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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003

De maestros y discípulos

Sillón bíblico al VIII Domingo del T.O. Ciclo C

por Lic. Abel Della Costa
Nació en Buenos Aires en 1963. Realizó la licenciatura en teología en Buenos Aires, y completó la especialización en Biblia en Valencia.
Desde 1988 hasta 2003 fue profesor de Antropología Teológica y Antropología Filosófica en en la Universidad Católica Argentina, Facultad de Ciencias Sociales.
En esos mismos años dictó cursos de Biblia en seminarios de teología para laicos, especialmente en el de Nuestra Señora de Guadalupe, de Buenos Aires.
En 2003 fundó el portal El Testigo Fiel.
4 de marzo de 2019
Transcripción del texto del "sillón bíblico" correspondiente a este domingo

[Agradezco a mi hijo Juan por el ímprobo trabajo de transcripción]

Llegamos a nuestro Octavo Domingo del tiempo ordinario en el Ciclo C; y afortunadamente, como la Pascua este año cae bastante tarde, nos permitió completar antes del corte. que es la Cuaresma y luego el tiempo pascual, completar la lectura de este conjunto del Sermón inaugural de Jesús, que en la versión de San Lucas es el Sermón del llano. No es que en los domingos se lea completo pero se leen en tres momentos sustanciales que nos dan una buena presentación de ese discurso inaugural.

En el primero veíamos las maldiciones y bendiciones, en el segundo veíamos el mandamiento del amor a los enemigos y ahora en este tercero, en la primera lectura que uno hace parecen como sentencias acumuladas; cuesta encontrar ese hilván que las une que, sin embargo, es muy sólido. Precisamente para ayudarnos a encontrar ese hilván está la primera lectura.

La primera lectura (ya hemos visto que es muy breve, son apenas cuatro versículos) no es que sea importante por su contenido sino porque de alguna manera nos enfoca, nos da la dirección, de cómo encarar el Evangelio. Ya nos había pasado esto en el Domingo Sexto (y nos volverá a pasar muchas veces a lo largo del año), que la primera lectura no es tan importante por su contenido sino por cómo nos ayuda a enfocar la lectura del Evangelio. 

En el Domingo Sexto habíamos visto una bendición y una maldición del profeta Jeremías y entonces eso nos iluminaba sobre el tipo de lenguaje profético utilizado por Jesús, hecho de fuertes contrastes, como lo señalé en su momento.

En este caso, la primera lectura, tomada del Libro del Eclesiástico, Siracida o Ben Sirá (cualquiera de los tres nombres es válido para este libro) nos orienta sobre el lenguaje sapiencial. El lenguaje sapiencial está hecho de sentencias breves, a veces enigmáticas, pero que siempre dan que pensar y ayudan en la resolución, podríamos decir en orientarse en la vida práctica. Ese es el fondo del lenguaje sapiencial.

El Libro del Eclesiástico es un libro de original griego, lo conocemos a través de la Biblia griega y ha llegado a nosotros desde la versión griega, aunque supone la existencia de un original hebreo. Aunque en la actualidad se posee esa versión hebrea, no está en la tradición ni nosotros lo tomamos de la tradición hebrea. Es uno de los siete libros que en el estudio bíblico se conocen como libros "deuterocanónicos". Por supuesto que no es esta la ocasión de explicar exactamente el significado de ese conjunto de libros: lo tienen en cualquier introducción a la Biblia.

Ya hemos visto: es una lectura muy breve, son apenas cuatro frases, de las cuales incluso yo les diría que la última resume todo. ¿Qué nos dice esa última? Dice: "No alabes a nadie antes de que hable porque esa es la prueba del hombre". Nos pasa a veces, ¿no?, que decimos: "Esta es una persona que parece muy agradable hasta que abre la boca". Algo así es lo que dice la frase: No alabes a nadie antes de que hable porque esa es la prueba de la persona, esa es la prueba del hombre. Y nos enfoca en algo muy importante, que es el valor de la palabra. A veces decimos, desencantados un poco en la actualidad con tanta circulación de palabras vacías: "Queremos hechos, no palabras", les decimos a los políticos. O decimos: "Una imagen vale más que mil palabras". Bueno, nada de todo eso es demasiado cierto, lo cierto es que la palabra es verdaderamente lo más propio del hombre, como dijo algún poeta, es la casa del hombre. La palabra es lo más específico que tiene el ser humano. Un filósofo muy importante, el que podríamos decir que abre la modernidad, que es Descartes, pone precisamente en la palabra, en la capacidad de palabra que tiene el hombre, aquello que lo diferencia de cualquier otro ser vivo.

En realidad, si vamos por ejemplo a la Biblia, vemos que ya se abre con un Dios que crea por medio de la palabra, crea hablando y en la cumbre del lenguaje bíblico, que es el Evangelio de San Juan, en ese magnífico prólogo de Juan 1 nos va a decir que "en el principio estaba la Palabra, la Palabra era Dios", "la Palabra estaba de cara a Dios y la Palabra misma era Dios". Y esa Palabra es la que se hizo carne.

O sea que la palabra realmente tiene (no sólo para nosotros, los seres humanos, sino para Dios) un valor especial, la palabra realmente es un lugar de revelación especial y privilegiado, y no determinadas y específicas palabras, sino que toda palabra de alguna manera está abriendo un mundo, está mostrando un mundo, está señalando, está indicando, está prohibiendo, está promoviendo, está revelando. La palabra realmente es eso que nos caracteriza como seres

humanos y que nos hace imagen de Dios. Por eso es tan importante no tergiversar las palabras; hasta hay un Mandamiento específico de eso, sobre algo que a la Biblia le importa tanto, que es el falso testimonio: "No mentirás", que en el contexto tiene relación con el falso testimonio, no faltar a la palabra. Los juramentos... La palabra tiene un puesto central dentro del mundo bíblico.

Y no podía faltar en este sermón inaugural de Jesús una sección en la que, si nos fijamos, prácticamente todo lo que dice está ligado a la circulación de la palabra. No necesariamente menciona las palabras (aunque sí en su última sentencia), no necesariamente las menciona, pero todas las sentencias estas que parece que podrían ser de distintos contextos, en realidad todas tienen que ver con la circulación de la palabra.

Recordamos que en el sermón del llano, aunque se dirige a todos los que lo están escuchando a Jesús, y así lo dice explícitamente, el centro están puesto en la comunidad de discípulos. Ya para la época en que San Lucas compone el Evangelio, recuperando esta tradición de Jesús, ya circulaba mucha palabra en las comunidades, ya había verdaderos y falsos maestros. A través de estas sentencias, algunas en la forma muy típica del proverbio (en hebreo se dice "mashal", que involucra la idea de un enigma, de un proverbio, de una parábola), a través de ese estilo de mashal en el que habla Jesús, como buen maestro de sabiduría, se orienta sobre distintos aspectos de la palabra. Vamos a ver cuáles son esos aspectos que aparecen en el Evangelio.

-El primero de todos es un "mashal" del tipo de una sentencia sorpresiva: "¿acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿no caerían los dos en el hoyo?" El primero es un mashal que tiene que ver con la guía: la circulación de la palabra necesariamente hace a unos maestros y a otros discípulos, a unos gente que da la palabra y a otros gente que la recibe, para a su vez, luego, más adelante, darla. La circulación de la palabra tiene que ver con con algo importante en las comunidades que es la función de los maestros y entonces lo primero que tiene que atender la comunidad es a que los maestros sean no sólo aquellos que enseñan a ver, sino aquellos que ellos mismos tienen los ojos abiertos: si el maestro pretende enseñar a ver, pero su propia vida, en su propia vida tiene los ojos cerrados, será el guía de ciegos; entonces la primera sentencia tiene que ver con algo muy fundamental: nadie puede guiar si él mismo no tiene los ojos abiertos. 

-Con esta idea de guiar viene la segunda sentencia: "un discípulo no es más que su maestro, si bien cuando termina su aprendizaje será con su maestro". La sentencia la conocemos por el evangelio de San Mateo, en donde está ligada al tema de las persecuciones: "un discípulo no más que su maestro", dicho en el contexto de las persecuciones significa lo que de hecho saca la conclusión el evangelio:  "si a mí me persiguieron a vosotros os perseguirán". Pero aquí no está dicho en el contexto de persecuciones, aquí está para otra cosa esta sentencia, para iluminar otro aspecto: no es fácil saber cuál es el criterio de esa palabra que circula en las comunidades cristianas. Una palabra que circula en una comunidad de físicos tiene un criterio: yo no por no puedo decir que la fuerza tira para arriba no la fuerza de la gravedad tirará para abajo, no va a tirar para arriba, es decir que hay criterios, podríamos decir esto poco tosco, pero hay criterios objetivos en el mundo que nos rodea, y que nos ayuda a establecer quién es un verdadero maestro y quién es un falso maestro. Pero cuando llegamos al terreno de la fe la cosa ya no está fácil, precisamente porque no hay una fuerza que yo puedo medir, que puedo pesar, que puedo evaluar con criterios externos, entonces ¿no hay un criterio para saber quién es el falso maestro y quién es el verdadero maestro? Sí, y ese criterio lo establece el propio Jesús: "no es el discípulo más que su maestro", entonces aunque en la comunidad y en la circulación de la palabra unos guían y otros son guiados, todos somos discípulos de Jesús y ese Jesús es la medida del discipulado de cada uno de nosotros. Nadie va a inventar la pólvora en la fe: la fe es aquello que Jesús nos propone y aquello que él mismo ha vivido como centro de la relación con Dios. Entonces él es el límite, él es la medida, él es la objetividad de nuestra fe, por decirlo de alguna manera. "Cuando termine su aprendizaje -nos dice Jesús- será como su maestro", es una manera de decir que ni siquiera cuando termina el aprendizaje podrá sobrepujar a su maestro. En la vida corriente sí que algunos discípulos llegan a ser más que sus maestros: ahí tenemos grandes artistas que han sido más que los artistas de los cuales ellos aprendieron las técnicas, por ejemplo, es muy interesante la música del padre de Mozart, que le enseñó a Mozart, pero la música de Mozart es evidentemente mucho mejor... hay discípulos que llegan a ser más que su maestro pero en la fe -nos dice Jesús- el límite es él mismo, y no hay mayor maestro que Jesús maestro.

-Tercer aspecto, algo muy importante: si estamos hablando de ciegos y gente que ve, si estamos hablando de gente que guía, este tercer aspecto es fundamental: la limpieza de la mirada. "Cómo puedes decirle a tu hermano que tiene una mota de polvo en el ojo si tú no ves tu propia viga, la limpieza de la mirada por un lado y el hecho de que cuando yo voy a juzgar en la fe, ante todo soy el primero me tiene que caer bajo ese juicio, entonces la circulación de la palabra me obliga ante todo a que esa palabra sea sincera empezando por mí mismo. Entonces el tercer elemento de esta circulación de la palabra: la limpieza dela mirada.

-Pero llegamos al cuarto elemento que todavía profundiza un poquitito más: "El árbol se conoce por sus frutos", entonces es verdad que en la la comunidad cristiana circula la palabra pero esa palabra está en función de realizar la obra de Dios en el mundo. Cuando la gente dice "quiero hechos, no palabras", aunque en realidad los hechos solo serán buenos y verdaderos si están avalados realmente por una palabra que surge de la profundidad del hombre, es verdad que una palabra que se quede sólo en palabras, una fe que por ejemplo se quede solo en un puro bla bla sobre la teología de los ángeles, no es una palabra auténticamente proveniente de Jesús, precisamente porque el Maestro, el límite nuestro, la medida de nuestra fe, que es Jesús, avaló todas sus palabras con el gran hecho de la cruz. Entonces "por sus frutos los conoceréis", "el árbol se conoce por el fruto".

-Y como último elemento de esta circulación de la palabra, el que le da profundidad a todo, el que le da dimensión de verdad a todos estos: "el que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien y el que es malo saca el mal. De la abundancia del corazón habla la boca". Esa sentencia podríamos decir que resume la perspectiva que Jesús quiere que tengamos con la palabra que circula en nuestras comunidades: la palabra no viene de los manuales, la palabra no viene de las teorías, la palabra no viene ni siquiera de los dogmas, la palabra viene de la abundancia del corazón. Es la abundancia del corazón de los creyentes los que mantienen viva esa palabra de Jesús, los que mantienen vivo el discipulado y los que hacen que realmente Jesús siga enseñándonos cada día, desde que muere por nosotros en la cruz hasta que venga a llevarnos a su Reino.

Como siempre me reprocharán que la segunda lectura no la puedo tocar, pero bueno no se puede hacer este muy largo este sillón bíblico; ya tocará: esto es cíclico, las lecturas vuelven a aparecer, y ya tocará hablar de la segunda lectura.

Me gustaría cerrar el sillón de hoy con la lectura aunque sea de un fragmentito del Salmo, porque realmente el salmo cumple una función muy importante, aunque se le da poca relevancia -lamentablemente- en las celebraciones de la misa dominical, en los templos. Realmente el salmo cumple una gran función que es, podríamos decir, no resumir pero sí acopiar lo que leemos en las lecturas y convertirlo en oración, entonces la antífona del salmo, generalmente es lo primero que yo leo cuando trato de entender las lecturas de cada domingo, porque la antífona del salmo me orienta en el sentido general, no en el sentido de detalle, sino en el sentido general.

La antífona del Salmo de hoy es muy bonita, dice "es bueno darte gracias, Señor". Y uno diría: ¿pero que tiene que ver, qué relación tiene eso con lo que acabamos de hablar? Vamos a leer la primera estrofa:


"Es bueno darte gracias, Señor,
y tocar para tu nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad."

Fíjense que toda la estrofa está centrada en la circulación de la palabra: una palabra que da gracias, una palabra que proclama la misericordia de Dios, una palabra que proclama la fidelidad de Dios. Entonces ahí tenemos cuál es la abundancia del corazón del verdadero hombre bueno, del verdadero cristiano: la abundancia del corazón es aquella palabra que puede salir hacia los demás porque ante todo es una palabra que se dirige al propio Dios, a reconocer la obra de Dios en nosotros, es decir darle gracias, proclamar su misericordia y proclamar su fidelidad.

Y con esto cerramos nuestro Sillón bíblico del domingo octavo, y del Tiempo Ordinario por ahora, porque a partir del domingo que viene ya comenzamos los encuentros sobre los domingos de Cuaresma.

 

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