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formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003 ~
Documentación: Clemente de Alejandría: Stromata
Libro IV
Se ha utilizado la edición crítica del texto griego publicada en la colección «Sources chrétiennes», nº 463, Paris, Eds. du Cerf, 2001, pp. 54 ss.; y la edición de «Fuentes Patrísticas», n. 15, Madrid, Editorial Ciudad Nueva, 2003, pp. 52 [...]

ss. Seguimos fundamentalmente la traducción castellana de esta publicación, con el agregado de subtítulos; pero hemos tomado en cuenta las variantes propuestas en la versión la realizada por Domingo Mayor, sj: «Clemente Alejandrino. Stromatéis. Memorias gnósticas de verdadera filosofía», Abadía de Silos, Ed. Abadía de Santo Domingo de Silos, 1994 (Studia Silensia, XVI) [obra aparecida en 1997]. Se ha tenido presente asimismo la versión italiana: «Clemente Alessandrino. Stromati. Note di vera filosofia. Introduzione, traduzione e note di Giovanni Pini», Milano, Ed. Paoline, 1985 (Letture cristiane delle origini, 20/Testi).
Toda esta nota y fuentes provienen del sitio del Monasterio Benedictino de Santa María de los Toldos (ver link) que es de donde tomamos (sin cambios más que de algún formato) el texto completo



Partes de esta serie: Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII

LIBRO IV

Capítulo I: Introducción

Plan del libro cuarto

1.1. Se sigue, pienso yo, que se debe tratar sobre el martirio y (sobre) quién es el [hombre] perfecto; temas que incluirán, según las exigencias del discurso, los que vengan como consecuencia, y cómo deben filosofar igualmente el esclavo y el libre, sean del género masculino o femenino.

1.2. Después, cuando hayamos terminado lo referente a la fe y a la investigación, expondremos el género simbólico; para que, habiendo terminado rápidamente (lit.: con una incursión), la exposición moral, recapitulemos la utilidad que se ofrece a los griegos desde la filosofía bárbara.

1.3. Después de ese esbozo, se presentará brevemente una explicación de las Escrituras tanto a griegos como a judíos; y cuanto en los Stromata anteriores no se pudo abarcar, (y) que según la introducción de (nuestro) proemio nos propusimos desarrollar en un solo libro, impedidos por la abundancia de los temas.

La autoridad de la Sagrada Escritura

2.1. Después de esto, realizada lo mejor posible la exposición según nuestros fines, deberemos investigar las teorías físicas (lit.: cosas de la naturaleza) sobre los principios, según las opiniones que han llegado hasta nosotros desde los griegos y otros bárbaros (= herejes); buscando conocer y discutir lo más importante de lo ideado por los filósofos.

2.2. A estas cosas deberá seguir, después de la incursión teológica, una explicación detallada de la transmisión de la profecía, como también que las Escrituras, en las que creemos, tienen autoridad absoluta del Todopoderoso, mediante ellas podremos demostrar sucesivamente a todas las herejías que el Dios único y Señor todopoderoso es el anunciado por la Ley y los profetas, y también por el bienaventurado Evangelio.

2.3. Pero nos aguardan muchas confrontaciones con los herejes (lit.: heterodoxos); nos esforzaremos por refutar lo que han publicado en escritos, persuadiéndolos, aún a pesar suyo, avergonzándolos mediante las Escrituras mismas.

La física (o fisiología) gnóstica

3.1. Una vez finalizada nuestra exposición, si el Espíritu quisiere, en las notas (o: memorias) proveeremos para la necesidad urgente -porque hay mucho de utilidad que decir por necesidad de la verdad-; entonces pasaremos a la fisiología realmente gnóstica, iniciándonos en los pequeños misterios antes (de llegar) a los grandes, de manera que nada impida el ministerio sagrado (lit.: hieronfantía), en verdad divino, porque habremos sido purificados e informados de lo que previamente se debe narrar y transmitir.

3.2. En todo caso, la fisiología de la tradición gnóstica según el canon de la verdad, o mejor la contemplación, depende del tratado sobre la cosmogonía, elevándose desde allí mismo al género teológico.

3.3. Por ello, daremos comienzo a la transmisión a partir del origen profetizado; a la vez también expondremos (las opiniones) de los herejes (lit.: heterodoxos) e intentaremos, en cuanto nos sea posible, refutarlas.

3.4. Pero eso se escribirá, si Dios quiere y como nos lo inspire; ahora hay que afrontar lo propuesto y completar (o: terminar) el discurso ético.



Capítulo II: Introducción (continuación)

Sobre los "Stromata"

4.1. Nuestras notas serán, como muchas veces hemos dicho (cf. I,18,1; 55,1. 3; 56,3), en razón de los que se acerquen a leerlas libremente (o: sencillamente) sin experiencia, abigarradas, como su nombre lo indica, pasando continuamente de una cosa a otra, y en la sucesión de las discusiones, indicando una cosa pero mostrando otra (cf. I,14,3).

4.2. "Porque los buscadores de oro", dice Heráclito, "cavan mucha tierra y encuentran poco" (Heráclito, Fragmentos, 22 B 22); pero los que (son) de la raza de oro, al explorar lo que les es afín, encontrarán mucho en poco. Porque (este) escrito hallará uno solo que lo comprenda.

4.3. Ciertamente, los Stromata de estas notas ayudan a la memoria en el esclarecimiento (o: manifestación) de la verdad a quien está dispuesto a buscar con la razón.

4.4. Pero también nosotros deberemos esforzarnos y aportar (o: imaginar, inventar) otras ayudas, puesto que a los que van por un camino que no conocen les basta la sola indicación que les conduzca a él.

Busca y encontrarás

5.1. Pero después tendrán que proseguir y descubrir por ellos mismos lo que falta [del camino], del mismo modo que dicen que respondió la Pitonisa a un esclavo que deseaba un oráculo sobre cómo complacer a [su] señor: "Si buscas, [lo] encontrarás" (cita desconocida; cf. Mt 7,7).

5.2. Es realmente difícil, según parece, descubrir lo hermoso que está escondido, puesto que "la virtud se consigue mediante sudor (o: el sudor acompaña a la virtud), y largo y empinado es el sendero que a ella conduce, y áspero al comienzo. Pero cuando se llega a la cumbre, entonces resulta fácil, por fatigoso que sea" (Hesíodo, Los trabajos y los días, 289-292).

5.3. Porque en verdad, "estrecho y angosto es el camino" (Mt 7,14) del Señor; y "el reino de Dios es de quienes se esfuerzan" (Mt 11,12); por ello dice: "Busca y hallarás" (Mt 7,7; Lc 11,9); permaneciendo en el camino realmente regio uno no se desvía.

La variada obra de la abeja: comparaciones de los "Stromata"

6.1. Ciertamente abundante es la semilla fecunda en lo poco de las enseñanzas (lit.: dogmas) contenidas en esta obra, "como toda la hierba del campo" (Jb 5,25), dice la Escritura.

6.2. También los Stromata de estas notas poseen el título apropiado, según aquella antigua ofrenda florecida sin artificio, sobre la que Sófocles escribió:

6.3. "Había un vellón de lana, una libación del jugo de las vides, y el racimo guardado cuidadosamente; había también diversos frutos mezclados con granos de cebada; y pingüe aceite, y la variada obra de la rubia abeja modelada (o: plasmada) con cera" (Sófocles, Fragmentos, 366).

Prosiguen las comparaciones

7.1. En efecto nuestros "Stromata", conforme al campesino del cómico Timocles, producen "higos frescos, aceite, higos secos y miel" (Timocles, Fragmentos, 36), como un terreno fértil.

7.2. Y ante esa abundancia de frutos, añade: "¡Te refieres a un eiresión (= ramo de procesión), no a un campo de cultivo!" (Timocles, Fragmentos, 36).

7.3. Por eso, los atenienses tenían la costumbre de exclamar: "El eiresión lleva higos frescos, gruesos panes, miel en una taza y aceite para ungirse" (Plutarco, Teseo, 22).

7.4. Es necesario, por tanto, como quien criba, agitar y lanzar al aire muchas veces la mezcla de semillas para elegir o seleccionar el trigo.

Capítulo III: La grandeza del ser humano

Abstenerse del mal

8.1. La mayoría de los hombres tienen un modo de ser semejante al régimen (lit.: disposición) del invierno (o: de las tormentas), inestable e imprevisible.

8.2. "La desconfianza ha ocasionado muchos bienes, y la fe males" (Anónimo, Fragmento, 113).

8.3. Epicarmo dice: "Acuérdate de desconfiar: (ahí están) las coyunturas del espíritu" (Fragmentos, 22 B 13).

8.4. De hecho, lo mismo que no creer en la verdad acarrea la muerte, así también creer, la vida; pero, por el contrario, creer en la mentira desconfiando de la verdad lleva a la perdición.

8.5. Puede decirse lo mismo sobre la continencia y la incontinencia; porque en verdad abstenerse de hacer el bien es obra del mal, pero alejarse de la injusticia es inicio de salvación.

8.6. Así, me parece que el sábado (= descanso sabático), elogiando la abstinencia mediante la abstención de las cosas malas, (da a entender) también con ello en qué el hombre se diferencia de los animales.

8.7. Ahora bien, los ángeles de Dios son más sabios: "Lo hiciste -dice [la Escritura]- poco inferior a los ángeles" (Sal 8,6). Este texto no se refiere al Señor -aunque también Él tuviera carne-, sino al [hombre] perfecto y gnóstico, inferior a los ángeles por el tiempo y la vestimenta [de carne].

8.8. Por consiguiente, no digo que la sabiduría [angélica] es otra cosa distinta que el saber [humano], puesto que no difieren en el modo de vida, porque el vivir es común a la naturaleza mortal, es decir, al hombre, y al que ha sido juzgado digno de inmortalidad (= el ángel), sino que se diferencian una de otra por el estado de contemplación y de continencia.

El ser humano tiene alma y cuerpo

9.1. Por ello, me parece que también Pitágoras dice que sólo Dios es sabio -y además, el Apóstol, en la Carta a los Romanos, escribe: "Se dio a conocer a todas las gentes para obediencia de fe, al Dios único sabio por medio de Jesucristo" (Rm 16,26-27)-, (siendo) él mismo filósofo por su amistad con Dios. Al menos, "Dios hablaba a Moisés -dice- como de amigo a amigo" (Ex 33,11).

9.2. Lo verdadero (es) evidente para Dios. Él engendra la verdad, y el gnóstico ama la verdad. "Debes ir, perezoso, donde la hormiga -dice [la Escritura]-, y hazte discípulo de la abeja" (Pr 6,6 y Si 11,3), afirma Salomón.

9.3. Porque si una es la tarea específica de cada naturaleza, como la del buey, e igualmente la del caballo y del perro, ¿cuál diremos que es la tarea propia del hombre?

9.4. Se parece, pienso yo, al centauro, plasmación tesálica, porque está compuesto de [elemento] racional e irracional, de alma y cuerpo; pero el cuerpo trabaja la tierra y corre hacia la tierra;

9.5. mientras que el alma se despliega hacia Dios, educada mediante la verdadera filosofía, para que se apresure hacia a sus familiares de arriba, una vez desligada de las concupiscencias del cuerpo, y de la fatiga y del temor. En verdad, ya hemos explicado que (es característica del hombre) bueno la paciencia y el temor.

9.6. Porque si, "mediante la ley existe el conocimiento del pecado" (Rm 3,20), como dicen los impugnadores de la ley, nosotros les responderemos cantando que "también antes de la ley existía el pecado en el mundo" (Rm 5,13), pero "sin la ley el pecado está muerto" (Rm 7,8).

9.7. Puesto que, cuando suprimas la causa del temor, el pecado, habrás suprimido el temor, e incluso mucho más el castigo, una vez desaparecido lo que por naturaleza origina la concupiscencia, "ya que no hay ley dispuesta para el justo" (1 Tm 1,), dice la Escritura.

El amor al prójimo

10.1. Bien dice Heráclito: "No conocerían el nombre de justicia, si no hubieran sucedido estas cosas" (Fragmentos, 22 B 23); y Sócrates: "La ley no se ha hecho en favor de los buenos".

10.2. Pero los acusadores no lo supieron, como el Apóstol dice, porque "quien ama al prójimo no causa ningún mal, porque lo de: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás y cualquier otro mandamiento se resume en esta única palabra: Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Rm 13,10. 9).

10.3. Por eso [se] dice en alguna parte: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Lv 19,18; Dt 6,5; Mt 22,37. 39; Lc 10,27). Pero si el que ama al prójimo no obra mal, y si todos los mandamientos se resumen en el de amar al prójimo, [entonces] los mandamientos que se establecieron sobre el temor, disponen el amor, no el odio.



"La Ley es santa"

11.1. Por tanto, la ley no engendra el temor como una pasión. "Por eso la ley es santa" (Rm 7,12) y realmente "espiritual" (Rm 7,14), según el Apóstol.

11.2. Es necesario, como se ve, haber examinado con profundidad la naturaleza del cuerpo y la esencia del alma, para encontrar la finalidad de cada uno, y no creer que la muerte es un mal.

11.3. "Porque, cuando eran esclavos del pecado, dice el Apóstol, eran libres respecto a la justicia. ¿Qué frutos daban entonces? Aquellos por los que ahora se avergüenzan, puesto que su fin es muerte. Pero ahora habiendo sido liberados del pecado y hechos esclavos de Dios, poseen el fruto para la santificación de ustedes y por fin la vida eterna. Porque el salario del pecado es la muerte, pero la gracia de Dios es vida eterna en nuestro Señor Jesucristo" (Rm 6,20-23).

La vida verdadera es la que se aparta del pecado

12.1. Por tanto, está demostrado que la muerte es la comunión del alma pecadora en un cuerpo, y el alejamiento (o: la separación) del pecado (es) vida.

12.2. Muchas son las empalizadas ante los pies y las fosas de la concupiscencia, los abismos de la ira y del furor, que necesariamente debe saltar, y evitar toda la destrucción de las maquinaciones quien desee la gnosis de Dios no (sólo) "a través de un espejo" (1 Co 13,12).

12.3. "Mitad de la virtud arrebata el retumbante Zeus, cuando sobre aquél cuelga el día de la esclavitud" (Homero, Odisea, XVII,322-323).

12.4. Pero la Escritura llama esclavos a los que se están bajo el pecado y vendidos a los pecados (cf. Rm 6,17. 20; 7,14), a los amantes del placer y a los amantes del cuerpo -más animales que hombres (cf. Sal 48 [49], 13. 21)-, a los parecidos a las bestias, caballos locos por las hembras que relinchan por las de los vecinos (cf. Jr 5,8). Asno insolente es el [hombre] desenfrenado, lobo salvaje el ambicioso, y serpiente el mentiroso.

12.5. Ciertamente, la separación del alma (respecto) del cuerpo, meditada a lo largo de la vida, provee al filósofo un celo (o: diligencia, ardor) gnóstico para poder llevar fácilmente la muerte física, que es la disolución de las ataduras del alma respecto del cuerpo.

12.6. "Porque el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo" (Ga 6,14), dice [el Apóstol]; y estando todavía en la carne, vivo como ciudadano en el cielo (cf. Ga 2,20; Flp 3,20).

Capítulo IV: Elogio del martirio

Cómo debe comportarse el mártir cristiano

13.1. Con razón cuando el gnóstico es llamado, obedece sin dificultad, y a quien le solicita el cuerpecito se acerca para entregárselo (cf. Lc 6,29), incluso con sus pasiones, de las que antes había despojado al pedacito de carne, sin injuriar al tentador, sino para educarlo, pienso yo, y demostrarle "qué honor y qué amplia felicidad", como dice Empédocles (Fragmentos, 31 B 119), alcanza (o: ha dejado), viviendo así entre los mortales.

13.2. También da testimonio verdaderamente ante sí mismo de ser auténticamente fiel para con Dios; lo mismo ante el tentador [testimonia] que en vano tiene envidia del (que es) fiel por amor; así también [da testimonio] ante el Señor de que obedece su doctrina por una fuerza divina, de la que no apostatará por temor a la muerte; al contrario, confirmará también con su conducta la verdad del kerigma, demostrando que Dios, hacia quien se apresura a correr, es poderoso.

13.3. Admirarás su amor, permaneciendo unido con agradecimiento con el que está emparentado (= Dios mismo). Pero no sólo (eso), sino que también "con la sangre preciosa" (1 P 1,19) avergonzará a los incrédulos.

La alegría de entregar la vida por la confesión de fe

14.1. Ahora bien, (el mártir) evita negar a Cristo, según el mandato (cf. Mt 10,33; Lc 12,9), no por temor, porque entonces sería mártir por temor. Tampoco traiciona (o: vende) la fe por la esperanza de los dones prometidos, sino que por amor al Señor, con gran alegría se librará de esta vida; e igualmente será agradecido con quien le procuró la ocasión de partir de aquí y con el que haya urdido conscientemente la acechanza; posee una razonable oportunidad, que él mismo no preparó, de demostrar quién es él, por su paciencia, ante aquél [acusador], y ante el Señor por el amor que le testimonia, que ya era manifiesto al Señor y que conocía, incluso antes de nacer, la elección del mártir.

14.2. Confiado se dirige a un amigo, al Señor (cf. Jn 15,14), por el que entregó conscientemente no sólo el cuerpo, sino también el alma, como los jueces esperaban, escuchando de nuestro Salvador, según el poeta, "querido hermano" (Homero, Ilíada, IV,155; V,359; XXI,308), por la semejanza de vida.

14.3. En verdad, llamamos perfección al martirio, no porque el hombre alcance el fin de la vida como los demás, sino porque ha dado prueba de una obra perfecta de amor (cf. St 1,4).

14.4. También los antiguos griegos celebraban el fin de los caídos en la guerra, no porque aconsejaran la muerte violenta, sino porque quien muere en combate muere sin temor a la muerte: desprendido del cuerpo y sin sufrimientos ni debilidades (lit.: ablandamientos, afeminamientos) en el alma, como los hombres que padecen enfermedades, que mueren conduciéndose como mujeres y deseosos de vivir.

El sacrificio que deben hacer quienes son justos y magnánimos

15.1. Por eso no liberan el alma purificada, sino que se llevan consigo las concupiscencias, cual masas de plomo; a no ser que algunos de esos [enfermos] se distingan en la virtud.

15.2. Pero también hay quienes mueren en la guerra entre concupiscencias, sin diferenciarse de los que también se marchitan en la enfermedad.

15.3. Si, por tanto, el martirio es la confesión de fe (omología) respecto a Dios, toda alma que haya vivido pura reconociendo a Dios y escuchando (u: obedeciendo) los mandamientos, es mártir con la vida y la palabra, sea cual fuere su salida (o: liberación) del cuerpo, porque derrama su fe, igual que la sangre, durante toda la vida hasta la partida (lit.: éxodo).

15.4. Ahora bien, dice el Señor en el Evangelio: "Quien dejare padre o madre o hermanos", y lo que sigue, "por causa del Evangelio y de mi nombre" (Mt 19,29-30; Mc 10,29-30; Lc 18,29), bienaventurado ése, porque no presenta un martirio común, sino el gnóstico, como quien se comportó conforme a la norma (canon) del Evangelio por amor al Señor.

15.5. Porque el reconocimiento del Nombre y la comprensión del Evangelio significan gnosis, no una mera denominación; por eso [conviene] abandonar la familia terrena, abandonar la hacienda y toda posesión, para vivir sin pasiones (lit.: con indiferencia). La madre y la nodriza significan alegóricamente la patria que alimenta; en cambio, los padres, las leyes del Estado.

15.6. Pero eso es lo que el [hombre] justo y magnánimo debe sacrificar con agradecimiento para devenir amigo de Dios y conseguir la parte derecha (cf. Mt 25,33) del santuario, como también hicieron los Apóstoles.



Lo que afirman algunos herejes sobre el martirio

16.1. Además, Heráclito dice: "Dioses y hombres honran a los muertos en combate" (Heráclito, Fragmentos, 22 B 24); y Platón, en el libro quinto de la "República", escribe: "De entre los muertos en una campaña militar el que ha terminado de manera honrosa, ¿no diremos primero que es de estirpe áurea? ¡Mucho más que a los demás!" (Platón, República, V,468 E).

16.2. Pero la estirpe áurea proviene de los dioses del cielo y de la esfera estable, que ante todo poseen la hegemonía de la Providencia sobre los hombres.

16.3. No obstante, algunos herejes (¿valentinianos?), comprenden mal al Señor, aman la vida impía y cobardemente al mismo tiempo, diciendo que el verdadero martirio que realmente existe es la gnosis de Dios, lo cual también nosotros lo confesamos, pero [dicen también] que quien le confiesa mediante la muerte es asesino de sí mismo y suicida; y divulgan entre la gente otros sofismas de la cobardía. A éstos se les responderá cuando lo requiera el momento, porque difieren de nosotros en cuanto a los principios.

Contra los marcionitas

17.1. Pero también nosotros censuramos a quienes se precipitan a la muerte. Porque hay algunos que sin ser de los nuestros, sólo (tienen) en común el nombre, se apresuran a entregarse a sí mismos por odio al Creador: ¡miserables suicidas!

17.2. Afirmamos que éstos se suicidan sin martirio, aunque sean oficialmente castigados.

17.3. Porque no salvan el carácter del testimonio creyente, y en realidad no conocen a Dios (cf. Jn 11,25; 14,6), entregándose ellos mismos a una muerte vacía, al igual que los gimnosofistas indios en un fuego inútil.

17.4. Pero, puesto que esos de falso nombre (lit.: seudónimo) deshonran el cuerpo, que aprendan bien que la armonía del cuerpo ayuda al pensamiento para el buen equilibrio.

La armonía de cuerpo y alma

18.1. Por eso, en el tercer [libro] de la "República", Platón, a quien aclaman como el mejor testigo cuando censuran la generación, dijo que por razón de la armonía del alma había que cuidar el cuerpo (cf. Platón, República, III,410 C; IV,443 D, IX,591 D), por el cual puede vivir, y vivir rectamente, el que anuncia el mensaje de la verdad; porque por medio de la vida y la salud hacemos nuestro camino aprendiendo la gnosis.

18.2. Pero a quien no es posible de ninguna manera alcanzar la cumbre sin tener que ocuparse de las cosas necesarias, y mediante éstas hace todo el esfuerzo para dirigirse a la gnosis, ¿no elegiría vivir bien?

18.3. En todo caso, viviendo se lleva a buen término vivir bien, y se dirige hacia un estado de eternidad el que por medio del cuerpo se ejercita en vivir virtuosamente.

Capítulo V: Sobre el desprecio del dolor y de la pobreza

Soportar el sufrimiento

19.1. Son dignos admirar algunos de los estoicos que dicen que el alma no está condicionada en absoluto por el cuerpo, ni inclinada hacia el mal por la enfermedad, ni la virtud por la salud, sino que dicen que ambas cosas son indiferentes.

19.2. Y en verdad también Job (cf. Jb 1), por su extraordinaria continencia y su extraordinaria fe, cuando de la riqueza pasó a la pobreza, de la fama al desprecio, de la hermosura a la deformidad y de la salud a la enfermedad, se nos ha propuesto como hermoso ejemplo, confundiendo al tentador, bendiciendo al Creador, sobrellevando lo segundo como lo primero, enseñando perfectamente que el gnóstico puede comportarse bien en todas las circunstancias.

19.3. Y puesto que las antiguas proezas son imágenes (o: modelos) propuestas para nuestra corrección, el Apóstol manifiesta: "De modo que mis cadenas han sido mostradas en Cristo en todo el pretorio y a todos los demás, y que la mayoría de los hermanos en el Señor, confiados en mis cadenas, se atreven mucho más sin temor a hablar la palabra de Dios" (Flp 1,13-14), porque los martirios gloriosamente santificados son también ejemplos de conversión.

19.4. (También) dice: "Todo cuanto ha sido escrito, para nuestra enseñanza ha sido escrito, para que mediante la paciencia y el consuelo de las Escrituras tengamos la esperanza del consuelo" (Rm 15,4).

Cómo proceder ante la llegada del dolor

20.1. Pero parece que ante la llegada de un sufrimiento, el alma se aparta de él y considera que debe liberarse de la pena presente. Sin duda, en ese tiempo se despreocupa de las enseñanzas, también porque se descuidan las otras virtudes.

20.2. Y en verdad, no decimos que la virtud misma padezca -porque la virtud nunca enferma-, pero quien participa de ambas, de virtud y de enfermedad, está presionado por la opresión. Y si no goza de valerosos sentimientos, quien aún no tiene práctica del hábito de la continencia se deja dominar, y el no resistir equivale a huir.

Sobre la pobreza

21.1. Pero el mismo discurso [vale] asimismo sobre a la pobreza, porque también ésta violenta al alma para que se distraiga de las cosas necesarias, digo de la contemplación y de la pureza de ausencia de pecado, forzando [al alma] a gastar el tiempo en procurarse medios a quien no se ha consagrado por entero a Dios por amor; como, por el contrario, la salud y la abundancia de lo necesario conservan libre y sin trabas al alma que sabe usar bien de lo presente.

21.2. Porque dice el Apóstol: "Quienes son como esos, tendrán tribulación en la carne, pero yo se [las] ahorro. Puesto que quiero que ustedes estén sin preocupaciones para (servir) honesta y asiduamente al Señor sin distracción" (1 Co 7,28. 32. 35).



Optar sabiamente

22.1. Hay, por tanto, que cuidar de todas esas cosas, no por ellas mismas, sino por el cuerpo; pero la solicitud por el cuerpo radica es por (causa) del alma, a la cual hace referencia.

22.2. Porque es preciso que quien se comporta de forma gnóstica aprenda lo que conviene; reconociendo que el placer no es un bien, por el hecho de que algunos placeres son malos. Por esa razón, lo bueno aparece malo, y lo malo bueno.

22.3. Pero además, si elegimos algunos placeres, huimos de otros, porque no todo placer es bueno.

22.4. Lo mismo habría que decir respecto a los sufrimientos, de los cuales soportamos algunos, pero huimos de otros; ahora bien, la elección y el rechazo se hacen conforme a ciencia.

22.5. De modo que la ciencia es lo bueno, no el placer, porque por a ella también se puede elegir en tal ocasión tal placer.

Riqueza y pobreza

23.1. Igualmente, el mártir elige un placer en esperanza mediante el sufrimiento presente. Pero si el sufrimiento se percibe en la sed y el placer en la bebida, el dolor que precede es la causa eficiente del placer. Pero el mal no es causa eficiente del bien; por ello ni lo uno ni lo otro (son) un mal.

23.2. En verdad, Simónides, como también Aristóteles, escriben: "Para el hombre, lo primero es la salud" (Aristóteles, Retórica, II,21,1394, b 13), "lo segundo, ser de hermosa presencia, y en tercer lugar, la riqueza sin fraude" (Simónides de Quíos, Fragmentos, 7).

23.3. También Teognis de Megara [escribe]: "Hay que huir de la pobreza, Cirno, y, desde las escarpadas rocas, arrojarse hasta los abismos profundos del mar" (Teognis, Elegías, I,175-176).

23.4. En cambio el cómico Antífanes, más bien contrario, dice: "La riqueza recibiendo a los que ven, los hace ciegos" (Antífanes, Fragmentos, 259).

Peligros de las riquezas

24.1. Por eso (la riqueza) es cantada por los poetas ciega de nacimiento:

24.2. "Ella le engendró un hijo que nunca vio sol", dice Euforión de Calcis (Fragmentos, 110).

24.3. "Mala educadora de valentía han sido para los hombres la riqueza y la mucha voluptuosidad", ha versificado Eurípides en el "Alejandro" (Eurípides, Fragmentos, 54).

24.4. Y se ha dicho: "La pobreza obtuvo en suerte sabiduría por su parentesco" (Eurípides, Fragmentos, 641,3).

24.5. Pero el amor al dinero, no sólo ha arruinado (o: derrotado) a Esparta, sino también a cualquier ciudad.

24.6. "Ciertamente la moneda para los mortales no es sólo la de plata brillante o de oro, sino la virtud", como afirma Sófocles (en realidad: Eurípides, Fragmentos, 542).

Capítulo VI: Sobre las bienaventuranzas

"Bienaventurados los perseguidos por practicar la justicia"

25.1. Nuestro Salvador, el Santo, dispuso la pobreza, la riqueza y otras cosas parecidas, tanto (en relación) con lo espiritual como con lo sensible; porque diciendo: "Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia" (Mt 5,10), nos enseña claramente a buscar el testimonio (lit.: martirio) en toda circunstancia.

25.2. Si el pobre por la justicia testimonia que la justicia que ha amado es un bien, y si (padeciere) hambre y sed por la justicia, da testimonio que la justicia es lo mejor.

"Bienaventurados los pobres"

26.1. Pero de igual manera, también quien llora y se aflige por la justicia (cf. Mt 5,4; Lc 6,21) testimonia que la mejor ley es buena (o: hermosa).

26.2. Por eso, tanto a los perseguidos cuanto a los que tienen hambre y sed por la justicia los llama bienaventurados (cf. Lc 6,21) quien ha aceptado el legítimo deseo que ni siquiera el hambre pudo cortar.

26.3. Y si tienen hambre de la justicia misma, (serán) bienaventurados. "Bienaventurados también los pobres" (Mt 5,3: Lc 6,20), tanto en espíritu como en riquezas, por la justicia, evidentemente.

26.4. Ahora bien, no (llama) bienaventurados simplemente a los menesterosos, sino a los que han querido hacerse pobres por causa de la justicia, a los que desprecian con grandeza de ánimo (o: con sentimientos valerosos) los honores de aquí abajo por procurar el bien.

26.5. De igual modo, también a los que han llegado a ser hermosos de carácter y de cuerpo por la castidad, a los nobles e ilustres, que por la justicia han avanzado hacia la adopción filial y, por ello, han conseguido "el poder ser hijos de Dios" (Jn 1,12), y "caminar sobre serpientes y escorpiones" (Lc 10,19), y vencer a los demonios y al ejército del Adversario (cf. 2 Ts 2,4; 1 T 5,14).

La inmortalidad

27.1. Y en general, la ascesis del Señor aleja el alma del cuerpo con agradecimiento, si bien también ella misma se va separando con esfuerzo según se va convirtiendo.

27.2. "Porque el que encuentra su alma la perderá y quien la pierde la encontrará" (Mt 10,39; Mc 8,35 y Lc 9,24 dicen "la salvará), con tal que unamos nuestra fragilidad a la incorruptibilidad de Dios. Pero es voluntad de Dios el conocimiento de Dios, que eso es comunión de su inmortalidad.

27.3. Según la lógica de la conversión, quien reconoce que su alma es pecadora, la hará morir al pecado, del que ha sido arrebatado; pero, al haberla perdido, la encontrará, por la obediencia, resucitada a la fe, aunque muerta al pecado (cf. Rm 6,4. 2. 10). Esto es encontrar el alma: conocerse a sí mismo.

Seguir las enseñanzas de Cristo

28.1. Pero los estoicos dicen que la conversión hacia lo divino (lit.: las cosas divinas) se realiza mediante un cambio, una transformación del alma hacia la sabiduría.

28.2. En cambio, Platón (dice) que es por medio de una evolución del alma hacia lo mejor y un alejamiento de cierto día tenebroso (cf. Platón, República, VII,512 C; 525 C, 532 B).

28.3. Por lo demás, también los filósofos (= los estoicos) conceden al [hombre] virtuoso una salida razonable, si algo le privase de actuar, no quedándole esperanza alguna de actividad.

28.4. Pero el juez que obliga a la fuerza a renegar de quien nos ha amado, me parece, que separa al que (es) amigo de Dios y al que no lo (es).

28.5. De esta manera no hay comparación posible entre lo que uno debe rechazar y lo que hay que preferir: una amenaza humana o el amor de Dios.

28.6. También la abstención de acciones malas viene a ser una disminución y extinción de los vicios (lit.: males), porque la falta de ejercicio (o: la inacción) abate la actividad de los mismos; esto es "vende tus posesiones y dalas a los pobres, y después sígueme" (Mt 19,21); es decir, sigue las palabras del Señor.

El desprendimiento de los bienes materiales

29.1. Pero con "lo que hay" (= hacienda, riquezas), algunos dicen que (el Señor) quiso decir las posesiones, lo que (hay) de extraño en el alma, y no pueden decir cómo hay que distribuir eso a los pobres. Pero Dios reparte todo a todos según el mérito (de cada uno), porque su economía es justa.

29.2. Menospreciando entonces, dice, las posesiones que Dios reparte por medio de tu magnificencia (o: generosidad), sigue mis enseñanzas, apresurándote hacia la ascensión del Espíritu, no sólo justificado por la sola abstinencia de males, sino también perfeccionado por la beneficencia (según) el Señor.

29.3. Así, a quien se vanagloriaba de haber cumplido perfectamente los mandatos de la ley, [el Señor] le reprochó no haber amado al prójimo (cf. Mt 19.20-21; Mc 10,20; Lc 18,21). Pero la buena acción está ordenada por el amor, que es señor del sábado (cf. Mt 12,8; Mc 2,28; Lc 6,5), conforme al ascenso gnóstico.

29.4. Pero pienso que no conviene acercarse a la Palabra salvadora (cf. Mt 19,21) ni por temor al castigo, ni por alguna promesa de regalo, sino por el bien mismo.



Los tres grados de la verdad

30.1. Quienes (se comportan) así se encuentran a la derecha del santuario (cf. Mt 25,33). Pero los que piensan permutar la inmortalidad mediante el regalo de lo corruptible son llamados "mercenarios" (Lc 15,17) en la parábola de los dos hermanos; y la expresión "a imagen y semejanza" (Gn 1,26) se excluye aquí; en efecto, aquéllos se comportan a semejanza del Salvador, pero los otros han sido colocados en el lado izquierdo, conforme a la imagen de los segundos (lit.: aquellos).

30.2. También son tres los grados que (derivan) de la verdad (= el Salvador, el gnóstico, los otros imitadores), teniendo como fundamento todos una raíz; pero la elección no es igual o, mejor, la diferencia en la elección no (es) la misma.

30.3. Y elegir por imitación, pienso que es distinto de elegir por gnosis; al igual que lo encendido y lo iluminado por el fuego y por la luz. Según la Escritura, luz de semejanza es Israel, y lo demás (= los filósofos griegos) es imagen.

30.4. Pero, ¿qué quiere el Señor con la parábola de Lázaro (cf. Lc 16,19-25), al mostrar la imagen del rico y del pobre? ¿Qué (significa) "nadie puede servir a dos señores, a Dios y a Mamón" (Mt 6,24; Lc 16,13), como el Señor llama al amor al dinero?

La avaricia y la preocupación excesiva por las cosas materiales

31.1. Así, los avaros invitados al banquete no aceptan la invitación (cf. Mt 22,2-3; Lc 14,16), no por tener posesiones, sino por tenerlas de forma apasionada.

31.2. "Las zorras ciertamente tienen madrigueras" (Mt 8,20). Llamó zorras a los hombres pervertidos y terrenales, ocupados en excavar y extraer riquezas.

31.3. Así también (se refirió) a Herodes: "Vayan y digan a esa zorra: "Mira, expulso demonios y hago curaciones hoy y mañana, y al tercer día habré llegado al fin"" (Lc 13,32).

31.4. Porque llamó "aves del cielo" (Mt 6,26) a los que (volando por) el cielo se diferencian de otros pájaros, realmente puros, que pueden volar (o: son capaces de volar) hacia la gnosis del Verbo celestial.

31.5. Porque no sólo implican innumerables preocupaciones la riqueza, la fama y el matrimonio, sino también la pobreza para quien no la soporta; y quizás en la parábola de la cuádruple siembra dio a entender esas preocupaciones, al decir que la semilla de la palabra, caída entre espinos y empalizadas, fue sofocada por ellos y no pudo fructificar (cf. Mt 13,7. 22; Mc 4,7. 19; Lc 8,7. 14).

Obrar rectamente

32.1. Por tanto, es necesario aprender cómo conviene comportarse en cada una de las circunstancias, como para ejercitarse mediante una gnóstica vida virtuosa al estado de vida eterna.

32.2. Porque dice: "Vi al impío orgulloso y presuntuoso como los cedros del Líbano, y al pasar, habla la Escritura, he aquí que ya no existía. También lo busqué y no se encontró su lugar. Guarda la inocencia y observa la rectitud (lit.: mira rectamente), porque existe una posteridad para el hombre pacífico" (Sal 36 [37], 35-37).

32.3. Pero éste será el que sin hipocresía de todo corazón cree y con toda el alma está en paz (o: serenísimo).

32.4. "Porque el otro pueblo honra con los labios, pero su corazón está lejos del Señor" (Is 29,13). "Me bendicen con su boca, pero con su corazón me maldicen" (Sal 61 [62],5).

32.5. "Lo amaron con su boca, y con su lengua le mintieron. Pero su corazón no era sincero para con Él, ni creyeron en su alianza" (Sal 77 [78],36-37).

Peligros de la excesiva preocupación por las cosas materiales

33.1. "Por eso, enmudezcan los labios engañosos, que hablan injusticia contra el Justo" (Sal 30 [31],19). Y de nuevo: "Extermine el Señor todos los labios engañosos y la lengua jactanciosa, de los que dicen:

33.2. "Exaltaremos nuestra lengua, nuestros labios en nosotros están. ¿Quién es nuestro dueño"" (Sal 11 [12],4-5). "Por la miseria de los pobres y por los gemidos de los menesterosos, ahora me levantaré, dice el Señor. Estableceré la salvación, hablaré abiertamente en él" (Sal 11 [12],6).

33.3. "Porque Cristo es de los humildes, no de los que se ensalzan sobre su rebaño" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 16,1).

33.4. "Por tanto no atesoren para ustedes tesoros sobre la tierra, donde polilla y la herrumbre los hacen desaparecer y ladrones perforan y roban" (Mt 6,19), dice el Señor, quizás para reprender a los avaros o quizás también a los que están simplemente preocupados y solícitos, y también a los amantes del cuerpo.

33.5. Poque amores, enfermedades, y los razonamientos inútiles (o: insignificantes) "perforan" la razón y al hombre entero; pero nuestro verdadero tesoro (cf. Mt 6,21; Lc 12,34) se encuentra en lo congénito de [nuestro] espíritu.

33.6. Además, nos transmite lo comunional de la justicia, mostrando que conviene devolver a la costumbre de la antigua conducta (cf. Ef 4,22) lo adquirido por ella para nosotros, y a recurrir a Dios implorando misericordia.

33.7. Ésta es en realidad "la bolsa que no envejece", viático de la vida eterna, "tesoro inagotable en el cielo" (Lc 12,33), "porque compadeciéndome, me apiadaré de quien me apiade" (Ex 33,19; Rm 9,15), dice el Señor.

Buscar primero el reino de los cielos

34.1. Pero estas cosas las dice también para quienes desean ser pobres por la justicia (cf. Mt 5,3). Porque han escuchado por medio del mandamiento que "ancho y espacioso es el camino que lleva a la destrucción, y son muchos los que transitan por él" (Mt 7,13; cf. Lc 13,24).

34.2. No se refiere a otra cosa sino al libertinaje, al amor por las mujeres, al amor de la gloria, del poder y a pasiones parecidas. "¡Insensato!", puesto que así decía, "porque reclamarán tu alma esta misma noche. Pero lo que le almacenaste, ¿para quién será?" (Lc 12,20).

34.3. Y el mandato dice textualmente: "Guárdense de toda avaricia, porque la vida de uno no está en abundarle las riquezas" (Lc 12,15).

34.4. Porque ¿en qué será beneficiado un hombre si ganase el mundo entero, pero su alma se pediera? O ¿qué dará el hombre a cambio de su alma?" (Mt 16,26; cf. Mt 6,25; Mc 8,36; Lc 9,25).

34.5. "Por eso digo: "No se preocupen por su alma (o: vida), por lo qué comerán, ni por el cuerpo, qué vestirán; porque el alma (o: vida) es más que la comida, y el cuerpo más que el vestido"" (Lc 12,22-23; cf. Mt 6,25).

34.6. Y de nuevo: "Porque su Padre sabe que necesitan de todo eso. En cambio, busquen primero el reino de los cielos y la justicia, porque éstas son las cosas grandes y las pequeñas" (Mt 6,32; cf. Lc 12,30-31); y las relativas a la vida, ésas "se les darán por añadidura" (Mt 6,33; cf. Lc 12,30-31).

Capítulo VI: Sobre las bienaventuranzas (conclusión)

Cristo educador del alma

35.1. En verdad, ¿no nos llama abiertamente a practicar (o: seguir) la vida gnóstica, exhortándonos con obras y palabras a buscar la verdad? Cristo, el educador del alma, no considera rica la dádiva, sino la voluntad (o: la elección).

35.2. Así, Zaqueo, pero que otros llaman Matías (=Mateo), jefe de los recaudadores, al oír que el Señor se había dignado dirigirse a él, dijo: "Mira, doy la mitad de mis bienes como limosna, y si a alguien he defraudado en algo, le devuelvo el cuádruplo" (Lc 19,8; cf. Nm 5,6-7). En favor suyo también dijo el Señor: "El Hijo del hombre al venir hoy ha encontrado lo que estaba perdido" (Lc 19,10).

35.3. De nuevo, viendo que un rico había echado en el gazofilacio una ofrenda proporcionada a su riqueza, pero la viuda [sólo] dos monedas de cobre, [el Señor] dijo que la viuda había echaado más que todos, porque (el rico) había contribuido de lo que le sobraba, pero ella, de lo que necesitaba (cf. Lc 21,1-4; Mc 12,41-44).

Bienaventurados los mansos

36.1. Pero puesto que todo lo dirigió a la educación del alma, dice: "Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra" (Mt 5,5).

36.2. Ahora bien, mansos son los que han puesto fin en el alma a la implacable batalla contra la ira, la concupiscencia y (las pasiones) subordinadas (o: debajo) a ellas. Pero alaba a los que son mansos por voluntad, no por necesidad.

36.3. Porque junto al Señor hay muchas recompensas y moradas (cf. Jn 14,2), según la analogía de las vidas.

36.4. "Porque quien reciba a un profeta por el nombre de profeta, dice, recibirá recompensa de profeta; y el que reciba a un justo por el nombre de justo, recibirá recompensa de justo; y el que honre a uno de estos pequeños discípulos, no perderá la recompensa" (Mt 10,41-42).

36.5. En otra ocasión (indicó) las distintas recompensas, nobles compensaciones de la virtud, mediante el desigual número de las horas [de trabajo]; pero mediante la paga igual dada a cada uno de los obreros -esto es, la salvación significada por el denario-, ha indicado el derecho equitativo respecto a los que trabajaron diferentes horas (cf. Mt 20.1-16).

Bienaventurados los que lloran

37.1. En verdad, al ser colaboradores de la inefable economía y liturgia, trabajaron según las moradas correspondientes (lit.: análogas) a los premios de que han sido juzgados dignos.

37.2. Dice Platón: "Pero los estimados con mayor dignidad por vivir con pureza, ésos son los que, liberados de las cosas terrenas y huidos como de cárceles, sin embargo alcanzan arriba una morada pura" (Platón, Fedro, 114 B-C).

37.3. Así, claramente dice lo mismo de este modo: "De entre éstos, los que están suficientemente purificados por la filosofía, viven absolutamente sin cuerpos para siempre (lit.: para todo el tiempo)" (Platón, Fedro, 114 C), aunque [Platón] les asigne ciertas figuras (lit.: esquemas), unas de aire y otras de fuego.

37.4. Después añade: "Y llegan a moradas todavía más bellas que éstas, que no son fácilmente descriptibles, ni ahora (hay) tiempo suficiente para ello" (Platón, Fedro, 114 C).

37.5. De ahí con razón, "bienaventurados los que afligidos (o: lloran), porque ellos serán consolados" (Mt 5,5).

37.6. Porque los que se han convertido de haber vivido mal (lit.: de aquello en que hayan vivido mal) estarán presentes a la llamada; esto es ser consolado.

37.7. Pero hay dos modos de arrepentirse (o: convertirse): uno, más común, (es) el temor por lo realizado; el otro, más específico, es la vergüenza, que la conciencia siente sobre sí misma, tanto aquí como en otra parte, porque ningún lugar (está) desierto de los beneficios de Dios.

Bienaventutados los misericordiosos

38.1. También dice: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5,7). Pero la misericordia no es lo que algunos filósofos han pensado: tristeza por las desgracias ajenas, sino que es algo mucho mejor, como dicen los profetas: "Misericordia quiero, dice, y no sacrificio" (Os 6,6; cf. Mt 9,13; 12,7).

38.2. Pero quiere que sean misericordiosos no sólo los que practican misericordia, sino también los que desean practicar la misericordia, aunque no puedan: los que tengan la voluntad de hacerlo.

38.3. Porque a veces queremos hacer misericordia mediante un donativo (o: regalo) de dinero o un servicio personal (lit.: corporal), como socorrer a un necesitado, ayudar a un enfermo o asistir a quien se encuentra en una dificultad; y nosotros estamos impedidos por la pobreza, la enfermedad o la ancianidad -porque también ésta (es) una enfermedad de la naturaleza-, de prestar nuestro ministerio donde nos proponíamos cumplirlo, no pudiendo llevar a término lo que hubiéramos querido.

38.4. Los que han querido participarán del mismo honor que quienes hayan podido, porque su intención era la misma, aunque otros hayan tenido mayores recursos.



Bienaventurados los puros de corazón

39.1. Pero puesto que se encuentran dos caminos que conducen a la perfección de la salvación, obras y gnosis, [el Señor] dijo: "Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8).

39.2. Si consideramos la verdad de esta realidad, la gnosis es la purificación de la parte hegemónica (o: rectora, directiva) del alma, y es una buena actividad (lit.: energía).

39.3. En efecto, algunas cosas (son) buenas por sí mismas, otras por participación de las buenas, como lo decimos de las bellas acciones; pero sin las cosas intermedias, que tienen función de materia, no se dan acciones ni buenas ni malas; así menciono la vida, la salud y otras cosas necesarias o accidentales.

39.4. Por tanto, [el Señor] los quiere puros en los deseos corporales y santos en los pensamientos que llegan al conocimiento de Dios, para que la facultad hegemónica no tenga nada espurio (o: falso) que interfiera su acción.

Bienaventurados los pacíficos. La impasibilidad

40.1. Así, cuando alguien se ocupa en la contemplación, dialogando puramente con la divinidad, participando gnósticamente de esa cualidad santa, deviene más cercano al estado de impasibilidad (apátehia), de modo que ya no tendrá ciencia y poseerá gnosis, sino que [él mismo] es ciencia y gnosis.

40.2. Por tanto, "bienaventurados los pacíficos" (Mt 5,9). Los que han domesticado y civilizado la ley que milita contra la sabiduría de nuestro espíritu (cf. Rm 7,23): las amenzas de la cólera, las seducciones de la concupiscencia y las otras pasiones que hacen la guerra a la razón, (y) los que han vivido conforme a la ciencia, con obras buenas y con verdadera razón, serán restablecidos en la más amorosa adopción filial.

40.3. Pero la perfecta pacificación parece ser aquella que en toda circunstancia conserva inmutable la disposición pacífica, proclama santa y buena la divina providencia, y está establecida en la ciencia de las cosas divinas y humanas, por las que considera las contadicciones del mundo (como) la más hermosa armonía de la creación.

40.4. Pero también pacifican a los que en este mundo son atacados (o: combatidos) por las estratagemas del pecado, enseñándoles a buscar la fe y la paz.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia

41.1. Pero pienso que la cima de toda virtud (se encuentra) cuando el Señor nos enseña que por el amor a Dios debemos despreciar la muerte de una manera más gnóstica.

41.2. "Bienaventurados, dice, los perseguidos por causa de la justicia, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mt 5,10 y 9), o como dicen algunos que cambian los Evangelios: "Bienaventurados los perseguidos por encima de la justicia [humana], porque ellos serán perfectos. Y bienaventurados los perseguidos por mi causa, porque tendrán un lugar donde no serán perseguidos".

41.3. "Y bienaventurados serán cuando los odien los hombres, cuando los expulsen, cuando proscriban el nombre de ustedes como infame por causa del Hijo del hombre" (Lc 6,22).

41.4. Con tal de que no injuriemos evidentemente a los perseguidores, y soportemos sus castigos, sin odiarlos, pensando que la prueba nos ha sobrevenido más tarde de lo que esperábamos; al contrario, sabiendo que toda prueba es ocasión de martirio.

Capítulo VII: El martirio por amor

El verdadero creyente

42.1. Después, el que se engaña y se demuestra a sí mismo infiel, y se pasa al ejército del Diablo, ¿en qué desgracia (lit.: mal), diremos, está?

42.2. Ciertamente, quien no cree en Dios engaña al Señor, o más bien, engañará su propia esperanza. Y no cree quien no obra lo que (Él) ha mandado.

42.3. Pero ¿qué? ¿No niega al Señor quien se niega a sí mismo? ¿Porque no suprime al dueño de la autoridad quien también se priva a si mismo de la familiaridad con Él? Por tanto, quien niega al Salvador niega la vida, porque "la luz era la vida" (Jn 1,4).

42.4. A esos no los llama de poca fe, sino incrédulos e hipócritas (cf. Mt 6,2; 17,17; 23,13), aunque ostentan el nombre (de cristianos), niegan ser creyentes. Por el contrario, fiel se llama al que es siervo y amigo (cf. Mt 24,45).

42.5. De modo que, si alguien se ama a sí mismo, ama al Señor, y confiesa la salvación para salvar el alma

La obediencia a Dios

43.1. Y en verdad, si mueres por amor del prójimo y piensas que nuestro prójimo (es) el Salvador -porque el que salva es llamado "Dios que se acerca" (Jr 23,23; Dt 4,7) respecto al que es salvado-, morirás al elegir la muerte por la vida y padecerás más por ti mismo que por Él (otra versión: tu prójimo). Y por esto es llamado hermano (cf. Mt 12,48-50).

43.2. Porque quien padece por amor a Dios padece por su propia salvación; al contrario, quien muere por la propia salvación sufre por amor del Señor. Porque también El, siendo vida, quiso padecer por lo que padeció, para que viviéramos por su pasión.

43.3. Dice: "¿Por qué me llaman, Señor, Señor, y no hacen lo que digo?" (Lc 6,46). En verdad, el pueblo que ama con los labios, pero tiene el corazón lejos del Señor es extranjero (cf. Is 29,13; Mt 15,8; Mc 7,6), ha obedecido a otro, y a ese mismo se ha vendido voluntariamente (lit.: espontáneamente).

43.4. Pero cuantos cumplen los mandamientos del Salvador, son mártires en cada acción, haciendo lo que (Él) quiere, invocando consecuentemente al Señor, y dando testimonio mediante las obras que obedecen al que es, crucificando la carne con las concupiscencias y las pasiones (cf. Ga 5,24).

43.5. "Si vivimos por el Espíritu avancemos también por el Espíritu" (Ga 5,25), dice. "El que siembra para su propia carne, cosechará corrupción de la carne; pero quien siembra en el espíritu, cosechará del Espíritu la vida eterna" (Ga 6,8).

La vida después de la muerte

44.1. Pero los hombres miserables piensan que el martirio de sangre por el Señor es la muerte más violenta; no saben que esta puerta de la muerte es realmente el principio de la verdadera vida. Y no quieren comprender ni los premios que hay después de la muerte para los que han vivido santamente, ni los castigos para quienes se han comportado injusta e impúdicamente; no refiero sólo a que no deseen escuchar a nuestras Escrituras -puesto que casi todos sus preceptos señalan estas cosas-, sino que ni a sus propios oráculos quieren obedecer.

44.2 En efecto, la pitagórica Teano escribe: "Porque la vida sería realmente una fiesta para los malos, una vez cometidos sus crímenes pueden morir, si el alma no fuera inmortal" (Teano, Fragmentos, 5).

44.3. "La muerte sería una ganga -dice Platón en el "Fedón"-, si la muerte fuera una liberación total, ciertamente sería una ganga" (Platón, Fedón, 107 C), y lo que sigue.

No se debe vivir bajo los dictámenes de la carne

45.1. Por tanto, no hay que pensar, según el "Télefo" de Esquilo, que "el camino que lleva al Hades (es) más sencillo" (Esquilo, Fragmentos, 239), porque son muchos los caminos (cf. Hb 1,1) que a él conducen los pecados que extravían por doquier.

45.2. Como parece, ésos son los incrédulos que Aristófanes ridiculiza: "Vayan (dice), varones sin brillo (lit.: oscuros), semejantes a la generación de hojas, débiles, figuras de cera, ejércitos de sombra, inconsistentes, privados de alas, efímeros" (Aristófanes, Aves, 684-686).

45.3. También Epicarmo [dice]: "Esta naturaleza es la de los hombres: (ser) odres hinchados" (Epicarmo, Fragmentos, 23 B 12).

45.4. Pero el Salvador nos ha dicho: "El espíritu está pronto, pero la carne es débil" (Mt 26,41); porque la tendencia de la carne es el odio hacia Dios -explica el Apóstol-, puesto que no se somete a la ley de Dios, ni puede. Y los que son carnales no pueden agradar a Dios" (Rm 8,7-8).

45.5. Y prosiguiendo la explicación añade, para que nadie, como Marción, desagradecidamente entienda que la creación es mala. "Pero si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el espíritu es vida por la justicia" (Rm 8,10).

45.6. Y de nuevo: "Si viven según la carne, van a morir. Porque pienso que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que va a ser revelada en nosotros; porque si padecemos con (Él), también seremos conglorificados con (Él), como coherederos de Cristo" (Rm 8,13. 18 y 17).

La esperanza cristiana

46.1. "Pero sabemos que a los que aman a Dios todo les ayuda hacia el bien, a los que son llamados conforme a su designio. Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo, para que Él sea primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a éstos también los llamó; mas a los que llamó también los justificó; pero a los que justificó, también los glorificó" (Rm 8,28-30). Mira cómo ha enseñado el martirio por amor.

46.2. Y si quieres ser mártir por recompensa de (esos) bienes, oirás de nuevo: "Porque en esperanza estamos salvados; pero esperanza que se ve no es esperanza; porque lo que uno ve, ¿cómo esperarlo también? Pero si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo aguardamos" (Rm 8,24-25).

46.3. "Y si también padecemos por la justicia, seremos bienaventurados" (1 P 3,14), dice Pedro. "Y no tengan miedo de ellos, ni se turben, sino santifiquen a Cristo Señor en sus corazones; siempre dispuestos a dar respuesta de la esperanza de ustedes a todo el que se los pidiere; pero háganlo con mansedumbre y respeto, teniendo buena conciencia, para que en lo que son calumniados, sean avergonzados los que denigran vuestra su buena conducta en Cristo. Porque, si lo quiere la voluntad de Dios, mejor es sufrir haciendo el bien que haciendo el mal" (1 P 3,14-17).

Participar en los sufrimientos de Cristo

47.1. Y si alguno, ofendiendo con burlas, dijere: ¿cómo es posible que la carne, que es débil (Cf. Mt 26,41; Mc 14,38), resista frente a las fuerzas y a los espíritus de las potestades?

47.2. Pero téngase en cuenta que podremos resistir a los príncipes de las tinieblas (cf. Ef 6,12) y a la muerte, confiando en el Todopoderoso y en el Señor.

47.3. Dice [la Escritura]: "Cuando todavía estás hablando, dirá: "Heme aquí"" (Is 58,9). Mira al defensor invencible, a nuestro protector.

47.4. "Por tanto, no se sorprendan, dice Pedro, por el incendio suscitado entre ustedes para prueba, como si algo extraño les sucediera; al contrario, alégrense en la medida en que son partícipes de los padecimientos de Cristo, para que también en la manifestación de su gloria exulten de gozo. Bienaventurados si en nombre de Cristo son ultrajados, porque el Espíritu de la gloria y el de Dios reposa sobre ustedes" (1 P 4,12-14).

47.5. "Como está escrito, puesto que por ti somos entregados a la muerte todo el día, hemos sido considerados como ovejas de matanza" (Sal 43 [44],23). "Pero en todas estas cosas vencemos mediante el que nos ha amado" (Rm 8,36-37).

"Con el corazón se cree"

48.1. "Pero quieres saber mi pensamiento, ni aunque me quemes, ni aunque me hagas bajar una temible cumbre, desde lo alto hasta la extremidad de los pies, lo sabrás, ni aunque [me] ates con muchas cadenas" (Anónimo, Fragmentos, 114), dice sin miedo una mujer varonil, en la tragedia.

48.2. Y Antígona, despreciadando el anuncio de Creonte, con atrevimiento dice: "Porque no fue Zeus quien me anunció esas cosas" (Sófocles, Antígona,450).

48.3. Pero Dios nos lo proclama y hay que creerle. "Porque con el corazón se cree para [tener] justicia, pero con la boca se confiesa para la salvación. Porque dice Escritura: "Todo el que cree en Él, no será confundido"" (Rm 10,10-11; Is 28,16).

48.4. Así, escribe con razón Simónides: "Esto se dice, que la Virtud habita sobre rocas inaccesibles, pero la acompaña (o: la rodea) rápido casto coro de ninfas. No es visible a los párpados de todos los mortales, sino a quien un sudor que roe el alma le salga de dentro y llegue hasta la cima del valor" (Simónides de Quíos, Fragmentos, 74).

Confesar la esperanza

49.1. También [dice] Píndaro: "Las inquietudes de la juventud, desarrolladas con esfuerzo, alcanzan la gloria, y con el tiempo resplandecen sus acciones que brillan en el éter" (Píndaro, Fragmentos, 227).

49.2. Y Esquilo, apoderándose de ese pensamiento, dice: "A quien se esfuerza, los dioses le deben el hijo de su esfuerzo, el renombre" (Esquilo, Fragmentos, 315).

49.3. "Porque los más grandes obtienen una parte más grande" según Heráclito (Fragmentos, 22 B 25).

49.4. "¿Quién es esclavo, si la muerte no le preocupa?" (Eurípides, Fragmentos, 958).

49.5. "Porque Dios no nos dio un espíritu de esclavitud para recaer en el temor, sino de fortaleza, amor y templanza. Por tanto, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, su prisionero" (2 Tm 1,7-8), escribe [Pablo] a Timoteo.

49.6. Ese tal será el que se adhiera al bien, según el Apóstol, el que se aparte del mal y tenga un amor sin hipocresía (cf. Rm 12,9).

49.7. "Porque quien ama al prójimo ha cumplido la ley" (Rm 13,8). Pero si "el Dios de la esperanza" (Rm 15,13) es aquel por quien somos mártires, como es en realidad, confesamos nuestra esperanza al apresurarnos hacia la esperanza: los "llenos de bondad, dice, han sido colmados de toda gnosis" (Rm 15,14).



Una vida recta

50.1. Los filósofos indios dicen al macedonio Alejandro: "Deportarás [nuestros] cuerpos de un lugar a otro, pero no conseguirás que nuestras almas hagan lo que no queremos. El fuego es el mayor tormento para los hombres, pero nosotros lo despreciamos" (Filón de Alejandría, Quod omnibus probus liber sit, 14,96).

50.2. Y de ahí que Heráclito eligiera la buena fama a todo lo demás; pero confiesa que a muchos se les concede "hartarse como animales" (Heráclito, Fragmentos, 22 B 29).

50.3. "Porque la mayoría de las miserias (son) a causa del cuerpo; por su causa hemos inventado mansiones cubiertas, el extraer del suelo la plata blanca, el sembrar la, tierra, y las otras labores que conocemos con sus nombres" (Anónimo, Fragmentos, 115).

Humillaciones que debe soportar el cristiano

51.1. Ciertamente, para muchos este trabajo inútil es lo deseable, pero a nosotros nos dice el Apóstol: "Conociendo que nuestro hombre viejo ha sido crucificado [con Cristo], para destruir el cuerpo del pecado, ya no seamos más esclavos del pecado" (Rm 6,6).

51.2. ¿Acaso el Apóstol no muestra claramente la humillación de la fe para muchos con lo que sigue? "En efecto pienso que Dios, a nosotros los apóstoles, nos ha concedido ser los últimos, como condenados a muerte, porque hemos venido a ser como espectáculo para el mundo, ángeles y hombres" (1 Co 4,9).

51.3. "Hasta la hora presente también pasamos hambre y sed, estamos desnudos, somos abofeteados, andamos errantes, y nos fatigamos trabajando con nuestras manos. Insultados, bendecimos; perseguidos, aguantamos; difamados, consolamos. Hemos llegado a ser como desecho del mundo" (1 Co 4,11-13).

La divina Providencia todo lo gobierna

52.1. También esto mismo se encuentra en la "República" de Platón: aunque el justo sufra tormentos, aunque le arranquen los ojos, será feliz" (cf. Platón, República, II,361 E).

52.2. Así, por tanto, el gnóstico no tiene puesta su meta en el azar, sino que de él dependerá el ser feliz, y ser también amigo bienaventurado y regio de Dios.

52.3. Y aunque sea condenado al deshonor, al destierro, a la confiscación y a cualquier muerte, jamás será separado de la libertad y amor señorial para con Dios; [amor] "que todo lo aguanta y todo lo soporta" (1 Co 13,7).

52.4. El amor está convencido de que la divina Providencia lo dispone todo convenientemente. "Los exhorto a que se hagan imitadores míos" (1 Co 4,16), dice.

La caridad es la perfección

53.1. En verdad, el primer grado de la salvación (es) la instrucción con el temor [de Dios], mediante la cual nos mantenemos lejos de la injusticia; en cambio, el segundo es la esperanza, por la que aspiramos a lo mejor; pero la caridad (alcanza) la perfección, como conviene, porque nos educa gnósticamente.

53.2. Porque no sé cómo los griegos, atribuyendo los acontecimientos a una necesidad (o: a un destino) irracional, confiesan que hay que doblegarse ante ella de mala gana.

53.3. Así, dice Eurípides: "Acepta lo que te sugiero, mujer. No hay ningún mortal que no sufra: entierra hijos, engendra a otros nuevos, y él mismo muere. Y esto es lo que padecen los mortales" (Eurípides, Hypsipyles fragmentos, 757,5-8).

53.4. Luego añade: "Es necesario aguantar lo que por naturaleza hay que soportar; nada de lo necesario debe ser temido por los mortales" (Eurípides, Hypsipyles fragmentos, 757,5-8).

La caridad es el fundamento de la gnosis

54.1. Pero a quienes se esfuerzan hacia a la perfección se les propone la gnosis espiritual (o: racional), cuyo fundamento es la santa tríada: "fe, esperanza y amor; pero la mayor de ellas es el amor" (1 Co 13,13; cf. Col 3,12. 14-15).

54.2. "Ciertamente, todo (es) lícito, pero no todo conviene; todo es lícito, pero no todo edifica" (1 Co 10,23), dice el Apóstol. "Y nadie busque únicamente lo suyo propio, sino lo del otro" (1 Co 10,24), de modo que a la vez pueda hacer y enseñar, poniendo los cimientos y construyendo encima.

54.3. Porque, en verdad, "del Señor es la tierra y cuanto la llena" (Sal 23 [24],1; 1 Co 10,26), lo confiesa, pero la conciencia del débil se hunde (cf. 1 Co 8,10).

54.4. "Pero digo conciencia, no por la de ti mismo, sino por la del otro. Pues, ¿por qué ha de juzgarse mi libertad por la conciencia ajena? Si yo participo por gracia, ¿por qué he de ser censurado por lo que yo doy gracias? Por tanto, ya coman, ya beban, ya hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios" (1 Co 10,29-31).

54.5. "Porque aunque caminemos en carne, no militamos según la carne; puesto que las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas por Dios para derribar fortalezas, destruyendo razonamientos y toda altanería que se levante contra la gnosis del Señor" (2 Co 10,3-5).

La meta del gnóstico

55.1. Pertrechado con esas armas, el gnóstico dice: Señor, dame una ocasión y recibe la demostración; que venga ese peligro, porque desprecio los riesgos por tu amor.

55.2. "Porque la virtud es lo único de los humanos que no recibe de fuera recompensa, sino que ella tiene en sí misma el premio de los esfuerzos" (Anónimo, Fragmentos, 116).

55.3. "Como elegidos de Dios, santos y amados, revístanse de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre y paciencia, pero por encima de todo eso, el amor, [que] es el vínculo de la perfección.

55.4. Y la paz de Cristo reine en sus corazones, a la cual han sido llamados en un solo cuerpo. Y sean agradecidos" (Col 3,12. 14-15), los que aún viven en un cuerpo, gozando, como los antiguos justos, de la impasibilidad y tranquilidad (ataraxía) del alma.

Capítulo VIII: La corona del martirio por Cristo

Valiente conducta de algunos hombres de la antigüedad

56.1. No sólo los esopios (o: etíopes [los de color de fuego]; o: los que imitaban la paciencia esópica; o: los beocianos), los macedonios y los espartanos cuando eran torturados (se mantenían) firmes, como dice Eratóstenes en [el libro] sobre "Los bienes y los males", sino también Zenón de Elea, obligado a revelar un secreto, resistió los tormentos sin confesar nada, y finalmente cortándose la lengua la escupió al tirano, a quien unos llaman Nearco y otros Démilo.

56.2. Lo mismo hicieron el pitagórico Teodoto y Praulo, el discípulo de Lacides, como dice Timoteo de Pérgamo en el [libro] "Sobre el valor de los filósofos" y Acaico en la "Ética".

56.3 Pero también el romano Postumo, arrestado por Peucetión, no sólo no reveló ningún secreto, sino que también, poniendo la mano sobre el fuego, la dejó derretirse como bronce, con un dominio de sí mismo perfectamente impasible.

56.4. Guardo silencio de lo de Anaxarco que, cuando era machacado con las mazas de hierro del tirano, gritaba: "Machaca la bolsa de Anaxarco, porque no (es) a Anaxarco a quien machacas" (Anaxarco, Fragmentos, 72 A 1 y 13).

La amistad divina: fortaleza en las pruebas

57.1. Ahora bien, ni la esperanza de la felicidad, ni el amor a Dios soportan con dificultad las humillaciones, sino que permanecen libres, aunque caigan bajo las fieras más feroces, o del fuego que todo lo devora, o asesinados por torturas tiránicas, pendientes de la amistad divina, libres (lit.: no esclavos) en lo alto, y entregan el cuerpo a quienes pueden adueñarse sólo de él (cf. Mt 10,28).

57.2. Pero los getas, pueblo bárbaro, no faltos del gusto de la filosofía, eligen cada año un embajador (para enviar) un héroe a Zamolsis. Y Zamolsis era un conocido de Pitágoras.

La muerte por Cristo

58.1. Así, es degollado el juzgado más digno [entre ellos], ciertamente con tristeza de los que han filosofado, pero que no han sido elegidos porque son indignos de realizar un servicio tan feliz.

58.2. Porque toda la Iglesia está llena de los que toda su vida se han estado ejercitando para la muerte que vivifica por Cristo, tanto mujeres como hombres virtuosos.

58.3. Así, al que se comporta como nosotros, también sin letras le es posible filosofar, sea bárbaro o griego, esclavo, anciano, niño o mujer.

58.4. Porque la templanza es común a todos los hombres que la elijan. Y nosotros confesamos que la misma naturaleza, según cada género, posee también la misma virtud.

Igualdad de naturaleza de la mujer y el hombre

59.1. Por eso, respecto a la naturaleza humana, la mujer no parece tener una naturaleza y otra [distinta] el varón, sino que siendo (la naturaleza) la misma, como también (idéntica) virtud.

59.2. Pero si la virtud del varón (es) sin duda la templanza, la justicia y las llamadas consecuentes de esas, ¿acaso sólo concierne al varón ser virtuoso, y en cambio a la mujer ser intemperante e injusta? Pero el decir eso (es) inconveniente.

59.3. Ahora bien, deben cuidar de la templanza, de la justicia y de cualquier otra virtud tanto la mujer como el varón, el libre como el esclavo, ya que una e idéntica es la virtud que ha correspondido a la misma naturaleza.

59.4. En verdad, no decimos que la naturaleza femenina, en cuanto a la feminidad, sea idéntica a la masculina; porque debe existir alguna diferencia en cada una de ellas, puesto que ciertamente una ha nacido femenino y la otra masculino.

59.5. Así, decimos que el concebir y el dar a luz corresponden a la mujer, en cuanto (es) hembra, no en cuanto ser humano; además, si no existiera diferencia entre varón y mujer, cada uno de ellos harían y experimentarían lo mismo.

Las diferencias corporales entre el hombre y la mujer

60.1. También por lo que tiene de igual, por el alma, alcanzará la mujer la misma virtud; mientras que por lo que es diferente, por las propiedades del cuerpo, está destinada a las gestaciones y al cuidado de la casa.

60.2. Dice el Apóstol: "Quiero que ustedes sepan que la cabeza de todo varón es Cristo, pero la cabeza de la mujer es el varón. Porque no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón. Ni la mujer sin el varón, ni el varón sin la mujer en el Señor" (1 Co 11,3. 8. 11).

60.3. En efecto, lo mismo que decimos que el varón debe ser temperante y más fuerte que los placeres, así consideramos que la mujer sea igualmente temperante y ejercitada en luchar contra los placeres.

60.4. El mandato apostólico aconseja: "En cambio, les digo: anden en espíritu (o: en el Espíritu) y no consumarán el deseo de la carne; porque la carne desea contra el espíritu, pero el espíritu contra la carne. Porque ambos se oponen" (Ga 5,16); no como el mal frente al bien, sino como (elementos) que pugnan por la preeminencia.

Los frutos de la acción del Espíritu Santo

61.1. Entonces añade: "Para que no hagan lo que quieran" (Ga 5,17). "Las obras de la carne son manifiestas, las cuales son fornicación, impureza, lascivia, idolatría, hechicería, enemistades, discordias, celos, iras, rivalidades, litigios, divisiones, envidias, embriagueces, orgías y otras parecidas; de ello los prevengo, como antes dije, porque quienes tales cosas hacen no heredarán el reino de Dios. Pero el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, bondad, continencia, benignidad, fe y mansedumbre" (Ga 5,19-23). Pienso que [el Apóstol] ha llamado "carne" a los pecadores, al igual que "espíritu" a los justos.

61.2. Sí, ciertamente hay que adquirir el valor para (tener) coraje y paciencia, de modo que a quien nos golpee sobre una mejilla le ofrezcamos la otra, y a quien nos quite el manto le concedamos también la túnica (cf. Mt 5,48; Lc 6,29), gobernando la ira con fuerza.

61.3. Porque no ejercitamos a las mujeres a (ser) amazonas valientes en la guerra, puesto que también queremos que los hombres sean pacíficos.

Fortaleza de la mujer

62.1. Yo he oído que las mujeres saurómatas hacen la guerra no menos que los varones, y que otras [mujeres] sáquidas, mientras fingen huir, tiran flechas hacia atrás igual que los varones.

62.2. Sé también que las mujeres de la región de Iberia realizan obras y trabajos varoniles; incluso aunque estén próximas a dar a luz, no abandonan lo que hay que hacer, sino que muchas veces la mujer, en el esfuerzo del trabajo, da a luz, recoge al recién nacido y lo lleva a casa.

62.3. Además, también las perras, no menos que los perros, cuidan la casa, cazan y custodian los rebaños. "Gorgo, la perra cretense, corrió tras las huellas del ciervo" (Antípatro de Tesalónica, en Antología Palatina, IX,268 1).

62.4. Por tanto, también las mujeres deben filosofar, de manera semejante a los varones; aunque los varones, al llevar la preeminencia en todo, (son) mejores, si no se afeminan (o: se ablandan).



¿En qué el hombre es superior a la mujer?

63.1. Educación y virtud (son) indispensables a todo el género humano, si buscan con ardor la felicidad.

63.2. Y quizás no en vano escribe Eurípides de varias maneras: ciertamente, una vez: "Toda esposa (es) peor que el marido, aunque el peor [de los maridos] despose a la de buen renombre" (Eurípides, Fragmentos, 546).

63.3. Pero, otras veces: "Porque la mujer virtuosa es siempre esclava de su marido; pero la no virtuosa supera en necedad a su cónyuge" (Eurípides, Fragmentos, 545).

63.4. "Porque no hay nada preferible y mejor que, cuando posean una casa, marido y mujer (tengan) los mismos sentimientos (y) pensamientos" (Homero, Odisea, VI,182-184).

63.5. Ahora bien, la cabeza es lo hegemónico. Pero si "el Señor es cabeza del varón y el varón es cabeza de la mujer" (1 Co 11,3), el varón es señor de la mujer, "siendo [él] imagen y gloria de Dios" (1 Co 11,7).

Lo que dice el apóstol Pablo de la relación entre la mujer y el hombre

64.1. Por eso también escribe [Pablo] en la Carta a los Efesios: "Sométanse [unos] a otros en el temor de Dios: las mujeres a los propios maridos como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como también Cristo es cabeza de la Iglesia, y él (mismo) Salvador del cuerpo. Pero como la Iglesia está sometida a Cristo, así también las mujeres a sus propios maridos en todo.

64.2. Los maridos amen a las esposas como también Cristo amó a la Iglesia; así también los maridos deben amar a sus esposas como a sus propios cuerpos. El que ama a su esposa se ama a sí mismo; porque nadie aborreció jamás a su propia carne" (Ef 5,21-25. 28-29).

La vida familiar

65.1. También en la [Carta] a los Colosenses dice: "Mujeres, sométanse a los maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amen a las esposas y no sean amargos con ellas. Hijos, obedezcan a los padres en todo, porque eso es grato al Señor. Padres, no irriten a sus hijos, para que no se desanimen.

65.2. Siervos, obedezcan en todo a sus amos según la carne, no sirviendo cuando son vistos, como quien busca agradar a los hombres, sino con sencillez de corazón, temiendo al Señor. Y todo lo que hagan, háganlo desde el alma, como sirviendo al Señor y no a los hombres; sabiendo que recibirán del Señor la recompensa de la herencia. Sirvan, entonces, a Cristo, el Señor; porque el injusto recogerá lo que haya obrado injustamente, porque no hay [en Él] acepción de personas.

65.3. Amos, provean a los siervos lo justo y lo equitativo, sabiendo que también ustedes tienen un Señor en el cielo" (Col 3,18-4,1),

65.4. "donde ya no hay griego ni judío, circuncisión e incircuncisión, bárbaro, escita, esclavo ni libre, sino que Cristo lo es todo también en todos (o: Cristo [es] todo y en todos)" (Col 3,11).

La paz de Cristo

66.1. La Iglesia terrestre es imagen de la del cielo, por eso pedimos que se haga la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo (cf. Mt 6,10).

66.2. "Revístanse de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándose unos a otros y perdonándose mutuamente, si alguno tuviere una queja contra otro. Como Cristo nos ha perdonado, así también nosotros.

66.3. Pero por encima de todas esas cosas, el amor, que es vínculo de perfección. Y la paz de Cristo reine en sus corazones, a la cual han sido llamados en un solo cuerpo; y sean agradecidos" (Col 3,12-15).

66.4. Porque nada impide repetir varias veces la misma Escritura para vergüenza de Marción, para que se convierta, persuadiéndose que el fiel debe ser agradecido a Dios creador, que nos ha llamado y, en un cuerpo, nos anunció el Evangelio.

La mujer y el hombre tienen los mismos derechos

67.1. Con todas estas cosas (hemos precisado) con claridad la unidad que (proviene) de la fe, y se ha declarado quién es el [hombre] perfecto; de manera que, aunque algunos no quieran y se opongan obstinadamente, y aunque el marido o el amo amenacen con castigos, tanto la mujer como el siervo han de filosofar.

67.2. Sí, ciertamente, aunque un [hombre] libre fuera amenazado de muerte por un tirano, aunque fuera conducido a los tribunales y arrastrado a los mayores peligros, aunque tuviera que perder toda su hacienda, no se abstendrá de ningún modo de la piedad para con Dios.

67.3. Tampoco deberán claudicar jamás la esposa que viva con un marido perverso, ni el hijo que tuviere un padre cruel, o el siervo un mal amo: asidos noblemente de la virtud.

67.4. Pero igual que para un hombre es hermoso morir por la virtud, por la libertad, por sí mismo, también (lo es) para una mujer. Porque esto no es prerrogativa (lit.: propio) de la naturaleza masculina, sino de la de los buenos.

Obedecer los mandatos del Señor

68.1. Así, por tanto, también el anciano, el joven y el siervo vivirán y, si es necesario, morirán obedeciendo fielmente los mandamientos; lo cual sería alcanzar la vida mediante la muerte.

68.2. Por cierto, sabemos que niños, siervos y esposas muchas veces llegaron a ser mejores con disgusto de padres, amos y maridos.

68.3. Por consiguiente, no conviene disminuir la buena voluntad a quienes desean vivir piadosamente, aun cuando parezca que algunos tratan de impedírselo; sino que, me parece, hay que esforzarse mucho más y luchar al máximo, para no ser vencidos y decaer de los mejores y más necesarios ideales.

68.4. Porque no creo que haya comparación entre hacerse partidario del Omnipotente o elegir las tinieblas de los demonios.

68.5. Puesto que lo que hagamos en favor de otros lo hemos de hacer siempre [como] para nosotros, tratando de tener en cuenta a aquellos por los que actuamos, y hemos de hacerlo teniendo como medida lo que les agrada; pero lo que hacemos más por nosotros mismos más que por otros, lo hemos de realizar con igual celo, aunque parezca gustar o no a algunos.

Testimonio de Epicuro sobre la importancia de filosofar

69.1. Pero si de las cosas indiferentes alguna merece tal importancia como para parecer ser preferida, a pesar (lit.: a disgusto) de algunos se debe considerar mucho más necesario el luchar por la virtud, sin mirar otra cosa que la posibilidad de realizar aquel bien, guste o no a otros.

69.2. Por eso bellamente escribe Epicuro a Meneceo: "El que es joven no espere más para filosofar, y quien sea anciano destacado no se canse de filosofar. Porque nadie es demasiado inmaduro o maduro para recobrar la salud del alma.

69.3. Pero quien dice que todavía no es tiempo o ha pasado ya el tiempo de filosofar; es semejante al que dice que no ha llegado todavía a la edad de ser feliz o que ya no hay tiempo.

69.4. De manera que tanto el joven como el anciano deben filosofar; el uno para que cuando envejezca se mantenga joven en las cosas buenas, mediante la alegría de lo ya realizado; en cambio, el otro para que sea al mismo tiempo joven y anciano mediante la falta de miedo ante el futuro" (Epicuro, Carta a Meneceo, 3,122).

Capítulo IX: Textos sobre el martirio. Conductas equivocadas frente al martirio

Lo que dice Cristo sobre aquellas y aquellos que confiesan su Nombre

70.1. El Señor ha hablado en términos preciso sobre el martirio; ordenaremos lo escrito en diferentes lugares: "Pero yo les digo: todo el que se declare por mí delante de los hombres, también el Hijo del Hombre declarará por él delante de los ángeles de Dios; pero a quien me negare delante de los hombres, será negado delante de los ángeles" (Lc 12,8-9).

70.2. "Porque cualquiera que se avergüence de mí o de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él, cuando venga en la gloria de su Padre con sus ángeles" (Mc 8,38).

70.3. "Todo el que me confiese delante de los hombres, también yo lo confesaré delante de mi Padre que está en los cielos" (Mt 10,32).

70.4. "Cuando los lleven a las sinagogas, a los magistrados y a las autoridades, no se preocupen de cómo responderán o de qué dirán; porque el Espíritu Santo les enseñará en aquella hora lo que se debe decir" (Lc 12,11-12; cf. Mc 13,11).

Lo que dice el valentiniano Heracleón

71.1. Explicando este pasaje, Heracleón, el más notable de la escuela de Valentín, dice textualmente que existe una confesión por la fe y la conducta de vida, y otra confesión por la palabra.

71.2. "La confesión por la palabra también se hace ante de las autoridades, dice, (y) es la única que la mayoría tiene por confesión, pero (esto) no es correcto; porque también los hipócritas pueden hacerr la misma confesión.

71.3. Sin embargo, esa misma palabra (cf. Mt 10,32-33; Lc 12,8-9) se encontrará que no fue dicha de forma general; porque no todos los salvados han realizado la confesión por medio de la palabra, y salieron [de esta vida]; entre ellos (están) Mateo, Felipe, Tomás, Leví (cf. Mt 9,9; Mc 2,14) y otros muchos.

71.4. Y la confesión por medio de la palabra no es universal, sino particular (o: parcial). Pero llama universal a la actual, la de las obras y las acciones conformes a la fe para con Él. Pero a esta misma confesión acompaña también la particular que se hace delante de las autoridades, si es necesario y la razón [lo] exige. Porque éste confesará también con la palabra, cuando antes haya confesado rectamente antes con la conducta de vida (o: buena disposición)".

Prosigue el texto de Heracleón

72.1. "Y sobre aquellos que lo confiesan, ha dicho bien "en mí", mientras que, sobre los que lo niegan, añadió "a mí". Porque éstos, aunque lo confiesen con la palabra, lo niegan, no confesándolo con la conducta.

72.2. Pero confiesan en Él sólo quienes viven conforme a Él en la forma de vida y en la práctica; también en éstos Él mismo confiesa, porque les ha asumido (lit.: les ha envuelto) y es poseído por ellos. Por esto podrán renegar de Él (cf. 2 Tm 2,13); pero los que no están en Él lo niegan (o: rechazan).

72.3. Porque no dijo quien renegare "en mí", sino "a mí"; puesto que nadie, estando en Él, lo negará jamás.

72.4. Lo de "delante de los hombres" (vale) también para los salvados y para los gentiles: para aquellos, con la conducta; para estos otros, con la palabra. Por eso, jamás podrán negarlo; pero lo niegan quienes no están en Él" (Heracleón, Fragmentos, 50).

El martirio de los cristianos asombra a los paganos

73.1. Estas cosas [dijo] Heracleón. También manifiesta otras cosas que están de acuerdo con nosotros sobre esta perícopa, pero en esto no fijó la atención: que si algunos no confesaron a Cristo delante de los hombres con la conducta y la vida, sin duda al confesarlo mediante la palabra en los tribunales y no negarlo entre las torturas hasta la muerte, muestran haber creído con buena disposición.

73.2. Pero la buena disposición que se confiesa, y sobre todo la que ni siquiera huye ante la muerte produce instánteneamente la ruptura (lit.: amputación) de todas las pasiones nacidas de la concupiscencia corporal.

73.3. Porque, por así decirlo, al final de la vida está toda junta la penitencia (o: la conversión; metánoia), de obra, y la verdadera confesión en Cristo, testificada por la palabra.

73.4. Pero si "el Espíritu del Padre" (Mt 10,20) testimonia en nosotros, ¿cómo podrán (ser) hipócritas aquellos que [Heracleón] ha dicho que sólo dan testimonio con la palabra?

73.5. Pero a algunos se les concederá, si fuera útil, defenderse (o: hacer apología de la fe), para que mediante el martirio y la confesión todos (= cristianos y paganos) se beneficien; así, se consolidarán los que ciertamente (están) en la Iglesia, y se admirarán los gentiles atraídos a la fe, que se esforzarán por la salvación, y los demás permanecerán estupefactos.

Confesión y apología de la fe

74.1. Por tanto, es del todo necesario el confesar [la fe], puesto que está a nuestro alcance; pero no es del todo [necesario] defenderse (o: hacer apología de la fe), porque no está también a nuestro alcance. "Pero el que haya perseverado hasta el final, este será salvado" (Mt 10,22; 24,13).

74.2. Además, ¿quién de los sean sensatos no elegirá el reinar en Dios y no ser esclavo?

74.3. "Ahora bien, algunos confiesan conocer a Dios, según el el Apóstol, pero lo niegan con las obras; son abominables, desobedientes e incapacitados para toda obra buena" (Tt 1,16); pero otros, aunque sólo confiesen eso, han realizado al final una obra buena. Se puede pensar, entonces, que el martirio es una purificación con glorioa de los pecados.

74.4. Precisamente por eso "El Pastor" [de Hermas] dice: "Escaparán a la acción (o: a la fuerza) de la fiera salvaje, si el corazón de ustedes deviene puro e irreprensible" (Hermas, El Pastor, Visiones, IV,2,5). También el Señor mismo dice: "Satanás los ha reclamado para zarandearlos, pero yo he intercedido" (Lc 22,31-32).

Sufrir por Cristo

75.1. Porque el Señor sólo bebió el cáliz (cf. Mt 20,22; 26,39) por la necedad de quienes conspiraban contra Él y por la purificación de los incrédulos. A imitación suya, los Apóstoles, como verdaderamente gnósticos y perfectos, padecieron por las Iglesias que habían fundado.

75.2. Así, también los que caminan tras las huellas apostólicas deben ser gnósticos, sin pecado y, por amor al Señor, amar también al prójimo para que, si la circunstancia lo exigiera, soportando sin escandalizarse sus tribulaciones por la Iglesia, beban el cáliz (cf. Is 51,17. 22; Mt 26,39; Mc 14,36; Lc 22,42; Jn 18,11; Mt 20,22; Mc 10,38).

75.3. Pero cuantos dan testimonio con obras (lit.: con la obra) durante la vida y con la palabra ante un tribunal, aun admitiendo una esperanza o estando frente a un temor (o: mirando con desconfianza un peligro), ésos son mejores que los que confiesan la salvación únicamente con la boca.

75.4. En cambio, si alguno subiera también hasta el amor (agápe), ése es en realidad bienaventurado y auténtico mártir, porque ha hecho confesión perfectamente respecto de los mandamientos y de Dios por medio del Señor, a quien ha amado y le ha reconocido hermano, entregándose por completo él mismo por el amor (agápe) hacia Dios; igual que al restituir generosamente y afectuosamente el depósito reclamado: el hombre.



Capítulo X: Contra el martirio espontáneo

Cuándo se debe huir

76.1. Pero al decir de nuevo: "Cuando los persigan en una ciudad, huyan a otra" (Mt 10,23), no recomienda huir como si la persecución fuera algo malo, ni ordena evitar la muerte huyendo por temor a ella.

76.2. Por el contrario, no quiere que nosotros nos hagamos causantes ni cómplices de mal alguno con nadie; ni con nosotros mismos, (ni) para con el perseguidor o el verdugo. Porque de cierta forma manda evitar (la confrontación); pero el que desobedece es un arrogante y un temerario.

No se debe provocar a los perseguidores

77.1. Pero si el que mata a un "hombre de Dios" (1 Tm 6,11; 2 Tm 3,17; cf. 1 S 2,27; 1 R 13,1) peca contra Dios, también el que se presenta a sí mismo ante el tribunal se hace reo de quien le mata. Ahora bien, ése será el que no trata de evitar la persecución, puesto que se entrega temerariamente él mismo para ser arrestado. Éste, en lo que a él atañe, se hace cómplice en la maldad del perseguidor; pero si también la excita aún más, es plenamente la causa, provocando a la fiera salvaje.

77.2. Del mismo modo, si quien (es) una causa de lucha, de castigo, de odio o de acusación, engendra un pretexto para la persecución.

77.3. Por eso se nos ha ordenado no aferrarnos a ninguna cosa de las de esta vida, sino que a quien nos quite el manto le demos también la capa (cf. Lc 6,29), para que no sólo permanezcamos libres de pasiones, sino también para que, al no oponer resistencia a quienes nos acusan, (no) les enfurezcamos contra nosotros mismos, y por nuestra causa les incitemos a la blasfemia contra el Nombre (cf. 1 P 4,16).

Capítulo XI: Respuesta a la objeción: ¿por qué son perseguidos y castigados los cristianos si Dios cuida de ellos?

Dios no desea que los cristianos sean perseguidos

78.1. Sin duda, dicen, si Dios cuida de ustedes, ¿por qué son perseguidos y asesinados? ¿Acaso El mismo los entrega a esos (males)? Pero nosotros no pensamos que el Señor quiera que caigamos en (tales) percances, sino que ha predicho proféticamente que sabía lo que iba a suceder, como el que seríamos perseguidos, asesinados y empalados (o: crucificados) por su nombre (cf. Mt 10,22-23; 5,11).

78.2. De manera que no ha querido que nosotros fuéramos perseguidos, sino que nos indicó de antemano lo que habríamos de padecer, ejercitándonos, mediante el preanuncio de lo que habría de suceder, en la paciencia a la que prometía la herencia. Y no (seremos) castigados nosotros solos, sino con (otros) muchos. Pero aquellos, se dice, puesto que (son) malhechores, sufren justamente el castigo.

Injusta persecución contra los cristianos

79.1. Ahora bien, sin quererlo involuntariamente testimonian de mala gana la justicia en nosotros, que somos castigados injustamente a causa de la justicia. Pero ni lo injusto del juez toca a la Providencia. Porque conviene que el juez sea dueño de su propia sentencia, no movido por cuerdas al modo de instrumentos (u: objetos) inanimados, empujado sólo por una causa externa.

79.2. Por cierto será juzgado en lo que decida, como también nosotros por la elección de las decisiones y por la paciencia. Aunque no cometamos injusticias, sin embargo, el juez nos mirará como injustos; porque no conoce lo que nos concierne ni quiere conocerlo, sino que se moverá por un prejuicio sin fundamento y por lo cual también será juzgado.

79.3. No nos persiguen porque encuentran que somos injustos, sino porque suponen que por el mero hecho de ser cristianos injuriamos a la vida, al comportarnos nosotros de esa manera y al exhortar a otros a elegir la misma vida.



Los cristianos sufren el martirio por amor

80.1. Pero dicen: ¿por qué no somos socorridos cuando se nos persigue? Porque, ¿en qué somos perjudicados en cuanto a nosotros mismos, (cuando) por la muerte somos liberados para el Señor, lo mismo que también soportamos el cambio de vida como un cambio la edad? Pero si lo pensáramos bien, estaríamos agradecidos a los que nos han dado la ocasión de una rápida partida, siempre que fuéramos martirizados por amor.

80.2. Pero si la gente no nos estimara como hombres malos, y si también ellos conocieran la verdad, todos ciertamente se lanzarían en nuestro camino (cf. Hch 9,2; 19,9), y no habría elegidos (¿de Dios o de los hombres?).

80.3. Pero puesto que nuestra fe "es luz del mundo" (Mt 5,14), censura la incredulidad.

80.4. "Porque Anito y Meleto me podrán matar, pero no me dañarán de ninguna manera. Puesto que me parece que no está permitido que lo más virtuoso reciba daño de lo peor" (Platón, Apología, 30 C-D).

80.5. De suerte que cada uno de nosotros puede decir con confianza: "El Señor es mi ayuda, no temeré. ¿Qué me hará un hombre?" (Sal 117 [118],6). "Porque las almas de los justos están en las manos de Dios y jamás les alcanzará el tormento" (Sb 3,1)[1].

Nota:
Este capítulo es el punto culminante del libro IV. En el capítulo siguiente (XII), Clemente refuta los argumentos del gnóstico Basílides contra el martirio, y hace la transición a la segunda parte de este libro; la cual está dedicada a tratar sobre el cristiano perfecto (cf. Fuentes Patrísticas, n. 15, Madrid, Editorial Ciudad Nueva, 2003, p. 163, nota 8).


Capítulo XII: Afirmaciones de Basílides contra el martirio

Lo que dice el gnóstico Basílides

81.1. Pero Basílides, en el [libro] veintitrés de las "Exegéticas" sobre los castigados con el martirio, dice estas palabras:

81.2. "Porque digo que cuantos caen maltratados en las llamadas tribulaciones, ciertamente por haber cometido faltas sin darse cuenta, son conducidos a este bien por bondad del que los conduce; siendo injuriados realmente de unas cosas consecuentes de otras, para que no padezcan como declarados culpables por los males confesados, ni sean acusados como adúlteros o asesinos, sino por haber nacido cristianos (cf. 1 P 4,15-16)... (el texto original parece tener aquí una laguna); esto les fortificará hasta parecer que no sufren.

81.3. Pero si alguno, sin haber pecado en absoluto, cosa rara ciertamente, es llevado al tormento, no sufrirá por premeditación de alguna autoridad, sino que padecerá como padece también el niño pequeño que parece no haber cometido pecado" (Basílides, Fragmentos, 2).

Prosigue lo dicho por Basílides

82.1. A continuación, más abajo, de nuevo añade: "Por tanto, como el niño pequeño que no ha pecado antes ni ha pecado efectivamente, pero tiene en sí mismo la posibilidad de pecar; cuando es expuesto al padecimiento, recibe un beneficio, aprovechando las muchas cosas desagradables; así también, si un [hombre] perfecto sin haber cometido pecado de obra sufre, lo que padezca, lo padecerá de manera semejante al niño pequeño. Porque en verdad, teniendo en sí mismo la capacidad de pecar, pero no habiendo tenido la ocasión de pecar, no ha pecado. Por tanto, no hay que atribuirle a él no haber pecado.

82.2. Porque como quien desea cometer adulterio es ya adúltero (cf. Mt 5,28), aunque no encuentre la ocasión de adulterar, y quien desea cometer un asesinato es homicida, aunque no pueda asesinar, de la misma manera también al que digo que no ha pecado, si veo que padece, y aunque no haya hecho nada malo, diré que es malo por pecar. Porque diré todo antes que decir que la Providencia es mala" (Basílides, Fragmentos, 2).

Continúa la cita de Basílides

83.1. Después, más abajo, también habla abiertamente sobre el Señor como de un hombre: "Ciertamente, si dejando de lado todos estos argumentos vas a llenarme de confusión con (el caso) de algunas personas, diciendo: "Ese tal sin duda ha pecado, porque ha padecido"; responderé, si me permites: "En verdad ese tal no ha pecado, pero (era) como el niño pequeño que sufre". Si todavía me fuerzas con más vehemencia el argumento, yo diré que cualquiera sea el hombre que nombres, cualquiera que sea al que te refieras, es hombre, y que Dios es justo. "Nadie está limpio de mancha" (Jb 14,4), como alguno ha afirmado" (Basílides, Fragmentos, 2).

83.2. Pero la hipótesis de Basílides dice que el alma, habiendo pecado en la otra vida, soporta el castigo aquí; la elegida, honrosamente mediante el martirio; pero las otras, son purificadas con el castigo apropiado. Y, ¿cómo puede ser verdadero eso, dependiendo de nosotros confesar y ser castigados o no? Porque, según Basílides, el que reniega disuelve la Providencia.

Respuesta de Clemente a los argumentos de Basílides

84.1. Además, yo le pregunto [a Basílides], cuando uno confiesa [su fe] y es arrestado, ¿dará testimonio y será castigado según la Providencia o no?. Porque si renegara, no sería castigado.

84.2. Pero si por el resultado también dijera que aquél (= el mártir) no debería ser castigado, dará testimonio a pesar suyo de que la perdición de los que reniegan (es) por la Providencia.

84.3. Pero ¿cómo puede estar reservado en el cielo el premio más glorioso para el que ha dado testimonio por haber dado testimonio (cf. Mt 5,11)? Pero si la Providencia no permitió al pecador que llegara a pecar, sería injusta por dos razones: y por no sacar [del peligro] al que por la justicia es arrastrado al castigo, y por preservar al que quería ser culpable (o: injusto); puesto que al haberlo realizado por haberlo querido, sin embargo, [la Providencia] al impedir la obra, tampoco trató con justicia al pecador.

El martirio es consecuencia de la confesión de la fe

85.1. Pero, ¿cómo no es impío (lit.: ateo) [Basílides] al divinizar al diablo y atreverse a decir que el Señor es un hombre que puede pecar? Porque el diablo tienta sabiendo lo que somos, pero no sabiendo si resistiremos. Pero tienta queriendo apartarnos de la fe y someternos a él, puesto que también es lo único que se le ha concedido; por una parte, porque nosotros debemos salvarnos por nosotros mismos, apoyándonos en los mandamientos; por otra parte, porque (experimenta) la humillación del tentador y del que engaña, o también por la confirmación de los que (están) en la Iglesia, o por la conciencia de los que admiran la perseverancia.

85.2. Pero si el martirio fuera una recompensa por medio del tormento, también la fe y la doctrina, porque el martirio se produce a causa de ellas. En consecuencia, si éstas (son) concausas del castigo, ¿qué otra cosa puede haber más absurda?

85.3. Pero sobre esas teorías (lit.: dogmas), sobre si el alma transmigra y sobre el diablo, se hablará a su debido tiempo; pero ahora añadamos a lo ya dicho también esto: ¿dónde (se queda) la fe si el martirio acontece conforme a la expiación de los pecados anteriormente cometidos? ¿Dónde el amor a Dios, perseguido y probado mediante la verdad? ¿Dónde la alabanza de quien ha confesado o el reproche de quien ha renegado? ¿Para qué servirán la conducta virtuosa o la rectitud, mortificar las concupiscencias (cf. Col 3,5) y no odiar a ninguna de las criaturas?



La bondad y la Providencia de Dios

86.1. Pero si, como el mismo Basílides dice, consideramos que el amar a todas las cosas es una parte de la llamada voluntad de Dios, porque todas las cosas conservan su relación con el todo, pero otra [parte] sería no desear nada, y una tercera el no odiar nada, también serán por voluntad de Dios los suplicios (o: castigos). Lo cual (es) impío pensarlo.

86.2. Porque ni el Señor padeció por voluntad del Padre, ni los perseguidos son perseguidos por voluntad de Dios; puesto que, una de dos: o una persecución ha de ser buena por voluntad de Dios, o fueron inocentes los que lo disponen y torturan.

86.3. Pero nada (sucede) sin la voluntad del Señor del universo. Entonces falta por decir brevemente que todo eso sucede porque Dios no lo impidió. En verdad, sólo esto es lo que salva tanto a la Providencia como a la bondad de Dios.

La pedagogía de la divina Providencia

87.1. No se debe pensar (o: creer) que Él produce las tribulaciones; porque eso no debemos ni siquiera pensarlo; sino que conviene persuadirse de que no ha impedido a los que las causan, y que aprovecha para bien la audacia de los adversarios -"así, dice, derribaré la cerca y quedará para ser pisoteada" (Is 5,5).

87.2. Una Providencia tal tiene una función educativa (lit.: técnica pedagógica): cuando se trata de la mayoría de las almas, nos instruye sobre los pecados personales de cada uno; cuando se trata del Señor y de los apóstoles, nos instruye sobre los nuestros.

87.3. Precisamente, el divino Apóstol dice: "Porque esta es la voluntad de Dios, la santificación de ustedes; que se abstengan de la fornicación y que cada uno de ustedes posea su propio vaso en santidad y honor; no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen al Señor; para no sobrepasarse y engañar a su hermano en la práctica, porque el vengador es el Señor de todas esas cosas, como también se los hemos dicho y testificado solemnemente.

87.4. Dios no nos ha llamado a impureza, sino en santificación. Por consiguiente, quien rechaza [estos preceptos] no rechaza a un hombre, sino a Dios que también les dio su Espíritu Santo" (1 Ts 4,3-8). Por eso, para nuestra santificación, no fue impedido que padeciera el Señor.

Contra la fatalidad

88.1. Por otra parte, si alguno de esos [herejes], para defenderse, dijera que el mártir es castigado por los pecados cometidos antes de ser revestido corporalmente (ensomatósis: encarnación), pero que más tarde recogerá el fruto de su conducta en esta vida, porque así se ha dispuesto, le preguntaremos si la recompensa proviene de la Providencia.

88.2. Porque si no fuere por disposición divina, desaparece la economía de las purificaciones y se derrumba su hipótesis; pero si las purificaciones son por la Providencia, también los suplicios (son) por la Providencia.

88.3. Ahora bien, si la Providencia comienza a moverse a partir del Arconte, como afirman, no obstante, aquella fue sembrada en las sustancias (oysía) junto con la generación de las sustancias por el Dios del universo.

88.4. Siendo así, es necesario que ellos confiesen o que el suplicio no es injusto -y proceden con justicia quienes condenan y persiguen a los mártires-, o que incluso las persecuciones son producidas por voluntad de Dios.

88.5. Por tanto, el sufrimiento y el temor -como ellos mismos afirman (cf. Basílides, Fragmentos, 9)- ya no sobrevienen a las acciones, como la herrumbre al hierro, sino que surgen en el alma por propia voluntad.

Capítulo XIII: Contra las afirmaciones del gnóstico Valentín

Lo que sostiene Valentín

89.1. Y ciertamente sobre estas cosas (sería) larga la discusión, que se reserva para examinar más tarde, cuando se presente la ocasión.

89.2. Pero Valentín escribe en una homilía textualmente: "Desde el principio (= antes de la creación del mundo) son inmortales, son hijos de la vida eterna; y han querido compartir la muerte entre ustedes, para consumarla y destruirla (cf. 1 Co 15,26. 54), para que la muerte muera entre ustedes y por ustedes.

89.3. Porque cuando disuelvan el mundo, pero sin que sean ustedes disueltos, dominarán sobre la creación y sobre toda destrucción" (Valentín, Fragmentos, 4).

89.4. Porque también éste, como Basílides, supone una raza (o: linaje) que se salva por naturaleza; pero que esa raza superior (o: diferente) vendría hasta nosotros aquí desde arriba para destruir la muerte, pero el origen (lit.: generación) de la muerte sería obra del creador del mundo.

89.5. Y por eso [Valentín] interpreta así aquella Escritura: "Ninguno que vea el rostro de Dios vivirá" (Ex 33,20) como si (Dios) causara la muerte.

89.6. Acerca de este Dios hace alusión escribiendo con estas palabras: "Cuanto menor es la imagen al rostro viviente, tanto el mundo es inferior al eón viviente" (Valentín, Fragmentos, 5).

Elucubraciones de los valentinianos

90.1. "¿Cuál (es), entonces, la causa de la imagen? La majestad del rostro ha proporcionado el modelo al pintor; para que sea honrado por su nombre el modelo. Porque no se encontró de manera auténtica (lit.: auténticamente) una forma, sino que el nombre llenó lo que faltó en la plasmación. Pero también lo invisible de Dios (cf. Rm 1,20) contribuye a la fe de lo plasmado" (Valentín, Fragmentos, 5).

90.2. Porque así denomina al Demiurgo, nombrado como Dios y Padre, imagen y profeta del Dios verdadero; pero (llama) pintor a la Sabiduría, cuya plasmación (es) la imagen, para gloria del Invisible (cf. Gn 1,26; Col 1,15); puesto que lo que procede de una pareja son plenitudes, pero lo que procede de uno, imágenes.

90.3. Pero puesto que lo que aparece (o: se manifiesta) de él no es el alma intermedia, viene entonces lo superior (o: diferente), el soplo del espíritu superior, y que se insufla todo entero en el alma (cf. Gn 2,7), en la imagen del espíritu; y en general, lo dicho sobre el Demiurgo, hecho a imagen (cf. Gn 1,26 y 2,7), dicen ellos que en el "Génesis" está profetizado eso mismo en forma de imagen sensible sobre la generación del hombre.

90.4. Y precisamente ellos se aplican a sí mismos la semejanza (cf. Gn 1,26), enseñando que la comunicación del espíritu superior les ha llegado sin que lo supiera el Demiurgo.

Cristo verdaderamente destruye la muerte

91.1. En verdad, cuando tratemos sobre la unidad de Dios, proclamada por la Ley, los profetas y el Evangelio, discutiremos también esta cuestión (= la ignorancia del Demiurgo) -porque el Verbo es lo primordial-, pero hay que ir al encuentro de lo que apremia.

91.2. Si la raza superior viene para disolver la muerte, (entonces) Cristo no destruyó la muerte (cf. 2 Tm 1,10; 1 Co 15,25. 54), si no se dice que también Él era consubstancial a ellos; pero si Él la destruyó como para que no tuviera contacto con la raza superior, no aniquilan la muerte ésos, los falsificadores del Demiurgo, los del alma intermedia, los que insuflan en su propia imagen la vida de arriba, según esta doctrina herética, aunque digan que esto sucede a través (o: por intermedio) de la madre (= Sofía).

91.3. Pero aunque digan que con Cristo luchan en contra de la muerte, confiesan la doctrina (lit.: el dogma) que ha permanecido oculta, con que se atreven a atacar el divino poder del Demiurgo, rectificando su creación como mejores que aquél, tratando de salvar la imagen psíquica que (el Demiurgo) no pudo librar de la corrupción.

91.4. Pero también el Señor sería mejor que el Dios creador. Porque el Hijo nunca podrá luchar contra el Padre, y esto (por ser) dioses.

Buscar lo que es de Cristo

92.1. Pero que Él es el Padre del Hijo, el Creador del universo, el Señor omnipotente, lo dejamos para la reflexión en la que prometimos discutir sobre las herejías, demostrando que el [Padre] es el único predicado por el [Hijo].

92.2. Ahora bien, el Apóstol escribiendo sobre la paciencia en las tribulaciones, nos dice: "Y esto viene de Dios: porque a ustedes les dada la gracia por Cristo, no sólo de creer en Él, sino también el padecer por Él; teniendo el mismo combate que vieron en mí y ahora oyen de mí (lit.: oyen en mí).

92.3. Si hay algún consuelo en Cristo, algún estímulo de amor, si alguna comunión de espíritu, si hay afecto entrañable y compasión, completen mi gozo, pensando lo mismo, teniendo el mismo amor, siendo de una misma alma, pensando una sola cosa" (Flp 1,28--2,2).

92.4. Si el Apóstol se derrama en libación "sobre el sacrificio y el servicio de la fe" (Flp 2,17), alegrándose y congratulándose con aquellos a quienes escribe, los filipenses, llamándoles copartícipes de la gracia (cf. Flp 2,17; 1,7; 2,2; Ef 3,6; 5,7), ¿cómo les dice de idénticos sentimientos (cf. Flp 2,2) y psíquicos?

92.5. De igual modo, cuando escribe sobre sus relaciones con Timoteo, dice: "Porque a nadie tengo con los mismos sentimientos, que genuinamente se interese de lo de ustedes. Porque todos buscan sus propios intereses, no los de Cristo Jesús" (Flp 2,20-21).



La caridad cristiana

93.1. Así, los mencionados [herejes], y también los frigios (= discípulos del hereje Montano), no nos llamen psíquicos, como una infamia. En efecto, también éstos [frigios] llaman psíquicos a quienes no obedecen a la nueva profecía; discutiremos con ellos en los [escritos] "Sobre la profecía".

93.2. Ahora bien, es necesario que el [hombre] perfecto practique el amor y desde de allí se apresure hacia la amistad divina, cumpliendo los mandamientos por amor.

93.3. Pero amar a los enemigos, dice [la Escritura] (cf. Mt 5,44; Lc 6,27. 35), no es querer el mal, ni la impiedad, el adulterio o el robo, sino [amar] al ladrón, al impío, al adúltero, no en cuanto que pecan y que con tales acciones manchan la denominación de hombre, sino en cuanto que son hombre y obra de Dios. Sin duda el pecar consiste en una acción, no en una sustancia; por eso no (es) obra de Dios (cf. Rm 8,7; St 4,4).

El buen uso de las cosas

94.1. Los pecadores son llamados enemigos de Dios, (son) además enemigos de los mandamientos, a los que no obedecen al igual que son amigos [de Dios] los que los obedecen, llamados así por elegir éstos (ser) familiares (de Dios), aquellos por apartarse (de Él).

94.2. Nada es la enemistad ni el pecado sin enemigo y sin pecador. Y el [precepto de] no desear no enseña a no tener deseo alguno (cf. Ex 20,17; Dt 5,21; Rm 7,7; 13,9), como si las cosas deseables [nos] fueran extrañas, como dejan deslizar los que dogmatizan que el Creador es distinto del Dios primero, ni como que la generación fuera abominable y mala.

94.3. Estas opiniones son impías, pero nosotros llamamos extrañas a las cosas del mundo, no como absurdas, ni como no pertenecientes a Dios, Señor de todo, sino porque, no permanecemos en ellas toda la eternidad, son extrañas por posesión, y pasan por sucesión a otras manos, pero respecto a su utilidad son propias de cada uno de nosotros, para quienes también fueron hechas; sólo que hay que aproximarse a ellas en la medida de lo necesario.

94.4. Así, según el apetito natural hay que hacer buen uso de lo que no está prohibido, evitando toda exageración y complacencia (desordenada).

Capítulo XIV: La bondad de Dios

El diablo es enemigo del género humano

95.1. ¡Pero qué grande (es) también la bondad! Dice [el Señor]: "Amen a sus enemigos, bendigan a los que los maldicen, y rueguen por los que los ultrajan" (Mt 5,44; Lc 6,27-28), y cosas parecidas. A las que añade: "Para que sean hijos de su Padre que está en los cielos" (Mt 5,45), aludiendo a la semejanza respecto con Dios.

95.2. Pero de nuevo dice: "Ponte de acuerdo con tu adversario, mientras estás con él en el camino" (Mt 5,25). El cuerpo no es el adversario, como quieren algunos, sino el diablo -y los que se asemejan a él-, que camina con nosotros por el camino mediante los hombres que en esta vida terrena imitan sus obras.

95.3. Ciertamente, es imposible que no padezcan lo más odioso quienes confiesan ser ellos mismos de Cristo, pero están ocupados (lit.: establecidos) en las obras del diablo. Porque está escrito: "Para que no te entregue al juez, y el juez al ejecutor" (Mt 5,25) del reino del diablo.

El mártir gnóstico

96.1. "Porque estoy persuadido que ni la muerte", que traen los perseguidores, "ni la vida", la de este mundo, "ni los ángeles", los apóstatas, "ni los principados" -principado es para Satanás la vida que eligió; porque tales son sus principados y las poderes de la tiniebla (cf. Ef 6,12)-, "ni las cosas presentes", en las que nos encontramos durante el tiempo de la vida, como la esperanza del soldado y la ganancia del comerciante,

96.2. "ni altura ni profundidad, ni alguna otra criatura" -según la actividad propia del hombre que ha decidido oponerse a la fe; pero se dice creación y actividad como sinónimos de obra nuestra-; tal actividad "no podrá separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rm 8,38-39). Ahí tienes una síntesis del mártir gnóstico.

Capítulo XV: El cristiano debe obrar para la gloria de Dios

La gnosis que enseña el apóstol Pablo

97.1. "Sabemos que todos nosotros tenemos gnosis" (1 Co 8,1), la común en los [cristianos] comunes y la de que Dios es uno; así [el Apóstol] escribía a los fieles. Por lo cual añade: "Pero no en todos hay gnosis" (1 Co 8,7), la que se transmite a pocos. Pero hay quienes afirman que la gnosis "sobre los sacrificios a los ídolos" (1 Co 8,1), no está en todos (cf. 1 Co 8,7)..., "no sea que nuestra autoridad llegue a ser tropiezo para los débiles" (1 Co 8,9);"porque el débil se pierde por tu gnosis" (1 Co 8,11).

97.2. Y si además dijeran: "Hay que comprar todo lo que se vende en el mercado de carne" (1 Co 10,25), añadiendo en tono interrogativo: "¿Sin averiguar nada?", igual que si lo preguntaran, propondrían una exégesis ridícula.

97.3. Porque el Apóstol dice: "Compren en el mercado de la carne todas las otras cosas sin preguntar nada" (1 Co 10,25), a excepción de lo prescrito según la epístola general (lit.: católica) de todos los Apóstoles, con la aprobación del Espíritu Santo, que ha sido escrita en los "Hechos de los Apóstoles", pero distribuida entre los fieles por el ministerio del mismo Pablo. Porque indicaron "que era necesario deber abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre de (los animales) estrangulados y de la fornicación; si se guardan de eso, harán bien" (Hch 15,28-29).

97.4. Otra cosa es lo dicho por el Apóstol: "¿Acaso no tenemos derecho a comer y a beber? ¿No tenemos derecho a llevar una mujer hermana [en la fe], como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?" (1 Co 9,4-5). Y dice: "Pero no hemos hecho uso de ese derecho, sino que todo lo soportamos, para no poner obstáculo al Evangelio de Cristo" (1 Co 9,12).

97.5. Llevando cargas, debiendo estar libres de todo y queriendo ser ejemplo para quienes desean ser continentes, al no estar edificados para comer libremente lo que se ofrece, y tratar a una mujer de cualquier manera (cf. 1 Co 8,10). Pero conviene sobre todo que a los que "se les ha confiado una economía" (1 Co 9,17) tan importante sean propuestos como ejemplo irreprochable para los que aprenden.

Abstenerse por el bien de los demás

98.1. Dice [el Apóstol]: "Porque siendo libre de todos, yo mismo me he hecho esclavo para todos, para ganarlos a todos" (1 Co 9,19); y "todo el que lucha en todo practica la continencia" (1 Co 9,25). Pero "del Señor (es) la tierra y su plenitud" (1 Co 10,26; Sal 23 [24],1).

98.2. "Por causa de la conciencia" (1 Co 10,27), por tanto, hay que abstenerse de lo que hay que abstenerse. "Pero no digo conciencia de ti mismo, que es gnóstica, sino de la del otro" (1 Co 10,29), para que por ignorancia no se edifique de mala manera, imitando lo que no conoce, siendo despreciador, en vez de magnánimo.

98.3. "¿Por qué ha de juzgarse mi libertad por otra conciencia? Si yo participo con agradecimiento, ¿por qué soy censurado por aquello por lo que yo doy gracias? Todo lo que hagan, háganlo para gloria de Dios" (1 Co 10,29-31): todo lo manda hacer bajo la regla de la fe.

Capítulo XVI: La norma de vida del gnóstico

Bendecir a quien nos persigue

99.1. "Ciertamente, con el corazón se cree para la justicia, pero con la boca se confiesa para la salvación. Porque la Escritura dice: "Todo el que crea en Él no será avergonzado" (Is 28,16; Rm 10,10-11). Esta es la palabra de la fe que proclamamos, porque si confiesas con tu boca que Jesús es Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo" (Rm 10,8-9).

99.2. Abiertamente subraya la perfecta justicia, cumplida en la práctica y en la contemplación (teoría). "Bendigan a los que los persiguen; bendigan y no maldigan" (Rm 12,14).

99.3. "Porque ésta es nuestra jactancia, el testimonio de nuestra conciencia, que en santidad y sinceridad" reconocemos a Dios, indicando mediante esa pequeña ocasión la obra del amor, porque "nos condujimos en el mundo no en sabiduría carnal, sino con gracia de Dios" (2 Co 1,12).

La fe y la gnosis

100.1. Esto [dice] el Apóstol sobre la gnosis; y en la "Carta a los Corintios", llama "olor de gnosis" (2 Co 2,14) a la enseñanza común de la fe.

100.2. "Porque, hasta el día de hoy, para la mayoría el mismo velo sobre la lectura del antiguo pacto permanece, no siendo descubierto" (2 Co 3,14), en vistas a la conversión hacia el Señor (cf. 2 Co 3,16).

100.3. Por eso [el Señor] les mostró una resurrección a quienes pueden distinguir la vida que todavía en carne se arrastra sobre el vientre (cf. Gn 3,14). De donde, también llamó "engendros de víboras" (Mt 3,7; 12,34; 23,33) a los amantes de los placeres, a los esclavos del vientre (cf. Rm 16,18) y del sexo, a los que se cortan recíprocamente las cabezas "con las concupiscencias mundanas" (Tt 2,12).

100.4. "Hijitos, no amemos de palabra ni con la lengua, dice Juan, enseñando a ser perfectos, sino en obra y de verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad" (1 Jn 3,18-19).

100.5. Pero, si "Dios (es) amor" (1 Jn 4,16), también (es) amor la piedad. "No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor" (1 Jn 4,18). "Este es el amor de Dios: que guardemos sus mandamientos" (1 Jn 5,3).

100.6. A su vez, para el que desea devenir gnóstico, está escrito también: "Pero hazte ejemplo para los fieles en palabra, en comportamiento, en amor, en fe y en pureza" (1 Tm 4,12); por ello, pienso que la fe perfecta se distingue de la fe común.



El canon del gnóstico

101.1. Y el divino Apóstol establece la norma (canon) del gnóstico mediante esas cosas escribiendo esto: "Yo he aprendido a estar contento en (las circunstancias) en que estoy. Sé pasar necesidad y sé vivir en la abundancia; en todo y en todas las circunstancias he sido iniciado: para ser saciado y pasar hambre, para vivir en la abundancia y sufrir necesidad. Para todo tengo fuerza en el que me da el poder" (Flp 4,11-13). Y, dialogando con otros para cambiarles el modo de pensar, no duda en decir:

101.2. "Pero recuerden continuamente los días anteriores, en los que, habiendo sido iluminados, soportaron una gran lucha de sufrimientos. Unas veces, con ultrajes y tribulaciones expuestos públicamente; otras, solidarios de los que así eran tratados. Porque sufrieron (lit.: simpatizaron) con mis cadenas, y aceptaron con alegría la confiscación de sus bienes, sabiendo que ustedes mismos tenían una posesión mejor y permanente.

101.3. No pierdan, por tanto, su confianza, la cual tiene una gran recompensa. Porque necesitan tener paciencia, para que, cumpliendo la voluntad de Dios, obtengan la promesa. Puesto que, aún un poco, un poco (de tiempo y) el que viene llegará y no se retrasará (Ha 2,3-4). Pero mi justo vivirá de fe, y si se vuelve atrás, no se complacerá mi alma en él (Is 26,20-21). Pero nosotros no somos de retirada para destrucción, sino de la fe para conservación del alma" (Hb 10,32-39).

Los justos de la Antigua Alianza

102.1. Después te presenta un enjambre de ejemplos divinos (cf. Hb 11). ¿Acaso no es por la fe, dice, mediante la paciencia, que tuvieron éxito "quienes recibieron burlas y azotes, cadenas y cárcel? Fueron apedreados, torturados, muertos con golpe (lit.: asesinato) de espada, anduvieron de acá para allá en pieles de oveja y de cabra, pasando necesidad, atribulados, maltratados, indignos del mundo, errantes por los desiertos y montañas, por cuevas y cavernas de la tierra.

102.2. Y todos, martirizados por la, fe, no alcanzaron la promesa de Dios" (Hb 11,36-39). Falta por entender el "ellos" solos que se dice según preterición.

La salvación en Cristo

103.1. Y añade: "Porque Dios, que era bueno, había previsto algo mejor para nosotros, para que sin nosotros no fuesen [ellos] perfeccionados" (Hb 11,40). "Por eso, también nosotros, teniendo alrededor una nube santa y luminosa de testigos, despojados de todo impedimento y del pecado que [nos] asedia, mediante la paciencia, corramos a la lucha puesta delante, fijando la mirada en el autor y consumador de la fe, Jesús" (Hb 12,1-2).

103.2. Por eso, dice que hay una sola salvación en Cristo para los [antiguos] justos y para nosotros; en verdad, ya lo había dicho claramente antes; y no menos lo añade al referirse a Moisés: "Teniendo por mayor riqueza el oprobio por Cristo que los tesoros de Egipto, porque miraba fijamente la recompensa. Por la fe abandonó Egipto, sin miedo a la ira del rey. Porque perseveró como si viera al Invisible" (Hb 11,26-27).

103.3. La divina sabiduría dice sobre los mártires: "A los ojos de los insensatos parecían morir, y su partida fue entendida como desdicha y su marcha de entre nosotros un exterminio. Pero ellos están en paz. Y aunque a la vista de los hombres fueran castigados, su esperanza está llena de inmortalidad" (Sb 3,2-4).

El martirio como purificación

104.1. A continuación, enseñando que el martirio es una gloriosa purificación, añade: "Y con una pequeña corrección, recibirán grandes bienes, porque Dios los probó" (Sb 3,5); es decir, permitió que fueran puestos a prueba y quien los puso a prueba quedara a descubierto y confundido, "y los halló dignos de sí mismo" (Sb 3,5), evidentemente (dignos) de ser llamados hijos (cf. Mt 5,9).

104.2. "Como oro en el crisol los probó y fueron recibidos como holocausto de sacrificio. Y brillarán el tiempo de su tribulación, y correrán como chispas a través del cañaveral. Juzgarán naciones, serán dueños de pueblos y su Señor reinará por los siglos" (Sb 3,6-8).

Capítulo XVII: Pasajes de la "Primera Carta a los Corintios" de Clemente de Roma

El testimonio de Clemente de Roma

105.1. Ciertamente, en la "Carta a los Corintios", al describir un modelo (typos) del gnóstico, el apóstol Clemente dice:

105.2. "Porque ¿quién de los que permanecieron algún tiempo entre ustedes no aprobó su fe muy virtuosa y firme? ¿Quién no admiró su sensata (o: temperante) y equilibrada (o: moderada) piedad en Cristo? ¿Y no proclamó la magnífica (o: generosa) costumbre de la hospitalidad de ustedes? ¿Y no celebró la gnosis perfecta y firme?

105.3. Porque todo lo hacían sin acepción de personas y caminaban en las leyes de Dios" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 1,2-3), y lo que sigue.

105.3. Después, [dice] más abiertamente: "Pongamos nuestros ojos en los que de una manera perfecta sirvieron a su magnífica gloria. Tomemos a Henoc que, hallado justo en la obediencia, fue llevado al [cielo]" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 9,2-3; cf. Gn 5,23-24);"y a Noé, que se salvó por haber haber creído" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 9,4; cf. Gn 6,8); y a Abraham, que por fe y hospitalidad, fue llamado amigo de Dios y fue padre de Isaac" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 10,1. 7; 17,2).

105.4. "Por hospitalidad y piedad Lot fue salvado de Sodoma" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 11,1; cf. Gn 19). "Por fe y hospitalidad fue salvada la ramera Rahab" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 12,1; cf. Jos 2). Por paciencia y fe anduvieron vestidos de pieles de oveja y de cabra, con vestidos tejidos de piel de camello, predicando el reino de Cristo; nos referimos a los profetas Elías, Eliseo, Ezequiel y Juan [el Bautista] (cf. Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 17,1 y Hb 11,37).

La humildad

106.1. Porque Abraham, que por su fe libre fue llamado amigo de Dios, no se exaltó por esa gloria, sino que con moderación (o: sencillez; modestia) dijo: "Pero yo soy tierra y ceniza" (Gn 18,27; cf. Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 17,2).

106.2. "Sobre Job está escrito así: "Job era justo e irreprensible, veraz, piadoso, exento de todo mal"" (Jb 1,1; Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 17,3).

106.3. Él mismo venció por la paciencia al tentador, fue mártir y al mismo tiempo recibió testimonio de Dios; resiste por la humildad y dice: "Nadie está limpio de mancha, ni aunque su vida sea de un día" (Jb 14,4-5; Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 17,4).

106.4. Moisés, "el fiel servidor en toda su casa" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 17,5; cf. Nm 12,7; Hb 3,2. 5), al que le vaticinaba desde la zarza le dijo: "¿Quién soy yo para que me envíes? Yo soy de voz débil y lento en el hablar" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 17,5; cf. Ex 3,11; 4,10), para transmitir la voz del Señor con lenguaje humano. Y de nuevo: "Yo soy vapor de una olla" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 17,5). "Porque Dios resiste a los soberbios, pero da la gracia a los humildes" (Pr 3,34; St 4,6; 1 P 5,5; cf. Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 30,2).

Reconocer el propio pecado

107.1. De otra parte está David, de quien testimonia el Señor y dice: "He hallado un varón según mi corazón, David, hijo de Jesé; lo he ungido con óleo santo" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 18,1; cf. Sal 88 [89],21; 1 S 13,14; Hch 13,22).

107.2. "Pero también él dice a Dios: "Ten piedad de mí, oh Dios, según tu gran misericordia, y por la abundancia de tu compasión borra mi delito.

107.3. Lávame aún más (o: por entero) de mi iniquidad y purifícame de mi pecado; porque yo conozco mi iniquidad, y mi pecado está siempre delante de mí"" (Sal 50 [51],3-6; Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 18,2-3).

107.4. Después, aludiendo al pecado que no cae bajo la ley, con sencillez (o: modestia) gnóstica añade: "Contra ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de ti" (Sal 50 [51],6; Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 18,4).

107.5. "Porque dice la Escritura en cierto lugar: "El espíritu del Señor es luz que escruta los escondrijos de las entrañas"" (Pr 20,27; Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 21,2).

107.6. Y uno, cuanto más gnóstico deviene por la práctica de la justicia, tanto más se le aproxima el Espíritu luminoso (o: iluminador).

107.7. Así se aproxima el Señor a los justos, "y no se le oculta ninguno de los pensamientos y raciocinios que hacemos" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 21,3).

107.8. Me refiero, al Señor Jesús, que con su omnipotente voluntad escruta (epískopos) nuestros corazones, y "cuya sangre fue consagrada (o: santificada) por nosotros" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 21,6).



Como debiera ser la vida del cristiano

108.1. "Respetemos, por tanto, y veneremos a quienes nos preceden; honremos a los ancianos; eduquemos a los jóvenes en la educación de Dios" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 21,6).

108.2. Bienaventurado quien enseñe y practique dignamente las cosas del Señor; (ése) tiene un espíritu magnánimo y contemplativo de la verdad.

108.3. "Dirijamos a nuestras esposas hacia el bien; muestren, dice, la amable costumbre de la pureza; den pruebas de su sincera voluntad de comprensión; hagan manifiesto el decoro de su lengua mediante el silencio; (y) ofrezcan su amor no por inclinaciones (cf. 1 Tm 5,21), sino santamente y de igual manera para con todos los que temen a Dios.

108.4. Nuestros hijos participen de la educación en Cristo: aprendan la fuerza de la humildad ante Dios, lo que puede el amor puro ante Dios, cuán hermoso y grande es el temor de Dios, que salva a todos los que se vuelven santamente a Él con un corazón puro.

108.5. Porque [Él] es escrutador de los pensamientos e intenciones; su aliento (o: soplo) está en nosotros, y cuando quiere lo quita (o: hace desaparecer)" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 21,6-9).

El misterio gnóstico de los números siete (hebdómada) y ocho (ogdóada)

109.1. "Pero la fe en Cristo afianza todas esas cosas. "Vengan, hijos, dice el Señor; escúchenme: yo les enseñaré el temor del Señor. ¿Quién es el hombre que quiere la vida y desea ver días felices"" (Sal 33 [34],12-13; Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 22,1-2).

109.2. Luego añade el misterio gnóstico de la hebdómada y de la ogdóada: "Preserva tu lengua del mal y tus labios de hablar con engaño. Aléjate del mal y haz el bien; busca la paz y síguela" (Sal 33 [34],14-15; Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 22,4-5).

109.3. Porque alude a la gnosis mediante el alejamiento del mal por una parte y con la acción del bien por otra, enseñando que hay que ser perfectos en obra y palabra. "Los ojos del Señor están sobre los justos, y sus oídos escuchan su súplica. Pero el rostro del Señor, contra los que hacen lo malo, para eliminar de la tierra su memoria" (Sal 33 [34], 16-17; Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 22,6).

La misericordia del Señor rodea al cristiano

110.1. "Gritó el justo y el Señor lo escuchó y lo libró de todas las tribulaciones. Puesto que muchos (son) los azotes de los pecadores, pero la misericordia rodeará a los que esperan en el Señor" (Sal 33 [34],18; 31 [32],10; Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 22,7-9). Dice que el que espera sinceramente está envuelto por una gran cantidad de misericordia.

110.2. Porque está escrito en la "Carta a los Corintios": "Por Jesucristo, nuestra mente, necia y oscurecida, florece de nuevo a la luz. Por medio de Él quiso el Soberano que gustásemos de la gnosis inmortal" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 36,2).

110.3. Mostrando también, más expresivamente, lo característico (idioma: propiedad) de la gnosis, añadió: "Puesto que esas cosas son ya evidentes para nosotros, y habiendo penetrado en la profundidad de la gnosis divina, debemos hacer con orden todo lo que el Soberano [nos] ha prescrito cumplir, según los tiempos establecidos" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 40,1).

110.4. "Por tanto, el sabio demuestre su sabiduría no sólo con las palabras, sino en buenas obras; el humilde no dé testimonio de sí mismo, sino que deje que otro dé testimonio de él, y el casto en la carne no se vanaglorie, reconociendo que es otro el que le concede la continencia (o: templanza)" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 38,2).

110.5. "Miren, hermanos, que cuanto mayor es la gnosis con que hemos sido honrados, tanta mayor es la responsabilidad a la que estamos obligados" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 41,2).

Capítulo XVIII: Sobre la caridad

El amor cristiano

111.1. Así entonces, la venerable y pura educación (o: conducta) de nuestra filantropía, según Clemente, busca el bien común (cf. Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 48,1. 6), o padeciendo el martirio, o educando con obra y palabra, la cual (es) doble: oral y escrita.

111.2. Esto es el amor: amar a Dios y al prójimo (cf. Mt 22,37-39); este [amor] lleva hacia la altura inenarrable.

111.3. "El amor cubre multitud de pecados" (1 P 4,8: cf. St 5,20);"el amor todo lo sufre, todo lo aguanta" (1 Co 13,7);"el amor nos une a Dios, todo lo hace en concordia. Todos los elegidos de Dios se hicieron perfectos en el amor; sin amor nada es agradable a Dios" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 49,5).

111.4. "No hay explicación (lit.: exégesis) que exprese su perfección" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 50,1), dice. "¿Quién es capaz de ser encontrado en él, sino aquellos a los que Dios juzgue dignos?" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 50,2).

111.5. Lo mismo dice el apóstol Pablo: "Si entregase mi cuerpo, pero no tengo amor, soy bronce que resuena y címbalo que retiñe" (1 Co 13,3 y 1); así -dice-, si no es mediante una libre decisión, por un amor gnóstico, yo sería mártir, pero por temor.

El cristiano debe llevar una vida coherente

112.1. Si es que confieso al Señor golpeando con los labios en testimonio del Señor por el premio esperado, soy un hombre común; hago eco al Señor, no lo conozco. Porque también está el pueblo que ama con los labios (= los judíos), y hay otro que entrega el cuerpo para ser quemado (= los gimnosofistas; cf. II,125,11).

112.2. "Y si repartiese todas mis posesiones" (1 Co 13,3), dice, no según la razón de la comunión del amor, sino según la recompensa bien del hombre beneficiado bien del Señor que la ha prometido.

112.3. "Y si tengo toda la fe hasta para trasladar las montañas" (1 Co 13,2) y eliminara las pasiones que ofuscan el juicio, si no fuera fiel al Señor por el amor, "nada soy" (1 Co 13,2), porque en comparación del que da testimonio gnósticamente, soy contado como uno más y en nada diferente.

112.4. "Pero si todas las generaciones desde Adán hasta el día de hoy han pasado; sin embargo, los perfectos en el amor poseen, según la gracia de Dios, el lugar de los piadosos; ellos se manifestarán en la visita del reino de Cristo" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 50,3).

Dios es bueno

113.1. El amor no permite pecar. Y aunque uno cayere involuntariamente en alguna mala situación por culpa de los ataques del enemigo, imitando a David salmodiará:

113.2. "Confesaré al Señor, y le agradará más que un novillo nuevo que echa cuernos y pezuñas. Lo verán los pobres y se alegrarán" (Sal 68 [69],31-33; Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 52,1).

113.3. Porque dice: "Sacrifica a Dios un sacrificio de alabanza y cumple tus votos al Señor. E invócame también en el día de tu tribulación y te libraré y me glorificarás. Porque un sacrificio para Dios es un espíritu quebrantado" (Sal 49 [50],14-15; 50 [51],19; Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 52,3-4).

113.4. También Dios es llamado amor, siendo bueno (cf. 1 Jn 4,8. 16). "El amor (a Él) no hace mal al prójimo" (Rm 13,10), ni causa injusticia ni se venga nunca, sino que hace el bien a todos sin distinción, a imagen de Dios.

113.5. "El amor es la plenitud de la ley" (Rm 13,10), lo mismo que Cristo; es decir, la venida del Señor que nos ama y, según Cristo, nuestra enseñanza y nuestra conducta amorosa (o: conforme al amor).

113.6. Así, con el amor se perfeccionan el no fornicarás y el no desearás (la mujer) de tu prójimo (cf. Ex 20,14. 17 y 19; Rm 13,9), que antes se reprimían por temor. La misma acción entraña una diferencia según que se haga por miedo o se cumpla por amor, y si se realiza por fe o también gnósticamente.

Falsa interpretación de un pasaje del evangelio de Mateo

114.1. También es lógico que las recompensas de esas [disposiciones] (sean) distintas. En efecto, para el gnóstico está preparado "lo que ni ojo vio, ni oído oyó, ni subió a corazón humano" (1 Co 2,9); pero al que ha creído con sencillez le certifica el céntuplo de lo que ha abandonado (cf. Mc 10,30), agregando que esta promesa sería entendida por la inteligencia humana.

114.2. Llegado aquí, me acuerdo de uno que se decía gnóstico (= ¿Pródico?); porque explicando: "Pero yo les digo: el que mira a la mujer con deseo, ya cometió adulterio" (Mt 5,28), juzgaba que no se condenaba el simple deseo, sino que por el deseo el acto, yendo más allá del deseo, fuese consumado en la mujer (lit.: en ella); porque si en un sueño [el deseo] se vale de la imaginación (o: fantasía), también se vale entonces del cuerpo.



La historia de Bóccoris

115.1. Los que han compuesto las historias del justo Bóccoris (= mítico rey de Egipto) refieren el siguiente juicio: al enamorarse un joven de una cortesana, por una retribución (o: paga) determinada, convence a la joven para estar con él al día siguiente (en su casa).

115.2. Adelantado inesperadamente el deseo hacia la muchacha en sueños, y una vez saciado, aleja del vestíbulo a la amada que había llegado conforme a lo convenido; pero ella, enterada de lo sucedido, reclama la retribución, diciendo que de alguna manera ella había satisfecho el deseo del amante.

115.3. Así, llegaron al juez. Éste ordenó al joven que pusiera delante la bolsa con la retribución, pero al sol; y ordenó a la cortesana que tomara la sombra [de la bolsa], decidiendo, con gracia, que se pagara con una apariencia de dinero por una apariencia de abrazo.

Mirar lo hermoso con amor limpio

116.1. Por tanto, uno sueña cuando el alma asiente a la fantasía, pero sueña despierto el que mira con deseo (o: concupiscencia), no sólo -como decía aquel aparente gnóstico-, si al tiempo que ve a la mujer concibe en el pensamiento la unión (o: comunión; omilían) con ella -porque esto es ya una acción del deseo en cuanto deseo-; pero si uno contempla sólo la belleza del cuerpo, dice el Verbo, y la carne le parece que es bella por el deseo, entonces es juzgado por mirar carnalmente y pecaminosamente lo que ha admirado.

116.2. Porque, por el contrario, quien mira lo bello con amor limpio, no considera bella la carne, sino el alma; admira el cuerpo, pienso yo, como una estatua, por cuya belleza lo conduce a él mismo al Artífice y a lo realmente bello, demostrando a los ángeles que inspeccionan en la ascensión un símbolo santo, el carácter luminoso de la justicia, [me] refiero a la unción de la [divina] complacencia, a la cualidad de la disposición impresa en el alma conforme a la inhabitación del Espíritu Santo.

El justo

117.1. El pueblo no era capaz de mirar a esa gloria que resplandecía sobre el rostro de Moisés, y por eso echó un velo sobre la gloria ante los que miraban de forma carnal (cf. Ex 34,29-35).

117.2. Porque a los que llevan consigo algo del mundo, los detienen los que exigen el tributo, (al verlos) cargados con los intereses de las pasiones; pero al desnudo ciertamente de lo sometido a tributo, lleno de gnosis y de la justicia de las obras, le felicitan y le dejan pasar, proclamando bienaventurado al hombre junto también a su obra.

117.3. "Y su hoja no caerá" del árbol de la vida, que crece junto "a las corrientes de agua" (Sal 1,3; Ap 22,2).

117.4. El justo es comparado a los árboles ricos en frutos, no sólo por el sacrificio de lo que asciende hasta el cielo (= texto original defectuoso y de difícil lectura)... También existían, según la ley, los inspectores de las cosas sagradas para las oblaciones de los sacrificios.

117.5. Ahora bien, los expertos, distinguen el apetito del deseo; y éste lo refieren a los placeres y a la intemperancia, movimientos irracionales; pero el apetito, movimiento racional, a las necesidades naturales.

Capítulo XIX: Tanto las mujeres como los hombres deben tender hacia la perfección

Moisés y Judit

118.1. Esta misma perfección pueden compartirla por igual tanto el varón como la mujer.

118.2. Así, no fue sólo Moisés el que escuchó de Dios: "Te he hablado una y dos veces, diciendo: "He mirado a este pueblo y veo que es de dura cerviz; déjame que los destruya y borre su nombre de debajo del cielo, y te haré un pueblo grande y admirable y mucho mejor que este"" (Dt 9,13-14).

118.3. Le responde [Moisés], rogando [a Dios] que no se fije en él mismo, sino en la salvación común: "De ningún modo, Señor; perdona el pecado a este pueblo, o de otro modo bórrame del libro de los vivientes" (Ex 32,32; Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 53,3-5). ¡Que gran perfección de quien quiso morir con el pueblo antes que ser salvado él solo!

118.4. Pero también Judit, perfecta entre las mujeres, estando dentro de la ciudad sitiada, a ruego de los ancianos, sale al campamento de los extranjeros, despreciando todo peligro, entregándose ella misma a los enemigos en favor de su patria, con la fe puesta en Dios. En seguida recibe el premio de su fe: al ser una mujer vencedora del enemigo por su fe, se apoderó de la cabeza de Holofernes (cf. Jd 8--13; Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 55,4-5).

Esther, Susana y la hermana de Moisés

119.1 También Esther, perfecta en fe, libró a Israel del poder del tirano y de la crueldad del sátrapa, fue la única mujer que, extenuada por los ayunos, se levantó contra innumerables manos armadas, deshaciendo mediante su fe el decreto tiránico.

119.2. Y después en verdad lo amansó a [Asuero], desbarató a Amán y salvó intacto a Israel mediante su perfecta súplica a Dios (cf. Est 2,1--8,17; Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 55,6).

119.3. Pero calló a Susana y a la hermana de Moisés; lugarteniente del ejército con el profeta (cf. Ex 15,20-21), siendo la primera de todas las mujeres insignes en sabiduría entre los hebreos; pero aquella, llegando hasta la muerte por su extraordinaria dignidad (o: gravedad), siendo condenada por amantes lujuriosos, permaneció mártir inconmovible de la pureza (cf. Dn 13).

Valor de algunas mujeres griegas

120.1. En efecto, también el filósofo Dión refiere que una mujer, Lisídice, por exceso de pudor se bañaba con túnica; y que Filotera, cuando iba a entrar en el baño, se subía gradualmente la ropa, mientras el agua recubría lentamente las [partes] desnudas, y luego, al salir, de nuevo se iba vistiendo poco a poco.

1202. ¿Acaso la ateniense Leena no soportó también virilmente torturas? Cómplice ella misma, junto a Harmodio y Aristogitón, en lo referente a la conjura contra Hiparco, no declaró absolutamente nada, a pesar de ser violentamente torturada.

120.3. Pero se dice también que las argólicas, conducidas por la poetisa Telesila, con su única presencia hicieron huir a los fuertes soldados espartanos, y aquellas enfrentaron con audacia (o: intrepidez) la muerte.

120.4. Y algo semejante dice también el que ha compuesto la "Danaida" acerca de las hijas de Dánao: "Entonces las hijas de Dánao se armaron rápidamente frente al río de hermosas corrientes, el Nilo rey" (Dánao, Fragmentos, 1), y lo que sigue.

Prosigue la lista de mujeres griegas valerosas

121.1. Pero los demás poetas celebran la rapidez de Atlanta en la caza, la ternura de Anticlea, el amor conyugal de Alcestes, el valor de Macaria y de las [hijas] de Hiacinto.

121.2. Y ¿qué? ¿Acaso Teano, la pitagórica, no consiguió tan grande filosofía que, a quien la observaba con indiscreción y le dijo: "¡Bonito brazo!", ella respondió: "Pero no (es) público?" (Teano, Fragmentos, 3).

121.3. De esta misma dignidad se dice aquel apotegma: Preguntada una mujer sobre cuántos días debe pasar una esposa desde la unión con su marido hasta poder bajar al templo de Deméter, dijo: "Si se trata del propio [marido], inmediatamente; pero si es con un extraño, nunca" (Teano, Fragmentos, 4).

121.4. También Temisto, hija de Zoilo de Lampsaco y esposa de Leonteo de Lampsaco, filosofaba las [doctrinas] epicúreas, lo mismo que Muya, hija de Teano, las [doctrinas] pitagóricas, y Arignote, quien escribió sobre Dionisio.

121.5. Porque las hijas de Diodoro, de sobrenombre Cronos, todas ellas fueron dialécticas, como dice el dialéctico Filón en el "Menexeno", citando sus nombres: Menexene, Argía, Teognis, Artemisia, Pantaclea.

121.6. Me acuerdo también de una [de la escuela] cínica llamada Hiparcas de Maronea, esposa de Crates, con la que también consumó, en el Pecile (Poikíle: el pórtico de Atenas), el matrimonio cínico (kynogámia).



Filósofas, poetisas y pintoras

122.1. Areta, la [hija] de Aristipo de Cirene, educó a [su hijo] Aristipo, llamado el "enseñado por su madre" (metrodídaktos).

122.2. Lastenia de Arcadia y Axiotea de Fliunte filosofaban con Platón.

122.3. Porque de Aspasia de Mileto, sobre la que cuentan tantas cosas los cómicos, se aprovechó Sócrates para la filosofía y Pericles para la retórica.

122.4. Dejo de lado a otras por la longitud del discurso; así no menciono a las poetisas Corina, Telesila, Muía y Safo, ni a las pintoras como Irene, la hija de Cratino, y Anaxandra, la [hija] de Nealces, a las que menciona Dídimo en "Los Banquetes" (Symposiakós).

La mujer prudente

123.1. La hija del sabio Cleóbulo, monarca de Lindo, no se avergonzaba de lavar los pies de los huéspedes paternos; también Sara, la bienaventurada esposa de Abrahán, preparó ella misma los panes cocidos bajo las cenizas (egkryphías) para los ángeles (cf. Gn 18,6); y entre los hebreos, las hijas de los reyes pastoreaban los ganados (cf. Gn 29,6-9; Ex 2,16); de donde también en Homero, Nausica iba a los lavaderos (cf. Homero, Odisea, VI,186).

123.2. Así, (la mujer) prudente debería proponerse en primer lugar persuadir al marido para que compartiera con ella lo que conduce a la felicidad; pero, si eso fuera imposible, corra (o: apresúrese) ella sola hacia la virtud, obedeciendo en todo al marido, de manera que no haga nada contra la voluntad de aquél, excepto en lo que se considera fundamental para proseguir hacia la virtud y la salvación.

123.3. Pero también, si alguien apartara de esa disposición a la esposa o a una esclava, que con sinceridad (o: sin simulación) la desea, ése tal entonces no parece hacer otra cosa que desear apartarlas de la justicia y de la templanza, queriendo procurar al mismo tiempo para su propia casa lo injusto y lo licencioso.

El don de la prudencia

124.1. En verdad, no hay varón o mujer notable en cosa alguna, si no se ha dedicado al estudio, a la práctica (o: ejercicio) y a la ascesis; pero decimos que la virtud, que es de todos, no (depende) de otros, sino sobre todo de nosotros mismos.

124.2. Ciertamente algunas cosas puede uno impedírnoslas con los ataques, pero de ningún modo lo que depende de nosotros, por mucho que presione. Porque (es) un don concedido por Dios y no sometido a ningún otro.

124.3. De ahí que la intemperancia no se suponga que es un mal de alguien distinto al intemperante, pero la prudencia es un bien de quien puede tener dominio de sí mismo.

Capítulo XX: La mujer perfecta

El amor matrimonial

125.1. La mujer que ama al marido, Eurípides la describe con respeto (lit.: gravedad), advirtiendo: "Si [él] habla, debe pensar que habla bien, aunque no sea verdad (lit.: no lo diga), y [ella] debe esforzarse por hablar para agradar al marido" (Eurípides, Fragmentos, 909,7-8).

125.2. Y de de nuevo en el mismo sentido: "Es bueno que, en caso de acontecer algún mal, la esposa se aflija y participe en común [con el marido] de la pena como del placer" (Eurípides, Fragmentos, 909,9-10).

125.3. Y así, mostrando de algún modo lo afable y tierno en los infortunios, agrega: "Cuando tú enfermes, yo misma sufriré estar enferma contigo y compartiré tus males, porque nada me es desagradable" (Eurípides, Fragmentos, 909,11-12). Puesto que con los que aman "es necesario ser feliz y ser desgraciado. Porque, ¿qué es la amistad sino eso?" (Eurípides, Fragmentos, 909).

Cuál es el matrimonio verdaderamente feliz

126.1. Ahora bien, un matrimonio se santifica perfeccionándose según el Verbo (o: según la palabra) [cf. 1 Tm 4,5], si la unión está sometida a Dios y se practica "con sincero corazón en plenitud de fe, purificando los corazones de conciencia mala y lavando el cuerpo con agua pura, y manteniendo la confesión de la esperanza, porque fiel es el que lo prometió" (Hb 10,22-23).

126.2. Pero se debe juzgar feliz el matrimonio no por la riqueza ni por la belleza, sino por la virtud.

126.3. Dice la tragedia: "A ninguna aprovechó la belleza en la relación con a su marido; pero la virtud aprovechó a muchas; porque toda buena esposa, unida a su marido, sabe ser prudente" (Eurípides, Fragmentos, 909,1-3).

126.4. A continuación, como dando recomendaciones, dice: "Ciertamente, esto es lo primero de todo: si el marido es feo, debe parecer hermoso a la (esposa) sensata, porque no es el ojo el que juzga, sino que el espíritu es quien ve" (Eurípides, Fragmentos, 909,4-6), y lo que sigue.

126.5. Porque con mucha autoridad dijo la Escritura que la mujer es dada por Dios al varón como una ayuda (cf. Gn 2,18).

La amistad con Dios es la meta de la vida cristiana

127.1. Creo, por tanto, evidente que ella preferirá en el cuidado de la casa curar persuasivamente con una palabra (o: según el Verbo) cada uno de los sucesos molestos causados por el marido.

127.2. Pero si [el marido] no escuchase, entonces ha de procurar, en la medida de lo posible a la naturaleza humana, llevar una vida sin pecado, aunque tenga que vivir o morir con el Verbo, considerando que Dios es protector y compañero de esa situación, el verdadero asistente y salvador en el presente y el futuro; ella le ha constituido estratega y guía de cualquier situación, al considerar como tarea la templanza y la justicia, pero teniendo como objetivo su amistad con Dios.

Enseñanzas del apóstol Pablo

128.1. También, con gracia, el Apóstol en la "Carta a Tito" dice que conviene que "las ancianas en su porte (sean) reverentes, no sean calumniadoras, ni esclavizadas por el mucho vino, para que entrenen a las jóvenes a ser amantes de sus maridos e hijos, sensatas, puras, dedicadas a las tareas de la casa, buenas y sumisas a los propios maridos, para que no sea blasfemada la palabra de Dios" (Tt 2,3-5).

128.2. "Más bien, dice, persigan la paz con todos y la santidad, sin las cuales nadie verá al Señor; vigilando para que ninguno sea fornicario o profanador, como Esaú que a cambio de una sola comida se desprendió de sus derechos de primogenitura; y que ninguna raíz amarga, al brotar hacia arriba cause disturbios y por ella sean contaminados muchos (o: los demás)" (Hb 12,13-15. 16. 15; cf. Gn 27,28-40).

La perfección: meta tanto de la mujer como del hombre

129.1. Después, como poniendo colofón a la cuestión sobre el matrimonio, añade: "Honroso (sea) el matrimonio en todos, y la unión conyugal sin mancha; porque Dios juzgará a los fornicarios y adúlteros" (Hb 13,4).

129.2. Una vez demostrado que, tanto el hombre como la mujer tienen lo perfecto como único objeto y fin, Pedro dice en su "Carta":

129.3. "Ahora sufren un poco, si es necesario, en diversas pruebas, para que la prueba de la fe de ustedes, mucho más valiosa que el oro que se corrompe y es probado por el fuego, sea hallada digna de alabanza y gloria en la manifestación de Jesucristo.

129.4. A quien sin haber visto aman, a quien todavía no han visto, pero creyendo se alegran con un gozo inefable y pleno de gloria; obteniendo la meta de la fe, que es la salvación de las almas" (1 P 1,6-9).

129.5. Por eso también Pablo se gloría de haberse encontrado por causa de Cristo "en trabajos sin cuento, en azotes sin medida, en peligro de muerte muchas veces" (1 Co 11,23).



Capítulo XXI: La perfección cristiana

La completa perfección no es posible en la vida presente

130.1. Entonces encuentro que lo perfecto se entiende de diversos modos, según la virtud en que cada uno se destaque. Así, uno llega a ser perfecto en cuanto prudente, paciente, templado, laborioso, mártir y gnóstico.

130.2. Pero perfecto en todo a la vez no sé si existe algún hombre, mientras es hombre, excepto únicamente aquél que se revistió de hombre por nosotros (cf. Flp 2,7). En verdad también uno sería perfecto según la mera Ley, que prescribe la abstinencia del mal; pero (la Ley) es camino que conduce tanto al Evangelio como a las buenas obras.

130.3. Pero ciertamente perfección del que conoce la Ley es la aceptación gnóstica del Evangelio, para que se haga perfecto (quien vive) según la Ley. Porque profetizó (o: predijo) Moisés, según la Ley (cf. Dt 18,15), que era necesario escuchar, para que recibiéramos a Cristo, plenitud de la Ley, según el Apóstol (cf. Rm 10,4; 13,10; Mt 5,17).

130.4. Pero el gnóstico progresa desde ahora en el Evangelio, no sólo usando la Ley como peldaño, sino comprendiéndola e interpretándola como el Señor la transmitió a los Apóstoles, al darles los [dos] Testamentos.

130.5. Pero si también se comportara rectamente -tan pronto como es imposible que la gnosis siga a un mal comportamiento-, deviniendo mártir al confesar por amor con la mayor rectitud, gozaría de la mayor dignidad entre los hombres. Pero ni siquiera así llegará a ser llamado perfecto [mientras viva] en la carne, puesto que la terminación de la vida es requisito para esa privilegiada denominación; entonces, al llegar el mártir gnóstico, mostrará y presentará con señorío la obra perfecta mediante el amor gnóstico, entregando el espíritu (y) dando gracias (a Dios) con la sangre.

La perfección cristiana consiste en vivir rectamente ante Dios

131.1. Desde ese momento será bienaventurado y justamente será proclamado perfecto, "para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros" (2 Co 4,7), como dice el Apóstol. Salvemos sólo el libre arbitrio y el amor (= nuestra libertad y nuestro amor), "atribulados en todo, pero no aplastados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no destruidos" (2 Co 4,8-9).

131.2. Porque según el mismo Apóstol, es necesario que quienes aspiran a la perfección "no den motivo alguno de escándalo, sino que en todo se recomienden a sí mismos" (2 Co 6,3-4), no (ante) los hombres, sino ante Dios (cf. Col 3,23).

131.3. Como consecuencia, hay que obedecer también a los hombres; porque también es razonable obedecerles (hasta) por las calumnias.

131.4. Pero la recomendación está "en mucha paciencia, en las aflicciones, necesidades, apremios, azotes, prisiones, sediciones, fatigas, desvelos, ayunos, y en castidad (o: pureza), gnosis, longanimidad, bondad, en Espíritu Santo, en amor sin hipocresía, en palabra de verdad, en poder de Dios" (2 Co 6,4-7), para que seamos templos de Dios (cf. 1 Co 3,17), purificados "de toda contaminación carnal y espiritual" (2 Co 7,1).

131.5. "Y yo, dice, los acompañaré y seré para ustedes padre, y ustedes serán para mí hijos e hijas, dice el Señor todopoderoso" (2 Co 6,17-18).

131.6. "Perfeccionemos, por consiguiente, la santidad en el temor de Dios" (2 Co 7,1), dice. Porque si el temor también produce tristeza, dice [el Apóstol]: "Me alegro, no porque fueron contristados, sino porque fueron contristados para la conversión; porque fueron contristados según Dios, para que en nada sufran daño de nosotros. Porque la tristeza según Dios es conversión para salvación, que no produce pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte.

131.7. Vean que eso mismo que los entristece según Dios les ha causado un gran fervor, defensa, impaciencia, temor, deseo, celo y reparación. En todo han demostrado que ustedes mismos están limpios en este punto" (2 Co 7,9-11).

Anhelemos la plenitud de Cristo

132.1. Estos son los ejercicios de la ascesis gnóstica. Y por eso, Dios omnipotente, "Él mismo constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, para la perfección de los santos, para obra del ministerio, para edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la estatura de la edad de la plenitud de Cristo" (Ef 4,11-13), apresurándonos a ser hombres gnósticos y tender a la perfección lo más posible, aunque permanezcamos en la carne, y partiendo de una perfecta concordia, ocupémonos de concurrir con la voluntad de Dios en la reintegración realmente perfecta de nobleza y afinidad hacia la "plenitud de Cristo" (Ef 4,13), consumada perfectamente desde la reconciliación (o: purificación).

132.2. Veamos ahora dónde, cómo y cuándo el divino Apóstol habla sobre el perfecto y cómo manifiesta diferencias entre los perfectos.

132.3. De nuevo [dice]: "A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad. Porque a uno le es dada por el Espíritu la palabra de sabiduría; a otro, la palabra de gnosis, según el mismo Espíritu; a otro, la fe en el mismo Espíritu; a otro, carismas de curaciones en el mismo Espíritu; a otro, obras de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, don de lenguas; a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las obra el único y el mismo Espíritu, que lo distribuye a cada uno como quiere" (1 Co 12,7-11).

Los justos y la profecía

133.1. Siendo así las cosas, ciertamente los profetas son perfectos en profecía, los justos en justicia, los mártires en la confesión (de la fe), y otros en la predicación; no estando exentos de las virtudes comunes, tienen éxito en aquello que se les ha asignado. Por tanto, ¿quién, con sano juicio, no llamará justo al profeta? Pero ¿qué? ¿Acaso los justos como Abrahán no profetizaron también?

133.2. "Porque dios concede a uno las gestas bélicas, pero a otro la danza, a otro la cítara y el canto", dice Homero (Ilíada, XIII,730-731).

133.3. "Pero cada uno recibe de Dios su propio carisma; éste, uno; aquel, otro" (1 Co 7,7); pero los apóstoles fueron colmados en todos.

La fe en Cristo es la plenitud de la Ley

134.1. Ahora bien, encontrarás, si lo deseas, entre sus acciones y escritos: su gnosis, vida, predicación, justicia, castidad, el don de profecía.

134.2. Además, hay que saber también que, aunque Pablo es [más] joven en tiempo porque floreció después de la ascensión del Señor, sin embargo sus escritos dependen del Antiguo Testamento; de allí toman inspiración sus palabras.

134.3. Porque la fe en Cristo y la gnosis del Evangelio son exégesis y plenitud de la Ley.

134.4. Por eso se dijo a los hebreos: "Si no creyeren, no entenderán" (Is 7,9); es decir, si no creyeren al que ha sido profetizado mediante la Ley y vaticinado mediante la Ley, no comprenderán el Antiguo Testamento que Él mismo ha explicado con la propia parusía [en la tierra].

Capítulo XXII: La perfección del gnóstico consiste en la práctica del bien

"Hacer el bien por amor"

135.1. En verdad el gnóstico es el que comprende y penetra [las Escrituras]. Pero su tarea no consiste en la abstención del mal -porque éste es un escalón para un mayor progreso-, tampoco hacer ciertamente el bien (o: lo bueno) por temor.

135.2. Porque está escrito: "¿A dónde huiré, en dónde podría esconderme de tu rostro? Si subiera al cielo, allí estás tú. Si me alejara a los confines del mar, allí está tu derecha. Si bajara a los abismos, allí está tu espíritu" (Sal 138 [139],7-10; cf. Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 28,3).

135.3. Pero tampoco [hacer el bien] por la esperanza de un premio prometido -porque se ha dicho: "He aquí al Señor y su salario ante su rostro: dar a cada uno según sus obras" (Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 34,3; cf. Is 40,10; 62,11; Sal 61 [62],3; 24 [25],12; Rm 2,6; Ap 22,12)-, "lo que ojo no vio y oído no oyó, y no ascendió al corazón del hombre, (es) lo que Dios ha preparado para quienes lo aman" (1 Co 2,9; cf. Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 34,8)-;

135.4. pero sólo hacer el bien por amor o por el mismo bien, (es) lo deseable para el gnóstico.

El gnóstico ama y busca la contemplación

136.1. Además, el Señor ha dicho en nombre de Dios: "Pídeme, y te daré las gentes como heredad" (Sal 2,8; cf. Clemente de Roma, Carta primera a los Corintios, 36,4); enseña Él a solicitar la petición digna de un rey: la salvación gratuita de los hombres, para que nosotros heredemos y poseamos al Señor.

136.2. Porque, por el contrario, aspirar a la ciencia acerca de Dios por cualquier utilidad, para que suceda o no suceda una determinada cosa, no es propio del gnóstico; le basta como causa de la contemplación la gnosis misma.

136.3. Porque me atrevería a decir que no elige la gnosis por querer salvarse quien persigue la gnosis por la misma ciencia divina.

136.4. Porque el pensar se intensifica por el ejercicio hasta el pensar siempre; y el continuo pensar, esencia del cognoscente, por concomitancia (anákrasis; lit.: mezcla) ininterrumpida, deviene también una contemplación perpetua, sustancia viviente que permanece.

136.5. Por tanto, si, por hipótesis, alguien propusiera al gnóstico preferir entre la gnosis de Dios o la salvación eterna, si ambas cosas fueran separables -aunque se encuentran totalmente en una identidad absoluta-, elegirá sin dudarlo un instante la gnosis de Dios, porque juzgaría preferible esa propiedad de la fe por la que mediante el amor se remonta hasta la gnosis misma.

El gnóstico hace el bien sin buscar recompensa

137.1. Así, esta es la primera acción buena del [hombre] perfecto: cuando no realiza una cosa por un motivo útil que le convenga a él mismo, sino juzgando que es bello hacer el bien; la acción intensa realizada en toda obra hace el bien siempre, no en unas ocasiones sí y en otras no, puesto que se encuentra fundamentada en la costumbre de hacer el bien, no por la gloria o, como dicen los filósofos, por la fama, ni por el premio, sea de los hombres sea también de Dios. Así culminará la vida "a imagen y semejanza" (Gn 1,26) del Señor.

137.2. Y si al que hace el bien le ocurriere alguna contradicción, como insensible abandonará sin resentimiento la venganza, y no estará afectado por ninguna pasión; será justo y bueno para con "justos e injustos" (Mt 5,45).

137.3. A estos dice el Señor: "Lleguen a ser como el Padre de ustedes (que es) perfecto" (Mt 5,48). La carne está muerta para él, viviendo solamente con él mismo (cf. Ga 2,20), habiendo consagrado el sepulcro como templo santo para el Señor (cf. 1 Co 3,17), convirtiendo a Dios su antigua alma pecadora.

El gnóstico hace buenas obras

138.1. Él no sólo es temperante, sino que se ha constituido en estado de impasibilidad, esperando pacientemente ser revestido de configuración (o: de forma; de figura; schéma) divina (cf. 2 Co 5,2. 4).

138.2. Si das limosna, dice [la Escritura], que nadie lo sepa; y si ayunas, perfúmate, para que el único Dios lo conozca, pero ningún hombre (cf. Mt 6,2. 4. 16-18); ni siquiera el mismo que hace la limosna debe saberlo, porque, de lo contrario, a veces será compasivo y otras veces no.

138.3. Pero al hacer habitualmente obras buenas (o: beneficencia), se identificará con la naturaleza del bien; así esta disposición será (a la vez) una naturaleza y también un ejercicio.

138.4. Pero no es necesario que cambien de conducta los que progresan, sino que los caminantes lleguen adonde deben, recorriendo todo el camino estrecho (cf. Mt 7,13-14; Lc 13,24). Porque esto es el ser atraídos por el Padre (cf. Jn 6,44), devenir digno de recibir de Dios la fuerza de la gracia y subir corriendo sin obstáculos.

138.5. Y si algunos odian al [gnóstico] elegido, éste conoce la ignorancia de ellos (y) los compadece por la sin razón del juicio de ellos.

El gnóstico debe estar siempre vigilante

139.1. Justamente, entonces, esta gnosis ama, enseña y educa a los ignorantes para que estimen toda la creación del Dios omnipotente.

139.2. Si ha aprendido a amar a Dios, el [gnóstico] no tendrá la virtud de ningún modo (como) despreciable, ni despierto ni dormido, ni por imaginación (lit.: fantasía) alguna; puesto que el hábito no se sale de sí mismo nunca, dejando de ser hábito; ahora bien, así es la gnosis, llámese hábito o disposición natural.

139.3. Por ello, para que no se introduzcan furtivamente alguna vez pensamientos diversos, la parte que guía (hegemonikón) permanece inmutable, no admitiendo ninguna variedad (lit.: ningún cambio o transformación) de fantasías, soñando sobre las imaginaciones de los movimientos diurnos.

139.4. Por eso, también el Señor exhorta a vigilar (cf. Mt 24,4), para que nuestra alma no sea jamás perturbada durante el sueño, sino que también ordena custodiar la conducta de la noche, como en acción en el día: pura y sin mancha. Porque esta es la semejanza con Dios en cuanto es posible: mantener el espíritu en el estado que le es propio.

139.5. Pero ése es el estado del espíritu como espíritu, mientras que la disposición cambiante nace en la inclinación por las cosas materiales.

La noche: apta para el ejercicio de la prudencia

140.1. Me parece que por esto se ha llamado a la noche "la bienhechora" (eyphróne), porque es el tiempo en el que el alma, libre de las sensaciones, se repliega en sí misma y participa mejor de la prudencia.

140.2. Pero también las ceremonias de iniciaciones mistéricas tienen lugar preferentemente durante la noche, indicando la contracción (systolé) del alma respecto del cuerpo en la noche.

140.3. "Por consiguiente, no durmamos como los demás, sino que velemos y seamos sobrios. Porque los que duermen, de noche duermen, y quienes se embriagan, de noche se embriagan. Pero, nosotros, siendo del día, seamos sobrios, revestidos de la coraza de la fe y del amor, [teniendo] por yelmo la esperanza del Salvador" (1 Ts 5,6-8).



En qué condiciones acercarse a los ritos sagrados

141.1. Pero además, lo que se dice sobre el sueño debe entenderse también de la muerte. Porque ambos manifiestan el abandono del alma, una en mayor medida, aquel otro en menor grado, lo cual se encuentra también en Heráclito:

141.2. "El hombre (es) luz en la noche benéfica: muere porque percibe para sí mismo, cierra los ojos, pero está vivo; percibe la muerte al estar dormido con los ojos cerrados; el que está despierto percibe aunque duerma" (Heráclito, Fragmentos, 22 B 26).

141.3. Porque (son) bienaventurados "los que conocen el tiempo presente, según el Apóstol, porque (es) hora de que sean levantados del sueño; puesto que la salvación está ahora más cerca de nosotros que cuando creímos. La noche ha avanzado, el día se acerca. Desechemos, por tanto, las obras de la oscuridad y vistámonos las armas de la luz" (Rm 13,11-12).

141.4. Pero llama de forma alegórica día y luz al Hijo, y también metafóricamente armas de luz a las promesas. Así, se dice que es necesario (acercarse) lavados, puros y diáfanos (o: brillantes, límpidos), a los ritos sacrificiales y a las oraciones.

El verdadero bautismo

142.1. También el estar adornados y purificados en lo externo es una expresión simbólica: "Pureza es tener pensamientos castos" (Epigrama del templo de Epidauro [420 a. d. C.]; Anthologia Palatina, Apéndice, 99); también podría ser imagen del bautismo aquella que, (tomada) de Moisés, fue transmitida por los poetas de este modo:

142.2. "Después de bañada, revestido el cuerpo con ropa limpia" (Homero, Odisea, IV,750. 759; XVII,48. 58), Penélope se marchó a la oración. Y Telémaco, "tras lavarse las manos en el espumoso mar, rezaba a Atenea" (Homero, Odisea, II,261).

142.3. Esta costumbre (existía) entre los judíos, como el bañarse varias veces después del coito. Bien, por tanto, se ha dicho aquello: "Sé limpio no por un baño, sino en el espíritu" (Anónimo, Epigramas, 183,1).

142.4. Porque la pureza perfecta, me parece, es la de la mente, la de las obras y la de los pensamientos; y también la pureza de las palabras y, por último, la inocencia en las visiones.

La estabilidad del gnóstico

143.1. Pero una penitencia rigurosa y firme es conveniente purificación para un hombre, pienso yo, si, enojándonos con nosotros mismos por lo que hicimos anteriormente, avanzamos hacia adelante, al comprender eso y quitamos la mente de los placeres sensibles y de las faltas pasadas.

143.2. Por otra parte, si es necesario dar una etimología a la ciencia, y hay que tomar su significado de la fijeza (stásis) de su atención (epibolé), "porque sostiene nuestra alma sobre las cosas" (Platón, Cratilo, 437 A; Aristóteles, Problemata, 30,14,956 B 40, Física, VIII,3,427 B 11), cuando antes (era) llevada de acá para allá.

143.3. Lo mismo que también la etimología de la fe (es) la estabilidad de nuestra alma en torno al Ser (o: a lo que es).

143.4. Pero nosotros deseamos conocer a quien siempre y en todo (es) justo, (y) permanece justo no porque tema un castigo de la ley, ni por evitar la severidad de aquellos con los que convive y persiguen las ofensas, ni porque recele del peligro que proviene de los mismos que sufren injusticias.

143.5. Porque quien se abstiene de cometer cualquier injusticia por alguna de esas razones no (es) bueno espontáneamente, sino bueno por miedo.

143.6. También Epicuro dice a quien es sabio según él que no quiera cometer injusticia por provecho alguno, puesto que no puede tener confianza en permanecer oculto. De manera que, si pudiera estar seguro de permanecer oculto, cometería una injusticia, según él (Epicuro, Fragmentos, 582). Y éstas son las doctrinas de las tinieblas.

La esperanza

144.1. Pero si uno se abstuviera de cometer injusticia por la esperanza de la recompensa reservada por Dios para los justos, tampoco ése sería voluntariamente bueno; porque como a aquél el temor lo haría justo, así también a éste la recompensa; pero se demuestra que (es) mejor ser justo más que parecerlo.

144.2. Pero la esperanza posterior a la muerte, no sólo los que profesan la sabiduría bárbara saben que es honorable para los buenos y lo contrario para los inicuos, sino también los pitagóricos. Porque éstos proponían la esperanza como fin para los que filosofan; lo mismo que también Sócrates dice en el "Fedón" que las almas hermosas parten de aquí "con una buena esperanza" (Platón, Fedón, 67 C); y también cuando dirige reproches a los malos, diciendo por oposición: porque viven "con una mala esperanza" (Platón, República, I,331 A).

144.3. Se ve que también Heráclito concuerda con eso, cuando reflexionando sobre los hombres dice: "A los hombres, una vez muertos, les aguarda cuanto no esperan ni imaginan" (Heráclito, Fragmentos, 22 B 27).

La esperanza cristiana no defrauda

145.1. Así, divinamente escribe con claridad Pablo a los romanos: "La tribulación (o: aflicción) produce paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza; y la esperanza no defrauda" (Rm 5,3-5). Porque, por la esperanza futura (se produce) la paciencia; pero bajo el mismo nombre de esperanza se encuentra tanto la retribución y la realización (apokatástasis) de la esperanza, que "no defrauda", porque no está sometida a injuria.

145.2. Pero quien escucha la llamada, tal como ha sido llamado, se entrega a la gnosis no por miedo ni por placeres. Porque no considera si algo externo es provechoso para él, sea lucro o goce, sino que vive religiosamente, arrastrado por el amor del que realmente es amable, y movido por el deber.

El gnóstico obra según la recta razón

146.1. De ahí que, si por hipótesis recibiera de Dios facultad para hacer las cosas prohibidas, permaneciendo no obstante impune, y si recibiese la promesa de obtener como premio los bienes de los bienaventurados, aunque si también estuviera convencido de ocultar sus acciones a Dios, cosa imposible, ni aun así estaría dispuesto jamás a hacer nada contra la recta razón, habiendo elegido una vez para siempre lo que realmente es hermoso y elegible por sí mismo, y por ello amable. "Porque lo bueno no está en el alimento del vientre" (Eurípides, Supplices, 865-866), se nos ha dicho.

146.2. Aquel hombre (= Eurípides) había escuchado que "un alimento no nos hará recomendables" (1 Co 8,8), ni el matrimonio ni la abstención del matrimonio (cf. 1 Tm 4,3) en ignorancia, sino la acción virtuosa gnóstica; de lo contrario, dígase que es continente el perro, animal irracional, que teme al que le levanta el bastón y por eso se abstiene del alimento preparado al fuego.

146.3. Bien has de saber que si se quita la promesa anunciada, se remueve el temor amenazante y cesa el peligro inminente, entonces se hacen reprochables las acciones (de esos tales).

Capítulo XXIII: Sobre la meta del gnóstico

La obediencia a Dios

147.1. Porque esos [hombres] no están familiarizados con la naturaleza misma del asunto como para entender de una manera realmente gnóstica que es hermoso todo cuanto se creó para nuestra utilidad, como el matrimonio, ya se ha dicho, y la procreación cuando se realiza (lit.: se recibe) con templanza; pero por encima está lo mejor: devenir impasible y virtuoso mediante la semejanza con Dios.

147.2. Pero conducidos por las cosas útiles o inútiles de fuera, se apartan de algunas, pero no de otras. Sin embargo, también se apartan de algunas mostrando que las odian, despreciando la creación y al Demiurgo; y aunque parezca que viven habitualmente conforme a la fe, poseen un criterio impío.

147.3. El "no desearás" (Ex 20,17; cf. Ex 2,13; Dt 5,21) no necesita de la obligación que proviene del temor, obligándonos a abstenernos de lo que agrada, ni del premio prometido que persuade a reprimir los instintos (o: impulsos).

147.4. Tampoco los que han obedecido (o: escuchado) a Dios por causa de la promesa eligen obedecer por el mandato sino por la promesa, como seducidos por un señuelo de placer.

Debemos glorificar al Creador

148.1. Así, tampoco la aversión de lo sensible realiza consecuentemente la comunión con lo inteligible; al contrario, la comunión con lo inteligible es por naturaleza una separación del mundo sensible para el gnóstico que ha elegido gnósticamente lo bueno por una elección entre las cosas honestas (u: honorables); admira la generación, glorifica al Hacedor (cf. Mt 6,9) y santifica la semejanza con lo divino.

148.2. "Por lo demás, yo me libraré" (Homero, Ilíada, X,378) de la concupiscencia, dirá [el gnóstico], mediante la comunión contigo, Señor. Hermosa (es) la economía de lo creado y todo es bien administrado; nada acontece sin razón y conviene que yo me ocupe de tus cosas, oh Todopoderoso (cf. Lc 2,49). Aunque permanezca aquí, estoy cerca de ti. Y quiero estar sin temor, para poder estar junto a ti y contentarme con poco, meditando tu justa elección entre lo que es bueno y lo que parece serlo.

La recreación y renovación del ser humano

149.1. De manera sumamente mística y santa, el Apóstol nos enseña que la elección verdaderamente agradable [a Dios] (es) la que se realiza no mediante el rechazo de las cosas como malas, sino a hacer lo mejor y no simplemente lo bueno; lo ha recordado, diciendo:

149.2. "Así tanto el que casa a su hija doncella hace bien, y el que no la casa hace mejor, para servir honesta y asiduamente al Señor sin distracción" (1 Co 7,38. 35).

149.3. Nosotros sabemos que Dios ha dispuesto benignamente que lo innecesario sea difícil [de conseguir], y que en cambio lo necesario sea fácil.

149.4. Por eso dice bien Demócrito que "la naturaleza y la enseñanza son semejantes" (Demócrito, Fragmentos, 68 B 33). Y da brevemente la causa: "Porque la enseñanza transforma al hombre, pero la naturaleza al transformarse lo hace" (Demócrito, Fragmentos, 68 B 33), y no hay diferencia entre ser plasmado por la naturaleza de alguna manera y ser transformado con el tiempo mediante la enseñanza.

149.5. Pero el Señor nos ha procurado ambas cosas; una según la creación, otra según la regeneración (o: recreación) y la renovación de la Alianza.

149.6. Pero hay que elegir lo que conviene para lo más importante, y lo mejor de todo (es) la inteligencia.

149.7. Así, a quien lo realmente hermoso (o: bueno) se le presenta como lo mejor (o: lo más agradable), de él mismo puede procurar el fruto que desea, la firmeza (eystátheia: estabilidad, equilibrio) del alma.

149.8. "Quien me escucha, dice [la Escritura], descansará en paz porque ha confiado y estará seguro sin temor de todo mal" (Pr 1,33). "Confía en Dios con todo tu corazón y tu mente" (Pr 3,5). De esta manera es como el gnóstico puede llegar a ser un dios: "Yo les he dicho: "Son dioses e hijos del Altísimo"" (Sal 81 [82],6).

Dios no es responsable de la caída de Adán

150.1. Pero también Empédocles dice que las almas de los sabios llegan a ser dioses, cuando escribe así: "Finalmente adivinos, himnógrafos y médicos son los principales entre los hombres de la tierra; de ahí florecen dioses estimadísimos en honores" (Empédocles, Fragmentos, 31 B 146).

150.2. Ciertamente, el hombre en cuanto tal es plasmado generalmente según la idea del espíritu innato, porque no se produce creación alguna sin imagen y sin forma en el taller de la naturaleza (= útero de la mujeres), donde se realiza misteriosamente la génesis del hombre, mediante la unión de la técnica y la naturaleza; pero el hombre concreto (o: individual) es caracterizado por la impronta producida en el alma, respecto de lo que habrá de elegir.

150.3. Por eso, decimos que también Adán fue perfecto en su plasmación, porque no le faltó nada de lo que caracteriza la idea y la forma del hombre.

150.4. Cuando fue hecho recibió la perfección y se fue justificando por la obediencia (o: la escucha); y poseía libre albedrío y debía hacerse adulto en cuanto dependía de él. Dios no es responsable de la actuación del que eligió, y mucho menos al elegir lo prohibido. Doble es la génesis: una la de los seres que son engendrados, otra la de los seres que se van haciendo [perfectos].

El gnóstico anhela al encuentro con Dios

151.1. La fortaleza (o: el valor) del hombre, sometido a las pasiones -dicen (= los basilidianos)- naturales, hace intrépido e invencible a quien participa de ella; y el coraje en la paciencia, en la constancia y en cosas parecidas es escudo del espíritu; por encima de la concupiscencia se ubican la templanza y la salvadora prudencia; pero Dios está exento de pasiones, de ira y de concupiscencia (o: es sin ira y sin concupiscencia).

151.2. Y no (es) sin temor en el sentido de que [Dios] evite los peligros, ni es moderado en el sentido de que venza (o: domine) la concupiscencia, porque la naturaleza de Dios no puede correr peligro alguno, ni Dios huye por temor, como tampoco siente concupiscencia, para poder vencer la concupiscencia.

151.3. Así, también místicamente se nos dijo a nosotros el [dicho] pitagórico: "Es necesario que también el hombre llegue a ser uno" (Pitágoras, Symbola, 71), puesto que Él mismo es el único Pontífice, y el único Dios por el inmutable hábito que corre siempre hacia lo bueno (cf. Platón, Cratilo, 397 C-D).

La semejanza con Dios

152.1. Ahora bien, el Salvador destruye también con la concupiscencia la ira, que es el deseo de venganza; porque en general lo pasional alcanza a toda clase de concupiscencia, pero el hombre que se diviniza hasta la ausencia de pasiones (apátheia) se hace inmaculadamente uno (lit.: monádico).

151.2. Al igual que quienes están en el mar, cuando tiran con fuerza del ancla, no la arrastran a ella, sino que son atraídos por ella; así también los que según la vida gnóstica desean seguir a Dios, sin darse cuenta, son ellos arrastrados hacia Dios; porque quien sirve a Dios, se sirve a sí mismo.

151.3. Por tanto, en la vida contemplativa uno tiene cuidado de sí mismo mediante el culto que tributa a Dios y, mediante la propia purificación contempla santamente a Dios, que es santo. Porque la templanza, meditando en el retiro, al examinarse y contemplarse continuamente (o: sin interrupción) a sí misma, se asemeja a Dios en lo que puede (o: según lo que puede).



Capítulo XXIV: Sobre el castigo divino

El pecado y el castigo

153.1. Ahora bien, en nosotros está el poder hacer aquello de lo que somos dueños, y también su contrario; como el filosofar o no, creer o no creer. Así, por ser nosotros dueños por igual de cada uno de los opuestos, podemos investigar.

153.2. De igual manera también podemos cumplir los mandamientos o no, a lo que sigue lógicamente alabanza o reprobación; y los que son castigados por causa de los pecados que han cometido, por ellos solos son castigados. Porque lo que se ha hecho en el pasado y lo que se hiciere [en el futuro], si alguna vez se hace, no será algo que se pierda (o: porque lo hecho ha pasado, y nunca será no hecho lo hecho).

153.3. En todo caso, los pecados [cometidos] antes de la fe son perdonados por el Señor, no porque no se hayan cometido, sino como no existentes.

153.4. Por otra parte, Basílides dice que no todos son perdonados, sino sólo los involuntarios y [cometidos] por ignorancia; como si un hombre, y no Dios, concediera tan gran regalo. A ése le responde la Escritura: "Has supuesto, inicuo, que seré igual que tú" (Sal 49 [50],21).

153.5. Pero, si también somos castigados por los [pecados] voluntarios, no es porque no se hayan hecho los que se han cometido, sino que somos castigados porque fueron realizados.

153.6. El castigo no favorece al que ha pecado por hacer como que no hubiera pecado, sino para que no peque en adelante, y para que ningún otro caiga en [pecados] parecidos.

Las causas por las que Dios nos corrige

154.1. Ciertamente, el buen Dios corrige (o: educa) por estas tres causas: en primer lugar, para que el corregido se mejore a sí mismo; en segundo lugar, para que los que pueden salvarse, amonestados por los ejemplos, se contengan; y en tercer lugar, para que el que sufre injusticia no sea menospreciado o incluso expuesto a ser ultrajado.

154.2. Pero dos (son) también los métodos de la rectificación: el instructivo y el punitivo, que hemos llamado correctivo.

154.3. En realidad, hay que saber que son corregidos los que caen en los pecados después del bautismo; porque los cometidos con anterioridad se perdonan, pero los cometidos posteriormente se purgan.

154.4. Respecto de los impíos (o: infieles; los que no creen) se ha dicho: "Son tenidos como polvo que agita el viento sobre la faz de la tierra" (Sal 1,4), "y como gota de un cántaro" (Is 40,15).

Capítulo XXV: ¿En qué consiste la verdadera perfección?

El alma que anhela estar siempre con Cristo

155.1. "Feliz quien posea la enseñanza de la historia, y no incite al perjuicio de los conciudadanos ni a las obras injustas, sino que contempla el mundo de la naturaleza inmortal, que no envejece, y cómo por dónde y de qué modo se constituyó. En estos [hombres] jamás se asienta la inquietud de las acciones vergonzosas" (Eurípides, Fragmentos, 910,8-9).

155.2. Por consiguiente, con razón dice Platón que el que contempla las ideas vivirá como un dios entre los hombres (cf. Platón, El Sofista, 216 A-B); el intelecto es el lugar de las ideas, y Dios es intelecto (cf. Aristóteles, De anima, III,4 429 a 27; Filón; De Cherubim, 49). En efecto, definió dios viviente entre los hombres al que contempla al Dios invisible.

155.3. Y en "El Sofista", Sócrates denominó dios al extranjero de Elea, porque era dialéctico (cf. Platón, El Sofista, 216 A-B); tales son los dioses que visitan las ciudades "bajo la figura de huéspedes extranjeros" (Homero, Odisea, XVII,485).

155.4. Porque cuando un alma, remontándose por encima de la creación (o: de lo generado), está a solas consigo misma y frecuenta las ideas, como el "corifeo" (Platón, Teeteto, 173 C) en el "Teeteto", entonces es como un ángel (cf. Mt 22,30; Lc 20,36; Ga 4,14); estará siempre con Cristo (cf. Flp 1,23), en contemplación, examinando siempre la voluntad de Dios, y realmente "ella será la única que entiende, mientras que los otros [muertos] revolotearán como sombras" (Homero, Odisea, X,495); porque los muertos entierran a sus propios muertos (cf. Mt 8,22; Lc 9,60).

155.5. Por eso Jeremías dice: "La llenaré de cadáveres terrenos, a los que hirió mi ira" (Jr 33,5).

El Hijo

156.1. Puesto que Dios (es) indemostrable, no es objeto de ciencia (epistemonikós); pero el Hijo es sabiduría, ciencia, verdad y todo lo que está unido a esto, y por ello es susceptible de demostración y de explicación. Todas las potencias del Espíritu, que se sintetizan en una sola cosa, confluyen en eso, en el Hijo, pero Él no puede ser definido (aparémphatos: término usado por los gramáticos para el indicar el modo infinitivo de los verbos) mediante la noción de cada una de sus potencias.

156.2. Pero tampoco el Hijo es sencillamente uno en cuanto uno, ni múltiple en cuanto [compuesto] de partes, sino uno como totalidad. Por eso (es) también la totalidad. Porque Él mismo (es) el círculo de todas las potencias ensambladas y unificadas.

La fe unifica al ser humano

157.1. Por eso el Verbo es llamado "alfa y omega" (Ap 1,8; 21,6; 22,13); de Él solo es propio que el término se haga principio y nuevamente termine en el principio anterior, sin tener jamás interrupción (o: intervalo, pausa).

157.2. Por eso, creer en Él y por Él es hacerse uno (monadikós) [con Él], unido en Él "sin distracción" (1 Co 7,35); por el contrario, no creer es duplicarse, separarse y dividirse.

157.3. "Por eso el Señor dice así: Todo hijo extranjero es un incircunciso en el corazón e incircunciso en la carne" (Ez 44,9), o sea, impuro en el cuerpo y en el espíritu;"ninguno procedente de los extranjeros entrará en el santuario, en medio de la casa de Israel, sino sólo los levitas" (Ez 44,10). Pero llamó extranjeros a los que no quisieron creer, sino que prefirieron ser infieles.

Los verdaderos sacerdotes de Dios

158.1. Únicamente, por tanto, los que viven con pureza son en realidad sacerdotes de Dios. De todas las tribus circuncidadas, fueron consideradas más santas las que ungían a los sumos sacerdotes, reyes y profetas (cf. 1 S 10,1).

158.2. De ahí que se les prescribiese no tocar cadáveres ni acercarse a los muertos, no porque el cuerpo esté contaminado, sino porque el pecado y la desobediencia, siendo obras de la carne están ligadas al cuerpo y al cadáver, y por ello execrables.

158.3. Ahora bien, solamente se permitía al sacerdote acercarse al padre, madre, hijo e hija fallecidos (cf. Ez 44,25), porque sólo ellos eran del mismo origen familia de carne y semilla, por los que también el sacerdote recibió la causa inmediata de su entrada en la vida.

158.4. Pero también aquellos [sacerdotes] debían purificarse durante siete días, porque durante ese tiempo se realiza la creación; porque en el séptimo se celebra el descanso, y en el octavo [el sacerdote] ofrece un sacrificio propiciatorio (o: propiciación), como está escrito en Ezequiel (cf. Ez 44,26-27); sacrificio propiciatorio por el que se puede recibir la promesa.



La perfecta purificación del cristiano se realiza por la obediencia

159.1. La purificación perfecta es, me parece, la fe en el Evangelio mediante la Ley y los profetas; pero propiciación es la pureza alcanzada mediante una total obediencia, unida también a la renuncia de las cosas del mundo hasta la gozosa restitución de la tienda terrestre (o: del cuerpo humano; skénos; cf. 2 Co 5,14) (que realiza) el alma con agradecimiento.

159.2. Ya sea entonces el tiempo en que, contados los siete períodos (cf. Lv 25,8), hace reposo en el más perfecto descanso, ya sean también los siete cielos (cf. 2 Co 12,2), que algunos cuentan ascensionalmente, ya sea también que se llame octavo (ogdoás) al espacio estable próximo al mundo inteligible, en todo caso dice que el gnóstico debe salir hacia afuera de la creación y del pecado.

159.3. Así, después de los siete días se ofrecen sacrificios por los pecados, porque todavía (está) el temor del cambio y la relación con la séptima esfera.

El bautismo cristiano

160.1. Dice el justo Job: "Yo mismo desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allí" (Jb 1,21), desnudo no de posesiones, -porque eso sería poca cosa y ordinario-, sino como el justo que está desnudo de maldad, de pecado y de esa fea figura que acompaña a los que han vivido de manera injusta.

160.2. Porque esto es lo se dijo: "Si no cambian y se hacen como niños" (Mt 18,3), puros en la carne y santos en el alma por la ausencia de malas obras; así demostramos que [Dios] quiere que nosotros mismos seamos tal cual nos ha engendrado de la matriz del agua (= el bautismo cristiano).

160.3. Porque una generación que sigue a otra generación quiere (alcanzar) la inmortalidad mediante un progresivo avance, "pero la lámpara de los impíos se extinguirá" (Jb 21,17).

Alegoría sobre Rebeca. La gloria de Dios

161.1. En verdad, la pureza del cuerpo y del alma que el gnóstico persigue, fue significada de modo notable por el sapientísimo Moisés al servirse de la repetición, señalando la integridad tanto del cuerpo como del alma de Rebeca, escribiendo: "La virgen era hermosa, era virgen y no la había conocido ningún varón" (Gn 24,16).

161.2. Rebeca se interpreta como gloria de Dios, y la gloria de Dios es la incorruptibilidad. Ésta es la justicia verdadera: no codiciar lo de otro sino ser por entero templo santo del Señor (cf. 1 Co 3,17). Justicia es, entonces, la paz de la vida y la estabilidad (del alma); a ella invitaba el Señor diciendo: "Vete en paz" (Mc 5,34; Lc 7,50; 8,48).

161.3. Porque Salem se interpreta paz, por la que nuestro Salvador es descripto (como) rey, del que dice Moisés: "Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios altísimo" (Gn 14,18; Hb 7,1-2), el que ofreció el vino y el pan santificado como símbolo de la eucaristía. Y Melquisedec se interpreta: rey justo, pero por sinonimia entre la justicia y la paz.

El Salvador nos inicia en los misterios de nuestra fe

162.1. Basílides supone que la justicia y su hija la paz (son) fundamentos que permanecen ordenados en la Ogdóada.

162.2. Pero hay que pasar desde lo que se refiere más a lo físico hasta alcanzar lo más manifiesto: lo ético; porque el discurso sobre lo físico seguirá al trabajo [que tenemos] entre manos.

162.3. El mismo Salvador nos inicia sencillamente en los misterios, según dice la tragedia: "Viendo a los que ven, también les concede los ritos secretos (órgia)" (Eurípides, Las Bacantes, 470). Y si preguntas: "Pero esos ritos ¿qué carácter tienen para ti?" (Eurípides, Las Bacantes, 471). De nuevo oirás: "Son secretos para no los conozcan los mortales no iniciados (lit.: no bacantes)" (Eurípides, Las Bacantes, 472).

162.4. Y si algún curioso trata de saber cómo son, escuche todavía: "No te es lícito oírlos, aunque sean dignos de conocerse: los ritos divinos exasperan al que practica la impiedad" (Eurípides, Las Bacantes, 474 y 476).

162.5. Pero Dios es sin principio (ánarchos), principio absoluto de todo, hacedor del principio. En cuanto esencia es principio de la parte física; como bien, es principio de la ética; en cuanto que es intelecto, (es principio) de la parte lógica y de la crítica. De donde también que el Verbo sea el único maestro, Hijo de la mente del Padre, el educador del hombre (otra variante del texto: De donde también el Verbo es el único maestro, de un Padre Altísimo y Santo, pedagogo del hombre).

Capítulo XXVI: Sobre el modo en que el gnóstico debe tratar su cuerpo

La perfección se alcanza gracias a la reconciliación concedida por el Salvador

163.1. Por consiguiente, los que sin razón profieren invectivas contra la creación y censuran al cuerpo, no ven que la constitución del hombre ha sido dispuesta en posición erecta para contemplar el cielo, y que la organización (organopoiía: fabricación de instrumentos) de los sentidos está dirigida a la gnosis y que los miembros y las partes [del cuerpo] están bien dispuestos hacia la belleza, no al placer.

163.2. De donde, este habitáculo que puede contener el alma, preciosísima para Dios, es juzgada digna del Espíritu Santo, por la santificación del alma y del cuerpo, y llevada a perfección por la reconciliación del Salvador (cf. 1 Ts 5,23).

163.3. Pero también la recíproca correspondencia de las tres virtudes se encuentra en el hombre gnóstico, ocupado ética, física e intelectualmente de lo divino.

163.4. Ciertamente la sabiduría (es) la ciencia de las cosas divinas y humanas, la justicia, sinfonía de las partes del alma y la santidad, el servicio a Dios (cf. Ef 4,24).

163.5. Pero si alguno calumniase la carne y, por ella, a la creación, aduciendo la cita de Isaías que dice: "Toda carne (es) hierba y toda gloria humana como flor del campo; se secó la hierba y la flor se marchitó, pero la palabra del Señor permanece por siempre" (Is 40,6-8; cf. 1 P 1,24-25), escuche al Espíritu que por medio de Jeremías lo explica: "Y los dispersaré como maleza que se despliega por el viento hacia el desierto.

La "síntesis" humana

164.1. Tal es la herencia y la parte de la desobediencia de ustedes, dice el Señor. Como te olvidaste de mí y pusiste tu confianza en la mentira, también yo revelaré lo que hay detrás de ti en tu propia cara, y se verá tu deshonor, tus adulterios, tu relincho" (Jr 13,24-27), y lo que sigue.

164.2. Porque esto (es) "la flor del campo" (Is 40,6; cf. St 1,10; 1 P 1,24), y "el caminar según la carne" (2 Co 10,2) y "ser carnal" (1 Co 3,3), según el Apóstol, permaneciendo en el pecado (cf. 1 Co 15,17).

164.3. Está, por tanto, admitido que el alma es lo superior del hombre, y el cuerpo lo inferior. Pero ni el alma es buena por naturaleza, ni tampoco por naturaleza malo el cuerpo; nada de lo que no es bueno (es) por eso inmediatamente malo.

164.4. Porque existen algunas cosas intermedias, e incluso entre ellas hay cosas que son preferibles y cosas que son rechazables.

164.5. Era necesario que el compuesto humano (lit.: la síntesis del hombre), siendo de las cosas sensibles, estuviera constituido de elementos diversos, pero no contrarios, (como) cuerpo y alma.

La unidad de Dios

165.1. Las buenas acciones, en cuanto mejores, siempre hay que atribuirlas a la parte superior, la espiritual; pero las libidinosas y pecaminosas se asignan a la parte inferior, a la que puede pecar.

165.2. Ahora bien, el alma del sabio y del gnóstico, cual huésped en el cuerpo, se comporta con él grave y respetuosamente, no con pasión; cuanto que todavía no abandona la tienda, hasta que llame la hora de la partida.

165.3. "Yo soy un extraño, dice [la Escritura], en esta tierra" (Sal 118 [119],19), "y un extranjero entre ustedes" (Gn 23,4; cf. Sal 38 [39],13). Y de ahí que Basílides juzgara decir que la elección es extraña al mundo, como si fuera supramundana por naturaleza.

165.4. Pero eso no es así. Porque todo (pertenece) al único Dios, y no hay nadie por naturaleza ajeno al mundo (cf. Hb 11,13), y una es la esencia y uno es Dios; pero el elegido se comporta como extranjero, sabiendo que todo se puede adquirir y todo se puede perder.

Tratar el cuerpo con respeto

166.1. Los peripatéticos quieren que los bienes sean de tres clases, y se sirven incluso también del cuerpo, como uno que al partir para un viaje largo (se sirve) de los albergues y las posadas del camino; se cuida también por las cosas mundanas, por el lugar allí donde se hospeda, pero abandona con indiferencia la casa y la posesión y su uso, dispuesto a seguir con diligencia al que lo saca de la vida, sin volver jamás atrás (cf. Gn 19,26; Lc 17,31) por ningún motivo; agradeciendo el éxodo, bendiciendo la marcha y recibiendo amigablemente la morada celestial.

166.2. "Porque sabemos que, si la tienda de nuestro habitáculo terrestre es desecha, tenemos de Dios un edificio, una casa eterna no hecha por mano alguna en los cielos. En esta tienda [terrena] gemimos, anhelando ser revestidos de la habitación del cielo, siempre que seamos hallados vestidos, no desnudos. Porque caminamos por fe, no por medio de visión" (2 Co 5,1-3. 7), como dice el Apóstol.

166.3. "Pero nos complacemos más en salir del cuerpo y morar junto a Dios" (2 Co 5,8). El "más" (se encuentra) en una comparación, y la comparación es propia de las cosas que ofrecen [alguna] semejanza; como el que (es) más valiente es más valiente que los valientes, y (es) más valiente entre los cobardes.

Dios conduce a toda la creación hacia un final perfecto

167.1. Así, añadió: "Por lo cual ambicionamos, ya ausentes, ya residentes, serle gratos" (2 Co 5,9): evidentemente al Dios único, de quien todo es obra y creación, el mundo y las cosas supramundanas.

167.2. Admiro a Epicarmo quien dice claramente: "Habiendo sido piadoso en la mente no sufrirás ningún mal de la muerte, el espíritu permanece arriba en el cielo" (Epicarmo, Fragmentos, 23 B 22).

167.3. Y al poeta lírico que canta: "Las almas de los impíos revolotean sobre la tierra bajo el cielo en sangrientos dolores, bajo el yugo de inevitables males; pero las [almas] de los piadosos viven en el cielo celebrando con himnos melodiosos al gran Bienaventurado" (Píndaro, Fragmentos, 132; falsamente atribuido).

167.4. Así, el alma no es enviada del cielo a este lugar para algo peor, porque Dios dirige todo a [un fin] mejor; puesto que, (el alma), que ha elegido la vida mejor que (proviene) de Dios y de [su] justicia, se cambia de la tierra al cielo.



Permanecer en la gnosis

168.1. Así, Job, llegando a la gnosis, dijo con razón: "Ahora sé que lo puedes todo y que nada te es imposible. ¿Porque quién me anuncia cosas que yo no sabía, cosas grandes y maravillosas que yo no comprendía? Yo me he despreciado a mí mismo, considerándome tierra y ceniza" (Jb 42,2-3. 6).

168.2. Porque quien permanece en la ignorancia es pecador, incluso tierra y ceniza; pero quien permanece elevado en la gnosis, asemejándose a Dios en la medida de lo posible, es ya espiritual y, por eso, elegido.

168.3. Pero la Escritura llama tierra a los necios y desobedientes, (como) lo hace con claridad por medio del profeta Jeremías cuando dice de Joaquín y de sus hermanos: "¡Oh tierra, tierra, escucha la palabra del Señor! Escribe a ese varón, un hombre desterrado" (Jr 22,29-30).

Interpretación alegórica de cielo y tierra

169.1. Y otro profeta dice: "Escucha, cielo, y presta oído, tierra" (Is 1,2); llama "oído" al entendimiento y "cielo" al alma del gnóstico, que ha asumido la contemplación del cielo y de las cosas divinas y ha devenido israelita.

169.2. Porque, al contrario, llamó "tierra" a quien ha elegido la ignorancia y la dureza de corazón; y la expresión "presta oído" la tomó de los órganos de la audición, de las orejas, asignando las características carnales a los que se dedican a las cosas sensibles.

169.3. Son aquellos de los que el profeta Miqueas dice: "Escuchen, pueblos, la palabra del Señor, los que viven en medio de aflicciones" (Mi 1,2. 12).

169.4. Y Abrahán dijo: "Que jamás, Señor, seas el que juzgue a la tierra" (Gn 18,25), porque "quien no cree ya está juzgado" (Jn 3,18), según la sentencia del Salvador.

El Todopoderoso es bueno

170.1. Pero también están escritos en ("el Libro) de los Reyes" el juicio y la sentencia del Señor en estos términos: "Dios escucha a los justos, pero no salva a los impíos, puesto que ellos no desean conocer a Dios. Porque el Todopoderoso no realizará cosas absurdas (o: malas)" (no en el Libro de los Reyes, sino en Jb 36,10. 12; 34,12; 35,13).

170.2. ¿Qué dirán entonces las herejías contra esta sentencia, cuando la Escritura proclama al Todopoderoso Dios bueno, y no es culpable de maldad ni de injusticia, si es que la ignorancia nace por no conocer y Dios no hace nada absurdo?

170.3. "Porque Ése es, dice [la Escritura], nuestro Dios y no hay quien salve fuera de Él" (Is 45,21), puesto que "no existe injusticia junto a Dios" (Rm 9,14), según el Apóstol.

170.4. Pero también el profeta enseña claramente la voluntad de Dios y el progreso gnóstico con las siguientes [palabras]: "Y ahora Israel, ¿qué es lo que te pide el Señor tu Dios, sino que temas al Señor tu Dios, y andes por todos sus caminos, amándolo y sirviéndole a Él solo?" (Dt 10,12). Esto pide de ti, que tienes la facultad de elegir la salvación.

El gnóstico debe imitar a Dios cuanto pueda

171.1. ¿Qué es, entonces, lo que querían los pitagóricos cuando ordenaban rezar con sonido de voz? No era, a mi parecer, que Dios no pudiera oír a quienes hablaban en silencio, sino que querían que las oraciones fueran justas, que uno no se avergonzara de hacerlas en presencia de muchos.

171.2. Pero sobre la oración, nosotros la trataremos a su tiempo, conforme proceda el discurso; pero, debemos tener obras que clamen, "como caminando en (pleno) día" (Rm 13,13).

171.3. "Resplandezcan (lit.: alumbren) así tus obras" (Mt 5,16). "Y he aquí a un hombre, y sus acciones están delante de su rostro. He aquí a Dios y sus obras" (Is 40,10; 62,11; Ap 22,12). Es necesario que el gnóstico imite a Dios cuanto pueda.

171.4. Pero me parece que también los poetas a sus elegidos parecen designarlos parecidos a los dioses, divinos, semejantes a dioses y émulos de Zeus en la prudencia, "teniendo pensamientos parecidos a los de los dioses y semejantes a los dioses" (Homero, Odisea, XIII,89. 131), mordisqueando (lit.: roer) lo de "a imagen y semejanza" (Gn 1,26).

Conclusión del libro cuarto

172.1. Ciertamente Eurípides dice: "(Tengo) alas de oro en la espalda y encantadores ritmos de Sirenas en los pies; subiré por el inmenso éter para abrazar y permanecer junto a Zeus" (Eurípides, Fragmentos, 911).

172.2. Pero rogaré que el Espíritu de Cristo me dé alas para volar a mi Jerusalén. Porque también dicen los estoicos que el cielo es realmente una ciudad, pero que las de aquí, en la tierra, no son todavía ciudades; porque se llaman [ciudades], pero no lo son; porque la ciudad es algo serio y el pueblo (es) una sociedad honesta, una multitud de hombres administrada bajo ley, al igual que la Iglesia bajo el Verbo: ciudad sobre la tierra inexpugnable, no gobernada por tiranos; voluntad divina sobre la tierra como en el cielo (cf. Mt 6,10).

172.3. También los poetas crean imágenes de esta ciudad cuando escriben. Porque las ciudades de los Hiperbóreos y de los Arimaspos, y los Campos Elíseos son estados de justos (o: son gobernadas por los justos). Pero también sabemos que la ciudad de Platón tiene su paradigma en el cielo.

 

Partes de esta serie: Libro I · Libro II · Libro III · Libro IV · Libro V · Libro VI · Libro VII · Libro VIII
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