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Un libro reivindica la propuesta interreligiosa del jesuita belga Jacques Dupuis

18 de jun de 2019
Los nuevos tiempos de libertad académica con el papa Francisco propician un nuevo acercamiento gracias a las entrevistas publicadas bajo el título ‘No apaguéis el Espíritu’ en PPC. El vaticanista de la revista ‘America’, Gerard O’Connell, nos ofrece de esta manera el testamento espiritual del teólogo del “pluralismo religioso”

El pasado mes de abril llegaba a España –y en estos días lo ha hecho en su versión italiana y en breve estará disponible en Brasil– el libro-entrevista del vaticanista de la revista ‘America’, Gerard O’Connell, con el jesuita belga Jacques Dupuis. Aunque Dupuis, que ha fallecido hace 15 años, su figura sigue siendo clave en la reflexión ecuménica y el diálogo interreligioso, a partir de su propuesta del “pluralismo religioso”, que le llevó a tener que defenderse en un proceso ante la Congregación de la Doctrina de la Fe presidida por el entonces cardenal Ratzinger. Con el título ‘No apaguéis el Espíritu’, PPC pone a disposición del público español el ‘testamento’ vital de este jesuita y alguno de sus textos inéditos.

El periodista conversa con Vida Nueva sobre las últimas confidencias del teólogo.

Semillas de verdad

PREGUNTA- Desde el título del libro, ‘No apaguéis el Espíritu’ el diálogo interreligioso es el núcleo central de las conversaciones. ¿Cuál es el testamento de Jacques Dupuis 15 años después de su muerte?

RESPUESTA- El título es un llamamiento a los líderes de la iglesia para que se abran más a la obra del Espíritu Santo en las otras religiones del mundo y en el pionero trabajo de los teólogos. Jacques Dupuis escogió este título significativo para nuestro libro de entrevistas porque aprendió, a través de un gran sufrimiento personal, que algunos en posiciones de liderazgo en la iglesia, también en el Vaticano, no estaban tan abiertos a reconocer la presencia y actividad del Espíritu Santo en las otras grandes religiones. En su opinión, estos con su cerrazón ahogaban a los pastores y teólogos que trataban de sacarla a la luz y de abrir nuevos horizontes para la evangelización y el diálogo interreligioso.

Era consciente de que, como dijo Juan Pablo II en una audiencia general el 9 de septiembre de 1998, “las ‘semillas de verdad’ presentes y operantes en las diversas tradiciones religiosas son un reflejo del único Verbo de Dios…”. Juntas son el “efecto del Espíritu de verdad que actúa más allá de los confines visibles del Cuerpo místico” y que sopla donde quiere… incluso ahora. “Es oportuno detenernos a profundizar en qué sentido y por qué caminos el Espíritu Santo está presente en la búsqueda religiosa de la humanidad y en las diversas experiencias y tradiciones que la expresan”.

Jacques Dupuis, el teólogo jesuita pionero que pasó 36 años de su vida en la India, sintió que había estado tratando de hacer lo justo, “pararse y tomar en consideración” cómo el Espíritu Santo está presente en la búsqueda religiosa de la humanidad y lo que esto significa para la teología cristiana, y cómo debe entenderse en relación con Cristo, el salvador de la raza humana y la pasión de su vida. Pero, como él explica en el libro, pronto encontró una fuerte oposición a su búsqueda pionera de la Congregación para la Doctrina de la Fe durante el pontificado de Juan Pablo II.

Jacques Dupuis falleció el 28 de diciembre de 2004, tres días después de haber corregido el capítulo final de este libro, pero sus ideas perduran en él y, gracias al espíritu de mayor libertad académica de que gozan los teólogos en el pontificado de Francisco y a la mayor importancia del diálogo interreligioso para la paz en el mundo, este libro suscita un interés renovado por su obra, que ya ha aparecido en inglés, italiano, español y próximamente también en portugués.

Un doloroso proceso

P.- Su propuesta sobre el “pluralismo religioso” le llevó hasta la Congregación para la Doctrina de la Fe. ¿Qué nuevas claves aporta esta entrevista releída en tiempos de Francisco?

R.- Su libro ‘Hacia una teología cristiana del pluralismo religioso’ fue investigado por la Congregación para la Doctrina de la Fe en un proceso que comenzó en 1998 y terminó en 2001, y fue duramente criticado por personas tan eminentes como el cardenal Franz Konig de Viena, uno de los grandes electores de Juan Pablo II. El libro de entrevistas describe con considerable detalle lo que ocurrió durante el proceso y las preguntas que se le plantearon, no sólo en el campo de la teología y el correspondiente proceso, y también cómo se debe llevar a cabo un diálogo con caridad en la iglesia.

A través de mis preguntas, busqué que el P. Dupuis explicara su pensamiento de la manera más clara posible y que respondiera a las acusaciones y malentendidos que habían surgido en estos años. Creo que sus respuestas proporcionan nuevas perspectivas y mayor claridad sobre cómo veía las otras tradiciones religiosas relacionadas con Cristo. También sirven como un desafío para la Congregación para la Doctrina de la Fe para encontrar maneras más humanas, más justas y más parecidas a las de Cristo de relacionarse con los teólogos que también aman a la iglesia.

P.- Al final de su vida y tras pasar por la India o la Universidad Gregoriana, ¿qué experiencias ha llevado a su teología desde las diferentes religiones?

R.- El P. Dupuis siempre insistió, hasta el final de su vida, en que su “exposición a la realidad india” durante los 36 años que vivió allí “ha sido la mayor gracia que he recibido de Dios en lo que se refiere a mi vocación de teólogo y profesor….” Declaró que “la exposición a la realidad religiosa me obligó a revisar por completo mi anterior evaluación del significado de las tradiciones religiosas que alimentaban la vida espiritual de las personas con las que me encontraba en mi camino…”

Se dio cuenta de que “las tradiciones religiosas del mundo no representaban ante todo la búsqueda de los hombres de Dios a través de su historia, sino la búsqueda de Dios de ellos”. En consecuencia, entendió que “la teología de las religiones, que todavía estaba en su infancia, tendría que dar un giro completo desde una perspectiva centrada en el cristiano hacia una centrada en el trato personal de Dios con la humanidad a través de la historia de la salvación”.

Las religiones, los dones de Dios

Concluyó que desde esta perspectiva, “las religiones podrían ser vistas como ‘los dones de Dios para los pueblos’ del mundo y tener un significado positivo en el plan general de Dios para la humanidad y un significado salvífico para sus miembros”. Con este descubrimiento, llegó a comprender que “el desafío de una teología de las religiones se convirtió en cómo combinar la fe cristiana en Jesucristo, salvador universal, con el significado positivo en el plan de salvación de Dios de las otras tradiciones religiosas y su valor salvífico para sus seguidores”. Desde entonces, dijo, “todo mi trabajo teológico… ha luchado con la necesidad de superar el aparente dilema entre estas dos afirmaciones, y de mostrar que lejos de contradecirse, son complementarias, si se logra ir más allá de las apariencias”.

Hacia el final de su vida en la Universidad Gregoriana se sintió capaz de decir: “Creo que he podido formular una perspectiva teológica que da sentido a ambas afirmaciones, y la he desarrollado gradualmente con mayor precisión y un fundamento más seguro en la revelación y tradición cristiana”. Al mismo tiempo, admitió humildemente: “Sin embargo, mis esfuerzos siguen siendo parciales y abiertos a mejoras; la teología no tiene fin”.

Sin embargo, repitió que “la teología que he desarrollado y la enseñanza que he impartido son muy diferentes de lo que habrían sido sin mi experiencia en la India. Mi mente y mi ‘maquillaje’ intelectual se han puesto patas arriba por esta experiencia”.

¿En paz con la Iglesia?

P.- El P. Dupuis murió poco días después de celebrar sus 50 años de presbiterado. Leyendo sus memorias publicadas en este libro, ¿murió en paz consigo y con la Iglesia?

R.- Me encontré con el P. Dupuis muchas veces en el curso de los últimos 5 años de su vida y lo visité por última vez en la Nochebuena de 2014, cuatro días antes de su muerte. Fui testigo de sus profundos sufrimientos y tristeza por el hecho de que los hombres de la Iglesia, incluidos algunos hermanos jesuitas y otros que ocupaban altos cargos en la Curia romana, ya no confiaban en él como teólogo. Parecían incapaces de comprender la profundidad de su fe inquebrantable en Jesucristo y su amor por la Iglesia. Aunque esto lo perturbó mucho, hasta su muerte, continuó amando a la iglesia a la que había dedicado toda su vida. Fue ayudado a permanecer fuerte en la fe en este último período difícil de su vida gracias especialmente al apoyo de dos compañeros jesuitas: Peter Hans Kolvenbach, Padre General de la Compañía de Jesús, y Gerald. (“Gerry”) O’Collins, su amigo y compañero de estudios en la Universidad Gregoriana y defensor acérrimo durante la investigación del Vaticano.

¿Estaba en paz cuando murió? Creo que el lector del libro tendrá que sacar sus propias conclusiones. Por mi parte, creo que la respuesta se encuentra en su respuesta a la pregunta que le hice el 29 de junio de 2003 cuando le pregunté: “Si al final de los tiempos, Cristo le pidiera que diera cuenta de su trabajo, ¿qué le diría?”

Él contestó: “No puedo imaginarme dando al Señor, al otro lado de esta vida, un relato del trabajo que he hecho. Tampoco creo que sea necesaria una explicación así por mi parte. El Señor conocerá mi obra, incluso mejor de lo que yo la conozco. Sólo puedo esperar que su evaluación sea más positiva que la de algunos censores y, desgraciadamente, que la de la autoridad doctrinal central de la iglesia. Por mi parte, sólo deseo dar gracias a Dios por el don de la vida humana y por la llamada a participar en su propia vida divina en su Hijo Jesús. También le agradezco la vida plena que, por ningún mérito mío, me concedió, como su indigno siervo, por las muchas oportunidades que me ofreció para aprender a servirle y amarle.

Confío en que el Señor, que lee los secretos de los corazones, sabrá que mi intención al escribir lo que he escrito y decir lo que he dicho, ha sido sólo expresar lo mejor posible mi profunda fe en él y mi total dedicación a él. En lugar de inclinarnos a hablar cuando nos encontremos, espero entonces escuchar del Señor, a pesar de mis defectos y carencias, una palabra de consuelo y aliento. Rezo para que me invite a entrar en su gloria, para cantar siempre su alabanza. Que lo oiga decirme: “Bien hecho, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, yo te pondré al frente de mucho más; entra en el gozo de tu Señor” (Mt. 25, 21).

No necesita ser rehabilitado en la iglesia

P.- Tras revelar algunas de las claves del último cónclave en su libro sobre la elección del papa Francisco, ¿cómo se llega a rescatar la figura de un jesuita clave en la historia de la teología actual?

R.- Creo que es importante recordar que Dupuis nunca fue condenado por la Iglesia. Es cierto que su obra mayor fue investigada por la Congregación para la Doctrina de la Fe y fue acusado de muchas cosas pero, al final, no fue encontrado culpable de ninguna herejía o error doctrinal. En efecto, aunque la congregación concluyó en febrero de 2001 que su obra sólo contenía “ambigüedades” en algunos apartados, sin embargo algunos eclesiásticos y teólogos en el Vaticano, y en algunos otros lugares, continuaron manteniéndolo bajo una nube de sospecha hasta su muerte.

No necesita ser rehabilitado en la iglesia. Más bien, yo diría que su buen trabajo debe ser debidamente reconocido, y creo que esto ya está sucediendo a través de un renovado interés en sus escritos, gracias no sólo a este libro, sino especialmente al nuevo clima de libertad teológica y de mayor apertura a otras religiones que existe bajo el pontificado de Francisco. Hemos visto esa apertura recientemente en la reciente visita del Papa a los Emiratos Árabes Unidos, donde Francisco firmó un documento sobre Fraternidad Humana con el Gran Imán de Al Azhar, Ahmad Al-Tayyeb. Creo que el P. Dupuis se habría alegrado de ello.

fuente: Vida Nueva Digital
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