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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003
fecha de la página: 21 de octubre de 2019

¿Tú me vas a lavar a mí?

Meditación para el Jueves Santo

por Lic. Abel Della Costa
Nació en Buenos Aires en 1963. Realizó la licenciatura en teología en Buenos Aires, y completó la especialización en Biblia en Valencia.
Desde 1988 hasta 2003 fue profesor de Antropología Teológica y Antropología Filosófica en en la Universidad Católica Argentina, Facultad de Ciencias Sociales.
En esos mismos años dictó cursos de Biblia en seminarios de teología para laicos, especialmente en el de Nuestra Señora de Guadalupe, de Buenos Aires.
En 2003 fundó el portal El Testigo Fiel.
18 de abril de 2012
El gesto de Jesús es sin duda un ejemplo para nosotros, pero no solo eso, también una fuerza enteramente nueva que, en la cruz, se vuelve eficaz en cada uno de nosotros.

No en vano llamamos al evangelista san Juan "el teólogo", ¡sus relatos son tan distintos al modo como los otros evangelios nos cuentan las cosas! Se trata, desde luego, esencialmente de lo mismo: todos los que rodearon a Jesús participaron de las mismas experiencias. Sin embargo, san Juan y su comunidad llegaron a una madurez en la fe a la que otras comunidades dentro de la misma Iglesia, llegaron mucho más tarde... ¡si eso sigue pasando! hoy una parroquia tiene una experiencia del Señor, y otra, a 500 metros, en el barrio de al lado, tiene una vida espiritualmente mucho menos, o mucho más intensa. A veces pretendemos igualarlo todo, medirlo todo, ponerlo todo en una caja donde todas las experiencias de Jesús se amolden, y lo que sobra... pues que se tire.

Los evangelios nos muestran un mundo espiritual muy distinto, cada uno de los cuatro tiene un modo de llegar a Jesús, un modo distinto de preguntarse "¿quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?" El modo que tiene san Juan es tan peculiar, que lo reconoceríamos en la oscuridad.

Por lo pronto hoy celebramos la institución de la eucaristía, ¿y que hace san Juan? ¡no cuenta la institución de la Eucaristía! Quizás porque cuando san Juan escribe (que es unos años después que los otros tres), el rito de la Eucaristía estaba ya tan afirmado, tan asimilado por todas las comunidades cristianas, que no hacía falta insistir en ello: Juan da por supuesto que sabemos, que su lector sabe, que Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomo pan y vino, y consagrando esos sencillos elementos como su Cuerpo y Sangre, los dio a los suyos, y les ordenó realizar esa misma acción a perpetuidad, en memoria suya.

 

Entonces san Juan reemplaza el relato de la institución de la Eucaristía por el relato de la institución del servicio del mayor al menor, del fuerte al débil, del maestro al discípulo. Si tuviéramos solamente los relatos de la institución de la Eucaristía, podríamos quedarnos en lo exterior, en el puro rito, en una mera repetición mecánica de unas acciones que a un despistado le pueden parecer casi mágicas; ¡pero tenemos también el lavado de pies! San Juan nos explica por medio de ese relato ejemplar cómo debemos entender realmente la Eucaristía, cuál es el fondo: y el fondo podríamos decirlo así: es el mundo al revés. Jesús vino a poner el mundo patas arriba, eso nos dice Juan: a que el maestro sirva y el discípulo sea servido, a que el que quiera ser grande se haga pequeño y a que el que se hace grande a sí mismo, se pierda en su grandeza.

 

Hay en esto mucho para meditar y extraer. Me gustaría detenerme en la actitud de Pedro: "Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?" me atrevería a decir que lo que nos quiere enseñar Juan en este relato está contenido en esa frase, o incluso en su primera palabra: "Señor". "Señor" es una palabra fundamental de nuestra fe. Es uno de los títulos principales de Jesús: "Jesucristo es SEÑOR para gloria de Dios Padre", nos dice el hermoso himno de Filipenses, y "Señor" (en hebreo Adonai) era la palabra que los judíos usaban para reemplazar el nombre de "Dios" cada vez que aparecía en el texto sagrado, ya que el nombre de Dios no debía pronunciarse.

 

"Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?" Que todo el diálogo de Pedro con Jesús empiece con la palabra "Señor" sitúa ese diálogo en un peldaño fundamental: a Pedro no se le escapa lo que Jesús va a hacer, entiende perfectamente que si le deja a Jesús, al SEÑOR, que le lave los pies, todo un mundo religioso se derrumbará: Dios arriba, yo abajo, Dios manda, yo obedezco, Dios es importante, yo soy accesorio, Dios se sienta en su trono, yo le sirvo... suena piadoso y devoto, es verdad. Es más, vayamos al punto del planeta que vayamos, si le preguntamos a cualquier hombre religioso (aunque no conozca el cristianismo) por las palabras "Dios" y "yo", cuando dice "Dios" señalará arriba, y cuando dice "yo" señalará abajo. Todo ese mundo religioso Jesús lo lavó de un solo gesto: Dios sirviendo al hombre, Dios abajado más bajo que el hombre. Pedro sabe lo que significa el gesto que va a hacer Jesús, por eso, antes de que Jesús lo haga lo llama al orden: "¡Señor!".

 

"Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo". Jesús es lapidario: o se acepta el mundo al revés que él propone, o quedamos afuera de su mundo. Jesús es muy flexible en muchas cosas, pero no en eso, en eso es tajante: no hay lugar para las componendas: o aceptamos que él decida cómo se deben repartir los papeles, o quedamos afuera. Y los papeles los repartió tal como en el lavatorio de pies: el mayor sirviendo, el menor servido. El más grande, abajo, el más pequeño, sostenido arriba por el más grande. El más limpio, a la cruz, el más sucio, a ser lavado por la cruz...

 

"Si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros." La obra de Jesús no acaba en una mera inversión anárquica de las cosas: el más limpio, comenzando por Jesús, a la cruz. En la cruz nos lava a nosotros, que estábamos sucios... pero ahora ya no lo estamos. En tanto limpios, ahora estamos aptos para ser clavados en la cruz, para lavar a otros en ella. Nuestra sangre está limpia en la sangre del Cordero, por eso nuestra propia sangre puede limpiar a los demás. El mundo al revés que quiere Jesús no es una vacía inversión de las jerarquías, es poner en movimiento algo enteramente nuevo: si Dios puede lavar al hombre, los hombres, una vez limpios, quedamos capacitados para lavarnos unos a otros. ¡Y nuestro lavado es eficaz! salvados en Jesús, somos asociados a su salvación: nos convertimos en motor y fuerza de salvación para los que nos rodean.

 

El hombre religioso natural, ese que encontrábamos en cualquier parte del planeta, pensaba que las humillaciones y dolores de cada día -de la que ninguna vida humana está libre- eran un castigo por sus pecados, a lo sumo podía pensar que eran una "prueba" a la que la divinidad, desde el cielo, lo sometía. Pero nosotros sabemos que esos pequeños dolores y humillaciones son mucho más que eso, son más que castigo y que prueba, ¡son cruz! ¿Y qué es la cruz, según la ley del "mundo al revés" que trae Jesús? es salvación para los otros, es el limpio que está lavando al sucio. Cada una de nuestras pequeñas cruces cotidianas son la parte que gloriosamente nos toca en la activa salvación del mundo, en ella no sufrimos sin sentido, sino que lavamos los pies unos a otros, tal como lo pide Jesús.

 

No pido a Dios que me haga comprender esto, porque tanto misterio me excede, pero le pido que nunca mi mentalidad natural y acostumbrada a poner a Dios arriba y a mí mismo abajo, aplastado por el peso de todo el dolor y el sinsentido de cada día, impida que Dios haga en mí su proyecto, que dé vuelta mi vida y haga que me anime a ser salvador con él, lavador de pies junto a él.

 

Comentarios
por Maite (83.165.236.---) - mié , 24-abr-2019, 11:01:39

Gracias Abel por subirlo

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