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El Testigo Fiel
«Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo...»
formación, reflexión y amistad en la fe, con una mirada católica ~ en línea desde el 20 de junio de 2003
Santos Juan de Brébeuf, Isaac Jogues y compañeros, mártires
fecha: 19 de octubre
†: 1642-1649 - país: U.S.A.
canonización: B: Pío XI 21 jun 1925 - C: Pío XI 29 jun 1930
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: Santos mártires Juan de Brébeuf e Isaac Jogues, presbíteros y compañeros de la Orden de la Compañía de Jesús, en el día en
que san Juan de la Lande, religioso, fue asesinado por los paganos en el lugar llamado Ossernenon, entonces en territorio del Canadá, el mismo lugar donde algunos años antes había conseguido la corona del martirio san Renato Goupil. Son venerados conjuntamente sus santos compañeros Gabriel Lalemant, Antonio Daniel, Carlos Garnier y Natal Chabanel, que, en la región canadiense, en días distintos, después de muchas fatigas en la misión del pueblo de los hurones para anunciar el evangelio de Cristo a aquellas gentes, terminaron muriendo mártires.

Las buenas intenciones del explorador Jacques Cartier, que en 1534 realizó grandes esfuerzos para implantar el cristianismo en el Canadá, así como los intentos en el mismo sentido de Samuel Champlaio, que fundó la ciudad de Québec en 1608, no dieron los resultados apetecidos. Sin embargo, por deseo expreso del rey Enrique IV de Francia, aquel mismo año de 1608, partieron hacia el Canadá dos sacerdotes jesuitas, Pierre Biard y Ennemond Massé, quienes llegaron a la Acadia (Nueva Escocia), se instalaron en Port Royal (ahora la ciudad de Annapolis) e iniciaron su tarea de evangelizar a los indios suriqueses. Su primer trabajo fue el de aprender el idioma. El padre Massé se internó en los bosques para vivir entre aquellas tribus nómadas y recoger todos los datos que pudiese sobre sus costumbres y su lengua, mientras que el padre Biard permaneció en el establecimiento de Port Royal, donde trataba de atraerse, con regalos de alimentos y golosinas, a los pocos indios que allí había, a fin de que le enseñaran las palabras necesarias para hablarles. Al cabo de un año, los dos sacerdotes habían adquirido los conocimientos indispensables para escribir un catecismo en la lengua indígena y comenzar a enseñarlo. Inmediatamente descubrieron que una de las dos tribus con las que tenían que vérselas, los etchemines, eran decididamente hostiles al cristianismo, en tanto que los suriqueses, si bien se mostraban mejor dispuestos, carecían de todo sentido religioso. No había uno que dejase de entregarse a la embriaguez y a la brujería, y todos, sin excepción, practicaban la poligamia.

Sin embargo, cuando se unieron a los misioneros los nuevos colonos franceses, otros dos sacerdotes jesuitas y un hermano lego, pareció que se hallaba por buen camino el trabajo de evangelización. Pero todo aquello quedó interrumpido bruscamente en 1613, cuando el capitán pirata de un buque mercante inglés, al frente de toda su tripulación, practicó una devastadora incursión en Port Royal, hubo un saqueo desenfrenado, todos los establecimientos de los colonos fueron incendiados y un grupo de quince de ellos, incluso el padre Massé, fueron metidos en una barca y dejados a la ventura en alta mar. Después, el capitán inglés partió en su nave hacia Virginia y se llevó consigo al padre Biard y al padre Quentin. Los misioneros se las arreglaron eventualmente para regresar a Francia, pero ya para entonces, la tarea de predicar el Evangelio entre los indígenas de la Acadia, quedó absolutamente paralizada.

Entretanto, Champlain, el gobernador de Nueva Francia, solicitaba con insistencia el envío de buenos religiosos, hasta que, en 1615, llegaron a Tadroussac varios franciscanos. Aquellos frailes trabajaron heroicamente durante algún tiempo, pero al ver que no les era posible obtener los hombres y los medios necesarios para desarrollar debidamente la tarea, solicitaron la ayuda de los jesuitas. En el mismo año, tres sacerdotes de la Compañía de Jesús desembarcaron en Québec, precisamente cuando los indígenas acababan de matar al fraile franciscano Vial y a su catequista y de arrojar sus cadáveres al río, en la parte de los rápidos que hasta hoy se conoce como Soult-au-Récollet. De los tres recién llegados, uno era el padre Massé que, a salvo de su anterior y terrible experiencia, regresaba a su antiguo campo de trabajo, pero los otros dos, el padre Brébeuf y el padre Charles Lalemant, eran nuevos en la difícil faena. Cuando el padre Jean de Brébeuf ingresó al seminario de la compañía en Rouen, a la edad de veinticuatro años, su constitución era tan débil y enfermiza, que no pudo proseguir el curso normal de los estudios, ni soportó los períodos de enseñanza durante largo tiempo. Por eso, causa asombro que aquel tuberculoso inválido se transformase, en pocos años, en el titánico apóstol de los hurones, cuya capacidad para soportar las penalidades, cuyo valor ante el peligro, cuya entereza y energía eran tan extraordinarias que cuando los indios lo mataron, bebieron su sangre para adquirir su valentía.

Como el padre Brébeuf no se atrevía a hacer frente en seguida a los hurones, permaneció durante algún tiempo con los algonquinos, en muy penosas condiciones de vida, para aprender su lengua y conocer sus costumbres. Al año siguiente, en compañía de un franciscano y de otro jesuita, se internó en la comarca de los hurones. Durante la caminata de casi mil kilómetros, hubo treinta y cinco ocasiones en que, a causa de los rápidos en las corrientes de los ríos, tuvieron que cargar con la canoa y con todos los bultos de sus provisiones para continuar a pie. Los tres sacerdotes establecieron por fin su residencia en el lugar llamado Tod's Point, pero muy pronto se ordenó el regreso de los dos compañeros del padre Brébeuf, y éste se quedó solo entre los hurones, cuya manera de vivir, menos nómada que la de otras tribus, brindaba mejores perspectivas a los misioneros para desarrollar su trabajo. No tardó mucho en descubrir que todos los pobladores de la región le miraban con desconfianza, tenían siniestras sospechas sobre sus actividades, le hacían responsable por cualquier calamidad o infortunio que les ocurriese y experimentaban un terror suspersticioso ante la cruz que campeaba sobre el techo de su cabaña. Durante aquel período, el padre Brébeuf fue incapaz de lograr una sola conversión entre los hurones y ya no hubo tiempo para hacer nuevos intentos, porque las circunstancias no le permitieron quedarse. La colonia francesa se hallaba desamparada: los ingleses habían cerrado el río San Lorenzo al tráfico de los colonos y no llegaba para éstos ningún abastecimiento ni ayuda desde Francia. El gobernador Champlain se vio obligado a rendirse; los colonos y los misioneros, expulsados, debieron regresar a su país y el Canadá se convirtió, por primera vez y por breve tiempo, en una colonia británica. Sin embargo, el infatigable Champlain se puso inmediatamente en actividad, llevó el asunto a los tribunales ingleses en Londres y pudo probar, de manera concluyente, que la invasión de la colonia era una usurpación injusta. En el año de 1632, Canadá volvió a manos de Francia.

Inmediatamente, se invitó a regresar a los franciscanos, pero como carecían de un número suficiente de misioneros, fueron los jesuitas, nuevamente los que se hicieron cargo del trabajo de evangelización. El padre Le Jeune, jefe de la misión, llegó a Nueva Francia en 1632, seguido por el padre Antoine Daniel y, en 1633, los padres Brébeuf y Massé, veteranos en aquellas lides, arribaron junto con el gobernador Champlain. El padre Le Jeune, que antes de abrazar el sacerdocio había sido hugonote, era un hombre de extraordinaria habilidad y amplia visión. Consideraba que la misión no era un asunto para unos cuantos sacerdotes y los pocos fieles que les apoyasen, sino una empresa de gran envergadura en la que deberían interesarse todos los católicos franceses. En consecuencia, concibió y realizó el plan de mantener bien informada a toda la nación sobre las verdaderas condiciones en el Canadá, por medio de una serie de descripciones gráficas, que se inició con la de sus experiencias personales sobre el viaje, las exploraciones y sus primeras impresiones respecto a los indígenas. Aquellas informaciones fueron escritas y enviadas a Francia en un término de dos meses para ser publicadas al terminar el año. Aquellos mensajes que se conocen como las «Relaciones Jesuíticas», se intercambiaron casi sin interrupción entre la «Nueva» y la «Vieja» Francia y, con frecuencia, comprendían cartas de los otros jesuitas como Brébeuf y Perrault. Las relaciones despertaron muy vivo interés, no sólo en Francia, sino en toda Europa, a tal punto que, desde su publicación, se inició una gran corriente de emigración desde el Viejo Continente y muy pronto, buen número de religiosos, hombres y mujeres, llegaron a trabajar entre los indios y a dar ayuda espiritual a los colonos. El padre Antoíne Daniel, que habría de ser el compañero del padre Brébeuf durante algún tiempo, era, como éste, natural de Normandía. Seguía los estudios de leyes cuando decidió ingresar en la Compañía de Jesús y, antes de partir hacia el Nuevo Mundo, había estado en estrecho contacto con todos los que le pudieran informar sobre la misión del Canadá.

Cuando los hurones llegaron a Québec para asistir a la feria anual, se mostraron muy contentos al ver de nuevo al padre Brébeuf y se agruparon en torno suyo para oírle hablar en su propia lengua. Muchos de los indígenas le pidieron que regresase con ellos a su comarca y él estaba muy bien dispuesto a seguirles, pero a última hora, los hurones atemorizados por las amenazas de un caudillo de Ottawa, rehusaron la compañía del sacerdote. Durante la feria del año siguiente, sin embargo, los hurones mismos rogaron al padre Brébeuf, al padre Daniel y a otro sacerdote llamado Darost, que fuesen a morar con ellos como sus huéspedes. Tras una jornada llena de penurias, durante la cual fueron incluso robados y abandonados por sus guías, llegaron los tres jesuitas a su destino, donde los propios hurones les construyeron una amplia cabaña. Brébeuf enseñó a sus compañeros el idioma local y muy pronto, el padre Daniel, que demostró ser un alumno aventajado, pudo recitar con los niños el Padre Nuestro, durante las reuniones que congregaba el padre Brébeuf en su cabaña. La religión, tal como la entendían los indios, se fundaba exclusivamente en el temor, y los misioneros debieron conformarse con empezar a enseñarles lo que buenamente pudiesen aprender. «Comenzaron a catequizarlos», escribió Brébeuf, «inculcándoles la memorable verdad de que sus almas son inmortales y que, después de la muerte del cuerpo, se van al infierno o al cielo. De esta manera nos acercamos a ellos en público o en privado. Yo les explico que en sus manos está elegir lo que quieran para su vida eterna». Hubo por entonces una época de gran sequía y amenazaba con declararse el hambre; los brujos del lugar no podían hacer nada para atajar la catástrofe, y todos los indios estaban al borde de la desesperación.

Entonces apelaron al padre Brébeuf, quien les recomendó que se dedicaran a la oración e inició con ellos una novena; en el último día de oraciones cayó la lluvia en abundancia y se salvaron las cosechas. Los hurones quedaron muy impresionados; pero los ancianos de la tribu se aferraban a sus antiguas tradiciones y los hombres maduros y los jóvenes eran indiferentes y despreocupados. Los misioneros jesuitas nunca administraban el bautismo a los adultos, sin haberlos sometido antes a una larga preparación en la que dieran pruebas de constancia; sólo bautizaban a los enfermos que estuviesen a punto de morir, de los cuales había siempre bastantes, debido a la persistencia de las epidemias. Los niños, en cambio, eran dóciles y estaban bien dispuestos a aprender y, sin embargo, los vicios se practicaban tan abiertamente, que era casi imposible evitar que los pequeños se contaminaran con las degeneraciones de sus mayores. Por lo tanto, se decidió establecer en Québec un seminario para los indígenas, y el padre Daniel, con dos o tres niños hurones, partió a la ciudad para fundar lo que llegó a ser el centro de las esperanzas de los misioneros. El propio padre Daniel era el maestro, el tutor, el enfermero y el compañero de juegos de los primeros seminaristas. Durante algún tiempo, el padre Brébeuf se quedó solo entre los hurones y aprovechó aquella circunstancia para escribir un tratado de instrucciones, que posteriormente fue famoso, destinado a los que acudiesen a participar en las misiones entre los indígenas.

En 1636, llegaron otros cinco jesuitas, de entre los cuales dos estaban destinados a figurar en el número de los mártires: el padre Jogues, que llegó a ser el apóstol de la nueva nación indígena, y el padre Garnier. Isaac Jogues, natural de Orléans, ingresó a los diecisiete años de edad al noviciado de la Compañía en Rouen y de allí pasó al colegio real de La Fleche, considerado por Descartes como el primer colegio de Europa. Después de su ordenación, fue destinado al Canadá y emprendió el viaje junto con el gobernador de Nueva Francia, Huault de Montmagny. Charles Garnier era un parisino educado en el Colegio de Clermont. A los diecinueve años ingresó al noviciado y, después de su ordenación, en 1635, se ofreció para la misión del Canadá. Partió junto con Jogues en 1636. Garnier tenía entonces treinta años y Jogues veintinueve. Mientras el padre Brébeuf estuvo solo entre los hurones, presenció la conmoción de los preparativos de guerra para rechazar una invasión de los iroqueses, los enemigos tradicionales, y tras las batallas, fue testigo obligado de la espantosa escena de las torturas y la muerte de un prisionero iroqués. El sacerdote no pudo hacer nada para evitar aquellas crueldades increíbles, pero como había bautizado al cautivo poco antes, se impuso la obligación de permanecer a su lado para alentarlo y ayudarlo a bien morir. Así presenció la manifestación de un nuevo aspecto del carácter de los indígenas, que fue toda una revelación para él. «La forma en que se burlaron de su víctima, fue verdaderamente diabólica», escribió el padre Brébeuf. «Mientras más quemaban sus carnes y rompían sus huesos, más le halagaban y aun le acariciaban. Fue una horrible tragedia que duró toda la noche». No sabía por entonces el sacerdote que presenciaba lo mismo que él iba a sufrir.

Cinco de los misioneros recién llegados partieron inmediatamente a reunirse con el padre Brébeuf, y el padre Jogues, que no había sido destinado a los hurones, también fue a sumarse a la misión unos meses después. Una de las frecuentes epidemias que asolaba por entonces la región, atacó a varios de los nuevos misioneros y, a pesar de que éstos, aún los convalescientes, ayudaban en todo lo posible a los indios enfermos, los hechiceros del lugar se encargaron de hacer correr el rumor de que la llegada de los extranjeros era la causa del mal que atacaba a los indígenas. A duras penas y sólo temporalmente, hicieron frente los misioneros a aquella campaña de calumnias.

No obstante todos aquellos contratiempos, en el mes de mayo de 1637, Brébeuf se sintió impulsado a escribir al padre general de su orden en estos términos: «Se nos escucha con complacencia, hemos bautizado a más de 200 este año y desde casi todas las aldeas y caseríos de la comarca se nos ha invitado a visitarlos. Por otra parte, como resultado de esta última epidemia y de los rumores que hicieron circular los brujos, las gentes nos conocen más y mejor y, por lo menos, a juzgar por nuestra conducta, comprenden que no hemos venido a comprar pieles ni a comerciar con ellos, sino únicamente a enseñarles y a procurar para ellos la salvación de su alma y, a fin de cuentas, la felicidad que durará eternamente». No pasó mucho tiempo, sin que la esperanza de los misioneros recibiese un nuevo golpe, a causa del resurgimiento de las sospechas de los indígenas, que culminó en un consejo de veintiocho ancianos de la tribu que, prácticamente, sometieron a juicio en ausencia a todos los sacerdotes misioneros. Ante las acusaciones, el padre Brébeuf se defendió y defendió a sus compañeros brillantemente, pero al cabo de nuevos concilios e interrogatorios, se le informó que, por decisión del pueblo, él y sus compañeros debían morir. Los misioneros tomaron las cosas con calma; entre todos, redactaron un último informe y declaración para sus superiores y, después, el padre Brébeuf invitó a los indios a su fiesta de despedida. En el transcurso de aquel ágape, el sacerdote les habló sobre la vida después de la muerte, con palabras tan sencillas y acento tan emocionado, que los indígenas se conmovieron, proclamaron su decisión de que el padre Brébeuf se quedara con ellos y se comprometieron a dejar en paz a los otros misioneros.

Se estableció una segunda misión en la cercana localidad de Teanaustaye y el padre Lalemant quedó a cargo de la nueva casa y de la antigua, mientras que el padre Brébeuf se puso al frente de una tercera casa, llamada Sainte-Marie, a corta distancia de los caseríos indígenas. Aquel establecimiento fue como la oficina central de las misiones y el cuartel general de los sacerdotes y sus ayudantes, así como el refugio para los labradores y soldados franceses. Allí se construyeron un hospital y un fuerte, se estableció un cementerio y, durante cinco años, los misioneros trabajaron con perseverancia. Con frecuencia, emprendieron largas y peligrosas expediciones a los territorios de otras tribus, como los petum o indios del tabaco, los ojibways y los neuters, que vivían en las tierras al norte del lago Erie. Era muy rara la ocasión en la que aquellos indígenas recibían bien la visita de los sacerdotes. En 1637, el primer indígena adulto recibió el bautismo; dos años más tarde, se habían bautizado otros ochenta y, en 1641, sesenta más recibieron el sacramento. Las cifras no indicaban un gran progreso, pero en cambio demostraban que era posible la conversión de los indígenas. El padre Lalemant, en la relación que escribió en 1639, decía: «A veces nos hemos preguntado si podemos tener esperanzas en la conversión de este país, sin llegar al derramamiento de sangre». Al mismo tiempo, por lo menos dos de los misioneros, el padre Brébeuf y el padre Jogues, oraban de continuo para tomar parte en la gloria del sufrimiento, aunque no del martirio.

En el año 1642, el país de los hurones se hallaba asolado por las calamidades: las cosechas eran muy pobres, abundaban las enfermedades y no había manera de obtener ropa. Québec era la única fuente de abastecimientos y, por acuerdo general de los misioneros, se eligió al padre Jogues para que condujera una expedición a la ciudad. El sacerdote llegó con bien a su destino y emprendió el regreso con abundantes provisiones para la misión, pero los iroqueses, acérrimos enemigos de los hurones y los más feroces de los indígenas de las tribus, estaban al acecho y habían tendido una emboscada a los expedicionarios. La historia del ataque, del cautiverio, de los malos tratos, de las torturas a que fueron sometidos los expedicionarios, no puede relatarse aquí. Basta informar que el padre Jogues y su ayudante, René Goupil, aparte de haber sido apaleados varias veces y golpeados por los puños de sus captores, tuvieron que soportar que les arrancaran el pelo de la cabeza y de las barbas, así como las uñas de todos los dedos, y todavía el dedo índice les fue arrancado a mordizcos hasta su nacimiento. Pero lo que más apenaba al sacerdote era la crueldad brutal con que fueron tratados los indígenas cristianos convertidos por él. El primero en morir martirizado el 29 de septiembre de 1642, fue René Goupil, despedazado por las hachas (tomahawks) que le arrojaban desde cierta distancia, por haber hecho el signo de la cruz sobre la cabeza de algunos niños. Aquel René Goupil fue un hombre extraordinario. Se había esforzado por formar parte de la Compañía de Jesús e incluso había ingresado en el noviciado, pero su precaria salud le obligó a abandonar el intento. Entonces, siguió la carrera de medicina y se las arregló para trasladarse al Canadá, donde ofreció sus servicios a los misioneros, cuya fortaleza llegó a emular.

El padre Jogues permaneció como esclavo entre los mohawks, una de las tribus de los iroqueses, quienes ya habían decidido matarlo. Debió su liberación a los colonos holandeses que, desde que se enteraron de las penurias que sufrían los cautivos, habían tratado de salvarlos. Gracias a las gestiones del gobernador del Fuerte Orange y del gobernador de la colonia de Nueva Holanda, el padre Jogues fue embarcado en una nave que le condujo a Inglaterra y de allí se trasladó a su nativa Francia, donde su arribo despertó inusitado interés. Como tenía los dedos mutilados, le estaba vedado celebrar la misma, pero el papa Urbano VIII le otorgó un permiso especial para hacerlo, puesto que «sería una injusticia que un mártir por Cristo no beba la sangre de Cristo». A principios de 1644, el padre Jogues navegaba otra vez hacia la Nueva Francia. Al llegar a Montreal, que acababa de ser fundada, comenzó a trabajar entre los indios de las proximidades, en espera del momento de volver a la comarca de los hurones, un viaje que era cada vez más peligroso, porque los indios iroqueses estaban al acecho a Io largo de todo el camino. Por aquel entonces y en forma inesperada, estos indígenas enviaron una embajada a la localidad de Tres Ríos, para gestionar la paz. El padre Jogues, que se hallaba presente en los parlamentos, advirtió que no habían acudido los representantes de Ossernenon, la aldea principal de la tribu. Además, en el curso de las pláticas, resultó evidente que los iroqueses sólo querían hacer las paces con los franceses y no con los hurones. De todas maneras, se resolvió enviar una delegación de Nueva Francia para parlamentar con los jefes iroqueses en Ossernenon. y el padre Jogues fue nombrado principal embajador, junto con Jean Bourdon, que representaba al gobierno de la colonia.

La comitiva partió por la ruta del Lago Champlain y el Lago George y, luego de emplear los días de una semana en confirmar los detalles del pacto, regresó a Québec. El padre Jogues dejó en Ossernenon una gran caja llena de artículos religiosos, porque tenía la intención de regresar como misionero entre los mohawks y le resultaba conveniente deshacerse de uno de los bultos. Aquella caja fue la causa de su martirio. Antes del arribo de la comitiva, los mohawks habían recolectado una mala cosecha y, tan pronto como partieron los embajadores, asoló a la comarca una terrible epidemia que los indígenas achacaron a «los demonios escondidos en la caja del padre Jogues». Por eso, en cuanto supieron que el sacerdote realizaba una tercera visita a sus aldeas, le tendieron una celada en la que cayeron él y su compañero Lalande. Ambos fueron golpeados, despojados de todo lo que llevaban y conducidos a Ossernenon, medio desnudos y atados con cuerdas. Sus captores eran miembros de la tribu del Oso y, si bien los indígenas de otros grupos familiares trataron de proteger a los cautivos y decidir su suerte en un consejo, los primeros se negaron a toda clemencia. En la tarde del 18 de octubre, el padre Isaac Jogues fue invitado a comer en una cabaña y, tan pronto como entró, los indígenas ahí reunidos le arrojaron sus hachas y le dieron muerte. Cortaron la cabeza al cadáver y la colocaron en la punta de un palo, vuelta en dirección al camino por donde había llegado el sacerdote*. Al día siguiente, su compañero Jean Lalande y el guía, un indígena hurón, fueron igualmente muertos a hachazos, decapitados y arrojados sus cuerpos al río. Esta ciudad de Ossernenon, escenario de los martirios, fue el sitio donde, diez años más tarde, vino al mundo la beata Catalina Tekakwitha. Jean Lalande, lo mismo que René Goupil, era un donné o «donado» de la misión. El martirio del padre Jogues decidió la suerte de los hurones, cuya única esperanza de obtener la paz radicaba en los buenos oficios del misionero entre sus feroces enemigos, los iroqueses. Por aquel entonces, los hurones comenzaban a aceptar la fe cristiana en número considerable y había veinticuatro misioneros, incluso el padre Daniel, trabajando entre ellos. En realidad, el país de los hurones estaba en camino de hacerse cristiano y, si hubiesen gozado de un período de paz, toda la tribu se habría convertido, pero los iroqueses no cesaban en sus hostilidades. Después de una serie de ataques y saqueos a las aldeas huronas, sin que se salvase ninguno de los habitantes, el 4 de julio de 1648, aparecieron en Teanaustaye, precisamente cuando el padre Daniel acababa de celebrar la misa. A la vista del enemigo, se apoderó de todos un gran pánico y muchos de entre ellos buscaron amparo junto al sacerdote, quien comenzó a bautizarlos rápidamente. Pero eran tantos los que le imploraban el sacramento en presencia del peligro, que acabó por mojar su pañuelo y los bautizó colectivamente, por aspersión. Entretanto, los iroqueses se adueñaban de la aldea, palmo a palmo, y los fieles instaban al padre Daniel para que escapara, pero éste se negó y, en vez de huír, fue a visitar a algunos ancianos y enfermos que, desde tiempo atrás, preparaba para el bautismo. Hizo un rápido recorrido por las cabañas para alentar a los asustados pobladores y regresó a la iglesia, que encontró llena de cristianos indígenas. Les habló para darles instrucciones a fin de que escaparan mientras pudieran hacerlo y, luego, salió solo de la iglesia para ir al encuentro del enemigo. Al ver los iroqueses al padre Antoine Daniel le rodearon y comenzaron a dispararle flechas hasta que cayó muerto. Desnudaron el cadáver, lo arrojaron dentro de la iglesia y prendieron fuego al edificio. Como dice el narrador de aquel martirio, «el padre Daniel no podía haber sido más gloriosamente consumido que en la pira de aquella capilla ardiente».

Durante el año siguiente, el 16 de marzo de 1649, los iroqueses atacaron la aldea en que se hallaban los padres Jean De Brébeuf y Gabriel Lalemant. De entre los jesuitas que llegaron a Nueva Francia, Gabriel Lalemant fue el último de los mártires. Dos de sus tíos habían sido misioneros en el Canadá, y él mismo, después de hacer sus votos como sacerdote jesuita en París, agregó un cuarto voto: el de ofrecer su vida en sacrificio por la salvación de los indios. Tuvo que aguardar catorce años para cumplir con aquel voto. Las torturas a que fueron sometidos los dos sacerdotes, fueron de las más atroces de cuantas registra la historia. Después de desnudarlos completamente y golpearlos con palos en todas las partes de sus cuerpos, el padre Rrébeuf se incorporó a duras penas y comenzó a exhortar y alentar a los cristianos que le rodeaban. A uno de los dos sacerdotes le fueron cortadas ambas manos; a los dos les aplicaron barrotes de hierro calentados en las hogueras, en los sobacos y los costados y les pusieron sobre los hombros collares hechos con puntas de lanza calentadas al rojo. Después, los verdugos les colocaron en torno a la cintura, fajas de corteza de árboles bañadas en resinas, a las que prendieron fuego. En medio de aquellos tormentos atroces, el padre Lalemant levantó la vista al cielo e imploró a Dios con gestos y ademanes, mientras que el padre Brébeuf mantenía tensos los músculos de su cara, que parecía de piedra, corno si fuese insensible al dolor. En un momento dado, como si hubiese recuperado el conocimiento de pronto, comenzó a hablar a sus verdugos y a los cristianos cautivos hasta que aquéllos, para hacerle callar, le cortaron la punta de la nariz y desgarraron sus labios y luego, corno una burlesca simulación del bautismo, vertieron sobre él y su compañero, calderos de agua hirviente. Por último, comenzaron a cortarles grandes trozos de carne que arrojaban al fuego para asarla y, luego, a los dos, les abrieron una gran incisión sobre el pecho y les sacaron el corazón, no sin antes recoger la sangre en cuencos para beberla cuando aún estaba caliente.

El martirio de los dos misioneros y la matanza de hurones, lejos de satisfacer la ferocidad de los iroqueses, avivó su sed de sangre. Antes de que terminara el año de 1649, ya habían penetrado hasta la comarca de Tabaco, donde el padre Charles Garnier había fundado una misión en 1641 y donde los jesuitas tenían ya dos casas. Cuando los habitantes de la aldea de Saint-Jean supieron que se acercaba el enemigo, enviaron a los hombres a su encuentro, pero los atacantes, informados por sus espías sobre la indefensa condición en que había quedado el caserío, dieron un rodeo para evitar el encuentro con los guerreros enviados en su contra y llegaron a Saint-Jean por sorpresa. En el curso de la indescriptible orgía de sangre que se produjo durante el ataque, el padre Garnier, el único sacerdote en aquella misión, corría de un lugar a otro, a la vista del enemigo, para dar la absolución a los cristianos moribundos, bautizar a los niños y a los catecúmenos y consolar a los que pudiera, sin cuidarse para nada del propio peligro. Cuando se afanaba en aquellos menesteres, fue muerto por los disparos del mosquete de un iroqués. Aun cuando estaba herido de muerte, hizo un esfuerzo para arrastrarse a atender a otro moribundo que estaba cerca, pero luego de algunos vanos intentos, quedó exánime en el suelo y un indio que pasaba a la carrera, para rematarlo, le arrojó el hacha que se le quedó clavada en la cabeza. Terminada la matanza, algunos de los indios cristianos sepultaron los restos del padre Garnier en el lugar donde había estado su iglesia.

El padre Noël Chabanel, el misionero que trabajaba junto con el padre Garnier, se hallaba ausente en el momento del ataque, pero no pudo escapar. Precisamente caminaba hacia su misión con algunos hurones cristianos, cuando oyó la gritería de los iroqueses que regresaban de Saint-Jean. El sacerdote dió instrucciones a sus fieles para que huyesen y se ocultasen en los bosques y, cuando todos se hubieron dispersado, se dispuso a seguirlos. A paso lento, porque estaba exhausto, se internó en la espesura y, desde entonces no se volvió a saber nada de él. Algún tiempo después, un hurón apóstata confesó que había matado a puñaladas al padre Chabanel, simplemente por su odio a la fe cristiana. No fue Chabanel el menos heroico entre los mártires. Es cierto que no poseía la misma capacidad para adaptarse que los demás; nunca pudo aprender el idioma de los «salvajes», como él les llamaba, y experimentaba una sincera repugnancia al verlos, al tratarlos, ante su manera de comer y de vivir. Además, durante toda su estadía en el Canadá, había experimentado una sequedad espiritual que le hacía sufrir terriblemente. Y sin embargo, a fin de atarse de manera inviolable al trabajo que aborrecía, hizo el voto solemne ante el Santísimo Sacramento, de permanecer en la misión hasta su muerte. El sacrificio de aquellos nobles mártires dio un resultado maravilloso, puesto que no había transcurrido mucho tiempo después de su muerte, cuando las verdades que ellos proclamaban fueron aceptadas por todos, aun por sus mismos verdugos, y los misioneros que les sucedieron, conquistaron para el cristianismo a todas las tribus con las que tuvieron relaciones los primeros jesuitas llegados al Canadá.

La principal de las fuentes de información relativas a estos mártires es, por supuesto, la colección de las cartas, informes y relaciones de los propios misioneros. Estos documentos están al alcance de todos los interesados, en las varias ediciones y traducciones de Las Relaciones Jesuíticas. Entre los varios libros que proporcionan narraciones más concretas, pueden mencionarse The Jesuit Martyrs of North America (1925), de J. Wynne; The Jesuit Martyrs of Canada (1925), de E. J. Devine y el Pioneer Priest of North America, de T. J. Campbell, en versiones en inglés. En francés, se cuenta con Martyrs de la Nouvelle France, de Rigaul et Goyau y Martyrs du Canadá (1930), de H. Fouquenay, que debe ser recomendada por su excelente bibliografía. Muchos historiadores no católicos han rendido tributo generoso a estos gloriosos misioneros, sobre todo F. Parkman en The Jesuits in North America (1868).

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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