdón divino. Sin embargo, perdón es todo lo que vino a traer Jesús; no trajo otra cosa: perdón, reconciliación, paz con el Dios escondido desde los tiempos de Adán.

El día que uno solo de los miembros de la Iglesia negamos a alguien nuestro perdón, estamos escamoteándole la acción de Dios en Jesús llagado/resucitado; y el día en que un creyente da su perdón, ese Dios, el Llagado, vuelve a estar presente como Resucitado.

El perdón no es un aspecto de los bienes salvíficos, es la razón misma de que hayamos tenido que ser rescatados al precio de la sangre de Cristo. Por eso Jesús no se molesta en desarrollar una teología de los "siete dones" del Espíritu (por suerte dejó algo para los teólogos): a Jesús le basta con vincular el perdón que cada creyente, en la persona de los Once, de María Magdalena, de la Madre, y de todos los "héroes" del Evangelio, al perdón ofrecido a todos los hombres: "esto es el Espíritu: habéis sido perdonados, podéis perdonar."


No es el perdón humano lo que se pide que demos, ése está supuesto, ése incluso ya nos había pedido Jesús que lo diéramos cuantas veces fuera necesario. El perdón del que aquí habla es el perdón que es Dios, capaz de habitar en nosotros como resucitados, de la misma manera en que habita en el Resucitado las llagas del dolor humano, ya redimido.

Ese perdón es el acto mismo de transmitir el Espíritu: a quien lo das, queda dado, a quien no lo das, queda retenido... y es algo muy serio. Pone en manos de la Iglesia, en manos de cada creyente, toda su obra salvadora, así de débil, así de entregado en unas manos incapaces incluso a veces de juntarse para rezar.

Pero es precisamente en esa debilidad donde esta concentrada y se hace evidente la fuerza del perdón: "como el Padre me envió...", es decir, pobre, desnudo, como cordero entre lobos, para ser llagado, y llagado, resucitar, igual que como en el día de Pentecostés nos envía a nosotros.

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