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EEUU, Francisco marca el futuro: Iglesia sin desunión ni desprestigio mutuo

03 de ene de 2019
Francisco revela que tenía intención de acompañar personalmente a los obispos de Estados Unidos en un retiro que tiene lugar estos días en Chicago, para reflexionar sobre la crisis de abusos que sacude a la Iglesia en ese país, pero cuestiones logísticas le impidieron viajar.

La crisis de la Iglesia católica en Estados Unidos va más allá de los escándalos por los abusos. Además de los sacerdotes depredadores, los obispos de ese país afrontan las peores insidias: Desunión, conflictos y tensiones internas, luchas desatadas en formas de “desprestigio mutuo, reproches y victimización”. Un escenario que golpea de lleno a la credibilidad pública. Credibilidad que no se recupera con estrategias “marketineras” o recetas tomadas del mundo de los negocios. Sino, sólo, con una conversión humilde y verdadera. Son las convicciones del Papa, plasmadas en una carta que marca el rumbo futuro para los pastores y las comunidades católicas en ese país.

Un texto denso, de siete páginas. Publicado la tarde de este jueves tanto en Roma como en Chicago, donde todos los obispos estadounidenses se encuentran reunidos para un retiro espiritual. Una cita impulsada por el mismo Francisco, para reflexionar sobre la crisis desatada por los escándalos de abusos que han sacudido a la Iglesia allí en los últimos meses.

Un mensaje que inició con un detalle curioso: El pontífice confesó que tenía decidido asistir personalmente a esos ejercicios, y así se lo comunicó a la cúpula de la conferencia episcopal el 13 de septiembre. Pero aclaró que, “a pesar de los esfuerzos realizados, por problemas de logística” no pudo acompañarlos. “Esta carta quiere suplir el viaje fallido”, abundó.

En las últimas horas, en la Unión Americana se sabía de este texto y se esperaba con gran expectación. Se especulaba con declaraciones relevantes contra los abusos. En cambio, Bergoglio decidió dar otro tratamiento al problema. Sí, como era previsible, dedicó varios párrafos al problema de los ataques contra menores. Pero quiso ir más allá del escándalo. Como hizo con los obispos chilenos, cuando se reunió con ellos en mayo, llevó su reflexión al fondo de la crisis. Y enumeró todas las distorsiones del catolicismo estadounidense.

No minimizó la “cultura del abuso”. Ni los escándalos. “Tiempos tormentosos en la vida de tantas víctimas que sufrieron en su carne el abuso de poder, de conciencia y sexual por parte de ministros ordenados, consagrados, consagradas y fieles laicos; tiempos tormentosos y de cruz para esas familias y el pueblo de Dios todo”, constató.

“La credibilidad de la Iglesia se ha visto fuertemente cuestionada y debilitada por estos pecados y crímenes, pero especialmente por la voluntad de querer disimularlos y esconderlos, lo cual generó una mayor sensación de inseguridad, desconfianza y desprotección en los fieles. La actitud de encubrimiento, como sabemos, lejos de ayudar a resolver los conflictos, permitió que los mismos se perpetuasen e hirieran más profundamente el entramado de relaciones que hoy estamos llamados a curar y recomponer”, abundó.

Reconoció que “los crímenes cometidos” dejaron una “herida honda”, sumieron a los fieles de “perplejidad, desconcierto y confusión”; pero además sirvieron como excusa para desacreditar continuamente la labor de los cristianos.

Pero, más adelante, lamentó que el impacto de esos escándalos no haya propiciado un sano y necesario debate entre los obispos, incluso con las naturales tensiones del caso, sino que provocó “la división y la dispersión”. Con esas palabras puso el dedo en la llaga de los conflictos internos que han sacudido a la Iglesia estadounidense en los últimos meses, plagados de reclamos públicos y privados, desacuerdos y desencuentros.

Por eso, en su misiva, Francisco urgió a los pastores a emprender el rumbo de una “renovada y decidida actitud para resolver el conflicto”, no a través de “decretos voluntaristas”, “estableciendo simplemente nuevas comisiones” o “mejorando los organigramas de trabajo como si fuésemos jefes de una agencia de recursos humanos”. En estas líneas el Papa tocó otra tecla sensible para una Iglesia evidentemente condicionada por la mentalidad de eficiencia anglosajona. Lo hizo para advertir que esa mirada reduce la visión del pastor, impide abordar los problemas en su complejidad y corre el riesgo de centrar todo en cuestiones organizativas.

Al contrario, él congregó a los obispos a conducir un proyecto de Iglesia “común, amplio, humilde, seguro, sobrio y transparente”, posible únicamente a través de una verdadera conversión del corazón. Un proyecto alejado de los simples equilibrios humanos o de “una votación democrática que haga ‘vencer’ a unos sobre otros”.

“Sin este claro y decidido enfoque todo lo que se haga correrá el riesgo de estar teñido de autoreferencialidad, autopreservación y autodefensa y, por tanto, condenado a caer en ‘saco roto’. Será quizás un cuerpo bien estructurado y organizado, pero sin fuerza evangélica, ya que no ayudará a ser una Iglesia más creíble”, continuó.

Aclaró que recuperar la credibilidad no dependerá de ciertos discursos o méritos, ni de la honra personal, sino de la capacidad del “cuerpo unido” de reconocerse pecador y limitado, necesitado de conversión. Esto implica, insistió, rechazar el peligro de convertir a Dios en “un ídolo” de un determinado grupo o de la “absolutización del particularismo”. Porque “la catolicidad en la Iglesia no puede reducirse solamente a una cuestión meramente doctrinal o jurídica”.

He ahí otra indicación precisa, para un episcopado proclive a los “lobbies intraeclesiales” y a defender banderas de parte, intereses más o menos organizados. Francisco mismo delineó las consecuencias de estas actitudes: la búsqueda de “falsos, rápidos y vanos triunfalismos”, las “seguridades anestesiantes” y las “expresiones inmóviles”, incapaces de conmover a los hombres y mujeres del tiempo actual. Pero, sobre todo, urgió a dejar de lado los golpes bajos, pintando un escenario de enfrentamientos para nada tiernos.

“Esta actitud nos exige abandonar como modus operandi el desprestigio y la deslegitimación, la victimización o el reproche en la manera de relacionarse y, por el contrario, dar espacio a la brisa suave que sólo el evangelio nos puede brindar. Todos los esfuerzos que hagamos para romper el círculo vicioso del reproche, la deslegitimación y el desprestigio, evitando la murmuración y la calumnia en pos de un camino de aceptación orante y vergonzoso de nuestros límites y pecados y estimulando el diálogo, la confrontación y el discernimiento, todo esto nos dispondrá a encontrar caminos evangélicos que susciten y promuevan la reconciliación y la credibilidad que nuestro pueblo y la misión nos reclama”, describió.

Y abundó: “El pueblo fiel de Dios y la misión de la Iglesia han sufrido y sufren mucho a causa de los abusos de poder, conciencia, sexual y de su mala gestión como para que le sumemos el sufrimiento de encontrar un episcopado desunido, centrado en desprestigiarse más que en encontrar caminos de reconciliación. Esta realidad nos impulsa a poner la mirada en lo esencial y a despojamos de todo aquello que no ayuda a transparentar el evangelio de Jesucristo”.

Así las cosas, el Papa dejó en claro que el problema no se resume sólo a la crisis de los abusos. Es más, subrayó que los escándalos sacaron a la luz todas estas prácticas discutibles. Para dejarlas atrás -siguió- y recuperar la credibilidad es urgente alimentar la confianza; y la confianza -explicó- nace del servicio sincero y cotidiano, humilde y gratuito hacia todos. “Un servicio que no pretende ser marketinero o estratégico para recuperar el lugar perdido o el reconocimiento vano en el entramado social”, ponderó.

“El llamado a la santidad nos defiende de caer en falsas oposiciones o reduccionismos y de callarnos ante un ambiente propenso al odio y a la marginación, a la desunión y a la violencia entre hermanos. Como Iglesia no podemos quedar presos de una u otra trinchera, sino velar y partir siempre desde el más desamparado”, constató.

E imploró: “Queridos hermanos, el Señor sabía muy bien que, en la hora de la cruz, la falta de unidad, la división y la dispersión, así como las estrategias para liberarse de esa hora serían las tentaciones más grandes que vivirían sus discípulos; actitudes que desfigurarían y dificultarían la misión. Confiados y sumergiéndonos en la oración de Jesús al Padre queremos aprender de Él y, con determinada deliberación, comenzar este tiempo de oración, silencio y reflexión, de diálogo y comunión, de escucha y discernimiento, para dejar que Él moldee el corazón a su imagen y ayude a descubrir su voluntad”.

fuente: Vatican Insider
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