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«Mira que estoy a la puerta y llamo,
si alguno oye mi voz y me abre la puerta,
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formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003 ~
Documentación: Clemente de Alejandría: Stromata
Libro II
Texto griego en «Sources Chrétiennes», n. 38, Paris, Éds. du Cerf, 1954, pp. 31 ss.; y en «Fuentes Patrísticas» , n. 10, Madrid, Editorial Ciudad Nueva, 1998, pp. 52 ss. Seguimos fundamentalmente la traducción castellana de esta última edición, con [...]

el agregado de subtítulos; pero hemos tomado en cuenta las variantes propuestas en la versión la realizada por Domingo Mayor, sj: «Clemente Alejandrino. Stromatéis. Memorias gnósticas de verdadera filosofía», Abadía de Silos, Ed. Abadía de Santo Domingo de Silos, 1994 (Studia Silensia, XVI) [obra aparecida en 1997]. Otras traducciones consultadas: «Clemente Alessandrino. Stromati. Note di vera filosofia. Introduzione, traduzione e note di Giovanni Pini», Milano, Ed. Paoline, 1985 (Letture cristiane delle origini, 20/Testi); y la versión inglesa (ver link)

Toda esta nota y fuentes provienen del sitio del Monasterio Benedictino de Santa María de los Toldos (ver link) que es de donde tomamos (sin cambios más que de algún formato) el texto completo



Partes de esta serie: Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII

LIBRO II

Capítulo I: Prefacio

Programa del libro segundo

1.1. A continuación conviene tratar por qué la Escritura ha definido a los griegos "ladrones" (Jn 10,8) de la filosofía bárbara, como se podrá demostrar brevemente. En efecto, no sólo expondremos los hechos extraordinarios de nuestra historia que ellos han copiado y puesto por escrito, sino que también les convenceremos de haber sustraído y falsificado nuestros dogmas más importantes, porque nuestras Escrituras son más antiguas, como ya hemos demostrado (cf. I,21). Y todo ello por lo que se refiere a la fe y a la sabiduría, a la gnosis y a la ciencia, a la esperanza y a la caridad, a la penitencia y a la continencia, y particularmente al temor de Dios -sencillo enjambre de virtudes auténticas (o: verdaderas)-.

1.2. Trataremos todo cuanto la declaración del asunto en cada caso exija, y en particular cómo los que con sentido práctico han trabajado en la filosofía de los antiguos (= autores del Antiguo Testamento), han emulado, sobre todo lo misterioso de la filosofía bárbara, el estilo simbólico y enigmático, que resulta ser muy útil, o más bien, totalmente necesario al conocimiento perfecto (gnosis) de la verdad

Presentación de conjunto del libro segundo

2.1. Como consecuencia, pienso defenderme respecto de los puntos en que los griegos nos atacan; recurriremos a algunos (textos) de las Escrituras, y el judío, oyendo con un poco de serenidad, podrá convertirse de lo que ha creído a lo que no ha creído.

2.2. En verdad, de ahora en adelante, la crítica dirigida a los pensadores de noble raza estará impregnada de amor hacia su vida y hacia las doctrinas originales que ellos han descubierto; nosotros no pretendemos vengarnos de nuestros acusadores -todo lo contrario, hemos aprendido a bendecir a quienes nos maldicen (cf. Lc 6,28; Mt 5,44), aunque dirijan en vano contra nosotros calumnias difamatorias-. Por el contrario, todo será finalmente para su conversión, aunque hay algo que también les avergüenza, llenos de sabiduría como están: ser corregidos por las críticas de un bárbaro. De modo que puedan entender, tarde ciertamente, de qué clase son realmente las enseñanzas que tratan de conquistar con sus viajes de ultramar.

2.3. En cuanto a que son ladrones, eso lo hemos de probar convincentemente, despojándolos de su autosuficiencia; en cuanto a lo que es objeto de su altivez, lo que ellos han descubierto "investigándose a sí mismos" (Heráclito, Fragmentos, 22 B 101), de eso es la crítica. De ahí se deduce que debamos tener en cuenta el llamado ciclo educativo, para ver su utilidad respecto de la astrología, la matemática, y el arte mágico de las encantaciones.

2.4. Precisamente de éstas se glorían todos los griegos como de las ciencias más elevadas. "Pero quien reprende con franqueza, proporciona paz" (Pr 10,10).

La práctica auténtica de la filosofía

3.1. Hemos afirmado varias veces (cf. I,11,1; I,48,1) que no nos interesa ni nos preocupa hablar bien el griego (lit.: helenizar). Porque eso sólo sirve para apartar a muchos de la verdad; en cambio, la práctica auténtica de la filosofía ayudará a los oyentes a no hablar, sino a pensar.

3.2. Pero quien se preocupa por la verdad, no debe, creo yo, ajustar su vocabulario con estudiada premeditación, sino que debe tratar de expresar como pueda lo que desea; porque a quienes están pendientes de frases y se ocupan de estas, se les escapan las cosas.

3.3. Es propio de un jardinero el alcanzar la rosa, que crece entre los espinos, sin hacerse daño; y es propio del buscador especializado descubrir la perla oculta entre la carne de la ostra.

3.4. También se dice que las aves poseen mejor carne, no cuando el alimento es abundante y está a su disposición, sino cuando ellas mismas deben seleccionar la comida con esfuerzo, hurgando con las patas.

3.5. Por tanto, si alguien entiende la comparación y desea alcanzar lo verdadero entre muchos y persuasivos tratados en lengua griega, como si se tratara del verdadero rostro bajo la máscara horrorosa, deberá esforzarse y capturará la presa. Así, dice la Potencia a Hermas, cuando aparece en la visión: "Todo lo que conviene que te sea revelado se te revelará" (Hermas, El Pastor, Visión, III,3,4).

Capítulo II: Sólo por la fe podemos conocer a Dios

El temor de Dios consiste en alejarse del mal

4.1. El libro de los "Proverbios" dice: "No te apoyes en tu propia sabiduría, pero en todos los caminos procura conocerla, para que enderece tus caminos; así tu pie no tropezará" (Pr 3,5-6. 23). Con esto quiere mostrarnos que las obras deben ser consecuentes con la palabra, y poner de manifiesto que debemos elegir y retener lo útil de toda educación (paideia).

4.2. Varios son, en efecto, los caminos de la sabiduría que desembocan directamente en el camino de la verdad, y ese camino es la fe. "Tu pie no tropezará" (Pr 3,6) se dice a propósito de quienes parece que tienen la presunción de oponerse a la única y divina providencia.

4.3. Por eso [la Escritura] añade: "No te tengas por sensato (o: prudente, sabio) frente a ti mismo" (Pr 3,7), es decir, conforme a los razonamientos impíos que se oponen a la economía de Dios;"teme a Dios" (Pr 3,7), que sólo Él es poderoso (cf. Mt 10,28); de lo que se deduce que nada puede oponerse a Dios.

4.4. Pero además enseña claramente a continuación que el temor de Dios es apartarse del mal. Así dice [la Escritura]: "Apártate de todo mal" (Pr 3,7). Esta es la educación de la Sabiduría: "El Señor corrige al que ama" (Pr 3,12), haciéndolo sufrir para que entre en razón, pero restableciéndolo después en la paz y en la incorruptibilidad.

Los cristianos confesamos un Dios cercano

5.1. Por tanto, la filosofía bárbara que nosotros seguimos es realmente perfecta y verdadera. Porque dice en el libro de la Sabiduría: "Él me ha dado un conocimiento inequívoco de los seres, para conocer la composición del mundo" (Sb 7,17), y lo que sigue hasta "y las virtudes de las raíces" (Sb 7,20). En todo esto sintetiza la contemplación (theoría) de la naturaleza, es decir, de todas las cosas formadas en el mundo sensible.

5.2. Y a continuación se encuentra una alusión a los seres inteligibles, cuando añade: "Cuanto permanece oculto y visible lo he conocido, porque la Sabiduría me ha enseñado todo lo que ha hecho" (Sb 7,21).

5.3. He aquí brevemente lo que promete nuestra filosofía. Su estudio, practicado con una recta conducta, mediante la Sabiduría, que todo lo ha hecho (Sb 7,21), nos lleva hasta el que es guía del universo, difícil de comprender y capturar, porque siempre se retira y se aleja del que va en su persecución.

5.4. Pero ese mismo ser, aunque muy lejano, ha venido para estar muy cerca de nosotros. ¡Maravilla inefable! "Yo soy un Dios cercano" (Jr 23,23), dice el Señor; lejano por la esencia -¿cómo podría acercarse lo engendrado al que es inengendrado?-; pero está muy próximo por su poder, que contiene todo en su seno.

5.5. Dicee [la Escritura]: "Si algo se hiciere a escondidas, ¿yo no lo vería?" (Ex 33,13). En verdad, el poder de Dios está siempre presente y nos alcanza con su fuerza vigilante, bienhechora y educadora.

Dios está por encima de todo lugar y tiempo

6.1. Por eso Moisés, persuadido de que Dios jamás será conocido por sabiduría humana, dice: "Manifiéstate tú mismo a mí" (Ex 33,13), y fue forzado a entrar "en la oscuridad" (Ex 20,21), donde estaba la voz de Dios, o sea, en los pensamientos inaccesibles y sin imágenes acerca del ser; porque Dios no está la oscuridad o en un lugar, sino por encima de todo lugar, tiempo y de lo que (es) propio de las cosas creadas.

6.2. Por esa razón no se halla jamás en una parte, ni como continente ni como contenido, ni por delimitación alguna o división.

6.3. "¿Qué casa podrían construirme?" (Is 66,1), dice el Señor. Ni siquiera Él mismo se la ha construido, puesto que Él no necesita lugar (o: no puede estar contenido en el espacio), aunque se diga que "el cielo es su trono" (Is 66,1); pero no está contenido de esa forma, sino que descansa contento con la creación.

6.4. Para nosotros, por tanto, es claro que la verdad está escondida, conforme hemos demostrado con ese solo ejemplo, y dentro de poco lo estableceremos con otros ejemplos más.

La justicia verdadera

7.1. No pueden, por ende, no ser dignos de aprobación aquellos que están dispuestos a aprender y son capaces, según Salomón, "de conocer la sabiduría, y la disciplina, de comprender palabras sensatas, de alcanzar la destreza del razonamiento, de entender la justicia verdadera" (Pr 1,2-3) -porque se entiende que hay otra (justicia), la que se enseña no conforme a la verdad: la de las leyes griegas y la de los otros filósofos-.

7.2. Y dice [la Escritura]: "Enderezar los juicios" (Pr 1,3), no las sentencias de los tribunales, sino que debemos tener, en nosotros mismos, un criterio sano y seguro (o: sin error), "para conceder prudencia a los sencillos, y al joven entendimiento y comprensión. Y un sabio que oiga estas cosas, decidido a obedecer los mandamientos, será más sabio" (Pr 1,4-5) según la gnosis; y "quien sepa reflexionar adquirirá el arte de gobernar y entenderá las parábolas, las palabras oscuras, las máximas y los enigmas de los sabios" (Pr 1,6).

7.3. Los inspirados por Dios y quienes de ellos proceden no proferirán palabras engañosas, ni tenderán los lazos con los que la mayoría de los sofistas enredan a los jóvenes, sin ocuparse para nada de lo verdadero; al contrario, quienes poseen el Espíritu Santo indagan "las profundidades de Dios" (1 Co 2,10), es decir, que alcanzan el misterio que envuelve a las profecías.

7.4. Pero está prohibido dar las cosas santas a los perros (cf. Mt 7,6), mientras que siguen siendo fieras. No conviene dar de beber del manantial divino y puro, del agua viva (cf. Jn 4,10; Ap 22,1), a la gente envidiosa, perturbadora, infiel y sin pudor que ladra contra la investigación.





La fe de los cristianos

8.1. "No se te derramen las aguas fuera de tu fuente, porque tus aguas han de llegar hasta tus plazas" (Pr 5,16). "La mayoría de la gente no reflexiona sobre estas cosas; quienes por casualidad se enfrentan con la realidad, aunque se les explique, no la comprenden, sino que aparentan entenderla", según el noble Heráclito (Fragmentos, 22 B 17).

8.2. ¿No te parece que también censura él a quienes no creen? "Pero mi justo vivirá de la fe" (Ha 2,4), ha dicho el profeta. Y otro profeta dice: "Si no tienen fe, ciertamente no comprenderán" (Is 7,9).

8.3. En efecto, ¿cómo podrá un alma contemplar de manera sobrenatural esas cosas, si rechaza en su interior el creer en la enseñanza misma?

8.4. Por el contrario, la fe que algunos griegos calumnian como inútil (o: vana) y bárbara es una preconcepción voluntaria, un asentimiento religioso, "una garantía de lo que se espera, una prueba de las cosas que no se ven" (Hb 11,1), según el divino Apóstol. Porque, principalmente "por ella los antiguos fueron acreditados" (Hb 11,2). "Sin la fe es imposible agradar a Dios" (Hb 11,6).

La voz de Dios

9.1. Otros han definido la fe como un asentimiento que nos une a una realidad invisible, como la demostración es el asentimiento dado sin duda a una realidad que se ignoraba.

9.2. Ahora bien, si (la fe) es una elección deliberada (o: una determinación), puesto que tiende hacia un objeto, tal deseo es reflexivo, y si por otra parte la elección deliberada es el principio de la acción, también la fe es principio de una acción consciente, como si uno procurase anticipadamente la demostración mediante la fe.

9.3. Además, es principio de inteligencia seguir lo que es útil. Generalmente, una indagación segura es de una gran ayuda para la [adquisición de la] gnosis. Así, el ejercicio de la fe genera una ciencia, basada en un fundamento sólido.

9.4. Ahora bien, los discípulos de los filósofos definen la ciencia como una condición que ningún razonamiento puede conmover. ¿Hay, por tanto, otra postura tan verdadera como la de la religión, que tiene para sí como único maestro al Verbo? Pienso que no.

9.5. Teofrasto sostiene que la sensación es el principio de la fe, puesto que por ella se transmiten los principios hasta la razón y el pensamiento que están en nosotros (Teofrasto, Fragmentos, 13).

9.6. Por eso, quien cree en las divinas Escrituras con un juicio firme, recibe como demostración irrefutable la voz de Dios, que nos ha dado las Escrituras; por ello, la fe no es algo que pueda apoyarse en la demostración. "Bienaventurados los que no vieron y creyeron" (Jn 20,29).

9.7. Por otra parte, las solicitaciuones de las sirenas manifiestan un poder sobrehumano e impresionan a quienes se encuentran en sus proximidades, disponiéndoles a escuchar sus cantos, aunque ellos mismos no quieran.

Capítulo III: La fe en los sistemas de Basílides y Valentín

Los errores de los gnósticos respecto de la fe

10.1. Los seguidores de Basílides consideran que la fe es algo natural, porque la atribuyen a la elección, al descubrir las doctrinas sin demostración alguna, sino mediante una comprensión intelectual.

10.2. En cambio, los valentinianos nos asignan la fe a nosotros, los simples, pero sostienen que la gnosis reside en ellos, que son salvados por su naturaleza, en conformidad con la superioridad de su origen; y dicen que la gnosis dista más de la fe que lo espiritual respecto a lo psíquico.

10.3. Además los basilianos afirman que la fe y la elección poseen su respectivo espacio, según su categoría individual; y que consecuentemente, de la elección supercósmica depende en toda naturaleza la fe cósmica, y también que el don de la fe sería proporcional a la esperanza de cada uno.

La fe implica una elección

11.1. Si eso es así, la fe no sería resultado de una libre determinación, sino de un privilegio de la naturaleza; así tampoco sería responsable el que no cree, ni merecería un castigo justo; lo mismo que el creyente tampoco sería responsable. De esta manera, cuanto hay de personal y diferente realmente en nosotros por la fe o la incredulidad, no estará sometido ni a alabanza ni a reproche para quien bien razona, ya que todo se encuentra predeterminado por la necesidad natural, surgida del que tiene poder universal. Y si nosotros estamos gobernados por una fuerza natural, como por cuerdas, igual que los objetos inanimados, lo voluntario y lo involuntario resultan ser nociones superfluas, al igual que el impulso que los dirige.

11.2. En cuanto a mí, no puedo concebir un ser viviente cuya capacidad impulsiva es resultado de una necesidad, instado por una causa externa. Entonces, ¿dónde estaría la conversión del incrédulo, por la que se obtiene el perdón de los pecados? Así, tampoco sería ya razonable el bautismo, ni el sello bendito, ni el Hijo, ni el Padre; sino que para ellos Dios viene a ser, me parece a mí, la distribución de las naturalezas, sin el fundamento de la salvación que es la fe voluntaria.

Capítulo IV: Necesidad y preeminencia de la fe

Hemos creído en el Verbo

12.1. Pero nosotros que hemos recibido del Señor, mediante las Escrituras, que a los hombres se les ha dado la facultad de elegir y de rechazar libremente, apoyándose en la fe, como criterio inmutable (o: infalible); demostramos que "el espíritu está pronto" (Mt 26,41; Mc 14,38), porque hemos elegido la vida y hemos creído a Dios mediante su voz. Y quien ha creído al Verbo sabe que eso [que ha creído] es verdadero, porque el Verbo es verdad (cf. Jn 14,6); por el contrario, quien no ha creído (al Verbo) que habla, no ha creído a Dios.

12.2. Dice el Apóstol: "Por fe entendemos que los mundos han sido formados mediante la palabra de Dios, de modo que de lo invisible ha tenido origen lo visible; por la fe Abel ofreció un sacrificio mayor que Caín, y por ello fue declarado justo, dando Dios mismo testimonio sobre sus ofrendas; y mediante la fe aquél, después de muerto, habla todavía" (Hb 11,3-4), y lo que sigue hasta "tener por algún tiempo el goce del pecado" (Hb 11,25). La fe justificó a esas personas antes de la Ley y las hizo herederas de la promesa divina (cf. Hb 6,12. 17).

"La fe descansa en la verdad"

13.1. Entonces, ¿para qué retomar en nuestras historias los ejemplos de fe y aducirlos en testimonio? "Me faltaría tiempo para recordar a Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y a los profetas" (Hb 11,32), y lo que sigue.

13.2. Cuatro son los elementos en que se fundamenta la verdad: sensación, mente, ciencia y opinión (o: conjetura; suposición); en el orden natural lo primero es la mente, pero para nosotros y en relación a nosotros es la sensación; de la sensación y el entendimiento se constituye la esencia de la ciencia; y común a la mente y a la sensación es la evidencia.

13.3. Aunque la sensación sea el peldaño de la ciencia, sin embargo la fe se hace primero camino mediante las cosas sensibles, luego abandona la opinión, aspira hacia lo que no es engañoso y descansa en la verdad.

13.4. Si alguien dice que la ciencia es una demostración conforme a la razón, que sepa que los principios son indemostrables, porque no son cognoscibles ni por la experiencia (lit.: técnica) ni por el pensamiento. Éste concierne a los seres que pueden ser de otro modo, mientras que aquella es sólo para la acción, no para la contemplación.

"La fe es una gracia"

14.1. Por eso, sólo mediante la fe se puede alcanzar el principio de todo. Porque toda ciencia puede enseñarse, y lo que se puede enseñar procede de un conocimiento anterior.

14.2. Pero el principio del universo no era conocido con anterioridad por los griegos; ni por Tales, que ponía el agua como causa primera, ni por los otros físicos posteriores. Anaxágoras fue el primero que puso el espíritu (noys; o: la mente) por encima de las cosas; pero ni siquiera él le dio el valor de ser causa creadora, describiendo (lit.: pintaba) ciertos remolinos carentes de razón, juntamente con la inactividad y la sinrazón del espíritu.

14.3. Por eso también dice el Verbo: "No se den a ustedes mismos el título de maestro sobre la tierra" (Mt 23,8. 9), porque la ciencia es un estado que procede por demostración, mientras que la fe es una gracia que hace subir de las cosas indemostrables hasta el ser absolutamente simple, que no está unido a la materia, ni es materia, ni deriva de la materia.

Un nuevo modo de conocer

15.1. Por lo que se ve, los incrédulos "arrastran todo desde el cielo y de lo invisible a la tierra, arrancando sin más con sus manos piedras y encinas, como dice Platón, pegados a todas las cosas de ese género, sostienen que sólo existe cuanto ofrece resistencia y [tiene] contacto; cuerpo y ser son para ellos la misma cosa...

15.2. Y quienes discuten con ellos se defienden con mucha precaución, desde lo alto, es decir, de los lugares invisibles, obstinados en mantener que el verdadero ser es el de las ideas ininteligibles e incorpóreas" (Platón, Sofista, 246 A-B).

15.3. "He aquí que yo hago nuevas las cosas" (Is 43,19), dice el Verbo, "cosas que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni ascendieron al corazón del hombre" (1 Co 2,9; cf. Is 43,19; 65,17; Is 64,3; 52,15); todo lo visible, audible y que hay en el corazón, con ojo nuevo, con nuevo oído y nuevo corazón, es perceptible mediante la fe y la inteligencia, porque los discípulos del Señor hablan, escuchan y obran de forma espiritual.

15.4. Existe, en efecto, una moneda auténtica y otra falsa, que no obstante engaña a los no entendidos, pero no a los cambistas (o: banqueros), que saben, por la práctica, separar y discernir la falsa de la verdadera (cf. Mt 23,8). Así, el cambista dice, sin más, al no entendido que tal moneda es falsa; cómo, sólo lo saben el cambista conocido y que está preparado para ello.

15.5. Aristóteles dice que es fe el juicio que sigue a la ciencia sobre la verdad de una cosa. Por tanto, la fe es más importante que la ciencia, y constituye su criterio.



No es posible oponerse a Dios

16.1. La conjetura, en el sentido de una frágil suposición, imita la fe, lo mismo que el adulador imita al amigo y el lobo al perro. Ahora bien, como vemos que el artesano (o: el carpintero) se hace técnico aprendiendo ciertas cosas, y el piloto podrá pilotar si se ha adiestrado en su arte, dándose cuenta de que no basta querer ser (un hombre) bueno y honesto, sino que es necesario aprender con docilidad.

16.2. Hacerse dócil frente al Verbo, al que llamamos Maestro, quiere decir tener fe en Él sin oponernos en nada. ¿Cómo es posible oponerse a Dios? Por tanto la gnosis se hace fiel y la fe se hace gnóstica, según un orden y una reciprocidad establecidas por Dios.

16.3. Por eso Epicuro, que estimó el placer más que la verdad, también dice que la fe es una prolepsis (o: prenoción; precaptación de la mente); y, a su vez, define esa preconcepción como un fijar la atención en una cosa evidente y en la clara inteligencia de un objeto; así, no se puede indagar, ni dudar, ni mucho menos concebir una opinión, ni refutar nada sin la prolepsis.

Feliz el que escucha

17.1. Porque de no tener alguno una prolepsis de lo que desea ¿cómo podrá saber algo de lo que busca? Pero el que sabe, ya hace que la prolepsis sea comprensión.

17.2. Pero, si quien aprende lo hace mediante la prolepsis, que faculta la elección según se ha dicho, es entonces cuando uno tiene el oído abierto para escuchar la verdad: "Feliz quien habla a los oídos de quienes escuchan" (Si 25,9); como, sin duda, es feliz también quien escucha.

17.3. Pero, escuchar es comprender. Ahora bien, si la fe no es otra cosa que una prolepsis del pensamiento respecto a lo que se dice, y está definida como atención, inteligencia y docilidad, nadie aprenderá sin fe, puesto que nadie aprende sin prolepsis.

17.4. Así se manifiesta como lo más verdadero lo que dice el profeta: "Si no tienen fe, ninguno comprenderá" (Is 7,9). Eso mismo dijo Heráclito de Éfeso, al parafrasear la sentencia: "Si no esperas lo inesperado, no lo encontrarás, puesto que no se puede hallar y es inaccesible" (Fragmentos, 22 B 18).

Los cristianos son ungidos en Cristo

18.1. Además, el filósofo Platón también escribió en "Las Leyes": "El que quiera ser feliz y dichoso debe participar de la verdad desde el comienzo, para que viva conforme a la verdad el mayor tiempo posible; porque cree. Pero el que no cree, es quien ama deliberadamente la mentira. De igual manera el que la ama sin querer es un necio. Ninguna de estas dos actitudes es envidiable, porque todo hombre sin fe e ignorante carece de amigos" (Platón, Leyes, V,730 B-C).

18.2. Y quizás esa [fe] es la que en el "Eutidemo" él llama de manera misteriosa "sabiduría real" (Platón, Eutidemo, 291 D). En el "Político" dice expresamente: "La ciencia regia es la que conviene al verdadero rey, y quien la posee, ya sea gobernante ya particular, recibirá por ello el título de rey, por el derecho mismo que le confiere su arte" (Platón, Político, 259 A-B y 292 E).

18.3. Por eso cuantos han creído en Cristo son y se definen como los ungidos, como regios, en cuanto que son objeto de cuidado regio. Así, "como los sabios son sabios por la sabiduría y los justos son justos por la justicia" (Platón, Minos, 314 C), así también los cristianos, (discípulos) de Cristo son regios gracias a Cristo Rey (o: así también los ungidos son regios gracias al Rey y cristianos por Cristo).

18.4. Y poco después, [Platón] añade con claridad: "Lo que es recto sin duda es legal, y la recta razón es ley, porque tal es por naturaleza, no por ser redactada mediante escritos o de otra manera" (Platón, Minos, 317 B-C). Y el extranjero de Élea define al hombre regio y político como "ley viviente" (Platón, Político, 295 E y 311 B-C).

El verdadero sabio

19.1. Tal es el que cumple la ley y "hace la voluntad del Padre" (Mt 7,21; 21,31), y su nombre está inscrito delante de todos sobre un madero altísimo, propuesto como ejemplo de virtud divina para los que pueden ver claro.

19.2. Los griegos saben que por ley los scitales (despachos) de los efóros (jefes) espartanos estaban grabados sobre palos; pero la ley de la que yo hablo es regia y viviente, como se ha dicho; también es la recta razón: "La ley es reina de todos, mortales e inmortales", como dice Píndaro de Tebas (Fragmento, 169).

19.3. También Espeusipo en el [libro] primero "A Cleofonte" parece expresarse, como Platón, en los siguientes términos: "Si la realeza es cosa buena y si únicamente el sabio es rey y soberano, también la ley, que es un discurso recto, es buena" (Espeusipo, Fragmentos, 169). Y así es ciertamente.

19.4. Los filósofos estoicos establecieron un principio que es la consecuencia de aquella sentencia, cuando atribuyen tan sólo al sabio: la realeza, el sacerdocio, la profecía, el poder de dar leyes, la riqueza, la verdadera belleza, la nobleza y la libertad. Precisamente por eso, ellos mismos reconocen que es muy difícil encontrar un sabio.

Capítulo V: Las maravillas de la fe

"El sabio es amado por Dios"

20.1. Todas esas doctrinas mencionadas aparecen difundidas entre los griegos gracias al gran Moisés. Él enseña que todo pertenece al sabio con estas palabras: "Y porque Dios tuvo piedad de mí, todo es mío" (Gn 33,11).

20.2. Indica que el sabio es amado por Dios cuando dice: "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob" (Gn 33,11; Ex 3,16). En efecto, se constata que uno (= Abraham) es llamado abiertamente "amigo" (St 2,23; cf. Is 41,8; 2 Cro 20,7), mientras que el otro (= Jacob) aparece con el nombre cambiado como "aquel que ve a Dios" (Gn 32,29-31); a Isaac en fin, presentándolo alegóricamente como víctima consagrada (cf. Gn 22), se lo escogió para que nos sea figura (lit.: tipo) de la economía salvadora (o: modelo de la economía de nuestro Salvador).

20.3. También Minos es celebrado entre los griegos como "el rey confidente de Zeus durante más de nueve años" (Homero, Odisea, XIX,179); éstos supieron que Dios había conversado en otro tiempo con Moisés "como si alguien hablara con su amigo" (Ex 33,11).

Cristo es el único sumo sacerdote

21.1. Así, por tanto, Moisés fue sabio, rey y legislador. Pero nuestro Salvador está por encima de toda humana naturaleza (cf. Hb 3,3). Él es bello, por eso es el único amado por los que aspiramos a la verdadera belleza, "porque él era la luz verdadera" (Jn 1,9).

21.2. También Él es proclamado rey por los niños ingenuos y por los judíos incrédulos e ignorantes, y es anunciado por los profetas mismos, como se ha demostrado (cf. Lc 19,38; Za 9,9; Sal 117,26).

21.3. Él es rico, hasta el punto de despreciar toda la tierra y el oro que hay por encima y por debajo de ella, dones ofrecidos por el adversario, junto con toda la gloria (cf. Mt 4,8-10).

21.4. ¿Es necesario decir que sólo Él es el sumo sacerdote que conoce el servicio de Dios, "el rey de paz, Melquisedec" (Hb 7,12), el más apto para dirigir al género humano?

21.5. También es legislador, puesto que da la Ley por boca de los profetas, prescribe muy claramente, y enseña lo que se debe o no hacer.

La verdadera riqueza

22.1. ¿Por otra parte, quién puede haber más noble que Él, cuyo único Padre es Dios? Y aquí mencionemos a Platón, que aplica los mismos principios. Ya llamó rico al sabio en el "Fedro": "¡Oh querido Pan, dice, y cuantos otros dioses están por aquí: ojalá me concedan adquirir la belleza interior, y que cuanto tengo en lo exterior esté en amistad con lo interior, y que pueda tener por rico al sabio!" (Platón, Fedro, 279 B).

22.2. En otro lugar, al reprochar a quienes pensaban que eran ricos por poseer muchos bienes, el Extranjero de Atenas dice: "Es imposible que sean verdaderamente ricos y buenos aquellos a quienes la gente tiene por ricos, puesto que llaman así a quienes, muy pocos, poseen bienes de muchísimo precio, que también un hombre malvado puede poseer" (Platon, Leyes, V,724 E).

22.3. Dice Salomón: "Todo el mundo entero de las riquezas es del hombre de fe, pero del infiel ni un óbolo" (Pr 17,6 LXX). Tanto más es necesario creer a la Escritura, cuando dice que "un camello pasará por el ojo de una aguja" (Mt 19,24; Mc 10,25; Lc 18,25) más rápido que (llegue a) filosofar un rico.

22.4. Llama bienaventurados a los pobres (cf. Lc 6,20; Mt 5,3); como lo comprendió Platón, al decir: "Es necesario considerar como pobreza no la disminución de la propiedad, sino el crecimiento de la insaciabidad" (Platón, Leyes, V,736 E). En efecto, no es la pequeña fortuna, sino el deseo insaciable, lo que el hombre honesto (lit.: bueno) debe abandonar si quiere ser rico.

22.5. En el "Alcibíades", [Platón] define el vicio como "cosa de esclavos", y la virtud como "digna de los hombres libres" (Platón, Alcibíades, I,135 C). Y la Escritura dice: "Quiten de su espalda el yugo pesado y tomen el suave" (cf. Mt 11,29), así como también los poetas llaman "servil" al "yugo" (Esquilo, Siete contra Tebas, 50). Y lo de: "Fueron vendidos a sus pecados" (Is 50,1; Rm 7,14), está de acuerdo con las anteriores expresiones. "Todo el que comete pecado es esclavo" (Jn 8,34).

22.6. Pero "el esclavo no permanece en la casa para siempre. Pero si el Hijo los libera (Jn 8,35-36), serán libres, y la verdad los hará libres (Jn 8,32).

22.7. El Extranjero de Atenas, por otra parte, define como bello al sabio, cuando dice: "Así, por tanto, si alguno quisiera mantener que los justos, por deformes que sean en el cuerpo, son no obstante muy hermosos debido a su carácter perfectamente justo, jamás sería exponerse a dar la impresión de que sobrepasaba cualquier medida" (Platón, Leyes, IX,859 D-E)

22.8. Y la profecía predijo: "Su aspecto era deforme, ante todos los hijos de los hombres" (Is 53,3). Y Platón dijo en el "Político" que el sabio es rey, y la frase está a la vista (cf. II,18,2; Platón, Político, 259 A-B).



La fe, madre de virtudes

23.1. Demostradas esas cosas, volvamos de nuevo a nuestro tema sobre la fe. También Platón expresa la necesidad universal de la fe con una auténtica demostración, a la vez que elogia la paz:

23.2. "Fiel y equilibrado en las disputas, uno no podrá jamás prescindir de una perfecta virtud. Hombres luchadores, dispuestos a morir en batalla, abundan mucho entre los mercenarios, pero éstos resultan la mayoría desertores, injustos, violentos e insensatos, a excepción de muy pocos. Si estas palabras son válidas, todo legislador, que tenga un mínimo de habilidad, establecerá las leyes teniendo en cuenta más que ninguna otra la mayor de las virtudes" (Platón, Leyes, I,630 B-C).

23.3. Y esa es la fidelidad que necesitamos en todo momento, en la paz, en toda guerra y en cualquier circunstancia de la vida; porque parece comprenderlas y abarcarlas a todas las demás.

23.4. "Lo mejor, sin embargo, no es ni la guerra ni la sedición. Es despreciable necesitar de ellas. Lo mejor es la paz y la recíproca benevolencia" (Platón, Leyes, I,628 C).

23.5. Por eso se manifiesta que la mayor aspiración, según Platón, sea permanecer en la paz; pero madre principal de las virtudes es la fe.

"La sabiduría es inteligencia"

24.1. Correctamente, en consecuencia, se dice en el libro de Salomón: "La sabiduría está en la boca de los hombres de fe" (Si 34,8). Igualmente, Jenócrates en el [libro] "Sobre la inteligencia" afirma que la sabiduría es conocimiento de las causas primeras y de la esencia inteligible; establece dos clases de inteligencia: la práctica y la teórica; ésta sería precisamente la sabiduría humana (Jenócrates, Fragmentos, 6).

24.2. Por eso la sabiduría es inteligencia, pero no toda inteligencia es sabiduría. Y ya está aclarado que la ciencia del principio del universo es la fe, y no la demostración.

24.3. En efecto, es absurdo que los seguidores de Pitágoras de Samos refutaran las demostraciones de los problemas y consideraran razón de fe la expresión "él lo ha dicho" (Diogeniano, Paroemiae, III,19), y se contentaran con esa única proposición para la certeza de cuanto habían aprendido, mientras que otros, que "aman contemplar la verdad" (Platón, República, V,475 E), pretendan no creer a un Maestro digno de fe, al único Dios salvador, y reclamen de Él las pruebas de lo que ha dicho.

24.4. Pero Él dice: "Quien tenga oídos para oír, que oiga" (Mt 11,15). Y ¿quién es Él? Hable Epicarmo: "El espíritu ve, el espíritu oye; el resto es sordo y ciego" (Epicarmo, Fragmentos, 249).

24.5. Heráclito, al reprender a ciertos "incrédulos, dice, que no saben ni escuchar ni hablar" (Heráclito, Fragmentos, 22 B 19), ayudado sin duda por Salomón: "Si te gusta escuchar, aprenderás; y si inclinas tu oído, serás sabio" (Si 6,33).

Capítulo VI: La fe, el arrepentimiento, la caridad, la gnosis

La palabra del Señor

25.1. Dice Isaías: "Señor, ¿quién creyó en lo que nosotros oímos?" (Is 53,1). "Porque la fe viene del oír, y el oír, mediante la palabra de Dios" (Rm 10,17), dice el Apóstol.

25.2. "¿Cómo invocarán al que no creyeron? Y ¿cómo creerán a quien no oyeron? Y ¿cómo oirán si nadie les proclama? Y ¿cómo proclamarán sin haber sido enviados? Según está escrito: "¡Qué hermosos los pies de los anuncian buenas nuevas!"" (Rm 10,14-15; Is 52,7).

25.3. ¿Ves cómo el [Apóstol] hace remontar la fe, mediante el anuncio (lit.: el oír) y la predicación (lit.: proclamación) de los Apóstoles, hasta la palabra del Señor, hasta el Hijo de Dios? ¿Y aún no entendemos que la palabra del Señor es demostración?

25.4. Así como el juego de pelota no depende sólo del que según (las reglas) del arte tira la pelota, sino que requiere además alguien que la reciba con el debido ritmo, para que la gimnasia se realice según las reglas (del arte) de la pelota; así también la enseñanza es digna de crédito cuando la fe de los oyentes facilita el aprendizaje, que es, por así decirlo, una especie de técnica natural.

Arrepentimiento y gnosis

26.1. También cuando un terreno es fecundo coopera con la acción de la semilla. Por eso no hay provecho alguno en la educación, aunque sea la mejor, sin la disponibilidad del alumno; tampoco existe [provecho alguno] en la profecía, cuando falta la docilidad de los oyentes.

26.2. Las pajas secas, dispuestas para recibir la capacidad de ser quemadas, se encienden más fácilmente; y la piedra que, bien conocida por ello, atrae al hierro por semejanza de naturaleza, al igual que la resina de ámbar amarillo atrae las pajas secas y el electro remueve los montones de paja. Y las cosas que son atraídas les obedecen arrastradas (o: atraídas) por un misterioso soplo, no como causas, sino como concausas.

26.3. Existen dos clases de maldad: la que actúa mediante engaño y simulación, y otra que empuja y arrastra con violencia; ahora bien, el Verbo divino ha lanzado su voz para llamar a todos los hombres, apareciéndose principalmente a aquellos que no habían obedecido (o: aún conociendo muy bien a aquellos que no le obedecerían); pero, con todo, como en nuestra mano está el sí y el no obedecer, para que no puedan algunos pretextar ignorancia, ha lanzado justamente su llamada, y no exige sino lo que cada uno puede.

26.4. Hay quienes poseen juntamente el querer y el poder, al haber acrecentado sus dotes [personales] mediante el ejercicio, y están purificados; otros, aunque todavía no pueden, sin embargo poseen ya el querer. El desear una acción es propio del alma, pero ponerla en práctica no es posible sin el cuerpo.

26.5. El valor de las acciones no solo se mide únicamente por el resultado (lit.: el fin), sino que se juzga también por la elección de cada uno, aunque realice su elección a la ligera, y si está arrepentido de las faltas cometidas, si tiene conciencia de los errores en los que ha caído, y si los reconoce, es decir, los reconoce posteriormente. Porque el arrepentimiento es un conocimiento (gnosis) tardío, mientras que la ausencia de pecado es la gnosis primera.

La esperanza nace de la fe

27.1. También la conversión es un éxito (o: un acto virtuoso producido por) de la fe. Porque, si no se cree que es pecado la actitud en la que se ha permanecido anteriormente, no se convertirá. Y si no se cree que el que comete una falta merece un castigo, y que existe una salvación para quien vive conforme a los mandamientos, nadie se convertirá (lit.: cambiará). Por eso, también la esperanza surge de la fe.

27.2. Tanto es así que los seguidores de Basílides definen la fe como un asentimiento del alma acerca de las cosas que no afectan a los sentidos porque no le están presentes. Ahora bien, la esperanza es expectativa de la posesión de un bien; pero la esperanza necesariamente es fiel. Fiel es el que guarda cuidadosamente lo que se le confía; y a nosotros se nos han confiado las palabras que se refieren a Dios y las palabras divinas, los mandamientos con la práctica de los preceptos.

27.3. Ese es el "servidor fiel" (Mt 24,45; 25,21) alabado por el Señor. Y cuando [el Apóstol] dice: "Dios es fiel" (1 Co 1,9; 10,13; 2 Co 1,18), indica que, al revelarse, es digno de fe; pero es el Verbo divino quien se revela, y ciertamente Dios mismo es digno de fe.

27.4. ¿Cómo, si creer es conjeturar (o: suponer), los filósofos creen que sus propias ideas son firmes? Porque no es una conjetura el asentimiento voluntario antes de una demostración, sino un asentimiento a un fuerte (o: asentimiento a una autoridad válida).

La benevolencia del Señor

28.1. ¿Pero quién es más poderoso que Dios? La incredulidad es una conjetura débil (y) negativa de (la proposición) contraria; lo mismo que la desconfianza es la actitud que acepta con dificultad la fe. Y la fe es una conjetura voluntaria y una sabia prolepsis (precaptación) anterior a la comprensión; y la espera es la representación de algo futuro (o: una espera de algo futuro); mientras que en otros casos la espera es una opinión de lo incierto; pero la confianza es un juicio firme sobre algo.

28.2. Por eso nosotros creemos en aquel en quien hemos confiado, para gloria de Dios y salvación (nuestra). Y hemos puesto nuestra confianza en el único Dios, porque sabemos que Él no quebrantará las hermosas promesas que nos ha hecho, y a lo que por causa de ellas ha creado y nos ha concedido con benevolencia.

28.3. Ahora bien, la benevolencia es un querer bienes para otro por ese otro mismo. Porque Él no tiene necesidad de nada; la benevolencia y la benignidad del Señor, se realiza en favor nuestro; son una benevolencia divina, y son una benevolencia que tiene por finalidad hacer el bien.

28.4. Si "a Abrahán que tuvo fe (ésta) le fue reconocida por justicia" (Gn 15,16; Rm 4,3. 9. 22; Ga 3,6; St 2,23), y nosotros somos descendencia de Abraham por (la palabra) oída (o: por la predicación), también nosotros debemos creer. Porque nosotros somos israelitas que obedecemos no mediante signos, sino por la palabra oída (o: la predicación).

28.5. Por ello se dijo: "Regocíjate, estéril, que no has parido; entona un grito de alegría, tú, que no has estado de parto; porque son más los hijos de la abandonada que los de la que tiene marido" (Is 54,1; cf. Ga 4,27). "Has vivido para entrar en el recinto del pueblo, tus hijos fueron bendecidos para entrar en las tiendas de los padres" (cf. Is 54,2-3. 10).

28.6. Puesto que las mismas moradas están prometidas por la profecía a los patriarcas y a nosotros, es el mismo Dios el que se revela (lit.: muestra) en los dos Testamentos.

Un único Señor

29.1. En efecto, se añade más claramente: "Has heredado el testamento de Israel" (cf. Is 54,10), aludiendo al llamamiento a los gentiles: a la mujer antes estéril de ese marido que es el Verbo, abandonada anteriormente por el novio.

29.2. "El justo vivirá de la fe" (Rm 1,17); la fe según el [Nuevo] Testamento y los mandamientos, porque éstos que son dos por el nombre y el tiempo, habiendo sido concedidos por la divina economía, teniendo en cuenta la edad y el progreso, en realidad tienen la misma fuerza, el Antiguo y el Nuevo, y por medio del Hijo nos vienen del único Dios.

29.3. Por eso, también en la "Carta a los Romanos" el Apóstol dice: "La justicia de Dios se manifiesta en Él, procediendo de fe a fe" (Rm 1,17); (así) nos enseña que la única salvación, desde la profecía hasta el Evangelio, se ha realizado por un único y mismo Señor.

29.4. También dice: "Este encargo te encomiendo, hijo Timoteo, conforme a las profecías precedentes sobre ti: combate por ellas la buena batalla, teniendo fe y buena conciencia; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe" (1 Tm 1,18-19), porque han mancillado con su incredulidad la conciencia que viene de Dios.



La fe basada en el amor es una realidad divina

30.1. Por consiguiente, no es razonable acusar con facilidad a la fe de ser cosa fácil, vulgar, y también de referirse a hechos irrelevantes. Si su actividad fuese humana, como algunos griegos supusieron, habría desaparecido (cf. Hch 5,38-39). Pero todavía se propaga y no hay lugar en el que no exista.

30.2. Yo afirmo que la fe, basada en el amor o en el temor, como prefieren los detractores, es cosa divina, ya que no ha sido desgarrada por otros afectos mundanos, ni se encuentra diluida por temor presente alguno.

30.3. Porque la caridad con el amor a la fe hace a los creyentes, y la fe, por su parte, es fundamento de la caridad, correspondiendo así a su beneficio. Y cuando el temor es el pedagogo de la ley, a partir del momento que se cree, también la existencia del temor es objeto de fe.

30.4. Si el existir se demuestra con el actuar, lo que está por venir y amenaza, pero no actúa ni está presente, es objeto de fe; y si su existencia es objeto de fe, en cuanto tal no es generador de fe, porque es la fe la que lo hace digno de credibilidad.

La fe es el fundamento de la verdad

31.1. Divino es ese trueque (o: gran cambio), gracias al que un individuo pasa de la incredulidad a ser creyente, y empieza a creer por la esperanza y el temor. Así, la fe se presenta ante nosotros como la navegación primera hacia la salvación; después de ella, el temor, la esperanza y la conversión, que juntamente con la continencia y la paciencia, nos conducen al amor y a la gnosis.

31.2. Con razón dice el apóstol Bernabé: "Estoy deseando entregarles una parte de lo que he recibido, para que junto con su fe posean también la gnosis perfecta. Son ayudas de nuestra fe el temor y la paciencia; y nuestros aliados son la longanimidad y la continencia. Esas virtudes, añade, cuando se mantienen puras ante del Señor, se alegran con ellas la sabiduría, la inteligencia, la ciencia y la gnosis" (Seudo Bernabé, Epístola, 1,5; 2,2-3).

31.3. Así, por lo tanto, siendo como son las virtudes dichas los elementos de la gnosis, resulta ser más fundamental la fe, que es tan necesaria al gnóstico, como al que vive en este mundo lo es respirar para vivir; y lo mismo que sin los cuatro elementos no se puede vivir, tampoco se puede conseguir (lit.: seguir) la gnosis sin la fe. Ella es el fundamento de la verdad.

Capítulo VII: El temor de Dios

Dios, la ley y los seres humanos

32.1. Quienes desprecian el temor atacan la ley, y con la ley, también (rechazan) a Dios, que evidentemente nos ha dado la ley. Al respecto, es necesario que permanezcan estas tres cosas: el administrador, la administración y lo administrado.

32.2. Ahora bien, si por una hipótesis fuera eliminada la ley, sucedería que cualquiera que se dejara llevar por las pasiones (lit.: deseos), cayendo en el placer, descuidaría lo que es bueno (o: lo que está bien), despreciaría a la divinidad, y (se convertiría) en impío e injusto a la vez, sin temor a eludir la verdad.

32.3. Ciertamente, hay quienes dicen que el temor es una huida irracional, y una pasión. ¿Qué dices? ¿Cómo puedes tú sostener esa definición, cuando el mandato me ha sido dado por medio del Verbo? El mandamiento prohíbe y, para su educación, suspende el temor sobre la cabeza de los que así son susceptibles de ser amonestados.

32.4. Por tanto, el temor no es irracional, sino racional (o: es conforme al Verbo [logikòs]); y ¿cómo no lo será cuando exhorta: "No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio" (Ex 20,13-16)? Pero si quieren alterar la verdad (lit.: sofisticar) con nombres, llamen los filósofos al temor de la ley circunspección, porque es una abstención razonable.

"El principio de la sabiduría es el temor del Señor"

33.1. Litigantes de palabras, les llamaba no sin razón Critólao de Faselis. El mandamiento es agradable e incluso aparece muy hermoso a nuestros acusadores, aunque expresado con un nombre distinto.

33.2. Así se demuestra que la circunspección es racional; siendo una huida de lo que entraña daño, y de ella surge el arrepentimiento del mal cometido anteriormente. "El principio de la sabiduría es el temor del Señor, y buena inteligencia para todos los que lo practican" (Pr 1,7). Aquí se habla de la práctica de la sabiduría, que consiste en el temor de Dios que abre camino hacia la sabiduría.

33.3. Pero si la ley produce (lit.: hace nacer) el temor, el principio de la sabiduría es el conocimiento de la ley, y no hay sabio sin ley. Por eso no son sabios quienes rechazan la ley, de lo que se deduce que deben ser considerados como ateos.

33.4. La disciplina (lit.: educación) es principio de sabiduría. "Pero los impíos despreciarán la sabiduría y la disciplina" (Pr 1,7), dice la Escritura.



La Ley no es mala

34.1. Veamos cuáles son las cosas que la Ley anuncia (o: declara) temibles. Si se trata de todo aquello que está a mitad de camino entre la virtud y el vicio, como la pobreza, la enfermedad, la mala reputación, el origen humilde (o: la bajeza de sentimientos), y cosas semejantes, también todo eso lo formulan las leyes civiles (o: de la ciudad), y lo aprueban. Esta opinión está en consonancia con los peripatéticos que introducen tres clases de bienes y consideran los contrarios a éstos como males.

34.2. Pero a nosotros la ley que se nos ha dado nos ordena rechazar los verdaderos males: el adulterio, el desenfreno, la pederastia, la ignorancia, la injusticia, la enfermedad del alma, la muerte; no la separación del alma y del cuerpo, sino la que separa el alma de la verdad. Esos son los males verdaderamente temibles y terribles, lo mismo que sus efectos.

34.3. Dicen los oráculos divinos: "No hay que extender injustamente redes a las aves; porque quienes participan en sus crímenes, atesoran para sí mismos males" (Pr 1,17-18 LXX).

34.4. ¿Cómo, entonces, puede tenerse todavía a la Ley como mala (lit.: no buena) por parte de algunos herejes, que invocan en su defensa al Apóstol que dice: "Por la Ley tiene lugar el conocimiento del pecado" (Rm 3,20)? Les responderemos: la Ley no ha creado (lit.: hecho) el pecado, sino que lo ha mostrado. Al prescribir lo que se debe hacer, [la ley] rechaza lo que no se debe hacer (cf. Rm 5,13; 7,7).

34.5. Es propio de quien es bueno enseñar lo que es saludable, indicar lo que es dañino, aconsejar la práctica de lo primero e invitar a huir de lo otro.

La Ley educa

35.1. Por eso, el Apóstol, a quien no han entendido, ha dicho que los pecados se han manifestado a (nuestro) conocimiento gracias a la ley, (pero) no que (ésta) tenga su subsistencia de aquellos.

35.2. ¿Cómo no ha de ser buena la ley que educa, que ha sido dada como "pedagogo hacia Cristo" (Ga 3,24), para que, rectamente formados por el temor, nos dirijamos hacia la perfección por medio de Cristo?

35.3. Dice [la Escritura]: "No quiero la muerte del pecador, sino su arrepentimiento" (Ez 33,11; 18,23 y 32). Pero el mandato es el que origina (lit.: hace) el arrepentimiento, impidiendo lo que no debe hacerse y mandando las buenas obras.

35.4. Pienso que llama muerte a la ignorancia. "Quien está cerca del Señor está lleno de azotes" (Jdt 8,27). Quien se acerca a la gnosis evidentemente experimenta (lit.: disfruta) peligros, temores, aflicciones, tribulaciones por el deseo de la verdad. "En efecto, el hijo bien instruido llegó a ser sabio, y el hijo sensato huyó del fuego; el hijo prudente aceptará los mandamientos" (Pr 10,4. 5. 8 LXX).

35.5. Y el apóstol Bernabé citando antes (este texto): "¡Ay de los que se creen inteligentes y dotados de ciencia ante sí mismos!" (Is 5,21), añade: "Hagámonos espirituales, templo perfecto para Dios. En cuanto está en nosotros, ejercitémonos en el temor de Dios y luchemos para observar sus mandamientos, para que nos gocemos en sus justificaciones" (Seudo Bernabé, Epístola, 4,11). (Por eso) se ha dicho de forma divina: "El principio de la sabiduría es el temor de Dios" (Sal 110 [111],10; Pr 1,7).

Capítulo VIII: Las opiniones de los gnósticos Valentín y Basílides sobre el temor de Dios

Teorías de Basílides y Valentín

36.1. Aquí, los seguidores de Basílides, para explicar ese texto(1), dicen que el Arconte, al oír la palabra del Espíritu en su función de ministro, se espantó, evangelizado por lo que escuchó y por lo que vio, por encima (de toda) esperanza; y este estupor suyo fue llamado temor, concebido como principio de sabiduría que distingue (lit.: apta para clasificar), discierne, perfecciona y reinstaura. En efecto, el que está por encima de todo lo envía para separar no sólo el mundo, sino también la elección.

(1)Se refiere a: "El principio de la sabiduría es el temor de Dios" (Sal 110 [111],10; Pr 1,7), citado al final del capítulo precedente.

36.2. También parece que Valentín pensaba algunas de esas ideas, cuando escribió en una carta estas palabras textuales: "Y, como si un miedo se hubiera apoderado de los ángeles ante aquella creatura cuando profirió sonidos superiores a su condición creada, gracias a aquel que había depositado en él invisiblemente una semilla de la esencia de lo alto, y hablaba libremente.

36.3. También entre las razas (o: generaciones) de los hombres del mundo (lit.: cósmicos), los autores de imágenes sienten pavor ante sus obras humanas, por ejemplo, estatuas, figuras y todo lo que crean las manos en nombre de Dios.

36.4. Efectivamente, Adán, plasmado en el nombre del Hombre, causó el temor del Hombre Preexistente, como si residiera dentro de él; y [los ángeles] se asustaron y rápidamente hicieron desaparecer su obra" (Valentín, Fragmentos, 1).

El temor de Dios es un regalo del Señor

37.1. Pero, al existir un único principio, como luego se demostrará, aparece claramente que estos hombres inventan gorjeos y susurros.

37.2. Cuando le pareció bueno a Dios, por medio del Señor, hacer una propedéutica (o: adiestramiento preliminar) de la Ley y los profetas, dijo: ""El principio de la sabiduría es el temor de Dios" (Sal 110 [111],10; Pr 1,7). Es un don del Señor, por intermedio de Moisés, a los indóciles y duros de corazón, porque a quienes no conquista la razón, les pacifica el temor.

37.3. Previendo esto desde el principio el Verbo educador armonizó su instrumento (= el hombre) de esas dos maneras (= mediante la Ley y los profetas), purificándolo de forma adecuada para la piedad.

37.4. Ahora bien, el estupor es un temor (por efecto) de una representación desacostumbrada o por una representación inesperada, cual por una noticia; y el temor es una admiración excesiva por lo que ya ha sucedido o existe.

37.5. Ellos no reconocen que el sumo Dios al que celebran estaría dominado por las pasiones, al atribuirle estupor, y que estaría (bajo el influjo) de la ignorancia, por lo menos antes del estupor.

37.6. Pero si la ignorancia precede al estupor, y el estupor y el temor se convierten en principio de sabiduría, es decir, en temor de Dios, existe el peligro de que la ignorancia como principio causal preceda a la sabiduría de Dios, a la creación entera, y también a la reintegración (o: restauración; apokatástasis) de la elite misma.

Elucubraciones de los gnósticos

38.1. Pero, ¿esa ignorancia tiene relación con el bien o con el mal (lit.: con las cosas buenas o las cosas malas)? Si hace referencia al bien (lit.: si de las cosas buenas), ¿por qué termina con estupor? Y son superfluos el ministro (lit.: diácono), la predicación y el bautismo. Pero si (se relaciona) con el mal (lit.: las cosas malas), ¿cómo éste puede ser causa de las cosas más hermosas?

38.2. Si no precediera la ignorancia, el ministro no hubiera descendido, ni el estupor hubiera engañado al Arconte, como ellos dicen, ni del temor habría salido un principio de sabiduría para discernir entre los elegidos y los mundanos (lit.: cósmicos).

38.3. Pero si el temor del Hombre preexistente puso en guardia a los ángeles contra su creatura, por contenerse invisible en su obra la semilla de la esencia de lo alto, entonces, o se pusieron celosos por una vana suposición, y es increíble que los ángeles estuvieran condenados a una ignorancia absoluta de la obra que se les había encargado ser autores, como si se tratase de un hijo.

38.4. O bien fueron movidos a un estado de completa presciencia; pero entonces no habrían buscado insidiosamente el medio que usaron contra lo que conocían por anticipado, ni se hubieran asombrado ante su propia obra, porque hubieran reconocido, en virtud de la presciencia, la semilla de lo alto.

38.5. O bien, finalmente, se atrevieron a aquello confiando en su gnosis, lo cual es imposible, puesto que sabían la enormidad (que era) conspirar contra el Hombre del Pleroma, y por ello también contra el que es "a imagen" (Gn 1,26), en el que reside el arquetipo y es inmortal, en conformidad con el resto de la gnosis.



La Ley y el temor del Señor

39.1. Precisamente a éstos y a algunos otros, especialmente a los seguidores de Marción, la Escritura les grita, aunque ellos no oigan: "Quien me escuche descansará en paz confiado, y estará tranquilo sin temer ningún mal" (Pr 1,33).

39.2. ¿Qué quieren que sea la Ley? No dirán que es mala, sino justa, diferenciando lo bueno de lo justo.

39.3. Pero el Señor, al mandar temer el mal, no pretende rechazar el mal con otro mal, sino que destruye lo contrario con su opuesto. Y el bien se opone al mal, como lo justo a lo injusto.

39.4. Ahora bien, si definió intrepidez el alejamiento de los males que el temor del Señor procura, este temor es un bien; y el temor proveniente de la Ley no sólo es justo, sino bueno también, porque elimina al mal. Aunque se consiga la ausencia de miedo con temor, no se logra la ausencia de pasión mediante otra pasión (lit.: la impasibilidad; apátheia); es la disciplina (paideia) la que engendra la moderación de las pasiones (o: el equilibrio de las pasiones; metriopátheia).

39.5. Cuando oímos: "Honra al Señor y serás fuerte; no temas a nadie más que a Él" (Pr 7,1), debemos entender que honrar a Dios significa temer al pecado y obedecer los mandamientos dados por Dios.

El cristiano teme apartarse de Dios

40.1. Dios significa el temor de lo divino. Pero, aun si el temor es una pasión, como algunos quieren, porque el temor sea una pasión, no todo temor es una pasión. La superstición es una pasión, porque es el temor de los demonios no sólo sujetos a pasión, sino movidos por ella.

40.2. Por el contrario, el temor del Dios impasible es (un temor) sin pasiones; porque uno no teme a Dios, sino apartarse de Dios; y quien siente ese temor, teme caer en el mal, y esos males le asustan; el que teme la caída pretende mantenerse incorruptible y sin pasiones.

40.3. "El sabio temeroso evita el mal; en cambio, el necio se entrega confiado" (Pr 14,16) dice la Escritura. Y también dice: "En el temor del Señor se encuentra la esperanza de la fuerza" (Pr 14,26).

Capítulo IX: Las virtudes y la fe

La caridad

41.1. Ese temor conduce a la conversión y a la esperanza. La esperanza es la espera de bienes o la confiada esperanza de un bien ausente (o: lejano). Sin duda, también la tendencia a... (laguna en el texto; podría ser: al arrepentimiento, o: la fe) se reduce a esperanza, que sabemos conduce de la mano hacia el amor.

41.2. La caridad es concordia (o: unanimidad) en todo lo relacionado con la palabra (o: la razón), la vida y las costumbres, o, por decirlo brevemente, comunión de vida, o perseverancia en la amistad y el cariño (o: afecto), unidos a la recta razón en el trato con los amigos. El amigo (etairos; o: compañero) es otro yo. Por eso también nosotros llamamos hermanos a quienes están regenerados por el mismo Verbo (cf. Mt 23,8-9; 25,40).

41.3. Próxima al amor se encuentra la hospitalidad, que es una cierta disposición en el trato con los huéspedes (lit.: extranjeros). Y son huéspedes aquellos que tienen por extranjeras (o: extrañas) los bienes mundanos.

41.4. Nosotros consideramos mundanos a los que ponen sus esperanzas en la tierra y en los deseos de la carne. Dice el Apóstol: "No se conformen a este mundo, sino transfórmense con la renovación de la mente, para que sepan discernir cuál es la voluntad de Dios; qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto" (Rm 12,2).

41.5. La hospitalidad se refiere a lo útil para los extranjeros, los extranjeros son huéspedes, los huéspedes son amigos, los amigos son hermanos. (Así) dice Homero: "Amigo hermano" (Ilíada, IV,155; V,359; XXI,308).

41.6. Y tanto la filantropía, por la que existe también la ternura, que es un modo amigable de relacionarse con los hombres, como el afecto mismo, una especie de disposición cordial hacia los amigos o familiares, acompañan al amor.

"El fin de la ley es Cristo"

42.1. Si el verdadero hombre que está en nosotros es el espiritual, entonces la filantropía es el amor fraterno hacia los que participan del mismo espíritu. Por otra parte, el afecto consiste en conservar la benevolencia o el amor; a su vez el amor es aceptación completa, y ser objeto de amor (significa) ser querido contribuyendo y correspondiendo.

42.2. Se dejan conducir a la identidad (de intereses) por la concordia de los sentimientos, que es una ciencia de los bienes comunes; al igual que la unanimidad (lit.: el acuerdo) es una sinfonía de pareceres (lit.: juicios).

42.3. Dice también [el Apóstol]: "Nuestra caridad sea sincera; odien el mal, adhiriéndonos al bien y al amor fraterno", y lo que sigue hasta: "Si es posible por su parte, permanezcan en paz con todos los hombres" (Rm 12,9-18). Y un poco más adelante dice: "No te dejes vencer por el mal, sino vence el mal con el bien" (Rm 12,21).

42.4. El mismo Apóstol reconoce (poder) atestiguar para los judíos, "que tienen celo por Dios, pero no según el conocimiento profunda; porque ignorando la justicia de Dios y buscando afirmar la propia, no se sometieron a la justicia de Dios" (Rm 10,2-3).

42.5. No conocieron, en efecto, ni pusieron en práctica la voluntad de la Ley, sino, lo que ellos concibieron, eso pensaron que quería la Ley. Ni tampoco creyeron a la Ley como algo profético, sino que obedecieron a la pura letra y al temor, no el sentido interior (lit.: disposición) [ni] la fe. "Porque el fin de la Ley es Cristo, para justificación de todo el que cree" (Rm 10,4), profetizado por la Ley.

La manifestación de la bondad del Señor

43.1. Por eso les fue dicho por Moisés: "Yo los haré celosos de un pueblo que no lo es; los enfureceré por un pueblo insensato" (Dt 32,21; Rm 10,19); aludiendo sin duda a aquel que se mostró disponible a escucharle.

43.2. Y por Isaías dice: "Me he dejado ver a los que no me buscaban, me he manifestado a los que no preguntaban por mí" (Is 65,1; Rm 10,20); se entiende antes de la venida del Señor; tras del cual se dicen con toda propiedad a Israel aquellas (palabras) proféticas: "Todo el día extendí mis manos hacia un pueblo desobediente y rebelde" (Is 65,2; Rm 10,21).

43.3. ¿Ves cómo el profeta dice claramente que la desobediencia y rebeldía (lit.: contradicción) del pueblo es causa de la vocación de los paganos? Pero también la bondad de Dios se les manifiesta más tarde.

43.4. En efecto, dice el Apóstol: "Pero por su caída vino la salvación a los gentiles, para provocar los celos de aquéllos" (Rm 11,11), y a que desearan arrepentirse.

43.5. "El Pastor" [de Hermas], como lo más obvio, cuando habla de los difuntos, sabe que hay justos entre los gentiles y entre los judíos no sólo antes de la venida del Señor, sino antes de la Ley, que complacieron a Dios, como Abel, Noé y los otros justos.

El descenso de los apóstoles al infierno para bautizar a los justos del paganismo

44.1. Por eso dice que los apóstoles y maestros, que predicaron el nombre del Hijo de Dios y murieron, predicaron con (su) poder y (su) fe, a los que habían muerto antes.

44.2. Después añade: "Y ellos les dieron el sello de su predicación. Descendieron con ellos al agua, y subieron de nuevo. Pero éstos mismos descendieron vivos, y de nuevo subieron vivos; en cambio, los que habían muerto anteriormente, descendieron muertos, pero subieron vivos.

44.3. Así, por ellos fueron vivificados y reconocieron el nombre del Hijo de Dios. Por eso subieron con ellos y se unieron juntamente para la construcción de la torre y, como piedras no talladas, entraron a formar parte de la construcción; porque habían muerto en justicia y en gran pureza; sólo no tenían ese sello" (Hermas, El Pastor, Comparación, IX,16,5-7).

44.4. "Porque, cuando los paganos, que no tienen ley, cumplen los preceptos de la Ley [guiados] por la naturaleza, ellos mismos, aún no teniendo la Ley, son para sí mismos Ley" (Rm 2,14), según el Apóstol.

"La sabiduría es el poder de Dios"

45.1. Por tanto, ¿es necesario repetir que las virtudes están mutuamente implicadas (lit.: se acompañan) unas con otras, como se ha demostrado ya que la fe (se basa) en el arrepentimiento y en la esperanza, la circunspección en la fe, y la perseverancia y la ascesis en esas virtudes, unidas al estudio, se completan (lit.: terminan juntamente) en el amor y éste se perfecciona con la gnosis?

45.2. Además, se ha visto que sólo lo divino es necesario concebirlo como sabio por naturaleza; por eso también la sabiduría es el poder de Dios, que nos ha enseñado la verdad. Ciertamente, aquí se encuentra la perfección de la gnosis.

45.3. Porque el filósofo ama y estima la verdad; por eso ha traído él la reputación de ser auténtico amigo en virtud del amor (o: por eso tras ser fiel servidor, ha venido por la caridad a ser considerado como amigo).

45.4. El comienzo de esto (= del conocimiento de la verdad) reside en admirar las realidades, como dice Platón en el "Teeteto" (155 D) y Matías en las "Tradiciones" (apócrifo del Nuevo Testamento perdido), donde exhorta: "Admira lo presente", y lo pone como fundamento de la gnosis trascendente.

45.5. En el "Evangelio según los Hebreos" está escrito: "Quien admire reinará, y el que reine tendrá descanso" (Fragmento, 3; apócrifo del Nuevo Testamento).

45.6. Por tanto, es imposible que el ignorante, mientras siga siendo ignorante, sea filósofo, puesto que no posee todavía el concepto de sabiduría, mientras que la filosofía es la aspiración a lo que existe en realidad y a los aprendizajes que tienden a ello.

45.7. Y aún cuando se esté ya ejercitado, según algunos, para practicar el bien, también es necesario esforzarse por conocer cómo nos comportamos y actuamos, para así hacerse uno semejante a Dios, me refiero al Dios Salvador, sirviendo al Dios del universo por medio del Verbo, sumo sacerdote (cf. Hb 4,14), por el que se ve lo verdaderamente hermoso y bueno. La piedad... (posible laguna en el manuscrito) es un actuar que sigue y acompaña a Dios.



Capítulo X: "la filosofía" cristiana

Las tres notas características del verdadero cristiano

46.1. Nuestro filósofo (= el verdadero cristiano) se caracteriza (lit.: tener fuertemente) por estas tres notas: en primer lugar, por la contemplación (theoría); segundo, por el cumplimiento de los mandamientos; y en tercer lugar, por la formación de hombres honestos (lit.: buenos). La integración de estos elementos constituyen al gnóstico. Pero si falta alguno de ellos, la gnosis estaría renga.

46.2. Por eso dice divinamente la Escritura: "Y el Señor habló a Moisés, diciendo: "Habla a los hijos de Israel y diles: Yo soy el Señor su Dios.

46.3. No harán lo que se hace en la tierra de Egipto, donde han morado; ni harán lo que se hace en la tierra de Canaán, a donde yo los llevo.

46.4. No seguirán sus costumbres. Practicarán mis mandamientos y cumplirán mis decretos, para caminar conforme a ellos. Yo soy el Señor su Dios.

46.5. Observarán todos mis preceptos y los cumplirán. El hombre que los cumpliere vivirá en ellos. Yo soy el Señor su Dios"" (Lv 18,1-5).

La más elevada contemplación

47.1. Ahora bien, la tierra de Egipto y de Canaán son símbolo del mundo y del engaño, de las pasiones y de las maldades; el pasaje (citado) nos muestra cuáles son las cosas de las que nos debemos abstener, y las que debemos practicar, porque son divinas y no mundanas.

47.2. Y cuando dice: "El hombre que los cumpliere vivirá en ellos" (Lv 18,5; Ga 3,12), significa que la corrección de los hebreos mismos y la de sus vecinos, nosotros mismos, y la ascesis (lit.: ejercicio; práctica en común) y el progreso (es) vida para ellos y para nosotros.

47.3. "Porque los muertos por los pecados son vivificados con Cristo" (Ef 2,5), mediante nuestra alianza.

47.4. Y al insistir varias veces la Escritura: "Yo soy el Señor su Dios" (Lv 18,2. 4. 5), nos acicatea de la manera más eficaz enseñándonos a seguir a Dios, que ha dado los mandamientos; y nos sugiere suavemente buscar a Dios, esforzarnos por conocerlo cuanto se pueda, porque esa es la más grande contemplación, la epóptica, la verdadera ciencia, la que ningún razonamiento puede conmover. Esa es la única gnosis de la sabiduría, de la que jamás se separa la práctica de la justicia.

Capítulo XI: La certeza de la fe

Fe y gnosis

48.1. "La gnosis" de quienes se creen sabios, ya sean herejes bárbaros o filósofos griegos, "infla", según el Apóstol (1 Co 8,1). Por el contrario, la gnosis digna de fe es una demostración científica de las (verdades) transmitidas según la verdadera filosofía. Y diremos también que esa gnosis es un razonamiento que nos facilita la fe en aquello que dudamos a partir de cuanto se admite como cierto.

48.2. Pero puesto que la fe es doble: la derivada de la ciencia y la que proviene de la hipótesis, nada impide hablar de una doble demostración: la científica y la hipotética; al igual que se habla de otra duplicidad: la gnosis y la pre-gnosis; la primera es perfecta en su naturaleza, y la otra imperfecta.

48.3. Puede que nuestra demostración sea la única verdadera, en cuanto que suministrada por las divinas Escrituras, por los libros sagrados y por la sabiduría "enseñada por Dios", según el Apóstol (1 Ts 4,9).

48.4. También es un aprendizaje obedecer los mandamientos, que es creer en Dios. Y la fe es un poder de Dios, es la fuerza de la verdad.

La auténtica gnosis

49.1. En efecto dice [la Escritura]: "Si tuvieran fe como un grano de mostaza, trasladarían el monte" (Mt 17,20) y también: "Hágase conforme a tu fe" (Mt 9,29). Uno se cura, porque obtiene la salud con la fe; otro, muerto, resucita por el poder de quien ha tenido fe de que resucitaría (cf. Lc 18,42; Jn 11,21. 32).

49.2. La demostración hipotética, por el contrario, es totalmente humana y procede de las argumentaciones retóricas y de los silogismos dialécticos.

49.3. Porque la demostración superior, que hemos denominado científica (cf. II,48,2), genera la fe presentando las Escrituras y abriéndola a las almas que anhelan aprender; ésa sería la gnosis.

49.4. Si se reciben como verdaderos los métodos de investigación aplicados a la búsqueda de un objeto, como pueden ser los argumentos que se apoyan sobre Dios y los profetas, es evidente entonces que la conclusión inferida resulte en consecuencia verdadera. Así, la gnosis será para nosotros una auténtica demostración.

"Las tres medidas"

50.1. Cuando estaba mandado consagrar un recuerdo del alimento celestial y divino en una urna de oro, se dice: "Un gomer (o: gomor, u omer) era la décima parte de tres medidas" (Ex 16,36). Ahora bien, con estas "tres medidas" se significan en nosotros tres criterios: la sensibilidad, para lo sensible; la razón, para lo que se dice mediante nombres y expresiones; y el intelecto (o: el espíritu) para las realidades inteligibles.

50.2. El gnóstico se abstendrá, por tanto, de los pecados de palabra (o: de la razón), de los de pensamiento, de los de los sentidos y de los actos; habiendo oído que "quien mira con deseo ha cometido adulterio" (Mt 5,28); él ha comprendido (lit.: recibido) en la mente (o: espíritu): "Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8); él sabe igualmente que "no es lo que entra por la boca lo que contamina al hombre, sino que lo que sale de la boca es lo que hace contamina al hombre" (Mt 15,11);"del corazón proceden los malos pensamientos" (Mt 15,19).

50.3. Esta es, a mi parecer, la verdadera y justa medida según Dios, con la que se mide lo que hay que medir, la decena (o: década) que abarca (o: contiene) al hombre, y que de manera resumida indicaron las tres medidas mencionadas.

50.4. Constituyen la [decena]: el cuerpo, el alma, los cinco sentidos, la facultad de hablar, la de la procreación y la facultad intelectual o espiritual o como se la quiera llamar.



Las verdaderas "delicias"

51.1. Ahora, pasando por alto, por así decirlo, todo lo restante, es necesario detenerse en la inteligencia (o: espíritu); lo mismo que en el mundo superando las nueve partes -primero aquella de los cuatro elementos colocados en un mismo lugar por razón de su idéntica evolución; después las otras siete esferas errantes, y la novena, la de (las estrellas) fijas- se llega al número perfecto que está por encima de los dioses, es decir, a la décima parte, a la gnosis de Dios; en resumen, es evidente que después de la creatura deseamos al Creador.

51.2. Por eso, la décima parte del efá (= medida egipcia) y de las víctimas era ofrecida a Dios; y la fiesta de la Pascua comenzaba el décimo día, que es la superación (lit.: el paso) de toda pasión y de todo lo sensible.

51.3. El gnóstico está, por tanto, firmemente establecido en la fe, mientras que el que se cree sabio no alcanza la verdad, teniendo (sólo) impulsos inestables y caprichosos.

51.4. Con razón está escrito: "Caín, salió de la presencia de Dios, y habitó en la tierra de Naíd, enfrentte del Edén" (Gn 4,16). Naíd significa agitación, y Edén delicias.

51.5. Las delicias son fe, gnosis, paz; quien las desobedece es rechazado; y quien se cree sabio comienza por no querer ni siquiera prestar oídos a los divinos mandamientos, sino cual un autodidacta, rebelde, se lanza por su gusto a un mar agitado, descendiendo desde el conocimiento del Inengendrado hacia los seres mortales y engendrados, pasando continuamente de una opinión a otra.

51.6. "Quienes no tienen gobierno caen como las hojas" (Pr 11,14). La razón (o: reflexión; razonamiento; raciocinio) y la parte conductora del alma que la dirige de manera infalible, son llamados el timonel del alma, porque realmente por lo inmutable se nos conduce a lo inmutable.

"Gustar realidades excelsas"

52.1. Por eso, "Abrabán permaneció de pie delante del Señor, y acercándose habló" Gn 18,22-23); y a Moisés le dijo: "Pero tú quédate aquí conmigo" (Dt 5,31).

52.2. También los discípulos de Simón [el Mago; cf. Hch 8,9 ss.] quieren parecerse en su comportamiento (o: modo de ser; conducta) al Ser inmutable que ellos veneran.

52.3. Por ello la fe y la gnosis de la verdad disponen al alma del que las ha abrazado (u: obtenido; conseguido) para que esté siempre de una manera constante y estable.

52.4. Cercanos a la mentira están el cambio, la desviación y la separación (o: defección; abandono; separación), al igual que (son afines) al gnóstico, la tranquilidad, el reposo y la paz.

52.5. Del mismo modo que el orgullo y la presunción han calumniado a la filosofía, así también la falsa gnosis a la gnosis, llamada con el mismo nombre, y sobre la que escribe el Apóstol: "Oh Timoteo, dice, guarda el depósito, apartándote de las profanas pláticas vanas y de las opiniones contradictorias de la falsa gnosis, que algunos profesan, extraviándose de la fe" (1 Tm 6,20-21).

52.6. Puesto que esta palabra los acusa, los herejes rechazan las "Epístolas a Timoteo".

52.7. Ahora bien, si el Señor es "verdad" (Jn 14,6), "y sabiduría y fuerza de Dios" (1 Co 1,24), como de hecho lo es, podremos demostrar que el verdadero gnóstico es el que ha conocido a ese (Señor) y a su Padre por medio de Él; porque puede comprender el dicho: "Los labios de los justos conocen cosas excelsas" (Pr 10,21).

Capítulo XII: El doble objeto de la gnosis y de la fe. Sobre el temor y el amor en el presente

Temor del Señor y fe

53.1. Al ser doble la fe, como el tiempo, podemos encontrar dos virtudes que les conciernen a la vez. La memoria tiene como objeto el tiempo pasado, mientras que la esperanza es característica del futuro. Por la fe creemos que el pasado existió y que el futuro existirá. Además, amamos, persuadidos por la fe que lo pasado es como es, y sostenidos por la esperanza en la expectación de lo que ha de venir.

53.2. En efecto, por todas partes la caridad acompaña al gnóstico, porque sabe que Dios es uno "y he aquí que todo lo que Él ha creado es muy bueno" (Gn 1,31), y lo contempla admirado (lit.: conoce y admira); pero, la piedad confiere "larga vida" (Pr 3,2) y "el temor del Señor acrecienta los días" (Pr 10,27).

53.3. Al igual que los días son una parte de la vida que avanza, así también el temor es principio de la caridad, en cuanto que viene a ser incremento de fe, y luego amor.

53.4. Pero no de igual manera a como yo temo la fiera, que también odio -por eso el temor es doble-, sino como al padre, a quien temo y al mismo tiempo amo. Por eso, cuando temo ser castigado, me amo a mí mismo, eligiendo el temor; pero quien teme ofender al padre lo ama.

53.5. Bienaventurado, por tanto, quien se hace creyente, mediante una mezcla de amor y temor; la fe es una fuerza (que conduce) a la salvación (cf. Rm 1,16), y un poder para a la vida eterna.

El ámbito de la fe

54.1. También la profecía es una pre-gnosis, pero la gnosis es comprensión (noesis: inteligencia de una cosa) de la profecía; o sea, es gnosis de lo conocido previamente por los profetas, gracias al Señor que lo manifiesta todo con anterioridad.

54.2. La gnosis de los sucesos predichos muestra tres fases: la pasada hace tiempo, la presente en la actualidad y la que ha de ser en lo porvenir.

54.3. Por tanto, los extremos: lo que ya se cumplió o lo que se espera, pertenecen (al ámbito) de la fe, mientras que la acción presente procura una persuasión que corrobora ambos extremos.

54.4. En efecto, si en la unidad de la profecía, una parte se cumple en el momento presente, y la otra ya está cumplida, entonces lo que se espera es objeto de fe, y lo pasado es verdadero.

54.5. Porque lo que antes era presente, ya es pasado para nosotros; lo mismo que la fe relativa a los acontecimientos ya pasados es comprensión de un pasado, también la esperanza de sucesos futuros es la comprensión de un futuro. Los asentimientos, no obstante, dependen de nosotros, como lo afirman no sólo los platónicos, sino también los estoicos.

El perdón de los pecados y el arrepentimiento

55.1. Toda opinión, juicio, suposición acción de aprender, actos con los que vivimos y continuamos siendo del género humano, son asentimiento. Y éste no puede ser otro que la fe; incluso la incredulidad, en cuanto que es apostasía de la fe, demuestra la posibilidad del asentimiento y de la fe, porque no hay privación de lo que no existe.

55.2. Si uno observa (o: examina, considera) lo verdadero, encontrará que el hombre naturalmente está mal dispuesto para el asentimiento al error, pero que está capacitado para creer lo verdadero.

55.3. "La virtud que mantiene unida a la Iglesia, como dice "El Pastor" [de Hermas], es la fe, por la que se salvan los elegidos de Dios; la que tiene una actitud viril es la continencia. Las siguen la sencillez, la ciencia, la bondad, el decoro, el amor. Todas son bijas de la fe" (Hermas, El Pastor, Visión, III,8,3-5; no es una cita literal del texto).

55.4. Y de nuevo: "La fe guía, el temor edifica, pero perfecciona el amor";"Hay que temer al Señor, dice, para edificar, pero no al diablo que trata de perdernos" [lit.: para la catástrofe] (Hermas, El Pastor, Mandamientos, VII,1-2; no es una cita textual).

55.5. Y también: "Es necesario amar y practicar las obras del Señor, es decir, los mandamientos, pero temer y no hacer las obras del diablo; porque el temor de Dios educa y restablece en el amor, pero el de las obras del diablo trae consigo (o: tiene como compañero) el odio" (Hermas, El Pastor, Mandamientos, VII,3-4; no es una cita textual).

55.6. Él mismo dice también que el arrepentimiento es "un gran acto de inteligencia; porque, arrepintiéndose de lo que se ha hecho, ni se hace ni se dice ya más; y mortificando (lit.: atormentando, torturando) la propia alma por las faltas cometidas, obra el bien" (Hermas, El Pastor, Mandamientos, IV,2,2). El perdón de los pecados difiere del arrepentimiento, pero ambas muestran lo que depende de nosotros (cf. Hermas, El Pastor, Mandamientos, IV,3,1).



Capítulo XIII: Arrepentimiento y responsabilidad

La penitencia después del bautismo

56.1. "Por consiguiente, quien ha recibido el perdón de los pecados no debe pecar jamás" (Hermas, El Pastor, Mandamientos, IV,3,2). Porque además de la primera y única penitencia de los pecados -ésta, de seguro, es la de los que llevaban una primera vida pagana, me refiero a la pasada en la ignorancia-, se ofrece igualmente a todos los elegidos otra penitencia (lit.: conversión), que purifica el interior (lit.: el lugar) del alma de sus errores, para asentar sobre cimientos la fe.

56.2. Por que siendo el Señor "conocedor de los corazones" (Hch 15,8) y preconociendo lo futuro, ha previsto anticipadamente desde el principio la mutabilidad del hombre, al igual que la astucia y malicia del diablo, que tiene envidia del hombre por el perdón de los pecados, y procura, con malicia sagaz, algunas ocasiones para hacer pecar a los siervos de Dios, a fin de hacerlos caer juntamente con él.

La segunda penitencia

57.1. Dios, infinitamente misericordioso, ha dado a quienes, incluso en la fe, han caído en algún error, una segunda penitencia, para que, si alguno fuera tentado después de la llamada, por violencia y engaño, obtuviera la posibilidad de "una penitencia inalterable" (2 Co 7,10).

57.2. "Porque si pecamos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento pleno de la verdad, no queda ya más sacrificio por los pecados, sino únicamente la tremenda expectación del juicio y el ardor del fuego, que va a consumir a los rebeldes" (Hb 10,26-27; cf. Is 26,11).

57.3. Pero esas continuas y alternantes conversiones de los pecados, en nada se diferencian del no haber llegado a creer, sino tan sólo en la conciencia de pecar. Yo no sé cual de las dos situaciones es peor: pecar con plena conciencia o, después de haber hecho penitencia de los pecados, claudicar de nuevo.

57.4. En efecto, el pecado se manifiesta por una doble prueba de culpabilidad: por una parte, porque al perpetrarse es condenado por el obrador de la iniquidad; de otra parte, porque conociendo de antemano que lo que va a hacer es malo, (igualmente) lo realiza. Y puede suceder que ceda ante la ira e incluso al placer, sin desconocer ante lo que cede; pero el que se arrepiente de aquello en que había cedido, y después recae nuevamente en el placer, se une al que desde el principio peca voluntariamente. Porque, al realizar de nuevo el acto del que se había arrepentido, hace voluntariamente aquello que había condenado.

El verdadero arrepentimiento

58.1. Por tanto, quien ha accedido a la fe ha obtenido de una vez el perdón de los pecados, al apartarse de los gentiles y de esa anterior existencia. Ahora bien, quien ha pecado también después, y luego se arrepiente, debe sentir vergüenza, aunque haya obtenido el perdón, no [pudiendo] lavarse ya más para la remisión de los pecados.

58.2. Porque no sólo debe abandonar los ídolos que antes divinizaba, sino también las obras de la vida precedente, quien ha sido regenerado "no por la sangre ni la voluntad de la carne" (Jn 1,13), sino en el Espíritu.

58.3. Esto sería arrepentirse sin caer en el mismo error; por el contrario, arrepentirse a menudo es desear los pecados, y es también una inclinación a la volubilidad por falta de ascesis.

El Señor es compasivo

59.1. Es una apariencia de penitencia, no penitencia, el pedir muchas veces perdón de las faltas que cometemos repetidamente. "La justicia abre caminos irreprochables" (Pr 13,6), clama la Escritura. Y también: "La justicia del inocente le enderezará su camino" (Pr 11,5; 13,6)

59.2. Ciertamente: "Como un padre es compasivo con sus hijos, así el Señor es compasivo con los que le temen" (Sal 102 [103],13), escribe David.

59.3. Así, "los que con siembran con lágrimas, cosecharán con júbilo" (Sal 125 [126],5): [se dice] de los que se confiesan en la penitencia;"bienaventurados todos los que temen al Señor" (Sal 127 [128],1).

59.4. ¿Ves la bienaventuranza semejante a la del Evangelio? "No temas, dice, cuando un hombre se enriquece y acrecienta la gloria de su propia casa; porque a su muerte nada se llevará consigo, ni le seguirá su gloria" (Sal 48 [49],17-18).

59.5. "Pero yo entraré en tu casa por tu misericordia, y me postraré ante tu santo templo, en tu temor. Señor, guíame, en tu justicia" (Sal 5,8-9).

59.6. Un impulso es un movimiento del pensamiento hacia algo o por algo; una pasión es un impulso excesivo o que sobrepasa los limites de la razón20; o bien un impulso desencadenado y desobediente a la razón. Por eso, las pasiones son un movimiento del alma en contra de la naturaleza por su desobediencia a la razón -y esta retirada, alejamiento y desobediencia depende de nosotros, al igual que depende de nosotros la obediencia; por eso son juzgados los actos voluntarios-. Ahora bien, si uno recorriere cada una de las pasiones, encontrará que son deseos irracionales.

Capítulo XIV: Los actos involuntarios

Las diversas acciones involuntarias

60.1. La acción involuntaria no está sometida a juicio -y esto por dos motivos: o por ignorancia o por necesidad-. En efecto, ¿cómo podría establecerse una sentencia contra los que, se dice, pecan de manera involuntaria?

60.2. Porque, si uno ha perdido el conocimiento de sí mismo, como Cleómenes o Atamante (Athamas) que se volvieron locos.

60.3. O si no sabe lo que hace, como Esquilo -al manifestar (lit.: declarar) en el escenario los misterios, juzgado en el Areópago, fue absuelto por demostrar que él no estaba iniciado-.

60.4. O uno desconoce lo que se hace, como cuando deja escapar al adversario y mata a un familiar en vez del enemigo.

60.5. O bien con qué está haciendo la acción, como el que ejercitándose con jabalinas (o: lanzas pequeñas) provistas de protección (lit.: redondeadas), mata a alguien porque su jabalina ha perdido la protección.

60.6. O bien (ignora) el modo, como el que en un estadio mata al rival -cuando no luchaba por matar, sino por vencer-.

60.7. O (no sabe) cuál es el resultado, como el médico que mata a uno al darle una medicina saludable, siendo así que no la dio con ese fin, sino con el de salvarlo.

Se juzgan los actos deliberados

61.1. Antiguamente la ley también castigaba a quien mataba involuntariamente (cf. Nm 35,22-25; Dt 19,5), como al que padecía involuntariamente derrames seminales (cf. Lv 15,16; 22,4), pero no del mismo modo que al que (obraba) voluntariamente.

61.2. No obstante, será también castigado como por un acto voluntario todo el que relacione la pasión con la verdad; así, debe castigarse en realidad al que no retiene la palabra llena de vida, porque esa pasión es algo irracional del alma, cercana al veneno de la charlatanería: "El fiel prefiere guardar las cosas sin decir nada" (Pr 11,13). En efecto, son los actos deliberados los que se juzgan.

61.3. "El Señor examina los corazones y las entrañas" (Sal 7,10; cf. Jr 11,20; 17,10); y "quien mira deseando" (Mt 5,28) (ya) está juzgado. Por eso dice: "No desearás" (Ex 20,17), y "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí" (Is 29,13; cf. Mt 15,8; Mc 7,6).

61.4. Porque Dios observa la intención en sí misma; también a la mujer de Lot, que únicamente había mirado para atrás voluntariamente hacia la maldad del mundo, El [Señor] la dejó insensible, presentándola como una piedra de sal y la dejó clavada en el suelo (cf. Gn 19,26; Lc 17,31-32), para que no caminara ya más; no como una estatua estúpida e inútil, sino destinada para preparar e incitar a quien es capaz de ver espiritualmente.

Capítulo XV: Los actos voluntarios

Pecado, infortunio e injusticia

62.1. El acto voluntario, por el contrario, está relacionado con el deseo, la libre elección o el pensamiento. Igualmente están íntimamente relacionados con ellos: el pecado, el infortunio y la injusticia (o: la iniquidad).

62.2. Y así se dice que es un pecado vivir en libertinaje (lit.: sensualidad) e impúdicamente; infortunio es golpear a un amigo como enemigo por ignorancia; y una injusticia es profanar un sepulcro o un templo.

62.3. El pecado (o: la falta) proviene de juzgar con ignorancia acerca de la manera necesaria de actuar o no actuar, como sucede cuando uno cae en un pozo, bien porque no sabe que existe, o bien porque no pudo evitarlo por incapacidad física.

62.4. No obstante, en nosotros está tanto el disponernos a ser educados como a obedecer los mandamientos.

El peligro de entregarse a las pasiones

63.1. Si no queremos participar de esa (conducta), pero nos entregamos a la ira y cedemos ante las pasiones, pecaremos; o mejor, cometeremos una injusticia contra nuestra propia alma.

63.2. El famoso Layo dice en la tragedia: "No se me oculta nada de eso que tú me reprendes, pero, aun teniendo consciencia, la naturaleza me hace violencia" (Eurípides, Crisipo, fragmento 840). Esto significa que se entrega a la pasión.

63.3. Por su parte, Medea grita en la escena: "Comprendo los males que voy a cometer; pero la pasión es más fuerte que mis decisiones" (Eurípides, Medea, 1078).

63.4. Tampoco Áyax (o: Ayante) guarda silencio, sino que, estando para suicidarse, grita -es que ninguna pena carcome tanto el alma de un hombre libre como el deshonor-: "Así sufría, y me atormentaba desde lo íntimo la profunda enfermedad, desesperándome con amargos impulsos de furor" (Anónimo, Fragmento, 110).

El infortunio

64.1. La ira hace trágicos a esos hombres; a otros muchos la concupiscencia (o: el deseo; la pasión), como a Fedra, Antea, Erifila "que aceptó oro a cambio de su querido marido" (Homero, Odisea, XI,327).

64.2. También el célebre comediante Trasónida dice en otra escena: "Una vil joven esclava me ha hecho esclavo" (Menandro, Fragmentos, 338).

64.3. Infortunio es un pecado irracional, el pecado involuntario es una injusticia, y la injusticia voluntaria es maldad. Por tanto el infortunio es un acto involuntario mío(1).

(1)Otra traducción: "El pecado (o: la falta) es una injusticia involuntaria; injusticia es una maldad voluntaria. Es, por tanto, el pecado (o: la falta) una cosa mía involuntaria"

64.4. Por eso también se dice: "El pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque no están bajo la Ley, sino bajo la gracia" (Rm 6,14), esto se dice respecto a los que ya han creído, "porque hemos sido curados por sus llagas" (Is 53,5).

64.5. Infortunio también es una acción involuntaria de otro contra mí; pero sólo la injusticia, mía o ajena, debe ser interpretada (lit.: aparece) como voluntaria.

Dios quiere la salvación del género humano

65.1. El salmista se refiere concretamente a esa diferencia de los pecados, cuando llama bienaventurados a los que Dios perdonó las iniquidades y encubrió los pecados; unas no las imputó, y perdonó las restantes.

65.2. "En efecto, está escrito: "Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades fueron perdonadas y cubiertos los pecados. Feliz el hombre a quien no impute el Señor el pecado, y no hay engaño en su boca" (Sal 31 [32],1-2). Esta bienaventuranza fue concedida a los elegidos por Dios a través de Jesucristo, nuestro Señor" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 50,6-7).

65.3. "El amor cubre la multitud de los pecados" (1 P 4,8). Y los borra aquel "que prefiere el arrepentimiento del pecador a su muerte" (Ez 18,23. 32: no es una cita textual).



Un solo Dios bueno

66.1. Lo que no se realiza por libre decisión no es imputable; porque dice: "Quien ha deseado ha cometido ya adulterio" (Mt 5,28: cita no textual).

66.2. El Verbo que ilumina (cf. Jn 1,9) perdona los pecados. "Y en ese tiempo, dice el Señor, buscarán la injusticia de Israel, y no existirá, y los pecados de Judá y no los encontrarán" (Jr 50,20; LXX: 27,20);"porque ¿quién como yo? ¿Y quién me podrá hacer frente?" (Jr 50,44; LXX: 27,44).

66.3. Mira que es anunciado un solo Dios bueno, que retribuye conforme a los méritos y perdona los pecados.

66.4. También Juan en la Epístola más larga enseña con claridad la diferencia entre los pecados de la siguiente manera: "Si alguno ve a su hermano cometer un pecado que no lleva a la muerte, ore y le dará vida; a los que cometan pecados que no son de muerte", dijo:

66.5. "Porque hay un pecado de muerte, y no es éste por el que digo yo que se rece. Toda injusticia es pecado, pero hay un pecado que no es de muerte" (1 Jn 5,16-17).

Interpretación del Salmo primero

67.1. Pero también David y, antes que David, Moisés dan a conocer la gnosis de los tres principios con estas (palabras): "Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos" (Sal 1,1), igual que los peces van a oscuras hasta la profundidad; es decir, los que no tienen escamas, que Moisés prohíbe tocar (cf. Lv 11,10. 12; Dt 14,10), pastan en el fondo del mar.

67.2. "Ni se detiene en camino de pecadores" (Sal 1,1), como quienes parecen temer al Señor, pero pecan como el cerdo, que hambriento gruñe, pero saciado no reconoce más a su dueño (cf. Seudo Bernabé, Epístola, 10,3).

67.3. "Tampoco se sienta en la cátedra de la pestilencia" (Sal 1,1), al igual que las aves de rapiña. En cambio, Moisés recomendó: "No coman cerdo, ni águila, ni buitre, ni cuervo, ni pez alguno que no tenga escamas sobre él" (Lv 11,7. 13. 15; Dt 14,8. 10. 12). Eso [dice] Bernabé (cf. Seudo Bernabé, Epístola, 10,1).

67.4. Además yo he oído de un hombre sabio lo siguiente: "El consejo de los impíos designa a los paganos, "camino de pecadores" a la creencia judía, y "la cátedra de la pestilencia" la interpretaba (como) las herejías.

Interpretación del Salmo primero (continuación)

68.1. Algún otro afirmó más exactamente que la primera bienaventuranza se refiere a la de aquellos que no siguen las opiniones perversas, que se alejan (lit.: apostatan) de Dios; la segunda, a los que no se detienen en el camino ancho y espacioso (cf. Mt 7,13; Lc 13,24), bien porque fueron educados en la Ley, o también porque se convirtieron del paganismo. "La cátedra de la pestilencia indicaría los teatros y los tribunales, o mejor, la adhesión a los poderes malvados y dañinos, y la participación en sus obras.

68.2. "Pero su voluntad está en la ley del Señor" (Sal 1,2). Pedro en su "Predicación" llamó al Señor "ley y logos" (Kerigma Petri, fragmento 1: obra apócrifa atribuida al apóstol Pedro).

68.3. También parece que el legislador enseña de otro modo cómo se evitan tres clases de pecados: los de la palabra, por los peces mudos, porque es mejor permanecer en el silencio que en la palabra: "Hay también un premio sin peligro para el silencio" (Simónides de Quíos, Fragmentos, 66). Los pecados cometidos mediante la acción (son figurados) por las aves rapaces y carnívoras... (laguna en el texto). El cerdo "se goza en el fango" (Heráclito, Fragmentos, 13) y en el estiércol; y es necesario no tener "la conciencia manchada" (1 Co 8,7).

Interpretación del Salmo primero (conclusión). Los verdaderos y los falsos pastores

69.1. Con razón dice el profeta: "No así los impíos, sino que son como paja que arrebata el viento de la faz de la tierra. Por eso no se levantarán los impíos en el juicio" (Sal 1,4-5) -ellos ya están condenados, porque "quien no cree está ya juzgado" (Jn 3,18)-, "ni los pecadores en el consejo de los justos -ellos ya han sido condenados por no unirse a quienes han vivido sin faltas-, porque el Señor conoce el camino de los justos, y el camino de los impíos será destruido" (Sal 1,5-6).

69.2. De nuevo el Señor revela abiertamente que nuestros errores y fallos dependen de nosotros, al sugerir los modos correspondientes de curar las pasiones, y quiere que seamos corregidos por los pastores, acusando por boca de Ezequiel a algunos de ellos, me parece a mí, porque no observaron los mandamientos:

69.3. "No confortaron al débil", y lo que sigue hasta: "No había nadie que lo buscase y lo hiciera volver" (Ez 34,4-6). "Porque la alegría del Padre es grande cuando un sólo pecador se salva" (Lc 15,7. 10; la cita no es textual) dice el Señor.

69.4. ¡Cuánto más es de alabar Abrahán, que "procedió conforme le había dicho el Señor" (Gn 12,4).

"Viendo a tu hermano ves a Dios"

70.1. Sacándolo de ahí, uno de los sabios griegos expresó la sentencia: "Sigue a Dios" (Diogeniano, Paroemiae, III,31). Isaías dice: "Los piadosos deliberaron con sabiduría" (Is 32,8).

70.2. La deliberación es buscar cómo comportarnos con rectitud en las presentes circunstancias; (y) buena deliberación (es) la prudencia en las decisiones.

70. 3. ¿Pero qué? ¿Acaso Dios, después del perdón de Caín, no recibe seguidamente a Enoc (cf. Gn 4,15; 5,24), que poco después se arrepentiría, para indicar que el perdón engendra naturalmente la conversión? El perdón no se entiende de la remisión, sino de la curación. Lo mismo sucede también respecto a la construcción del becerro por parte del pueblo bajo (el mandato de) Aarón (cf. Ex 32,1 ss.).

70.4. De ahí (dedujo) uno de los sabios griegos (la sentencia): "El perdón es mejor que el castigo" (Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos, I,76); como sin duda el dicho: "Sal fiador y te arruinarás" (Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos, I,73; IX,71) deriva de la frase de Salomón que dice: "Hijo, si sales fiador de tu amigo, entregarás tu mano al enemigo; porque son una trampa fuerte para el hombre sus propios labios, y es prisionero de las palabras de su propia boca" (Pr 6,1-2).

70.5. Más misterioso es el "conócete a ti mismo" (cf. I,60,3), porque deriva de este versículo: "Viendo a tu hermano, ves a tu Dios" (cf. I,19,94).

El amor del Señor

71.1. Así, por tanto, "amarás al Señor tu Dios con todo el corazón y tu prójimo como a ti mismo" (Mt 22,37. 39); con ello dice que de estos mandamientos dependen y están estrechamente unidos toda la ley y los profetas.

71.2. Concuerda con esto aquello otro: "Les digo esto para que mi alegría sea completa. Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los amé" (Jn 15,11-12).

71.3. "El Señor es clemente y compasivo" (Sal 110 [111],4), y "el Señor es bueno para con todos" (Sal 144 [145],9). Aconsejando de modo más claro el "conócete a ti mismo", Moisés dice con frecuencia: "Atiende a ti mismo" (Gn 24,6; Ex 10,28; Dt 4,9).

71.4. "Con limosnas y obras de fe se purifican los pecados; pero con el temor del Señor todo hombre se aparta del mal" (Pr 16,6). "El temor del Señor es educación y sabiduría" (Pr 15,33; Si 1,27).

Capítulo XVI: La misericordia de Dios

Limitaciones de la naturaleza humana para hablar de Dios

72.1. De nuevo surgen aquí los acusadores (= los estoicos) cuando dicen que la alegría y la tristeza (o: la pena; el dolor) son pasiones del alma. En efecto, definen que la alegría es exaltación razonable y el estar alegres es regocijarse por las cosas bellas. Mientras que la compasión es un dolor por quien sufre de forma inmerecida (lit.: indigna); ambas son movimientos y pasiones del alma.

72.2. Pero nosotros, al parecer, no nos apartamos de eso mismo al entender carnalmente la Escritura, y cuando somos llevados por nuestras pasiones, interpretando la voluntad de Dios, no sujeto a pasiones, conforme a nuestros propios movimientos.

72.3. Y si pensáramos que las cosas son en realidad como nosotros las conocemos, entonces nos equivocaríamos de forma impía respecto al Todopoderoso.

72.4. En efecto, no es posible hablar de la divinidad tal como es en realidad, sino tal como a nosotros nos es posible comprender, aprisionados (o: encadenados) por la carne; así nos hablaron los profetas, adaptándose el Señor a la debilidad humana para nuestra salvación.

Un Dios rico en misericordia

73.1. Por eso es voluntad de Dios salvar al que obedece a los mandamientos y se arrepiente de los pecados; y nosotros estamos alegres por nuestra salvación; el Señor, al hablar por los profetas, ha hecho suya nuestra capacidad de alegría, como cuando por amor al hombre dice en el Evangelio: "Tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; porque lo que hicieron con uno de esos más pequeños, conmigo lo hicieron" (Mt 25.35. 40).

73.2. Al modo que se alimenta no siendo alimentado, cuando se alimenta a uno como Él quiere, así también se goza sin inmutarse, cuando uno se alegra al convertirse como Él quería.

73.3. Dios posee sobreabundancia de compasión, porque es bueno y nos da los mandamientos mediante la Ley y los profetas, y de una manera más próxima, mediante la venida del Hijo, nos salva y se compadece, como se ha dicho (cf. Ex 33,19; Rm 9,15; 1 P 2,10), de los que son objeto de su misericordia; porque tiene compasión quien es superior respecto al inferior; y un hombre no será jamás superior a otro hombre, puesto que tiene la misma naturaleza humana, pero Dios es superior al hombre en todo; si, por tanto, el superior se compadece del inferior, únicamente Dios tendrá compasión de nosotros.

73.4. En efecto, un hombre está dispuesto a ser solidario en razón del sentido de justicia, y reparte lo que ha recibido de Dios, bien por natural benevolencia y disposición, bien por los mandamientos que obedece.

Los seres humanos no son de la misma sustancia que Dios

74.1. Pero Dios no tiene con nosotros ninguna relación de naturaleza, como pretenden los fundadores de las herejías -ni si nos ha hecho de la nada, ni si nos ha fabricado de la materia, porque una no existe y la otra es totalmente distinta de Dios-; a no ser que alguien se atreva a decir que nosotros somos parte de Él y consubstanciales a Dios.

74.2. Y no sé cómo soporta uno oír esto, conociendo a Dios, mirando nuestra vida, sumergida en tantos males.

74.3. Si fuera así, cosa que no es lícito decir, Dios tendría parte en los pecados, si es que las partes de un todo son partes integrantes del todo, porque son integrantes, no serían partes.

74.4. Sin embargo, por naturaleza "Dios es rico en misericordia" (Ef 2,4), y por su bondad cuida de nosotros, que no somos ni partes de Él, ni hijos por naturaleza.

Dios nos llama a la adopción filial

75.1. La mayor prueba de la bondad de Dios es precisamente ésta: que siendo en verdad nosotros totalmente "extraños" (Ef 4,18) a Él por naturaleza, con todo se preocupa de nosotros.

75.2. Es natural que los animales tengan ternura con sus hijos, y que la amistad nazca de la vida en común entre los que tienen los mismos sentimientos; pero si Dios es rico en misericordia para con nosotros, no es porque tengamos una relación con Él en lo concerniente, digo, a nuestra esencia o naturaleza, o la potencia propia de nuestro ser, sino sólo porque somos obra de su voluntad. Y el que voluntariamente, mediante la ascesis y la enseñanza, se ha elevado al conocimiento (gnosis) de la verdad, Él lo llama a la adopción filial, que es la meta más alta de todas.

75.3. "Las iniquidades aprisionan al hombre, cada uno queda atado con los cadenas de los propios pecados" (Pr 5,22); y Dios no es responsable (o: culpable). En verdad, "bienaventurado el hombre que se humilla en todas las cosas por temor de Dios" (Pr 28,14; cf. Hb 12,28: eylabeia: devoción).



Capítulo XVII: El conocimiento y la voluntad humanas

La ciencia

76.1. Como la ciencia es una disposición apta para instruirse, porque por ella nos ha sido concedida la capacidad de saber, y su certeza constante no puede ser cambiada por razonamiento, así también la ignorancia es una representación incierta y cambiante por la acción del razonamiento; ahora bien, lo que cambia, como lo elaborado mediante un razonamiento, depende de nosotros.

76.2. Al lado de la ciencia están la experiencia, la capacidad de discernir (eidesis; lit.: conocimiento), la comprensión (o: entendimiento; synesis), la abstracción intelectiva (o: reflexión; noesis) y la gnosis.

76.3. La capacidad de discernir puede llamarse ciencia de los seres universales, según su especie. En cambio, la experiencia es una ciencia que tiene capacidad de recibir datos (o: comprensiva), de tal forma que hace posible el estudio particular de cada uno de ellos. La abstracción intelectiva es ciencia de lo inteligible. La comprensión es ciencia de lo relacionable, o sea, una aptitud coherente para fijar relaciones o capacidad comparativa en lo relativo a lo que es objeto de pensamiento y de ciencia, bien se trate de una cosa particular o de varias bajo un único razonamiento. La gnosis es la ciencia del ser en sí mismo, o ciencia que se refiere a lo que tiene posibilidad de ser. La verdad es la ciencia de lo verdadero; y la posesión de la verdad es la ciencia de las cosas verdaderas.

La voluntad

77.1. La ciencia, por tanto, se constituye (o: consolida) mediante la razón y no puede ser cambiada por otra razón (lit.: es inmutable por otra razón). [En este punto se ocupa de la gnosis (frase que parece ser un añadido)].

77.2. Lo que no hacemos, o es porque no podemos o porque no queremos, o por ambas cosas.

77.3. Por ejemplo, no volamos porque ni podemos ni queremos; sin embargo, no vamos a nadar, en un momento determinado, porque, aún pudiendo, no queremos. Pero no somos como el Señor, porque, aunque queramos, no podemos.

77.4. "No está el discípulo por encima del maestro, es suficiente que seamos como el maestro" (Mt 10,24), no esencialmente (lit.: según la esencia), porque es imposible que lo que es por adopción sea igual cuanto a la existencia a lo que es por naturaleza, pero llegaremos a ser eternos, conoceremos la contemplación de los seres, seremos llamados hijos y así mediante lo que le es propio (= el Hijo) podremos ver al Padre solo.

77.5. Y lo que precede a todo eso es la voluntad (o: el querer), porque las facultades racionales son naturalmente servidoras de la voluntad. Dice el [Señor]: "Si quieres, podrás" (cf. Jn 5,6; Mc 1,40). La voluntad, el juicio y la ascesis del gnóstico son la misma cosa.

77.6. Porque, si sus fines (u: objetivos; intenciones) son los mismos, sus principios y sus juicios son los mismos, de modo que sus palabras, su vida y su conducta serán consecuentes con su estado. "El corazón recto busca conocer" (Pr 27,21) y permanece atento. "Dios me ha enseñado la sabiduría y conocí la gnosis de los santos" (Pr 30,3; cf. Sb 10,10).

Capítulo XVIII: La Ley de Moisés

   Las virtudes cardinales

78.1. Ahora bien, se puede demostrar también que todas las otras virtudes mencionadas por Moisés han ofrecido a los griegos el fundamento de todo su orden ético; me refiero a la fortaleza, templanza, prudencia, justicia, tolerancia, paciencia, modestia, continencia y principalmente la piedad religiosa.

78.2. Es de todos sabido que la piedad enseña a venerar y honrar al supremo y más antiguo principio.

78.3. La ley misma nos dispone educándonos en la justicia y en la prudencia, mediante el abandono de los ídolos sensibles y el acercamiento al Creador y Padre del universo; y de esta disposición mental, como de una fuente, mana toda inteligencia.

78.4. "Los sacrificios de los impíos son abominados por el Señor, pero las oraciones de los que obran rectamente son agradables junto a Él" (Pr 15,8). Por otro lado, "es más agradable a Dios la justicia que el sacrificio" (Pr 16,7).

Las definiciones estoicas de las virtudes

79.1. De forma parecida el texto de Isaías: "¿Qué me importan la muchedumbre de sus sacrificios? Dice el Señor" (Is 1,11), y toda la perícopa [dice]: "Desata todo lazo de injusticia, porque el sacrificio agradable a Dios es un corazón contrito y que busca a su Creador [o: Plasmador]" (Is 58,6 y Sal 50 [51],19).

79.2. "La balanza falsa es abominable ante Dios, pero el peso justo le agrada" (Pr 11,1). De ahí que Pitágoras aconseje (o: recomiende): "No desequilibrar (lit.: pasar por encima) la balanza" (Pitágoras, Fragmentos, 6).

79.3. La promesa de los herejes está definida como falsa justicia, y "la lengua de los injustos perecerá, pero la boca de los justos destila sabiduría" (Pr 10,31). Pero "llaman insensatos a los sabios y a los prudentes" (Pr 16,21).

79.4. Sería muy extenso traer testimonios sobre esas virtudes; toda la Escritura las alaba (o: celebra).

79.5. Puesto que definen (= los estoicos) la fortaleza como la ciencia de las cosas temibles, no temibles e intermedias; y la templanza como una actitud (o: capacidad) que, en la elección o el rechazo, observa los dictámenes (lit.: salva los juicios) de la prudencia; a la fortaleza se suman la paciencia, que es llamada constancia, ciencia de lo que se debe o no soportar; la magnanimidad, ciencia que domina los acontecimientos; y a la templanza, la circunspección, que es una huida racional.

Las relaciones de las virtudes entre sí

80.1. Guardar los mandamientos, al ser una indefectible observancia de los mismos, significa la adquisición de la seguridad de la vida. Lo mismo que no se puede ser constante sin fortaleza, tampoco se puede ser sobrio sin templanza.

80.2. Las virtudes están recíprocamente unidas (cf. II,45,1), y quien posee la compañía de las virtudes, tiene también la salvación, que es la conservación del buen estado.

80.3. De igual manera, tratando separadamente estas virtudes, podremos hacer, respecto de todas, esta constatación: quien tiene una virtud, al modo que la posee el gnóstico, las posee todas por la recíproca interdependencia.

80.4. Ante todo, la continencia es una disposición de no sobrepasar lo que aparece ser conforme a recta razón. El que es continente domina los impulsos que se extralimitan de la recta razón, de modo que no se deje impulsar fuera de la recta razón.

80.5. La templanza, por tanto, no existe sin fortaleza, porque de los mandamientos nacen la prudencia que sigue a Dios ordenador (de todas las cosas) [texto hipotético ya que hay una laguna en el griego], y la justicia, imitadora de las divinas disposiciones, por la que somos continentes, y tendemos hacia la piedad religiosa y hacía una conducta de total adhesión a Dios; nos parecemos al Señor tanto cuanto nos es posible, incluso permaneciendo mortales por naturaleza.

Exigencias de la vida virtuosa

81.1. Esto significa "llegar a ser justo y santo con prudencia" (cf. Platón, Teeteto, 176 A-B). La divinidad no tiene necesidad de nada, ni tiene pasiones; por eso, propiamente, no es ni siquiera continente, porque no está sujeta jamás a pasión alguna, de manera que luego tenga que dominarla. En cambio, nuestra naturaleza, sujeta a pasiones, necesita la continencia, mediante la cual se ejercita uno en tener necesidad de pocas cosas y se esfuerza por aproximarse, mediante una habitual disposición, a la naturaleza divina.

81.2. En efecto, el hombre virtuoso necesita de pocas cosas; en la frontera entre una naturaleza inmortal y otra mortal, necesitado por causa de su cuerpo y de su mismo nacimiento; pero instruido, gracias a la continencia racional, a no tener necesidad de muchas cosas.

81.3. ¿Cuál es la razón por la que la Ley prohíbe al varón usar un vestido de mujer (cf. Dt 22,5)? ¿No querrá, quizás, que nosotros nos comportemos como varones, sin afeminarnos ni en el cuerpo, ni en las acciones (u: obras), ni en la mente, ni en la palabra?

81.4. Quiere en efecto que quienes se dedican a la verdad, se robustezcan en la paciencia, en la fortaleza, en la vida, en las costumbres, en las palabras, en la ascesis día y noche, y, aun si lo sorprende la necesidad de dar testimonio (martyrion), con el derramamiento de la sangre.

La Ley es humanitaria

82.1. De nuevo, si alguien, dice [la Escritura], habiendo construido una casa no ha tenido tiempo de habitarla, o habiendo trabajado una viña nueva no ha cosechado fruto, o, prometiéndose a una muchacha, todavía no se ha casado con ella, a todos esos la Ley con espíritu humanitario (philantropos) les exime del servicio militar (cf. Dt 20,5-7).

82.2. Lo hace estratégicamente, para que no prestáramos servicio en guerra sin entusiasmo, arrastrados por nuestras concupiscencias -porque sólo se exponen sin miramientos a los peligros los que están libres de cualquier impulso-.

82.3. Pero también es humanitaria, porque tiene en cuenta que uno no pierda los frutos de su propio esfuerzo, y que otro recoja sin esfuerzo los frutos del trabajo ajeno, ya que los acontecimientos de la guerra son inciertos.

Las mujeres madianitas

83.1. Además, la Ley parece que manifiesta también la fortaleza del alma, al establecer que quien ha plantado debe recoger, y quien ha edificado una casa debe habitarla, y el novio debe casarse; por tanto no convierte en estériles las esperanzas de quienes se han ejercitado según la enseñanza (lit.: razón) gnóstica.

83.2. "No perece la esperanza del hombre bueno, ya muerto" (Pr 11,7), ya vivo. "Yo, dice la Sabiduría, amo a los que me aman, y los que me buscan encontrarán paz" (Pr 8,17), y lo que sigue.

83.3. ¡Pero qué! ¿Las mujeres de los madianitas no sedujeron con su belleza a los soldados hebreos, llevándoles de la templanza a la impiedad? (cf. Nm 25).

83.4. Primeramente se hicieron sus amigas, luego les sedujeron con su belleza arrastrándolos de su austera ascesis a los placeres de las cortesanas, hasta hacerlos sacrificar a los ídolos y unirse con mujeres extranjeras. Así, dominados por las mujeres y los placeres, se apartaron de Dios y se alejaron de la ley; y poco faltó para que todo el pueblo, mediante aquella estratagema femenina, cayera en manos del enemigo; hasta que el temor [de Dios], amonestándolos (o: reprendiéndolos), los detuvo ante el peligro (cf. Nm 25).

"El temor de Dios da la vida"

84.1. En seguida los restantes, valientemente, emprendieron la lucha en favor de la piedad religiosa, dominando a los enemigos. "La piedad, por consiguiente, es principio de sabiduría, la consideración por las cosas santas es inteligencia, conocer la ley es (propio) de una mente buena" (Pr 9,10)

84.2. Por eso, quienes suponen que la Ley suscita un temor provocado por las pasiones (o: afectado por las pasiones: empathos), ni se comportan bien ni en realidad comprenden la Ley. "En efecto, el temor de Dios da vida. Por el contrario quien se equivoca sufrirá penas que la gnosis no verifica" (Pr 19,23; la segunda parte de esta cita es desconocida).

84.3. Dice Bernabé ciertamente en sentido místico: "Dios, que es Señor del universo entero, les conceda sabiduría, inteligencia, ciencia, conocimiento de sus justas disposiciones y paciencia. Sean discípulos de Dios, tratando de descubrir lo que el Señor quiere de ustedes, para que sean encuentren en el día del juicio" (Seudo Bernabé, Epístola, 21,5-6). Aquellos que consiguen el objetivo les llamó, en sentido gnóstico, "hijos del amor y de la paz" (Seudo Bernabé, Epístola, 21,9).

84.4. Sobre la distribución y a la participación, de las muchas cosas para decir, baste tan sólo una: la Ley prohíbe prestar a interés a un hermano (cf. Ex 22,24; Lv 25,36-37) -y llama hermano no sólo al que ha nacido de los mismos padres, sino también al que es de la misma tribu, de la misma creencia, y que participa del mismo Verbo (Logos)-; no teniendo como justo percibir intereses sobre un capital (prestado), sino que a los necesitados se les regala con mano y ánimo desprendidos.

84.5. Dios es el creador de esa gracia; y quien da así, recibe intereses considerables, los más preciados entre los hombres: mansedumbre, bondad, magnanimidad, renombre gloria.

Enseñanzas sobre la justicia contenidas en la Ley

85.1. ¿No te parece lleno de humanidad (philantropia) ese precepto, lo mismo que este otro: "Pagar cada día el salario del pobre" (Dt 24,15)? Enseña [la Escritura] que se debe pagar sin demora el salario por los servicios. En efecto, yo creo que la diligencia del pobre para futuros servicios se debilita cuando no tiene qué comer.

85.2. Por otra parte, añade, el acreedor no debe acercarse a la casa del deudor, para recibir una garantía a la fuerza, sino que debe invitarle a traerla afuera; y si la tiene, no debe sustraerse (cf. Dt 24,10-11).

85.3. En el tiempo de la recolección [la ley] prohíbe a los propietarios recoger lo que cae de las gavillas sin cortar, al igual que manda dejar, durante la siega, un poco de grano sin cosechar (cf. Lv 19,9-10); de este modo enseña muy bien a los propietarios a compartir con generosidad, dejando algo de lo propio para los necesitados, y procura a los pobres un medio de subsistencia.

La Ley es buena y maestra de justicia

86.1. ¿Ves cómo la legislación proclama tanto la justicia como la bondad de Dios, que generosamente suministra a todos el alimento?

86.2. (La Ley) prohíbe en la vendimia volver, mientras se cosecha, a lo que se dejado y recoger las uvas caídas; lo mismo prescribe a los que recogen aceitunas (cf. Lv 19,10; Dt 24,20-21).

86.3. En verdad, también el diezmo de frutos y ganados enseñaba a ser piadoso para con la divinidad y a no ser avaro hasta el extremo, sino a dar con humanidad parte de los bienes propios al prójimo (cf. Lv 27,30 y 32; Nm 18,21 y 24). Ciertamente de estas primicias, me parece, vivían los sacerdotes.

86.4. ¿Comprendemos ahora por qué somos educados por la Ley en la piedad, la solidaridad, la justicia, la benevolencia (o: amor al hombre; humanidad: philantropia)? ¿No es verdad?

86.5. ¿Acaso [la Ley] no prescribe dejar en reposo la tierra un año cada siete, invitando así a los pobres a disfrutar sin temor de los frutos producidos por obra de Dios, haciendo la naturaleza de cultivadora para quien lo deseaba (cf. Ex 23,10-11; Lv 25,4-6. 24)? ¿Cómo decir, entonces, que la Ley no es buena y no es maestra de justicia?

86.6. De nuevo, cada cincuenta años manda hacer lo mismo que en el año séptimo; restituyendo a cada uno su propiedad (cf. Lv 25,8-13), si durante ese tiempo intermedio hubiera sido privado de ella por alguna circunstancia; delimitando así, al establecer un periodo concreto para usufructo, la avidez de aquellos que desearían apropiársela; porque no quiere que sean castigados por toda la vida quienes han estado sometidos, por una larga pobreza, a deudas justas.

86.7. "Limosna y verdad son las guardianas del rey" (Pr 20,28);"bendición sobre la cabeza de quien comparte" (Pr 11,26), "y será bienaventurado quien tiene piedad de los pobres" (Pr 14,21), porque manifiesta el amor hacia su semejante en virtud del amor para con el Creador del género humano.

El amor

87.1. Lo que se ha dicho, respecto al reposo [de los campos] y a la recepción de la herencia, admite otras interpretaciones, más naturales, pero no es este el momento de decirlo.

87.2. El amor es entendido de varias formas: como benignidad, como bondad, como paciencia, como falta de envidia o de celos, como ausencia de odio, como olvido de las ofensas; y eso en todos los casos sin división, sin distinciones, solidario (koinonike; cf. 1 Co 13).

87.3. Dice también [la Escritura]: "Si ves vagabundear en el desierto a un animal de carga, que pertenece a vecinos o amigos o, en una palabra, a un hombre que conoces, recondúcelo y devuélvelo. Y si por casualidad el dueño estuviera ausente por largo tiempo, mantenla con tus animales hasta que aquél vuelva; entonces se lo devolverás" (Ex 23,4-5: no es una cita textual). Mediante una solidaridad natural [la Escritura; o: la Ley] enseña a considerar como depósito lo que se encuentra y a no guardar rencor al enemigo.

Capítulo XVIII: La Ley de Moisés (continuación)

Preceptos humanitarios de la Ley

88.1. "Un mandato del Señor es fuente de vida", en verdad, "hace escapar de la trampa de la muerte" (Pr 14,27). Pero, ¿qué? ¿No ordena [la Ley] a amar a los extranjeros, no sólo como amigos y parientes, sino como a uno mismo, en cuerpo y alma? (cf. Ex 22,21; 23,9; Lv 19,33-34; Nm 15,14-16).

88.2. También la Ley ha honrado incluso a los paganos, y no alimenta odio respecto a quienes actúan mal. Por eso dice claramente: "No abominarás al egipcio, porque has sido extranjero en Egipto" (Dt 23,8); se llama "egipcio" al pagano o de forma general a todo lo mundano.

88.3. Aunque los enemigos ataquen las murallas, amenazando tomar la ciudad, [la Ley quiere] que no sean tenidos como enemigos hasta que, enviándoles embajadores (lit.: heraldos), los inviten a la paz (cf. Dt 20,10).

88.4. Manda incluso no cometer violencia con una prisionera, sino "permítele, dice, llorar treinta días a los que quiere; al día siguiente hazle cambiar los vestidos y convive con ella como con una esposa legítima" (Dt 21,10-14). Porque no desea casamientos (realizados) por violencia ni por compra, como las cortesanas, sino sólo las relaciones matrimoniales para la procreación de los hijos.

La Ley defiende la continencia

89.1. ¿Ves el humanitarismo y la continencia juntos? [La Ley] no permite al amante dueño de la cautiva ceder al deseo, sino que trunca la concupiscencia imponiendo un determinado intervalo de tiempo, y además ordena rasurar los cabellos a la cautiva para impedir la atracción a un amor lujurioso; porque si la reflexión indujera [al amo] a casarse, lo mismo se uniría aunque no fuera bella.

89.2. Además, si alguno, saciado el placer, no quisiera convivir más con la cautiva, [la Ley] ordena que no puede venderla, pero tampoco retenerla como esclava, sino que desea que sea libre y se la mantenga separada de la servidumbre, para que, si es remplazada por otra mujer, no tenga que sufrir los implacables desaires de la envidia (cf. Ex 21,10).

La Ley nos enseña a ser bondadosos

90.1. ¿Qué más? El Señor manda también aliviar y aligerar los animales de carga de nuestros enemigos (cf. Ex 23,5; Dt 22,4); enseñándonos desde hace largo tiempo a no aceptar satisfacción por el mal ajeno, ni alegrarnos a costa de nuestros enemigos; así nos enseña, a que ejercitados en aquellas acciones, oremos por los enemigos.

90.2. En efecto, ni es bueno ser envidioso y entristecerse por el bienestar del prójimo, ni experimentar placer por sus desgracias (lit.: males). Dice [la Escritura]: "Si encuentras perdido un animal de carga de un enemigo, abandona, la parte de eso que fomenta el fuego de la rivalidad, condúcelo y devuélveselo" (Ex 23,4; cf. Dt 22,1). Efectivamente, al perdón sigue la bondad, y a ésta la disolución de la enemistad.

90.3. Así nos disponemos a la concordia que conduce a la felicidad. Y si tienes a alguien habitualmente como tu enemigo y descubres que va perdiendo el uso de la razón por la concupiscencia o la ira, conviértelo a la bondad.

La Ley es pedagoga

91.1. Entonces, ¿no aparece humana y bienhechora la Ley que conduce (paidagogon) hacia Cristo (cf. Ga 3,24), y (no aparece) Dios mismo bueno con justicia, ocupándose de cada generación, desde el principio y hasta el fin, para llevarla a la salvación?

91.2. Dice el Señor: "Sean misericordiosos para alcanzar misericordia; perdonen para ser perdonados; como obren, así se obrará con ustedes; como den, se les dará; como juzguen serán juzgados; como sean bondadosos, serán bondadosos con ustedes; con la medida que midan, serán medidos" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 13,2).

91.3. Por otra parte, [la Ley] prohíbe deshonrar (o: despreciar) a quienes han realizado trabajos serviles para vivir (lit.: por el alimento); y a quienes han sido esclavos por causa de las deudas les concede, cada siete años, una tregua total (cf. Ex 21,2; Lv 25,39-41; Dt 15,12).

91.4. También prohíbe que sean castigados los pordioseros (lit.: suplicantes). La más verdadera de todas es esta sentencia: "Como se prueba el oro y la plata en el crisol, así el Señor prueba los corazones de los hombres" (Pr 17,3).

91.5. "El varón misericordioso es magnánimo, en el que es solícito hay sabiduría; en efecto, habrá solicitud en el hombre inteligente, y, al ser reflexivo, buscará la vida. Y el que busca a Dios encontrará gnosis con justicia, y quienes le buscan rectamente encuentran paz" (Clemente de Roma, Epístola primera a los Corintios, 13,2; se trata de una cita compuesta: Mt 5,7; 6,14-15; Lc 6,38; Mt 7,1-2; Lc 6,37-38).

Respeto a la vida de los recién nacidos

92.1. A mí me parece que Pitágoras también tomó de la Ley la mansedumbre para con los animales irracionales (cf. Ex 23,19; 34,26; Dt 14,20; Plutarco, Moralia, 993 A). [La Ley], por ejemplo, prohíbe sacar provecho inmediato de los animales pequeños nacidos en rebaños de ovejas, cabras y vacas, ni siquiera como pretexto de sacrificio; y esto por las crías mismas y por sus madres; educando así al hombre en la mansedumbre, partiendo de abajo, de los animales irracionales.

92.2. "Deja al pequeño, dice, con la madre durante los siete primeros días" (Ex 22,29). Porque si nada se produce sin causa, y la leche fluye en las que han dado a luz para alimentar a sus crías, el que separa al recién nacido de la administración (lit.: oikonomias, economía) de la leche ultraja a la naturaleza.

92.3. Avergüéncense, entonces, los griegos y cualquier otro que ataque la Ley; ésta es benigna incluso con los animales irracionales, en cambio aquellos llegan hasta exponer a los recién nacidos de los hombres; desde hace tiempo y proféticamente, la Ley rechazaba su salvajismo mediante el mandato anteriormente indicado.

92.4. Si la Ley prohíbe separar a las crías irracionales de sus madres antes de la lactancia, mucho más previene entre los hombres esa disposición cruel y salvaje, para que no desprecien los principios que han aprendido, aunque (desprecien) la naturaleza.



La filantropía hacia los seres humanos

93.1. Está permitido saciarse de cabritos y corderos, y ésa es quizás una excusa para quien separa al hijo de su procreadora (cf. Lv 22,28). Pero ¿la exposición del niño qué causa tiene? Por el contrario, sería mejor, en principio, que nadie se casara, si no se desea tener hijos, antes de convertirse en infanticida por intemperancia del placer.

93.2. Además, la Ley, benigna, prohíbe sacrificar juntamente el mismo día a la cría y a la madre. Por eso también los romanos, si una mujer encinta era condenada a muerte, no permitían que sufriera la pena antes de haber dado a luz (cf. Plutarco, Moralia, 552 D).

93.3. También la Ley prohíbe explícitamente matar a cualquiera de entre los vivientes que esté encinta, hasta que no hayan parido; desde hace mucho tiempo la Ley ha tratado de refrenar la tendencia a hacer daño al hombre.

93.4. Ha extendido de tal modo la clemencia (o: la equidad) entre los animales irracionales, para que ejercitándonos en los seres distintos a nosotros, actuemos con mayor humanitarismo hacia nuestros congéneres.

Evitar la discriminación arbitraria

94.1. Pero quienes patean el vientre de los animales antes del parto, para comer la carne empapada con leche, hacen de la matriz, creada para la generación, una tumba de fetos; en cambio la legislación ordena en términos precisos: "Nadie cocerá el cordero en la leche de su madre" (Dt 14,21; Ex 23,19).

94.2. Que no se convierta el alimento del viviente en condimento del animal matado, dice, ni lo que es causa de la vida coopere a la consumación (o: perdida, destrucción) del cuerpo.

94.3. La misma Ley prescribe: "No poner bozal al buey que trilla" (Dt 25,4); porque también es necesario "considerar digno del alimento al obrero" (Mt 10,10).

94.4. Además prohíbe uncir un buey y un asno a la vez, para labrar la tierra (cf. Dt 22,10); quizá apuntando la disparidad de los animales, pero mostrando, al mismo tiempo, a no cometer una injusticia, ni a poner bajo el yugo a ningún hombre diferente de nosotros, cuando no se le pueda imputar otra cosa que el ser de raza diversa, porque eso no constituye culpabilidad alguna, ni maldad, ni consecuencia de una falta.

94.5. A mí me parece también que la alegoría significa que no se debe admitir a la agricultura del Verbo al puro y al impuro igualmente, al fiel y al infiel (o: creyente e incrédulo), porque uno, el buey, es animal puro; pero el asno es contado entre los impuros (cf. Lv 11,1-46).

La Ley ayuda a usar correctamente la creación

95.1. Rico en humanidad, el Verbo bondadoso enseña que no conviene talar ningún árbol de cultivo, ni cortar las espigas para hacer daño antes del tiempo de la cosecha, ni tampoco arrancar por completo el fruto del cultivo, ni de la tierra, ni del alma; tampoco permite devastar el terreno de los enemigos (cf. Dt 20,19-20).

95.2. También los labradores sacan provecho de la Ley, porque les manda tener cuidado durante tres años consecutivos de las plantas jóvenes (cf. Lv 19,23), podar los brotes superfluos, para que no sean oprimidas por el peso y no se debiliten por falta de un alimento demasiado repartido; cavar y escardar en torno, para que ninguna hierba impida su crecimiento.

95.3. Tampoco permite recoger frutos todavía imperfectos de árboles imperfectos, sino sólo después de tres años, para dedicar luego, en el cuarto, las primicias a Dios, una vez que el árbol ha conseguido su forma perfecta (cf. Lv 19,23-24).

"Sembrar los beneficios de Dios"

96.1. Esta imagen de la agricultura puede significar una forma de enseñanza, por la cual aprendemos que es necesario podar las ramificaciones de los pecados y la vegetación inútil del pensamiento que brota juntamente con los frutos verdaderos, hasta que el retoño de la fe llegue a la perfección y a la solidez.

96.2. Porque al cuarto año, puesto que se necesita un tiempo para ser instruidos sólidamente en la catequesis, la tétrada de las virtudes es dedicada a Dios; y la tercera etapa limita con la cuarta, que es el descanso del Señor.

96.3. Un sacrificio de alabanza vale más que los holocaustos (cf. Sal 49 [50],23; 50 [51],17-18). Porque "Él, dice (la Escritura), te dará la fuerza para ejercitar tu poder" (Dt 8,18). Si tus acciones son iluminadas, cuando hayas recibido y adquirido fuerza, ejercita tu poder en la gnosis.

96.4. Así, en aquellas palabras se manifiesta que los bienes y dones nos son dados por Dios y que nosotros, una vez llegados a ser servidores de la divina gracia, debemos sembrar los beneficios de Dios, preparando (a ser) buenos y honestos a los que nos se nos acercan; el temperante, puesto que puede más, debe hacer perfectos a los moderados, y también el fuerte a los generosos, el prudente a los inteligentes, y el justo a los justos.

Capítulo XIX: El gnóstico desea imitar al Señor

Es necesario armonizar la vida

97.1. El gnóstico es "a imagen y semejanza" (Gn 1,26), porque imita a Dios en lo posible, sin omitir nada para hacer realidad esa semejanza; es temperante (o: continente, puro) y paciente, vive conforme a justicia, domina las pasiones, da de lo que tiene y, tal como es, beneficia de palabra y de obra.

97.2. Dice [la Escritura]: "Es muy grande en el reino el que hace y enseña" (Mt 5,19), imitando a Dios en hacer el bien, porque los dones de Dios son para común utilidad.

97.3. "Pero quien hace algo con orgullo, provoca a Dios" (Nm 15,30), dice; porque la arrogancia (o: jactancia) es un vicio del alma; y de éste como de los otros vicios [la Escritura] exhorta a arrepentirse, armonizando nuestra vida, cambiándola de discordante a otra mejor, por medio de tres (instrumentos): boca, corazón, manos.

La "nobleza" de Adán

98.1. En verdad, esto simbolizaría lo siguiente: las manos, la acción; el corazón, la voluntad (o: intención); y la boca, la palabra (cf. Dt 30,14). A propósito de los que se arrepienten, está bien dicho expresamente aquel versículo: "Has elegido hoy a Dios para que sea tu Dios, y el Señor te ha elegido hoy para que seas su pueblo" (Dt 26,17. 18). Por que el que se esfuerza por servir de manera suplicante al Ser, Dios se le hace familiar.

98.2. Y aunque es uno numéricamente, es honrado como si fuera un pueblo; porque, al ser parte del pueblo, viene a ser lo que le completa, una vez reintegrado en su lugar, puesto que el todo toma también el nombre de la parte.

98.3. Esa nobleza se manifiesta en elegir y poner en práctica lo mejor (o: lo más hermoso). ¿Pero qué provecho obtuvo Adán de tal nobleza? No tenía padre mortal; más bien él fue padre de los hombres que son engendrados.

98.4. Sin embargo, eligió con gusto el mal (o: lo feo), siguiendo a la mujer, y despreció (o: menospreció) lo verdadero y lo bueno (o: hermoso). Cambió una vida inmortal por una mortal, aunque no para siempre.

La economía salvífica

99.1. Noé, por el contrario, que no nació como Adán (cf. Gn 6,9; 7--8), fue salvado por una ayuda divina; porque se ofreció consagrándose a Dios. Y a Abrahán, que tuvo hijos de tres mujeres no por gozar del placer, sino porque ya desde el principio esperaba, pienso yo, multiplicar la raza, le sucede como heredero de los bienes paternos uno solo [de los hijos]; los otros permanecieron separados de la parentela (cf. Gn 16,1 ss.).

99.2. De él nacieron dos gemelos (o: mellizos), el más joven agradó al padre, heredó y recibió las bendiciones; en cambio, el mayor fue su esclavo (cf. Gn 27,1 ss.); por lo demás para un hombre miserable (o: malvado) es verdaderamente un gran bien no ser independiente.

99.3. Esta economía es a la vez profética y prefigurativa (typike). Que todo pertenece al sabio, [la Escritura] lo indica claramente diciendo: "Porque Dios tuvo piedad de mí, todo me pertenece" (Gn 33,11). Así enseña que es necesario tender a sólo aquel por quien todo existe, y concede [sus] promesas a los que son dignos.



La Ley llama a la semejanza con Dios

100.1. Al (hombre) honesto (o: virtuoso) que ha llegado a ser heredero del reino, lo inscribe también, mediante la divina sabiduría, como conciudadano de los justos antiguos, que antes de la Ley vivieron en plena conformidad a la Ley, y cuyas acciones han llegado a ser ley para nosotros.

100.2. De nuevo, al enseñar que el sabio es rey, hace decirle a aquellos que son de otra clase: Tú eres rey para nosotros de parte de Dios" (Gn 23,6), y los súbditos con voluntaria decisión obedecen al hombre honrado por emulación virtuosa (lit.: el celo de la virtud).

100.3. El filósofo Platón, proponiendo como fin la felicidad, dice que ella es "la semejanza a Dios en lo posible" (Platón, Teeteto, 176 B; cf. Gn 1,26); pero, o bien coincide con la doctrina de la Ley, -"porque los espíritus grandes [lit.: las grandes naturalezas] y despojados de pasiones de algún modo consiguen la verdad" [Filón, Sobre la vida de Moisés, I,5,22], como dice el pitagórico Filón interpretando Moisés-, o bien recibió la enseñanza de alguno de los sabios contemporáneos, porque estaba siempre sediento de aprender.

100.4. En efecto, la Ley dice: "Caminen tras el Señor su Dios, y cumplan mis mandamientos" (Dt 13,5). La Ley llama seguimiento a la semejanza [con Dios]; y el hecho de seguirlo hace semejante en lo que se puede. El Señor dice: "Sean misericordiosos y compasivos como su Padre celestial es compasivo" (Lc 6,36).

Los tres géneros de amistad

101.1. De aquí también han afirmado (lit.: dogmatizado) los estoicos que el fin (del hombre) es vivir conforme a la naturaleza; invirtiendo desacertadamente los nombres de Dios y de naturaleza, puesto que la naturaleza se extiende a plantas, semillas, árboles y piedras.

101.2. Por eso se dice claramente: "Los hombres malvados no entienden la ley, pero los que aman la ley se protegen con un muro" (Pr 28,5. 4). Porque "la sabiduría de los astutos (o: cautos, hábiles, inteligentes) conocerá sus caminos, pero la multitud de los necios [permanecerá] en el error" (Pr 14,8). "¿A quien miraré sino no al manso y tranquilo, y al que tiembla ante mis palabras?", dice la profecía (Is 66,2).

101.3. Se nos ha enseñado que hay tres clases de amistad: la primera y la mejor es la que se basa en la virtud; porque firme es el amor (que procede) de la razón. La segunda, que está en el medio, se basa en el intercambio, (es) comunicativa, generosa y útil para la vida; porque esta amistad [procede] de la común benevolencia. La tercera y última decimos que (proviene) de la convivencia; pero otros [afirman] que es cambiante y mudable, según el placer.

Justo y compasivo

102.1. Y me parece que muy hermosamente el pitagórico Hipodamo escribe: "Entre las amistades, una nace de la ciencia de los dioses, otra de la generosidad de los hombres, y la tercera, del placer de los animales" (Hipodamo de Mileto, Fragmentos, 39,1). Así, una es la amistad del filósofo, otra la del hombre, y otra la del animal.

102.2. En realidad el hombre es imagen de Dios en cuanto que es benefactor, y con ello recibe él mismo un beneficio; es como el piloto, que a la vez salva y es salvado. Por eso, cuando alguien suplica y obtiene, no dice a quien le da: "Has dado bien", sino "has recibido bien" (cf. Hch 20,35). Así, el que recibe da y quien da recibe.

102.3. "Los justos se apiadan y se compadecen" (Pr 21,26);"los buenos serán los habitantes de la tierra, y los inocentes permanecerán en ella; mas los impíos serán exterminados" (Pr 2,21-22).

102.4. Y me parece que Homero, al decir: "Da a un amigo" (Homero, Odisea, XVII,345 y 415), anunció por anticipado al creyente. Hay que ser generoso con un amigo para llegar a ser todavía más amigo; y hay que ayudar al enemigo para que ya no permanezca enemigo; porque la ayuda une estrechamente con la benevolencia y desata la enemistad.

102.5. Pero "si también hay buena voluntad, conforme a lo que uno tiene, es aceptable, no conforme a lo que no tiene. Porque no para que otros tengan abundancia y ustedes aflicción, sino igualdad en la presente circunstancia" (2 Co 8,12-14), y lo que sigue. "Es generoso, dio a los pobres; su justicia permanece para siempre" (2 Co 9,9; cf. Sal 111 [112],9), dice la Escritura.

102.6. Porque "a imagen y semejanza" (Gn 1,26), como hemos dicho más arriba (cf. II,97,1), no se refiere a lo relativo al cuerpo, porque no se puede asemejar lo que es mortal a lo inmortal, sino a lo que es según el espíritu y la razón; en lo que el Señor pone adecuadamente el sello de la semejanza, en relación tanto a su bondad como a su autoridad.

102.7. La superioridad no depende de la cualidad de los cuerpos, sino de los juicios del pensamiento: "Con los consejos de los hombres (santos) se gobiernan bien las ciudades, y también una casa" (Eurípides, Antíope, fragmentos, 200).

Capítulo XX: Sobre la ascesis

La paciencia

103.1. La constancia, además de imprimir también un impulso para la semejanza con Dios, mediante la paciencia obtiene la ausencia de pasiones (apátheia); basta tan sólo tener vivo el recuerdo de los relatos sobre los amigos de Ananías, uno de los cuales fue el profeta Daniel, lleno de fe divina (cf. Dn 1,1-17).

103.2. Daniel vivía en Babilonia, como Lot en Sodoma, y Abrahán, que sería llamado poco después "amigo de Dios" (Gn 12,13; cf. Is 41,8; St 2,23), en la tierra de los caldeos.

103.3. El rey de los babilonios hizo descender a Daniel en una fosa llena de fieras; pero el rey del universo, el Señor fiel, le sacó sano y salvó (cf. Dn 6,17-23).

103.4. Esta es la paciencia que ha de adquirir el gnóstico en cuanto gnóstico; bendecirá al ser probado, como el noble Job (cf. Jb 1,21).

El verdadero gnóstico

104.1. Como Jonás, rezará si es devorado por un cetáceo, y la fe le devolverá a la vida para profetizar a los ninivitas (cf. Jon 2,3-10; 3,2-4). Y si fuera encerrado con leones, amansará a las fieras (cf. Dn 6,17 ss.); y si fuera arrojado al fuego, será cubierto de rocío, y no perecerá quemado (cf. Dn 3,19 ss.). Dará testimonio de noche, dará testimonio de día; en la palabra, en la vida, en las costumbres dará testimonio.

104.2. Cohabitando con el Señor, permanecerá "confidente" (Seudo Platón, Minos 319 A; cf. Homero, Odisea, XIX,179) y comensal suyo según el espíritu; puro en la carne, puro en el corazón (cf. Mt 5,8), santificado en la palabra (o: en el pensamiento).

104.3. "El mundo para él, dice [el Apóstol], está crucificado y él para el mundo" (Ga 6,14). El gnóstico, llevando cerca (o: llevando alrededor) la cruz del Salvador, sigue al Señor, "tras las huellas como las de un dios" (Homero, Odisea, II,406; cf. Lc 9,23; Platón, Fedro, 266 B), deviniendo santo entre los santos.

La continencia

105.1. La Ley divina, recordatorio de toda virtud, unge especialmente al hombre para la continencia; ella misma se pone como fundamento de las virtudes, y precisamente nos da una educación preliminar para la adquisición de la continencia, (comenzando) por el uso de los animales: nos prohíbe comer de todos aquellos que por naturaleza son grasos, como la especie del cerdo, muy carnosa. El uso de esos animales (o: de esas carnes), en efecto, es dejado para los que viven voluptuosamente.

105.2. Por otra parte, se dice que un filósofo (= Cleantes[?], Fragmentos, 516) afirmaba que la etimología del término hys [cerdo] es thys, como apropiado sólo para el sacrificio (thysis) y la inmolación (o: degüello); puesto que a ese animal no le es dada la vida para otra finalidad que para la exuberancia de las carnes.

105.3. De manera parecida, para limitar nuestros deseos, [la Ley] prohibió comer los peces que no tienen aletas ni escamas (cf. Lv 11,9-12; Dt 14,9-10), porque estos tienen carne y grasa más abundante que los otros peces.



Necesidad de imponerse ciertas privaciones

106.1. Me parece que de ahí deriva la prohibición de tocar en las ceremonias de iniciación no sólo a ciertos animales, sino que también hay partes de los (animales) sacrificados que reservaron (o: separaron, quitaron), por razones que los iniciados en los misterios conocen.

106.2. Si hay que dominar el vientre y lo que está por debajo del vientre, es evidente que desde el principio hemos recibido del Señor, mediante la Ley, (el precepto) de amputar la concupiscencia (cf. Ex 20,17; Dt 5,21; Mt 5,28). Y eso se conseguirá completamente si condenamos sin hipocresía lo que enciende la concupiscencia, o sea, el placer.

106.3. Afirman algunos (= Aristipo de Cirene y los Cirenaicos), que el placer viene definido como un movimiento suave y agradable (o: dulce), unido a determinadas sensaciones.

106.4. Esclavo del placer, dicen que Menelao, después de la guerra de Troya, se sentía inclinado a matar a Elena, que había sido la causa de tantos males; pero no tuvo fuerza para realizarlo, porque estaba dominado por la belleza [de Elena], que le había traído el recuerdo del placer.

Los peligros de dedicar la propia existencia a buscar los placeres

107.1. Por eso, los poetas trágicos burlándose de él le lanzan estas injurias: "Pero tu, apenas viste el seno, arrojaste la espada, recibiste un beso, acariciando a la perra traidora" (Eurípides, Andrómaca, 629). Y también: "¿Por qué ante la belleza permanecen enfundadas las espadas?" (Eurípides, Orestes, 1287).

107.2. Por lo que a mí respecta, apruebo a Antístenes, cuando dice: "Si capturase a Afrodita, la acribillaría a flechazos, porque ha corrompido a muchas de nuestras hermosas y honestas mujeres" (Antístenes, Fragmentos, 109 A).

107.3. Él dice que el amor es un vicio de la naturaleza; los desdichados que se dejan dominar, llaman dios a esa enfermedad. Porque demuestra con sus palabras que los más inexpertos son los que se dejan vencer por la ignorancia del placer, que, por otra parte, no se debe aceptar, aunque sea llamado un dios; es decir, aunque nos sea dado por Dios para la procreación.

107.4. También Jenofonte claramente sostiene que el placer es un vicio, diciendo: "Oh desgraciado, ¿qué cosa buena conoces tú o qué cosa bella miras? Tú no esperas el deseo de las cosas agradables; comes antes de tener hambre, bebes antes de tener sed; corres tras los cocineros para comer con placer;

107.5. te procuras vinos magníficos para beber con placer y, en el verano, corres por todas partes para buscar nieve. Para dormir agradablemente no sólo te preparas una cama blanda, sino también los soportes para las camas" (Jenofonte, Memorabilia, II,1,30).

"El que pierda su vida la salvará"

108.1. Por eso, como dijo Aristón: "Contra toda esa sinfonía de cuatro tonos (lit.: tetracordio), placer, dolor (o: aflicción), temor, deseo, es necesario mucho ejercicio y combate" (Aristón, Fragmentos, 370). "Porque estas [pasiones], éstas, penetran dentro hasta las vísceras y perturban el corazón del hombre" (Anónimo, Fragmentos, 110 A, de una tragedia desconocida).

108.2. "Porque también a los que se creen serios, el placer les hace de cera el corazón", según Platón (Las Leyes, I,633 D); porque "cada placer y dolor clava el alma al cuerpo" (Platón, Fedón, 83 D), de quien no se separa de las pasiones y no se defiende con una barrera.

108.3. Dice el Señor: "Quien pierda su vida, la salvará" (Lc 9,24; Mt 10,39; Mc 8,35); bien sea entregándola con denuedo por el Salvador, como Él hizo por nosotros, bien sea liberándola de la comunión con la vida habitual.

108.4. En efecto, si quisieras liberar, apartar, separar -porque eso significa la cruz- tu alma de los encantos y placeres de esta vida, la poseerás "encontrada" (Mt 10,39) en la anhelada esperanza y en descanso.

El modo en que se deben usar las cosas

109.1. "En eso consistirá la meditación de la muerte" (Platón, Fedón, 81 A): conformarnos sólo con los deseos naturales, que no se extralimitan más allá de lo natural, o contra la naturaleza, porque de ahí nace la culpabilidad (o: el pecado).

109.2. "Es necesario, por tanto, revestirnos de la armadura, de Dios para poder hacer frente a las asechanzas del Diablo" (Ef 6,11), porque las armas de nuestra milicia no son carnales,, sino poderosas por Dios para derribar fortalezas; destruyendo los sofismas y toda altanería que se levante contra el conocimiento (gnosis) de Dios; y hacemos prisionero todo pensamiento a la obediencia de Cristo" (2 Co 10,4-5), dice el divino Apóstol.

109.3. Hace falta un hombre que sin admiración ni confusión (o: perturbación) use de las cosas de las cosas de las que se originan las pasiones, como riqueza y pobreza, gloria y deshonra, salud y enfermedad, vida y muerte, esfuerzo (o: pena, trabajo) y placer.

109.4. Porque para usar indiferentemente de las cosas que son indiferentes, necesitamos una gran superioridad, puesto que nos encontramos ya deteriorados por una gran debilidad y hemos disfrutado de la anterior perversión de una mala conducción y educación, unidas a la ignorancia.

Capítulo XX: Sobre la ascesis (continuación)

El combate espiritual

110.1. La doctrina evidente (o: sencilla, clara) de nuestra filosofía dice que todas las pasiones son marcas impresas (lit.: impresiones) en el alma blanda y sin resistencia (o: complaciente); y son como sellos impresos de las potencias espirituales, contra las cuales "es nuestra lucha" (Ef 6,12).

110.2. Porque creo que es obra de las potencias maléficas intentar producir algo de su propio estado, para vencer y esclavizar (o: apropiarse) a quienes han renunciado a ellas.

110.3. Se sigue que algunos son vencidos; pero otros afrontan la lucha como verdaderos atletas, luchan por todos los medios y llegan hasta la corona. Y las mencionadas potencias entre tanta sangre y polvo (lit.: sangre mezclada con polvo), ceden (o: se resignan) llenas de admiración ante los vencedores.

110.4. Entre los seres que se mueven, algunos como los animales lo hacen por instinto y representaciones; otros por translación, como los inanimados. Dicen que entre los inanimados, también las plantas se mueven por translación para crecer, si les concede que las plantas son inanimadas.

La fuerza de la razón

111.1. Ahora bien las piedras participan de un estado, las plantas de una naturaleza, los animales irracionales de instinto, fantasía y de las otras dos condiciones mencionadas.

111.2. Pero la fuerza de la razón, propia del alma humana, no está obligada por el instinto como en los animales irracionales, sino que discierne las imaginaciones sin dejarse arrastrar.

111.3. Así, entonces, las potencias de las que hemos hablado proponen a las almas inclinadas a ello: bellezas, glorias, adulterios, placeres y otras fantasías seductoras de ese género, como los que para conducir el ganado agitan ramas verdes; después de engañar a quienes no son capaces de discernir el deleite verdadero del falso, la belleza caduca y vituperable de la santa, les conducen a la esclavitud.

111.4. Ese (lit.: cada) engaño, al permanecer impreso en el alma, marca (o: forma) en ella su representación. Y el alma no advierte que lleva consigo (o: por todas partes) la imagen de la pasión; por eso la culpabilidad nace a la vez de la seducción y de nuestro consentimiento.

Afirmaciones erradas de los gnósticos

112.1. Los seguidores de Basílides acostumbran llamar apéndices a las pasiones, porque son unos espíritus adheridos substancialmente desde el comienzo al alma racional, por causa de un desorden y confusión original (o: substancial); después, se adhirieron a ellos (= los apéndices), como parásitos, otras naturalezas bastardas y heterogéneas de espíritus, propios de un lobo, simio, león y macho cabrío; diciendo [los basilidianos] que la peculiaridad de esos (apéndices) es que aparecen en torno al alma, y así hacen a los instintos (del alma) semejantes a los de los animales.

112.2. Porque quien lleva las propiedades de uno, también imita sus obras; y no sólo nos familiariza con los instintos y las representaciones de los animales irracionales, sino que sienten envidia también por los movimientos y la belleza de las plantas, al llevar nosotros adheridas las peculiaridades de las plantas.

Afirmaciones de los gnósticos Basílides e Isidoro

113.1. Incluso las propiedades de constitución (o: estáticas; lit.: hábito; facultad, capacidad), como la dureza del diamante.

113.2. Pero contra esta doctrina discutiremos más tarde, cuando tratemos sobre el alma (en una obra que no poseemos). Por ahora, sea suficiente observar que el hombre, según Basílides, conserva la imagen de cierto caballo de madera (= el de Troya), según el mito poético; tiene dentro de su cuerpo un ejército de muy diferentes espíritus.

113.3. Sea como fuere, el mismo hijo de Basílides, Isidoro, en (el libro) sobre "El alma adventicia (o: advenediza)", compartiendo esta doctrina, como si se acusara a sí mismo, dice textualmente:

113.4. "Si hay alguno persuadido de que el alma no es simple y que las malas pasiones nacen en virtud de la violencia de los apéndices, los más malos de lo hombres tendrán un pretexto, y no pequeño, para decir: "He sido forzado, arrastrado, me he movido a pesar mío, actué sin querer", cuando en realidad ellos mismos están dispuestos a tomar la iniciativa de las malas pasiones, sin oponerse a la violencia de los apéndices" (Isidoro, Fragmentos, 5).

Lo que dice el gnóstico Valentín

114.1. "Es necesario que seamos más fuertes gracias a la facultad de la razón, de esta manera nos mostremos dueños de la criatura inferior que hay en nosotros" (Isidoro, Fragmentos, 5).

114.2. También éste (= Isidoro) supone dos almas en nosotros, como los pitagóricos; luego lo examinaremos.

114.3. Valentín, al escribir a algunos, dice textualmente de los apéndices: ""Uno sólo es Bueno" (Mt 9,17), cuya libertad de expresión se manifiesta mediante el Hijo, y sólo gracias a Él puede el corazón hacerse puro, una vez expulsado del corazón todo mal espíritu" (Valentín, Fragmentos, 2).

114.4. "Porque muchos espíritus habitan en él, no permitiéndole purificarse; antes bien, cada uno de ellos realiza sus propias obras y frecuentemente le insultan con deseos inconvenientes" (Valentín, Fragmentos, 2).

114.5. "Me parece a mí que al corazón le sucede lo que a una posada: es maltratada, deteriorada y con frecuencia está llena de suciedad de hombres que paran desvergonzadamente allí y no tienen consideración al lugar, como que les es ajeno" (Valentín, Fragmentos, 2).

114.6. ""De igual modo, el corazón hasta que no es alcanzado por una [especial] providencia, permanece impuro, como morada de muchos demonios" (Seudo Bernabé, Epístola, 16,7). Pero cuando el único Padre bueno le visita, queda santificado y resplandece de luz. Y así es bienaventurado quien tiene tal corazón, porque "verá a Dios" (Mt 5,8)" (Valentín, Fragmentos, 2).

"La salvación se obtiene por un cambio debido a la obediencia, no por naturaleza"

115.1. Entonces, ¡que nos digan cuál es la causa por la que un alma no es objeto de la Providencia desde el principio! En verdad, o porque no es digna -¿y cómo la Providencia le sobreviene, como por un arrepentimiento?-; o, como él (= Valentín) quiere, se salva de manera natural; y necesariamente esa (alma) desde el principio, mediante una connaturalidad querida por la Providencia, no dará entrada alguna a los espíritus impuros, a menos que sea objeto de violencia y deba reconocer su debilidad.

115.2. Porque si acepta que ella (= el alma) arrepentida escoge lo mejor, convendrá, a pesar suyo, en lo que nuestra verdad afirma: que la salvación se obtiene por un cambio debido a la obediencia, no por naturaleza.

115.3. En verdad, al igual que los vapores de la tierra y de los pantanos forman neblinas y acumulaciones de nubes, así también las emanaciones de los deseos carnales comunican al alma una mala disposición, desplegando las imágenes (lit.: ídolos) del placer ante el alma.



La fe en Dios es la luz que ilumina nuestra vida

116.1. Así oscurecen la luz intelectual, al atraer al alma las exhalaciones de la concupiscencia y hacer compactos los ejércitos de las pasiones con el continuo placer.

116.2. No se extrae de la tierra un lingote de oro, sino que cocido, purificado, después se llama oro puro, tierra purificada. "Pidan y se les dará" (Mt 7,7; Lc 11,9), se ha dicho a los que pueden por sí mismos elegir lo mejor.

116.3. Cómo decimos nosotros que los influjos (o: las fuerzas) del diablo y de los espíritus impuros siembran en el alma del pecador (cf. Mt 13,25), no hacen falta más palabras mías; sea suficiente el testimonio apostólico de Bernabé -que fue uno de los setenta y colaborador de Pablo-.

116.4. Él dice textualmente: "Antes que nosotros creyéramos en Dios, la habitación de nuestro corazón era corruptible y débil, como un templo realmente construido por manos (de hombre), porque estaba repleta de idolatría y era morada de demonios, puesto que obrábamos cuanto era contrario a Dios" (Seudo Bernabé, Epístola, 16,7).

Cristo nos ha recreado

117.1. Dice, por tanto, que los pecadores realizan las acciones que corresponden a los demonios, pero no dice que los espíritus mismos habiten en el alma del incrédulo.

117.2. Por eso añade: "Pongan atención para que el templo del Señor sea edificado de manera gloriosa. ¿Cómo? Aprendan: recibido el perdón de los pecados y esperando en su nombre, hagámonos (hombres) nuevos, recreados de nuevo desde el principio (u: origen)" (Seudo Bernabé, Epístola, 16,8).

117.3. Porque no expulsamos nosotros a los demonios, sino que se perdonan los pecados que antes de creer, dice, cometíamos nosotros igual que ellos.

117.4. Con razón contrapone lo que sigue: "Porque en nuestra casa, en nosotros, habita en verdad Dios, ¿Cómo? (Habita) su Verbo objeto de la fe, la llamada de su promesa, la sabiduría de sus juicios, los mandamientos de su doctrina" (Seudo Bernabé, Epístola, 16,9).

117.5. Yo recuerdo (lit.: Yo sé) haberme encontrado con una herejía, cuyo jefe decía que combatía el placer mediante la práctica del placer. ¡Desertor; pasado al placer con una lucha ficticia, ese noble gnóstico! -porque se declaraba a sí mismo como gnóstico-.

117.6. Además decía que no es una gran cosa abstenerse del placer sin haberlo probado, sino estando en él no ser vencido; por ello se ejercitaba en el placer por el placer.

Controlar nuestro cuerpo con la ascesis

118.1. Pero no se daba cuenta, el desdichado, de que se dejaba enredar por su propia arte refinada de placer.

118.2. Evidentemente a esta opinión del sofista, que se gloriaba de la verdad, se acercaba también Aristipo de Cirene. Cuando se le reprochaba el que frecuentara asiduamente a la meretriz de Corinto, decía: "Soy yo quien poseo a Lais, no ella a mí" (Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos, II,75).

118.3. Así también los que se llaman seguidores de Nicolás aducen, como dicho memorable de ese hombre, pero desviado en el sentido: "Es necesario abusar de la carne" (cf. Ireneo de Lyon, Adversus haereses, I,26,3; Ap 2,6 y 15).

118.4. Pero ese hombre noble enseñaba (o: mostraba, manifestaba) que es necesario cercenar los placeres y las concupiscencias, y exterminar (o: extenuar) con esta ascesis los impulsos y los ataques de la carne.

118.5. Ellos, por el contrario, se abandonan al placer como machos cabríos; injuriando, por así decir, su cuerpo, viven en la molicie; no saben que el cuerpo se deshace, porque es naturaleza caduca, mientras su alma es precipitada en un fango de vicio, puesto que esos siguen la doctrina del placer, no la de aquel hombre apostólico (= Nicolás).

118.6. En efecto, ¿algunos en qué se diferencian de Sardanápalo? Este es el epigrama que explica la vida: "Tengo todo lo que comí, injurié y los placeres amorosos que probé; pero aquellas cosas vanas, tantas y felices, quedaron atrás. Porque yo soy ceniza, habiendo sido rey de la gran Nínive" (Sardanápalo, Epigramas, 325 s.).

118.7. En conclusión, no es necesario experimentar el placer (lit.: la pasión del placer); sino una consecuencia de ciertas necesidades naturales (o: físicas): hambre, sed, frío y matrimonio.

Capítulo XX: Sobre la ascesis (conclusión)

Errores del epicureísmo

119.1. Si al menos fuera posible beber o tomar alimento o tener hijos sin placer, quedaría probado que él no tiene ninguna otra razón de ser.

119.2. El placer no es efectivamente ni una actividad ni una disposición, ni mucho menos una parte de nosotros; sino que entra en la vida como un ayudante, como la sal, para facilitar, se dice, la digestión de los alimentos.

119.3. Pero, sublevándose y dominando la casa, primeramente engendra la concupiscencia, que es un impulso y un deseo irracional hacia lo que le agrada; y eso indujo a Epicuro a colocar el placer como fin del filósofo.

119.4. Es decir, que él diviniza "la condición estable de la carne y la confianza segura en torno a ella" (Epicuro, Fragmentos, 68).

119.5. ¿Y qué otra cosa es la voluptuosidad sino la avidez de lo que deleita, un exceso indiscreto de gente que está abandonada a una vida de molicie?

119.6. Diógenes escribió expresamente en una tragedia: "Quienes están saturados en el corazón, gracias a los placeres, por la voluptuosidad afeminada y repugnante, no desean sufrir, ni siquiera un poco..." (Diógenes de Sinope, Fragmentos, 1), con las palabras que siguen, dichas ignominiosamente, pero dignas de los voluptuosos.

El auxilio del temor en la lucha contra las pasiones

120.1. Por esto, me parece, que la ley divina necesariamente lleva adherido el temor, para que el filósofo adquiera y conserve con precaución y atención la tranquilidad, y permanezca en todo sin error y sin culpa.

120.2. Puesto que no se consigue de otra manera. Paz y libertad son el fruto (o: el resultado) de una incesante e infatigable lucha contra los ataques de nuestras pasiones.

120.3. Porque estos rivales poderosos y olímpicos, son más punzantes que las avispas, por así decirlo; y sobre todo, no sólo de día sino también de noche, en los sueños nos amenazan seduciéndonos con su encanto y nos muerden.

120.4. ¿Cómo, entonces, los griegos pueden estar en lo justo cuando atacan la ley, enseñando también ellos que el placer se domina con el temor?

120.5. Al menos, Sócrates exhorta a estar en guardia de todo lo que invita a comer cuando no se tiene hambre, a beber cuando no se tiene sed, y de las miradas y de los besos de los amantes (lit.: bellos), porque son capaces de infiltrar un veneno más peligroso que el de los escorpiones y el de las tarántulas (cf. Jenofonte, Memorabilia, I,3,6 y 12-13).

La ascesis de los estoicos

121.1. Antístenes prefirió la locura al placer. El tebano Crates dice: "Refrénalo con el brío de la fuerza del alma, no esclavizada ni por el oro, ni por los amores que consumen, ni por cualquier petulancia que te acompañe"; y, en definitiva, resume: "Los no esclavizados ni doblegados por el placer servil, aman un reino y una libertad inmortal" (Crates de Tebas, Fragmentos, 352).

121.2. El mismo escribe en otro lugar sin rodeos que el remedio (lit.: cataplasma) para el incontenible impulso del placer sexual es el hambre, o si no el lazo [o: la cuerda para estrangular] (cf. Crates de Tebas, Fragmentos, 14). Sobre la enseñanza del estoico Zenón, ciertamente atestiguan los (poetas) cómicos burlándose (o: censurándolo) de esta forma: "Filosofa una filosofía nueva: enseña (a tener) hambre y hace discípulos. Un pan, un higo seco para acompañar, agua para beber" (Filemón, Fragmentos, 85).

La utilidad de la circunspección

122.1. Por tanto, todos éstos no se avergüenzan de reconocer claramente la utilidad de la circunspección (o: discreción). Pero la verdadera sabiduría, no la irracional, no confía en simples palabras u oráculos, sino en los mandamientos divinos, corazas invulnerables y misterios (corrección del griego que lee: medios de defensa) eficaces (lit.: drásticos), practica ejercicios y ascesis, (y así) recibe una fuerza divina en esa parte suya inspirada por el Verbo.

122.2. He aquí, por otra parte, la descripción de los poetas de la égida de Zeus: "Terrible: a la que toda alrededor coronan el Terror, la Discordia, la Fortaleza, la Persecución que congela; después la cabeza de la Gorgona, monstruo temible, espantoso y tremendo, prodigio de Zeus que lleva la égida" (Homero, Ilíada, V,739-742).



El camino angosto

123.1. A quienes saben distinguir rectamente lo que es saludable, no sé si alguna cosa puede parecer más querida que la seriedad (o: gravedad, dignidad) de la ley y de su hija, la circunspección.

123.2. Pero se dice que (la ley) canta con tono demasiado fuerte (o: alto), como también (lo hace) el Señor para algunos que lo buscan con ardor, a fin de que no canten fuera de tono y de la armonía, yo lo entiendo no como que sea demasiado fuerte, sino para quienes no quieren cargar el yugo divino (cf. Mt 11,29), para ésos es un tono demasiado fuerte (o: alto). Pero lo mesurado a los débiles (o: flojos) y enfermos les parece un tono demasiado fuerte, y a los injustos el deber (les parece) una justicia demasiado rigurosa.

123.3. Porque aquellos que, por apego a sus pecados, se dejan conducir por la indulgencia, toman la verdad como crueldad, la austeridad como inhumanidad (o: brutalidad), y (como) inmisericorde al que no se de hace cómplice del pecado ni se deja arrastrar por él.

Los ejemplos que nos propone la Ley

124.1. La tragedia dice justamente sobre el Hades: "Te diré hacia qué divinidad acudes" (Sófocles, Fragmentos, 703). "A aquella que no conoce clemencia ni favor alguno. Ella ama tan sólo la pura justicia" (Plutarco, Moralia, 17,761 s.).

124.2. Porque si aún no somos capaces de hacer lo que manda la ley, al menos observando los bellísimos ejemplos que se nos proponen en ella, podremos alimentar y aumentar el amor de la libertad; y de aquí sacaremos provecho, para que con mayor ardor, (seamos) estimulados, o imitadores, o avergonzados (otra traducción: "y esto puede ayudarnos a desarrollar nuestro fervor, en la medida de nuestras fuerzas, ya sea estimulados, ya sea [como] imitadores, ya sea confundidos").

124.3. Porque tampoco los antiguos justos, que vivieron conforme a la ley, procedían "de una encina antigua ni de una piedra" (Homero, Odisea, XIX,163); sino que, deseando filosofar auténticamente, se entregaron a sí mismos totalmente consagrándose (u: ofreciéndose) a Dios y "fueron adscritos a la fe" (Gn 15,6; Rm 4,3. 9).

Testigos de Cristo

125.1. Bien decía Zenón, sobre los Indios (= habitantes de la India), que deseaba ver un solo indio abrasarse a fuego lento antes que aprender todas las doctrinas acerca del dolor [o: sufrimiento] (cf. Zenón, Fragmentos, 241).

125.2. Pero nosotros cada día tenemos ante los ojos abundantes fuentes de mártires, que contemplamos abrasados, crucificados (lit.: empalados), decapitados (lit.: con las cabezas cortadas).

125.3. A todos esos el temor inspirado por la ley los ha conducido (como un) pedagogo hacia Cristo, quien les ha enseñado a manifestar su piedad aún con la sangre.

125.4. "Dios está en la asamblea de los dioses, en medio (de ellos) juzgará a los dioses" (Sal 81 [82],1). ¿Quiénes son esos dioses? Son los que dominan (o: más fuertes) el placer, los que vencen las pasiones, los que saben cada cosa que hacen, los gnósticos, los más grandes que el mundo.

125.5. Y de nuevo: "Yo dije: "Son dioses, e hijos del Altísimo todos"" (Sal 81 [82],6). ¿A quién habla el Señor? A los que repudian, en lo posible, a todo lo humano.

125.6. También el Apóstol dice: "Ustedes ya no están en la carne, sino en el espíritu" (Rm 8,9). Y de nuevo dice: Estando en la carne, no militamos según la carne" (2 Co 10,3), porque "la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción heredará la incorrupción" (1 Co 15,50). "He aquí que mueren como hombres" (Sal 81 [82],7), ha dicho el Espíritu para confundirnos.

La templanza

126.1. Es necesario, por lo tanto, ejercitarnos en la circunspección frente a todo lo que proviene de las pasiones; evitando (o: huyendo), como los auténticos filósofos, los alimentos lascivos, la fácil laxitud del lecho, la voluptuosidad y las pasiones que a ella conducen... (hay una laguna en el texto griego). Para otros será una lucha penosa, pero no para nosotros; porque la templanza (o: dominio de sí mismo) es el más grande regalo de Dios.

126.2. Porque "él mismo ha dicho: "No te dejaré ni te abandonaré"" (Hb 13,5), mediante una elección te ha juzgado digno.

126.3. Así, esforzándonos en adelantar en la piedad, nos recibirá "el yugo suave" (Mt 11,30) del Señor, único auriga que nos hará progresar "de fe en fe" (Rm 1,17) a cada uno de nosotros hacia la salvación, para que recibamos el fruto de la bienaventuranza según nuestros méritos (lit.: conveniente).

126.4. Pero hay, según Hipócrates de Cos, una ascesis no sólo del cuerpo, sino también del alma, "una sala diligencia ante la fatiga y la insaciabilidad de alimento" (Hipócrates, Epidemiae, VI,4,18).

Capítulo XXI: Diversos pareceres de los filósofos sobre el fin y la suprema felicidad del ser humano

Epicuro y los cirenaicos

127.1. Epicuro ponía la felicidad en no tener hambre, ni sed, ni frío, pronunciando la frase: semejante a dios, diciendo impíamente que en esto rivalizaría con Zeus padre, como si estableciese la feliz victoria de los cerdos que comen excrementos, y no la (de hombres) razonables y filósofos. Entre los que ponen como principio el placer... [están] los cirenaicos y Epicuro.

127.2. Aquellos dicen en términos precisos que el fin [del hombre] es vivir placenteramente y el único bien perfecto es el placer. Epicuro dice también que el placer es la supresión del dolor, y afirma que se debe elegir en primer lugar lo que atrae de sí hacia sí, y sin ninguna duda (esto) se muestra en un movimiento.

127.3. Deinómaco y Califón dijeron que el fin consiste en hacer todo lo que hay en nosotros para alcanzar y gozar del placer; para Jerónimo el peripatético el fin consiste en vivir sin trastorno, y el único bien perfecto como fin es la felicidad. Diodoro, proveniente de la misma escuela, declara que el fin (consiste) en vivir sin trastorno y bien.

Los aristotélicos

128.1. Epicuro, por tanto, y los cirenaicos dicen que el primer impulso es el placer; porque afirman que, introducida por causa del placer, la virtud engendró (o: trajo) el placer.

128.2. Pero, según los discípulos de Califón, la virtud se introdujo ciertamente por causa del placer; sin embargo, más tarde al examinar su propia belleza (o: la belleza que la rodeaba; o: aureolaba), se presentó a sí misma en igual valor respecto a su principio, es decir, al placer.

128.3. Los aristotélicos enseñan que el fin consiste en vivir conforme a la virtud, pero ni la felicidad ni el fin los consiguen todos los que poseen la virtud; porque el sabio si es probado y cae en accidentes involuntarios, y por eso quiere escapar gozosamente de la vida, no es dichoso ni feliz.

128.4. Porque la virtud también necesita de un determinado tiempo; puesto que no se consigue en un solo día, aunque se trate de un hombre adulto (lit.: de perfecta constitución), por cuanto no hay un niño, como se dice, que sea feliz; y tiempo perfecto puede entenderse (toda) la vida de un hombre.

128.5. La felicidad viene constituida por tres clases de bienes. No lo es (el hombre) indigente u obscuro (o: no glorioso), ni el enfermo, ni el que es esclavo, según aquellos... (laguna en el texto; podría leerse: puede ser feliz).

Los estoicos y académicos

129.1. A su vez también el estoico Zenón piensa que el fin consiste en vivir conforme a la virtud; Cleantes considera que es vivir de acuerdo con la naturaleza; Diógenes puso el fin en razonar bien, lo cual, según él explicaba, consiste en la elección de lo que es conforme a la naturaleza.

129.2. Antípatros, discípulo de ése, sostiene que el fin consiste en elegir continua y constantemente lo que está acorde con la naturaleza, rechazando lo que es contrario a la naturaleza.

129.3. Arquedemo explicaba que el fin se obtiene (lit.: es) eligiendo los bienes más grandes e importantes según la naturaleza, no pudiendo superarla.

129.4. Además de estos, Panecio demostró (o: sostuvo) que el fin es vivir según los impulsos que nos da la naturaleza. Después de todos, para Posidonio (el fin) es vivir contemplando la verdad y el orden del universo, y a realizarlas en lo posible, sin dejarse arrastrar de manera alguna por la parte irracional del alma.

129.5. Algunos de los estoicos más recientes han establecido que el fin es vivir conforme a la constitución del hombre.

129.6. ¿Para qué catalogarte a tí, Aristón? Él dijo que el fin es la indiferencia, pero lo indiferente lo dejó simplemente indiferente.

129.7. O ¿debería sacar a la luz [la opinión] de Herilo? Pone Herilo como fin el vivir según la ciencia.

129.8. Pero los académicos más recientes, algunos ponen el fin en el dominio estable frente a las fantasías.

129.9. Ciertamente, el peripatético Licón decía que el fin está en la verdadera alegría del alma; como Leucimo la (alegría) ante las cosas bellas.

129.10. Y Critolao, peripatético también, hablaba de una perfección de vida que se desarrolla (lit.: corre) conforme a la naturaleza, designando la triple perfección constituida (o: completada) por las tres clases (de bienes).



Opiniones de los presocráticos y de otras escuelas

130.1. Por consiguiente, sin contentarnos con esos, nos esforzaremos por presentar lo mejor posible las doctrinas de los físicos al respecto.

130.2. Anaxágoras de Clazomenes, según se dice, proclamaba que el fin de la vida es la contemplación y la libertad que de ella deriva; Heráclito de Éfeso, la satisfacción (o: complacencia).

130.3. Sobre Pitágoras, Heráclides del Ponto recuerda que enseñó que la felicidad es la ciencia de la perfección de los números del alma.

130.4. Pero también los abderitas enseñan la existencia de un fin; para Demócrito ciertamente, en (el libro) "Sobre el fin", (es) el buen ánimo (o: equilibrio espiritual), y que él llamó bienestar -y frecuentemente explica: "El placer y la tristeza son limitaciones... para quienes han alcanzado el vigor de la edad" (Demócrito, Fragmentos, 68 B 188 y 215).

130.5. Hecateo (pone el fin) en bastarse a sí mismo; Apolodoro de Cízico, en la conducción del alma; lo mismo que Nausifanes en la imperturbabilidad (o: impasibilidad), porque decía que ésta era llamada intrepidez (o: impavidez) por Demócrito.

130.6. Además de estos, Diótimo afirmó que el fin es la perfección de los bienes, que llamaba bienestar.

130.7. Por otra parte, para Antístenes (el fin era) la modestia; a su vez los llamados annicerianos, de la escuela (lit.: los sucesores) cirenaica, no pusieron ningún fin determinado de toda la vida, sino que (sostuvieron) que el fin es algo propio de cada acción particular, es el placer que nace de la misma acción.

130.8. Estos cirenaicos rechazan la definición del placer de Epicuro, es decir, la supresión de lo que produce dolor, llamándola estado cadavérico. Porque nosotros no gozamos únicamente por los placeres, sino también por las relaciones sociales y por los honores.

130.9. Pero Epicuro piensa que toda alegría del alma nace por una anterior afección de la carne.

131.1. Metrodoro, en el [libro] "Sobre la gran importancia, que para la felicidad tiene la causa que depende de nosotros más que de las causas externas", dice: "El bien del alma ¿qué otra cosa es si no un estable equilibrio de la carne y la segura confianza respecto de él?" (Metrodoro, Fragmentos, 5).

Capítulo XXII: El bien supremo

El fin y la felicidad según Platón

131.2. Ciertamente el filósofo Platón dice que el fin es doble: uno que puede ser participado y está ante todo en las ideas en sí, y al que él llama lo bueno; el otro, que participa de aquél y que de él recibe la semejanza, y se da en los hombres transformados por la virtud y la filosofía verdadera.

131.3. Por ello, también Cleantes, en el [libro] segundo "Sobre el placer", dice que Sócrates en toda ocasión enseñaba que el hombre justo se identifica con el feliz, y maldecía al primero que había hecho diferencia entre lo justo y lo que es útil, como a quienes habían hecho una obra impía, porque en verdad son impíos quienes separan lo útil de lo que es justo según la ley.

131.4. Platón mismo dice que la felicidad consiste en tener bien el ingenio (daimon), llama ingenio la parte que guía a nuestra alma, y la felicidad es el bien más perfecto y completo (cf. Platón, Timeo 90 C).

131.5. A veces la llama vida en armonía y sinfonía (consonancia consigo mismo), y a veces la perfección en la virtud; pero pone esta perfección en la ciencia del bien y en la semejanza con Dios, declarando que tal semejanza (consiste) en "ser justo y santo con sensatez" (Platón, Teeteto, 176 B).

131.6. ¿No es así como algunos de los nuestros interpretan que el hombre recibe al principio el "a imagen" con el nacimiento, pero después recibe en la perfección el "a semejanza"? (cf. Gn 1,26; Ireneo de Lyon. Adversus haereses, III,22,1; V,6,1 y 16,2)

La humildad y la circunspección

132.1. Luego, Platón enseñando que esa semejanza le viene al (hombre) virtuoso junto con la humildad, interpreta aquello de: "Todo el que se humilla será ensalzado" (Lc 1,11: 18,14).

132.2. Por eso en "Las Leyes" dice: "El Dios que, según el antiguo adagio, rige el principio, el medio y el fin de todas las cosas, se dirige directamente a su fin cumpliendo su natural movimiento circular; y siempre lo acompaña lo que es justo, verdugo de los que abandonan la ley divina" (Platón, Las Leyes, IV,716 A).

132.3. ¿Ves cómo también pone la circunspección (junto) con la ley divina? En efecto, añade: "Quien desee ser feliz debe unirse (a la justicia) y seguirla con humildad y moderación" (Platón, Las Leyes, IV,715 E).

132.4. Después, agregando lo relacionado con esto y amonestar con el temor, prosigue: "¿Qué es, por tanto, actuar conforme a Dios y lo que le es grato? Una sola cosa, expresada en una sentencia antigua: lo semejante será amigo de semejante si es mesurado, pero las cosas fuera de medida (no son amigas) entre sí ni con las que son mesuradas. Por tanto, quien desee ser amado por Dios debe asemejarse a Él en el mayor grado posible" (Platón, Las Leyes, IV,716 D).

Las virtudes y la felicidad

133.1. "Y según ese principio aquel de entre nosotros que sea temperante es amigo de Dios, porque es semejante a Él; pero quien no sea temperante es desemejante y diferente (u: hostil)" (Platón, Las Leyes, IV,716 D).

133.2. Al decir que esta doctrina es antigua, [Platón] alude a la enseñanza recibida de la Ley.

133.3. Y en el "Teeteto", concediendo que el mal "necesariamente da vueltas en torno a la naturaleza mortal y a este lugar (o: a esta tierra)", añade: "Por lo cual también es necesario esforzarse en huir de ahí hacia allá lo más pronto posible; y la huida, (consiste) en la semejanza con Dios en cuanto es posible, y semejanza es devenir justo y santo con sensatez" (Platón, Teeteto, 176 A-B).

133.4. Espeusipo, sobrino de Platón, dice que la felicidad es un estado habitual perfecto en aquello que es conforme a la naturaleza, o un estado habitual de los buenos; todos los hombres aspiran a ese estado, pero los buenos tienden a la tranquilidad. Y las virtudes serán las artífices de la felicidad.

133.5. Jenócrates de Calcedonia atribuye la felicidad a la adquisición (o: posesión) de la virtud apropiada (a cada uno) y de los medios (o: facultades) que están a su servicio.

133.6. Después, como para decir dónde reside (la felicidad) indica con claridad que en el alma; y por qué medios se realiza, las virtudes; de qué (se compone) como partes, las bellas acciones y los hábitos buenos, las disposiciones, los movimientos y las actitudes; sin las cuales no existen las condiciones corporales y exteriores.

133.7. Polemón, discípulo de Jenócrates, muestra que quiere poner la felicidad en la autosuficiencia (autarkeia) de todos los bienes, o al menos de la mayor parte y de los más grandes. Por cierto, sostuvo que sin virtud jamás habrá felicidad, aunque separadamente de (las condiciones) corporales y exteriores, la virtud es suficiente (lit.: autosuficiente) para la felicidad.



La meta de los cristianos

134.1. Y basta ya de estas cosas; la refutación de las mencionadas opiniones se hará a su tiempo; pero nosotros nos proponemos alcanzar un fin sin fin, si obedecemos los mandamientos, es decir, a Dios, y vivimos, según ellos, irreprochable y sabiamente, mediante la gnosis de la voluntad divina.

134.2. Nuestro fin es asemejarnos al Verbo verdadero, en la medida de lo posible, y el restablecimiento de la perfecta adopción filial por medio del Hijo (cf. Ef 4,13), glorificando siempre al Padre por medio del sumo Sacerdote (lit.: gran pontífice), que se ha dignado llamarnos "hermanos" (Hb 2,11) y "coherederos" (Rm 8,17).

134.3. El Apóstol al describir brevemente el fin, en la "Carta a los Romanos", dice: Pero ahora, habiendo sido liberados del pecado y hechos siervos de Dios, tienen por fruto la santificación y por fin la vida eterna" (Rm 6,22).

134.4. Así, sabiendo que la esperanza es doble: una que se aguarda, otra que ya se ha obtenido, enseña que el fin, ahora, es el cumplimiento de la esperanza. Dice: "Porque la paciencia produce una virtud probada, y la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en los corazones mediante el Espíritu Santo que se nos ha dado" (Rm 5,4-5). Por medio de ese amor viene también el restablecimiento en la esperanza, que, dice en otra parte, nos está reservada como descanso (cf. Hb 4,9-11; Sal 94 [95],11).

Grandeza de Dios

135.1. Podrías encontrar también (textos) semejantes en Ezequiel, tales como el siguiente: "El alma que peca morirá. Y el hombre que sea justo y practique juicio y justicia, no coma en los montes y no alce los ojos a los ídolos de la casa de Israel, y no deshonre a la mujer del vecino y no se acerque a una mujer en la separación de su impureza" (Ez 18,4-6) -porque no quiere que la simiente de un hombre sea ultrajada-;"Y, dice, el hombre que no haga mal a nadie, y devuelva al deudor su prenda, no robe, dé su pan al hambriento,

135.2. y vista al desnudo, no preste a usura su dinero, no reciba un fruto excesivo, aparte su mano de la injusticia, haga verdadero juicio entre un hombre y su vecino, camine según mis preceptos y observe mis preceptos para obrar con verdad: ése es justo y vivirá, dice Adonai el Señor" (Ez 18,7-9).

135.3. E Isaías, invitando al creyente a la seriedad de vida y al gnóstico a la vigilancia (o: a progresar), no siendo la virtud de Dios y la del hombre la misma; además dice:

135.4. "Busquen al Señor y, al encontrarlo, llámenlo. Cuando se acerque, abandone el impío sus caminos, el hombre sin ley sus sendas y conviértase al Señor y hallará misericordia", hasta: "Los pensamientos de ustedes lejos de mi pensamiento" (Is 55,6-9).

El objetivo y el fin de la fe

136.1. "Nosotros, según el noble Apóstol, aguardamos por la fe la esperanza de la justicia. Porque en Cristo ni la circuncisión ni la incircuncisión valen nada, sino la fe que obra por el amor" (Ga 5,5-6).

136.2. "Deseamos que cada uno de ustedes muestre la misma solicitud en orden a la plena seguridad de la esperanza...", hasta: "constituido sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec" (Hb 6,11. 20).

136.3. Lo mismo que dice Pablo, dice también la muy virtuosa Sabiduría: "El que me escucha descansará confiadamente en la esperanza" (Pr 1,33); pero el restablecimiento (o: realización; apokatástasis) de la esperanza se dice homónimamente esperanza.

136.4. Por eso, al verbo "descansará" añade muy bien "confiadamente", señalando que descansa aquel que ha alcanzado la esperanza que aguardó; por eso también agrega: "Y vivirá tranquilo sin temor de ningún mal" (Pr 1,33).

136.5. Abiertamente en la "Primera a los Corintios" el Apóstol dice términos precisos: "Sean imitadores míos, como yo de Cristo" (1 Co 11,1), para que se produzca esta relación: si ustedes de mí, yo de Cristo, ustedes devienen imitadores de Cristo, y Cristo de Dios (= porque Él nos revela al Padre).

136.6. Así, propone como objetivo (skopos: meta, propósito) de la fe "la semejanza con Dios, en cuanto es posible llegar ser justo y santo con sensatez" (Platón, Teeteto, 176 B), y como fin (telos), la realización (apokatástasis) de la promesa, (fundada) sobre la fe. De todo esto brotan las fuentes de las teorías sobre el fin [del hombre], de la que antes se habló. Pero basta ya de esto.

Capítulo XXIII: Fines y leyes del matrimonio

¿Es necesario casarse?

137.1. Puesto que el matrimonio parece que cae bajo el placer y la concupiscencia, también se debe discutir separadamente sobre él. El matrimonio es la unión de un hombre y una mujer, en un principio conforme a la Ley, para la procreación de hijos legítimos.

137.2. Por eso el cómico Menandro dice: "Para la generación de hijos legítimos, te doy mi propia hija" (Menandro, Fragmentos, 682).

137.3. Pero nosotros investigamos si hay que casarse, lo que es parte de las cosas que son nominadas por la determinación a un fin. ¿Quién debe casarse y en qué condición, con quién y en qué disposición? ¿Qué mujer puede casarse y en qué condiciones? Porque no todos deben casarse, ni en todo tiempo, sino en el tiempo conveniente, y hay una persona que conviene y una edad límite hasta la cual (conviene).

137.4. Tampoco cualquiera debe casarse con cualquier (mujer) ni en todo tiempo, pero tampoco de cualquier modo y a ciegas (lit.: con abandono); por el contrario, (debe casarse) quien posee determinadas condiciones, con la mujer que debe y cuando debe; y para tener hijos; y que la mujer le corresponda en todo y que no ame a la fuerza o por necesidad al hombre que la quiere.

Opiniones de Platón y otras escuelas filosóficas

138.1. Por todo eso Abrahán dice sobre su mujer, pretextando que es su hermana: "Es hermana mía de padre, pero no de madre, y la tomé también como esposa" (Gn 20,12); de esta forma enseña que no se debe esposar a las hermanas de madre.

138.2. Pero recorramos brevemente la historia. Platón pone el matrimonio entre los bienes externos, organizando la inmortalidad de nuestra raza como si (fuera) una continuidad, al igual que una antorcha que se transmite de hijos a hijos (cf. Platón, Las Leyes, IV,721 C, VI,775 E; 776 B; El Banquete, 207 D, 208 B).

138.3. Por el contrario, Demócrito rechaza el matrimonio y la procreación en virtud de las innumerables molestias y distracciones de (las tareas) más necesarias.

138.4. Se alinean con él Epicuro y cuantos ponen el bien en el placer y en la tranquilidad (aochlesía), pero también en la ausencia de pena (alypía).

138.5. Para los estoicos el matrimonio y la crianza de niños es indiferente; por el contrario, son un bien para los peripatéticos.

138.6. En resumen, aquellos expresaron sus teorías por hablar, esclavos de los placeres, unos frecuentaron a las concubinas, los otros a las cortesanas, y los más a las jovencitas. Y aquel famoso sabio cuarteto, en el jardín, juntamente con la cortesana, rendía honor al placer con actos.

Opiniones en favor del matrimonio

139.1. No escaparán a la maldición de Búciges cuantos piensan que algunas cosas no son útiles para ellos, invitando a que otros las realicen, o viceversa.

139.2. Esto sí lo ha manifestado brevemente la Escritura, diciendo: "Lo que odias, no lo hagas a otro" (Tb 4,15; cf. Hch 15,29).

139.3. Quienes aprueban el matrimonio dicen: "La naturaleza nos ha hecho aptos para el matrimonio" (Aristóteles, Política, VII,16, 1334b 29 ss.), como lo muestra la conformación de los cuerpos, masculinos y femeninos; y proclaman continuamente: Crezcan y multiplíquense" (Gn 1,28).

139.4. Pero si esto es así, sin embargo mantienen lo vergonzoso que es que el hombre, creado por Dios, sea más intemperante que los animales irracionales, los cuales no hacen el apareamiento entre muchos y sin moderación, sino con uno solo y de la misma especie, como las ovejas de Pelíades, las palomas, la especie las tórtolas, y otras semejantes.

139.5. Además, dicen que el que no tiene hijos carece de la perfección según la naturaleza, puesto que no ha previsto establecer en su lugar a su propio sucesor. Porque es perfecto el que ha originado de sí a un semejante, pero incluso mejor cuando puede ver que también ese ha hecho lo mismo, o sea, cuando ha establecido al engendrado en la misma condición natural que el que lo engendró.

Ventajas del matrimonio

140.1. Por tanto, es necesario en cualquier caso casarse, a causa de la patria, de la sucesión de los hijos, y del perfeccionamiento del mundo en cuanto depende de nosotros; también los poetas deploran un matrimonio "incompleto" (Homero, Ilíada, II,701), sin hijos, mientras llaman dichoso al "que florece por todas partes" (Homero, Ilíada, XXII,496).

140.2. Principalmente, las enfermedades físicas muestran la necesidad del matrimonio; porque el cuidado de la esposa y la permanente atención parecen superar el espíritu de perseverancia de los otros familiares y amigos, en la medida en que ella se empeña en distinguirse por su compasión y estar cerca (o: asiduidad), más que otros, verdaderamente es "la ayuda" (Gn 2,18) necesaria, según la Escritura.

El matrimonio es importante en la vida de los seres humanos

141.1. Según esto, el cómico Menandro, atacando el matrimonio, contrapone por otra parte las ventajas, respondiendo a quien dice: "Estoy mal dispuesto para la tarea. - Porque la afrontas equivocadamente". Y añade: "Ves en ello lo desagradable y lo molesto; pero no miras las ventajas" (Menandro, Fragmentos, 276), y lo que sigue.

141.2. El matrimonio es una ayuda también para los de edad avanzada, poniéndoles al lado a una esposa atenta y que cría a sus hijos, quienes cuidan de los ancianos (o: padres).

141.3. "Los hijos son motivo de gloria para un hombre muerto: al igual que los corchos mantienen la red y salvan el hilo de lino de las aguas profundas" (Esquilo, Choephoroe, 505-507), según [dice] Sófocles el trágico (se trata de una error de Clemente ya que la frase es de Esquilo).

141.4. Y los legisladores no permiten a los no casados aspirar a los cargos más altos. Por ejemplo, el legislador de los espartanos imponía una pena (o: castigo) no sólo al que no se casaba, sino también al mal casado y al que se casaba tarde y al que vivía solo.

141.5. El noble Platón también prescribe que quien no está casado pague al estado el alimento (propio) de una mujer y remita a los jefes (de la ciudad) los gastos correspondientes. Porque al no casarse, no procrean hijos, y ocasionan, por lo que a ellos se refiere, una disminución de varones y arruinarán las ciudades y el mundo (que está constituido) por ellas.



El matrimonio y los hijos

142.1. Eso es impío, destruyendo la generación, (obra) de Dios. Y es una cobardía y debilidad huir de la convivencia con una mujer y con niños.

142.2. Porque cuando la pérdida es un mal, generalmente la adquisición de ello (= lo perdido) es enteramente un bien. Esto es así también en las otras cosas. Pero la pérdida de los hijos, dicen, es ciertamente uno de los mayores males. Por tanto, tener hijos es un bien; por eso también (lo es) el matrimonio.

142.3. "Pero sin padre, dice, nunca habrá un hijo; y sin madre tampoco (existe) la concepción de un hijo" (Cita anónima. El primer verso es de Eurípides, Orestes, 554; cf. Menandro, Fragmentos, 939; 1085).

Dignidad del matrimonio

143.1. El matrimonio hace al padre, como un marido a la madre. Y Homero hace la mayor oración (cuando pide) "un marido y una casa"; pero no de cualquier manera, sino "con buena concordia" (Homero, Odisea, VI,181 s.). Porque el matrimonio de los otros es un acuerdo con miras al placer; pero el de los filósofos (= cristianos) conduce a la concordia según el Verbo; por eso ordena a las mujeres no adornar la figura, sino las costumbres (cf. 1 Tm 2,9-12; 1 P 3,3 s.); y manda a los maridos no tratar a las esposas como amantes, proponiéndose como finalidad el abuso de los cuerpos, sino conservar el matrimonio como una ayuda para toda la vida y como el mejor ejercicio de la templanza.

143.2. Porque más precioso, creo yo, que las semillas de trigo y de cebada plantadas en tiempo oportuno, es el semen del hombre, por el que todos (los seres) germinan; e incluso esas semillas son esparcidas por los agricultores con cautela.

143.3. Así, por tanto, hay que mantener puro al matrimonio de cualquier costumbre sucia (o: vil) y perversa, para que no se nos reproche que el apareamiento de los animales irracionales está más en consonancia con la naturaleza que el connubio humano, según la definición generalmente aceptada.

No sucumbir ante las pasiones

144.1. Sucede en realidad que algunos animales, después de la unión en el momento determinado, se separan de repente, dejando a la providencia la obra de la creación.

144.2. Los trágicos nos describen a Políxena cuando es degollada, pero aún "muriendo, tenía mucha prisa por caer con decencia, ocultando lo que debe ocultarse a las miradas masculinas" (Eurípides, Hecuba, 568-570). Porque el matrimonio fue para ella una desgracia.

144.3. Sucumbir y ceder ante las pasiones es esclavitud extrema, como sin duda dominarlas es la única libertad.

144.4. Así la divina Escritura dice que los que han dejado de lado los mandamientos se han vendido a los extranjeros (cf. Ba 4,6; Is 50,1; Jc 2,11 y 14), esto es a los pecados contrarios a la naturaleza, hasta que arrepentidos se convierten.

La Escritura aconseja el matrimonio

145.1. Debemos, por tanto, custodiar puro el matrimonio como una imagen sagrada, protegiéndolo de lo puede mancharlo; despertándonos del sueño con el Señor e ir a dormir con acciones de gracias y oraciones, "sea al acostarte, sea cuando la sagrada luz del día vuelva" (Hesíodo, Opera et dies, 339), deberíamos ser testigos del Señor durante toda nuestra vida, poseyendo la piedad en el alma y prolongando la templanza hasta el cuerpo.

145.2. Porque es realmente agradable a Dios que llevemos de la mano la honestidad de la lengua a las obras, pero el camino para la desvergüenza es la conversación obscena, y el término de ambas, la acción obscena.

145.3. La Escritura aconseja casarse y no consiente separar jamás la unión conyugal, legislándolo directamente: "No repudiarás a la esposa excepto por motivo de fornicación" (Mt 5,32); y considera adulterio casarse viviendo uno de los dos separado.

La fidelidad conyugal

146.1. Lo que muestra que una mujer está exenta de toda sospecha (es) el hecho de que no se adorne ni se arregle (o: embellezca) más de lo conveniente, y que se dedique con diligencia a la plegaria y a las oraciones (cf. 1 Tm 5,5), cuidando no salir muchas veces de su casa, evitando en lo posible ser vista por extraños, considerando más ventajoso que las charlatanerías inoportunas el cuidado de la casa.

146.2. Dice [la Escritura]: "Quien toma a una mujer repudiada comete adulterio" (Mt 19,9: la cita no es textual), porque "si uno repudia a su mujer comete adulterio respecto a ella" (Lc 16,18: la cita no es textual), es decir, la obliga a cometer adulterio.

146.3. Pero no sólo el que repudia se hace responsable de esta culpa, sino también el que la recibe, ofreciendo a la mujer ocasión de pecar; porque si no la recibe, volverá al marido.

La Sagrada Escritura rechaza el adulterio

147.1. ¿Qué (dice) la Ley? Para reprimir la inclinación a las pasiones, manda ejecutar (lit.: hacer desparecer) a la mujer adúltera, culpable de ese (delito); si es (mujer) de un sacerdote, manda condenarla a la hoguera. El adúltero también es lapidado, pero no en el mismo lugar, para que ni la muerte le sea común (cf. Lv 20,10; 21,9; Dt 22,22. 24).

147.2. Porque la Ley no está en desacuerdo (lit.: combate) con el Evangelio, sino que concuerda con él. ¿Y cómo no va a estarlo siendo el único Señor autor (lit.: choregos: jefe de coro) de ambos? Porque la que se prostituye, vive en el pecado, pero está muerta por los mandamientos, mientras que la que está arrepentida, como regenerada por la conversión de su conducta, renace a la vida; está muerta la vieja prostituta, y ha vuelto a la vida la que ha nacido mediante el arrepentimiento.

147.3. Da testimonio de lo dicho el Espíritu, diciendo por Ezequiel: "No deseo la muerte del pecador, sino que se convierta" (Ez 33,11).

147.4. En efecto, [los adúlteros] son lapidados como muertos a la ley, a la que no obedecen, por la dureza de su corazón; a la mujer del sacerdote se le aumenta el castigo porque "a quien se le ha dado mucho, más se le pedirá" (Lc 12,48).

147.5. Terminemos también aquí nuestro segundo Stromata, en razón de la longitud y el número de los capítulos.

 

Partes de esta serie: Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII
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