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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

Discurso del Santo Padre a los participantes de la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión Bíblica

11 de abr de 2024
El Santo Padre recibió a los miembros de la PCB, y reflexionó con ellos sobre el tema de estudio que ha enfocado este importante organismo: la enfermedad y el sufrimiento en la Biblia

Me alegra darles la bienvenida al término de su Asamblea Plenaria anual, en la que se propusieron explorar un tema existencial, fuertemente existencial: la enfermedad y el sufrimiento en la Biblia. Se trata de una búsqueda que concierne a todo ser humano, como sujeto a la enfermedad, la fragilidad y la muerte. En efecto, nuestra naturaleza herida también lleva inscritas en sí las realidades de la limitación y de la finitud, y sufre las contradicciones del mal y del dolor.

El tema me toca muy de cerca: el sufrimiento y la enfermedad son adversarias a las que enfrentarse, pero es importante hacerlo de un modo digno del ser humano, de un modo humano, digamos: eliminarlas, reducirlas a tabúes de los que es mejor no hablar, quizá porque dañan esa imagen de eficacia a toda costa, útil para vender y ganar dinero, no es ciertamente una solución. Todos vacilamos bajo el peso de estas experiencias y debemos ayudarnos a atravesarlas viviéndolas en relación, sin replegarnos sobre nosotros mismos y sin que la rebelión legítima se convierta en aislamiento, abandono o desesperación.

Sabemos, también por el testimonio de tantos hermanos y hermanas, que el dolor y la enfermedad, a la luz de la fe, pueden convertirse en factores decisivos en un camino de maduración: el "tamiz del sufrimiento" permite, en efecto, discernir lo que es esencial de lo que no lo es. Pero es sobre todo el ejemplo de Jesús el que muestra el camino. Él nos exhorta a cuidar a quienes viven en situaciones de enfermedad, con la determinación de superar la enfermedad; al mismo tiempo, nos invita con delicadeza a unir nuestros sufrimientos a su ofrecimiento salvífico, como semilla que da fruto. Concretamente, nuestra visión de la fe me ha impulsado a proponer algunos elementos de reflexión acerca de dos palabras decisivas: compasión e inclusión.

La primera, la compasión, indica la actitud recurrente y caracterizadora del Señor ante las personas frágiles y necesitadas que encuentra. Al ver los rostros de tantas personas, ovejas si pastor que luchan por encontrar su camino en la vida (cf. Mc 6, 34), Jesús se conmueve. Se compadece de la muchedumbre hambrienta y extenuada (cf. Mc 8, 2) y acoge sin descanso a los enfermos (cf. Mc 1, 32), cuyas peticiones escucha: pensemos en los ciegos que le suplican (cf. Mt 20, 34) y en los numerosos enfermos que piden ser curados (cf. Lc 17,11-19); siente "gran compasión" -dice el Evangelio- por la viuda que acompaña a su único hijo al sepulcro (cf. Lc 7,13). Gran compasión. Esta compasión se manifiesta como cercanía y lleva a Jesús a identificarse con el que sufre: "Estuve enfermo y fueron a visitarme" (Mt 25,36). Compasión que lleva a la cercanía.

Todo esto revela un aspecto importante: Jesús no explica el sufrimiento, sino que se inclina hacia el sufrimiento. No se acerca al dolor con ánimos genéricos y consuelos estériles, sino que acoge su drama, dejándose tocar por él. La Sagrada Escritura es iluminadora en este sentido: no nos deja un manual de buenas palabras o un recetario de sentimientos, sino que nos muestra rostros, encuentros, historias concretas. Pensemos en Job, con la tentación de sus amigos de articular teorías religiosas que vinculan el sufrimiento con el castigo divino, pero se derrumban ante la realidad del dolor, testimoniada en la vida del propio Job. Así que la respuesta de Jesús es vital, está hecha de compasión que asume y que, al asumir, salva al ser humano y transfigura su dolor. Cristo ha trasformado nuestro dolor haciéndolo suyo hasta el final: viviéndolo, sufriéndolo y ofreciéndolo como don de amor. No dio respuestas fáciles a nuestros “porqués”, sino que en la cruz hizo suyo nuestro gran “porqué” (cf. Mc 15, 34). Así, quien asimila la Sagrada Escritura purifica la imaginación religiosa de actitudes equivocadas, aprendiendo a seguir el camino indicado por Jesús: tocar el sufrimiento humano con la propia mano, con humildad, mansedumbre y, serenidad para llevar, en nombre del Dios encarnado, la cercanía de un apoyo salvador y concreto. Tocar con la mano, no teóricamente.

Y esto nos lleva a la segunda palabra: inclusión. Aunque no es una palabra bíblica, expresa bien un rasgo sobresaliente del estilo de Jesús: su ir en busca del pecador, del perdido, del marginado, del estigmatizado, para que sea acogido en la casa del Padre (cf. Lc 15). Pensemos en los leprosos: para Jesús, nadie debe quedar excluido de la salvación de Dios (cf. Mc 1,40-42). Pero la inclusión abarca también otro aspecto: el Señor quiere que toda la persona quede curada, espíritu, alma y cuerpo (cf. 1 Ts 5,23). Porque de poco serviría una curación física del mal sin una curación del corazón del pecado (cf. Mc 2,17; Mt 10,28-29). Hay una curación total: cuerpo, alma y espíritu.

Esta perspectiva de inclusión nos lleva a actitudes de compartir: Cristo, que iba entre la gente haciendo el bien y curando a los enfermos, mandó a sus discípulos que cuidaran a los enfermos y los bendijesen en su nombre (cf. Mt 10,8; Lc 10,9), compartiendo con ellos su misión de consolación (cf. Lc 4,18-19). Por eso, a través de la experiencia del sufrimiento y de la enfermedad, nosotros, como Iglesia, estamos llamados a caminar junto a todos, en solidaridad cristiana y humana, abriendo, en nombre de la fragilidad común, ocasiones de diálogo y de esperanza. La parábola del buen samaritano «La parábola nos muestra con qué iniciativas se puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que hacen propia la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de exclusión, sino que se hacen prójimos y levantan y rehabilitan al caído, para que el bien sea común» (Lett. enc. Fratelli tutti, n. 67).

Queridos hermanos y hermanas, al dejarles estas reflexiones, les agradezco su servicio y los animo a profundizar, con rigor crítico y espíritu fraterno, los temas que están estudiando, para irradiar la luz de la Escritura sobre cuestiones delicadas que conciernen a todos. La Palabra de Dios es un poderoso antídoto contra toda cerrazón, abstracción e ideologización de la fe: leída en el Espíritu en que fue escrita, acrecienta la pasión por Dios y por el hombre, desencadena la caridad y reaviva el celo apostólico. Por eso la Iglesia tiene una necesidad constante de beber en las fuentes de la Palabra. Los bendigo a ustedes y a su misión de saciar al Pueblo santo de Dios con las aguas frescas del Espíritu. Y les pido, por favor, que recen por mí. Gracias.

fuente: Vaticano
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