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El Testigo Fiel
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en Roma

Nunca olvidemos que la misericordia es la clave en la vida de fe

23 de abr de 2017
Palabras del Papa antes del rezo del Regina Coeli en este segundo domingo de Pascua, Domingo de la Divina MIsericordia.

«Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Sabemos que cada domingo hacemos memoria de la resurrección del Señor Jesús, pero en este periodo después de la Pascua, el domingo se reviste de un significado aún más iluminante. En la tradición de la Iglesia, este domingo, el primero después de la Pascua, se denominaba ‘in albis’. ¿Qué significa esto? Esta expresión se proponía evocar el rito que cumplían cuantos habían recibido el bautismo en la Vigilia de Pascua. A cada uno de ellos se les entregaba una túnica blanca – ‘alba’ – ‘blanca’, para indicar la nueva dignidad de los hijos de Dios. Aún hoy se sigue haciendo, a los recién nacidos se les ofrece una pequeña túnica simbólica, al tiempo que los adultos visten una verdadera, como vimos en la Vigilia Pascual. Y aquella túnica blanca, en el pasado, se llevaba puesta durante una semana, hasta este domingo y de ello deriva el nombre ‘in albis deponendis’, que significa el domingo en el que se quita la túnica blanca. Y así, cuando se quitaban la túnica blanca, los neófitos comenzaban una vida nueva en Cristo y en la Iglesia.

Hay otra cosa. En el Jubileo del año 2000, San Juan Pablo II estableció que este domingo se dedicara a la Divina Misericordia. ¡Es verdad, fue una bella intuición: fue el Espíritu Santo el que lo inspiró en esto! Desde hace pocos meses hemos concluido el Jubileo extraordinario de la Misericordia y este domingo nos invita a retomar con fuerza la gracia que proviene de la misericordia de Dios. El Evangelio de hoy es la narración de la aparición de Cristo resucitado a los discípulos reunidos en el cenáculo (cfr Jn 20, 19-31). Escribe San Juan que Jesús, después de haber saludado a sus discípulos, les dijo: «Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen» ( 21- 23). He aquí el sentido de la misericordia que se presenta justo el día de la resurrección de Jesús como perdón de los pecados. Jesús Resucitado ha transmitido a su Iglesia, como primera tarea, su misma misión de llevar a todos el anuncio concreto del perdón. Ésta es la primera tarea: anunciar el perdón. Este signo visible de su misericordia lleva consigo la paz del corazón y la alegría del encuentro renovado con el Señor.

La misericordia en la luz de la Pascua se deja percibir como una verdadera forma de conocimiento. Y esto es importante: la misericordia es una verdadera forma de conocimiento. Sabemos que se conoce a través de tantas formas. Se conoce a través de los sentidos, se conoce a través de la intuición, la razón y otras más. Pues bien, ¡se puede conocer también a través de la experiencia de la misericordia. Porque la misericordia abre la puerta de la mente para comprender mejor el misterio de Dios y de nuestra existencia personal. La misericordia nos hace comprender que la violencia, el rencor, la venganza no tienen sentido alguno y que la primera víctima es la que vive con estos sentimientos, porque se priva de su propia dignidad. La misericordia abre también la puerta del corazón y permite expresar cercanía, sobre todo a cuantos están solos y marginados, porque los hace sentir hermanos e hijos de un solo Padre. Ella favorece el reconocimiento de cuantos tienen necesidad de consolación y hace encontrar palabras adecuadas para dar consuelo.

Hermanos y hermanas, la misericordia calienta el corazón y lo vuelve sensible a las necesidades de los hermanos con el compartir y la participación. La misericordia, en resumen, nos compromete a todos a ser instrumentos de justicia, de reconciliación y de paz. Nunca olvidemos que la misericordia es la clave en la vida de fe y la forma concreta con la que damos visibilidad a la resurrección de Jesús.

Que María, Madre de la Misericordia, nos ayude a creer y a vivir con alegría todo esto»

en Roma

Jesús está vivo. Este es el núcleo del mensaje cristiano

19 de abr de 2017
El cristianismo «no es tanto nuestra búsqueda en relación con Dios – una búsqueda, en verdad, casi incierta – sino mejor dicho la búsqueda de Dios en relación con nosotros». Lo dijo Papa Francisco durante la Audiencia general de este miércoles, en la que subrayó que «no es una ideología, no es un sistema filosófico, sino un camino de fe que parte de un evento, atestiguado por los primeros discípulos de Jesús». Texto completo de la catequesis.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Nos encontramos hoy, en la luz de la Pascua, que hemos celebrado y continuamos celebrándola en la Liturgia. Por esto, en nuestro itinerario de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy deseo hablarles de Cristo Resucitado, nuestra esperanza, así como lo presenta San Pablo en la Primera Carta a los Corintios (Cfr. cap. 15).

El apóstol quiere resolver una problemática que seguramente en la comunidad de Corinto estaba al centro de las discusiones. La resurrección es el último argumento afrontado en la Carta, pero probablemente, en orden de importancia, es el primero: de hecho todo se apoya en este presupuesto.

Hablando a los cristianos, Pablo parte de un dato indudable, que no es el éxito de una reflexión de algún hombre sabio, sino un hecho, un simple hecho que ha intervenido en la vida de algunas personas. El cristianismo nace de aquí. No es una ideología, no es un sistema filosófico, sino es un camino de fe que parte de un advenimiento, testimoniado por los primeros discípulos de Jesús. Pablo lo resume de este modo: Jesús murió por nuestros pecados, fue sepultado, resucitó al tercer día y se apareció a Pedro y a los Doce (Cfr. 1 Cor 15,3-5). Este es el hecho. Ha muerto, fue sepultado, ha resucitado, se ha aparecido. Es decir: Jesús está vivo. Este es el núcleo del mensaje cristiano.

Anunciando este advenimiento, que es el núcleo central de la fe, Pablo insiste sobre todo en el último elemento del misterio pascual, es decir, en el hecho de que Jesús ha resucitado. Si de hecho, todo hubiese terminado con la muerte, en Él tendríamos un ejemplo de entrega suprema, pero esto no podría generar nuestra fe. Ha sido un héroe. ¡No! Ha muerto, pero ha resucitado. Porque la fe nace de la resurrección. Aceptar que Cristo ha muerto, y ha muerto crucificado, no es un acto de fe, es un hecho histórico. En cambio, creer que ha resucitado sí. Nuestra fe nace en la mañana de Pascua. Pablo hace una lista de las personas a las cuales Jesús resucitado se les aparece (Cfr. vv. 5-7). Tenemos aquí una pequeña síntesis de todas las narraciones pascuales y de todas las personas que han entrado en contacto con el Resucitado. Al inicio de la lista están Cefas, es decir, Pedro, y el grupo de los Doce, luego “quinientos hermanos” muchos de los cuales podían dar todavía sus testimonios, luego es citado Santiago. El último de la lista – como el menos digno de todos – es él mismo, Pablo dice de sí mismo: “como un aborto” (Cfr. v. 8).

Pablo usa esta expresión porque su historia personal es dramática: pero él no era un monaguillo, ¿eh? Él era un perseguidor de la Iglesia, orgulloso de sus propias convicciones; se sentía un hombre realizado, con una idea muy clara de cómo es la vida con sus deberes. Pero, en este cuadro perfecto – todo era perfecto en Pablo, sabía todo – en este cuadro perfecto de vida, un día sucedió lo que era absolutamente imprevisible: el encuentro con Jesús Resucitado, en el camino a Damasco. Allí no había sólo un hombre que cayó en la tierra: había una persona atrapada por un advenimiento que le habría cambiado el sentido de la vida. Y el perseguidor se convierte en apóstol, ¿Por qué? ¡Porque yo he visto a Jesús vivo! ¡Yo he visto a Jesús resucitado! Este es el fundamento de la fe de Pablo, como de la fe de los demás apóstoles, como de la fe de la Iglesia, como de nuestra fe.

¡Qué bello es pensar que el cristianismo, esencialmente, es esto! No es tanto nuestra búsqueda en relación a Dios – una búsqueda, en verdad, casi incierta – sino mejor dicho la búsqueda de Dios en relación con nosotros. Jesús nos ha tomado, nos ha atrapado, nos ha conquistado para no dejarnos más. El cristianismo es gracia, es sorpresa, y por este motivo presupone un corazón capaz de maravillarse. Un corazón cerrado, un corazón racionalista es incapaz de la maravilla, y no puede entender que cosa es el cristianismo. Porque el cristianismo es gracia, y la gracia solamente se percibe, más: se encuentra en la maravilla del encuentro.

Y entonces, también si somos pecadores – pero todos lo somos – si nuestros propósitos de bien se han quedado en el papel, o quizás sí, mirando nuestra vida, nos damos cuenta de haber sumado tantos fracasos. En la mañana de Pascua podemos hacer como aquellas personas de las cuales nos habla el Evangelio: ir al sepulcro de Cristo, ver la gran piedra removida y pensar que Dios está realizando para mí, para todos nosotros, un futuro inesperado. Ir a nuestro sepulcro: todos tenemos un poco dentro. Ir ahí, y ver como Dios es capaz de resucitar de ahí. Aquí hay felicidad, aquí hay alegría, vida, donde todos pensaban que había sólo tristeza, derrota y tinieblas. Dios hace crecer sus flores más bellas en medio de las piedras más áridas.

Ser cristianos significa no partir de la muerte, sino del amor de Dios por nosotros, que ha derrotado a nuestra acérrima enemiga. Dios es más grande de la nada, y basta sólo una luz encendida para vencer la más oscura de las noches. Pablo grita, evocando a los profetas: «¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?» (v. 55). En estos días de Pascua, llevemos este grito en el corazón. Y si nos preguntaran por qué damos nuestra sonrisa y nuestro paciente compartir, entonces podremos responder que Jesús está todavía aquí, que continúa estando vivo entre nosotros, que Jesús está aquí, en la Plaza, con nosotros: vivo y resucitado.

en Ecuménicas e interreligiosas

Los coptos abarrotan las iglesias de Egipto pese a la amenaza islamista

22 de abr de 2017
Los atentados del pasado Domingo de Ramos en dos catedrales del norte de Egipto, que causaron 46 muertos, no han espantado a los fieles de las iglesias, sino que les han alentado a participar “más que antes” en las misas de Semana Santa.

En la Iglesia de San Pedro, en el complejo de la catedral de El Cairo, en el barrio de Al Abasiya, cientos de cristianos se han acercado a participar en las oraciones, a pesar de que ese mismo templo fue blanco de otro ataque terrorista el pasado diciembre, que dejó una treintena de muertos, la mayoría mujeres y niñas. “El número de fieles se ha duplicado tras los atentados”, dice Antonius Munir, el cura de esa iglesia, donde han sido colocadas numerosas sillas supletorias fuera del edifico para dar cabida a todos los que han acudido a participar en los rituales.

Munir asegura que el ataque de diciembre en San Pedro y los de esta semana en las catedrales de San Jorge, en la ciudad de Tanta (delta del Nilo), y San Marcos de Alejandría -costa mediterránea-, “animan a la gente a ir” a las iglesias. “El hecho de que hubo mártires -en referencia a los víctimas- no evita que los fieles acudan a rezar, sino que aumenta su número”, explica, antes de destacar que nunca había visto tanta afluencia en los días de la Semana Santa como este año.

Los coptos egipcios, que representan entre el 10 y el 12 por ciento de la población, tienen siempre presente la persecución que sufrieron los cristianos durante el Imperio Romano y su caída en desgracia con el advenimiento del islam en el siglo VII, que supuso el fin del cristianismo como religión mayoritaria en Egipto. “El principal pilar de la iglesia copta es el martirio, forma parte de nuestra historia”, dice Munir, que sostiene que para los coptos egipcios -muchos de los cuales han emigrado a EEUU, Canadá y Europa en los pasados años- “la persecución no es algo nuevo”.

Wadie, un fiel de 42 años, cuenta que a pesar de los ataques del domingo, reivindicados por el grupo terrorista Estado Islámico (EI), no ha tenido miedo de ir a la iglesia para los ritos de Semana Santa. “Sentí que tenía que asistir más que nunca”, explica este padre de tres hijos, que perdió a su hermano Nabil en el atentado de diciembre en la misma iglesia donde acaba de rezar. Asegura que esta Semana Santa acude a misa todos los días con su familia e insiste en que no tiene miedo, aunque reconoce: “Estoy lleno de ira por dentro”.

El gran número de cristianos en los templos está acompañado de una destacada presencia de policías y soldados, desplegados en las cercanías de las iglesias por orden del presidente egipcio, Abdelfatah al Sisi, que declaró el estado de emergencia en todo el país horas después de los atentados del Domingo de Ramos.

Los militares y los agentes revisan los documentos de identidad de los feligreses, en el cual se indica la religión que profesa cada ciudadano egipcio, y les hacen pasar por un detector de metales antes de acceder a la iglesia.

Tras superar este primer control de seguridad en los accesos principales, los “boy scouts” son los encargados de comprobar de nuevo los carnets de los fieles en el interior de la iglesia y de organizar a la muchedumbre en las bancadas. Uno de estos voluntarios de nombre Albair, de 33 años, ha sido “boy scout” en la catedral de San Marcos en los pasados 15 años.

Explica que estos días los jóvenes con uniforme caqui y un pañuelo en el cuello están atentos a cualquier cosa que ocurra tanto dentro como fuera del templo, después de los últimos atentados. “Estamos haciendo un trabajo que no nos corresponde: no sólo nos encargamos de la organización, sino que también tenemos que garantizar la seguridad”, subraya.

Albair se queja de que las fuerzas de seguridad no quieren asumir toda la responsabilidad y que los voluntarios tienen que apoyar su labor, especialmente estos días ante el gran número de personas que acude a las misas de Semana Santa. Sin embargo, el joven asegura que los fieles colaboran y nadie se queja por los controles de seguridad: “A pesar de que la gente está rabiosa -por lo sucedido-, nos muestran sus carnets y bolsos inmediatamente para que los veamos”.

en Espiritualidad y Cultura

Dos Cristos negros y una cruz de balas

22 de abr de 2017
Tres viñetas sobre Cristo y la cruz nos transportan al África, no al continente del folclore sino al de los dolores.
Cristo de Mthawira

1

Al Cristo de Mamelodi Daina Cormick le empotró la cabeza en el costado con clamores de escarnio en la mirada. “Duele ver ese Cristo”, dijo un xhosa con el rostro marcado por la sinrazón del apartheid. Negro es el dolor de este Cristo cuarteado por el oprobio de Sharpeville, negro como la carne de Biko, rasgada por la insania del odio. Duele ver ese Cristo vulnerado.

2

El Cristo de Mthawira lo esculpieron artistas de Ku-Ngoni en los montes Dedza de Malaui. Sobre una cruz curvada como el amparo Cristo arquea su cuerpo para acoger al hombre que gime a ras de suelo. En el bosque han brotado los verdes y los ocres que alivian los embates de la hambruna y el sida. Hay compasión en este Cristo que abraza y acompaña al caminante. Dios, el hombre y el Universo caben en esta cruz, que es compendio de vida y esperanza.

3

El catequista nuba Kueric Macuy incrustó en su bastón cuatro casquillos de bala y formó una cruz; huele todavía a pólvora de Kaláshnikov canjeado por oro y diamantes. Esta cruz no tiene Cristo, dijo el catequista, pero en ella están crucificados todos nuestros hermanos de Sudán, de Liberia y de Ruanda, reventados con saña como piojos. En ella están Mélida y Deng que pastoreaban su ganado a orillas de Bahr-el-Ghazal y fueron apresados por baggaras; en ella están los dinka de Rumbek, los azande de Tómbora, los tutsis y los hutus, los kran y los gio, los krio y los mendé de Liberia. Esta cruz no tiene Cristo –prosiguió Kueric Macuy–, pero caben en ella todos los crucificados de la Tierra. Las balas traspasan sus manos y sus pies con la misma vileza que en el Gólgota. Son los Cristos anónimos que pagan con su sangre todas las injusticias y avaricias del mundo. Al concluir la catequesis, Kueric Macuy alzó su cruz y brillaron los casquillos como cuatro improperios contra el hombre que esculpe su progreso con los negros fusiles de la muerte.

Texto y fotografía: Gerardo González Calvo

en América y España

Ante ella se arrodilló Bolívar, libertador de América

22 de abr de 2017
En septiembre el Papa visitará Colombia y rezará delante del famoso cuadro de la Virgen de Chiquinquirá

Después de Pablo VI en 1968 y san Juan Pablo II en 1986, el próximo 7 de septiembre Francisco será el tercer Papa que visite la capital de Colombia, Santa Fe de Bogotá, y uno de las primeras cosas que se conocen del programa es un evento singular y de gran significación para el pueblo colombiano. En la catedral de la ciudad el Papa podrá orar delante del cuadro de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, patrona de Colombia, cuando se cumplen 430 años de la Renovación. El poco tiempo disponible impide que el Santo Padre visite el santuario de la Virgen que se encuentra en la ciudad de Chiquinquirá, a 147 kilómetros por tierra de la capital y 117 kilómetros por avión. Por esa razón, el lienzo será trasladado a la Catedral de Bogotá. El 3 de julio de 1986 el Papa Juan Pablo II visitó el santuario y permaneció largo tiempo en oración delante de la famosa pintura, amada y venerada por los colombianos. En esa oportunidad el Papa Wojtyla consagró la nación a María Virgen.

El cuadro, recientemente restaurado, es obra de Alonso de Narváez. Está pintado sobre una tela de algodón tejido con las técnicas que usaban los indios, entre 1560 y 1562, y por lo tanto es uno de los testimonios más antiguos que se conservan del arte religioso latinoamericano. Las páginas de Cathopedia cuentan que “en 1560 el español Antonio de Santana recibió en encomienda un territorio junto a la ciudad de Chiquinquirá; levantó allí varias construcciones para la administración colonial y para alojamiento de indígenas y esclavos. Como era la costumbre, construyó también una capilla para los servicios religiosos. El dominico Andrés Jadraque, que prestaba servicio en aquella encomienda, quiso adornar la capilla con una imagen sagrada y para ello encargó al pintor español Alonso Narváez, que vivía en la ciudad de Tunja, que pintara a la Virgen del Rosario con San Antonio de Padua y el apóstol Andrés. En 1563 la imagen fue colocada en la capilla. El pequeño edificio con techo de paja se deterioró al cabo de algunos años y la tela con la imagen de la Virgen, expuesta a la intemperie, resultó también seriamente dañada. A tal punto que la trasladaron a una capilla a la que a veces acudía la gente del lugar. El 26 de diciembre de 1586 se verificó un evento prodigioso conocido como “Renovación”: María Ramos, una mujer piadosa que se ocupaba de mantener en condiciones dignas y acogedoras la capilla donde se custodiaba la imagen, junto con una india llamada Isabel y el hijo de ésta, fueron testigos del renovado esplendor en los colores de la tela sin que hubiera intervenido mano humana para restaurarla. El 10 de enero de 1587 y el 12 de septiembre de ese mismo año las autoridades eclesiásticas realizaron una cuidadosa investigación y se expidieron en forma positiva sobre la autenticidad del milagro. Inmediatamente se mandó a construir un bahareque (edificio hecho con cañas, madera y paja) que muy pronto se convirtió en meta de peregrinaciones. Considerando la extraordinaria afluencia de fieles que visitaban el lugar del evento prodigioso, el arzobispo de Bogotá Luis Zapata de Cárdenas ordenó que se construyera una iglesia en el lugar de la Renovación. A principios del siglo XIX se construyó la iglesia actual para proteger la prodigiosa imagen, en un lugar distinto al que originariamente tenía cuando se produjo el milagro para evitar los desastres provocados por los frecuentes terremotos que sufre esa región.

Entre tanto la devoción a la Virgen de Chiquinquirá conquistó cada vez más el corazón de todas las clases sociales del pueblo. El mismo Simón Bolívar, que había utilizado el tesoro del santuario para financiar su Campaña Libertadora, acudió en varias oportunidades a Chiquinquirá para orar por el éxito de su empresa. En 1908 el provincial de los dominicos Vicente María Cornejo y el prior del santuario José Ángel Lambona, con la aprobación de la Conferencia Episcopal que precisamente ese año se había reunido por primera vez, solicitaron a la Santa Sede la coronación canónica de la sagrada imagen, que se llevó a cabo el 9 de julio de 1919 junto con la proclamación de la Virgen de Chiquinquirá como Reina de Colombia. El 3 de julio de 1986 Juan Pablo II visitó Chiquinquirá en ocasión del cuarto centenario de la Renovación. En esa oportunidad, dirigiéndose a María, dijo: “Son muchos los lugares en la tierra desde los cuales los hijos del Pueblo de Dios, nacidos de la Nueva Alianza, te repiten a porfía las palabras de esta bienaventuranza: “Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre; ¿cómo he merecido yo que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1, 42-43). Y uno de esos lugares, que Tú has querido visitar, como la casa de Isabel, es éste: el santuario mariano del Pueblo de Dios en tierra colombiana. Aquí en Chiquinquirá quisiste, oh Madre, disponer para siempre tu morada. Durante cuatro siglos, tu presencia vigilante y valerosa ha acompañado ininterrumpidamente a los mensajeros del Evangelio en estas tierras para hacer brotar en ellas, con la luz y la gracia de tu Hijo, la inmensa riqueza de la vida cristiana. Bien podemos repetir hoy, recordando las palabras de mi venerado predecesor el Papa Pío XII, que “Colombia es jardín mariano, entre cuyos santuarios domina, como sol entre las estrellas, Nuestra Señora de Chiquinquirá”. Amadísimos hermanos y hermanas: Al cumplirse el cuarto centenario de la Renovación de esta venerada imagen, me sumo gozosamente a vosotros en esta peregrinación de fe y de amor. He venido a este lugar a postrarme a los pies de la Virgen, deseoso de confortaros en la fe, esto es, en la verdad de Jesucristo, de la cual forma parte la verdad de María y la verdadera devoción hacia Ella. Quiero también orar con vosotros por la paz y la prosperidad de esta amada nación, ante Aquella que proclamáis Reina de la Paz y que con afecto filial invocáis como Reina de Colombia.» (Homilía de la concelebración eucarística en Chiquinquirá, 3 de julio de 1986)

El Papa en Bogotá

Según indiscreciones de la prensa local, el 6 de septiembre, después de llegar al Aeropuerto Internacional de “El Dorado”, el Papa Francisco se dirigirá inmediatamente en el papamóvil a la Nunciatura Apostólica, recorriendo dos arterias centrales de la ciudad: la Calle 26 y la Carretera 7ª. El 7 de septiembre el primer evento del programa es la visita de cortesía al Presidente de la República, Manuel Santos, en la Casa de Nariño. El Santo Padre debería luego concurrir a la Plaza Bolívar y por último a la Catedral Primada, donde será recibido y saludado por el alcalde de la capital, Enrique Peñaloza, quien le entregará las llaves de la ciudad. En la catedral, después de venerar el cuadro de la Virgen de Chiquinquirá en la Capilla del Sagrario, saludará algunas personas y posteriormente en el Palacio Arzobispal, ubicado junto a la catedral, mantendrá un encuentro con los obispos colombianos. Al finalizar, desde el balcón dirigirá un saludo a los jóvenes. El evento central, la Celebración Eucarística, se realizará en el Parque Simón Bolívar, en cuyo predio se encuentra el Templete Eucarístico donde celebró la Misa san Juan Pablo II en 1986.

en Roma

"Tú, pequeña piedra, tienes un sentido en la vida"

16 de abr de 2017
Durante la Misa Pascual 2017 celebrada en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco pronunció una homilía espontánea para reflexionar acerca de los dramas actuales. Texto completo

Hoy la Iglesia repite, canta, grita, Jesús ha resucitado, pero ¿cómo es esto? Pedro, Juan y las mujeres fueron al sepulcro y estaba vacío, pero Él no estaba. Y fueron con el corazón cerrado de la tristeza, la tristeza de una derrota, el Maestro, su Maestro, aquel que tanto amaban ha sido ajusticiado y muerto, y de la muerte no se regresa. Esta es la derrota, este es el camino de la derrota, el camino hacia el sepulcro. Pero el ángel les dice: "No está aquí, ha resucitado". El primer anuncio, ¡ha resucitado!

Después la confusión, el corazón cerrado, las apariciones, ellos cerrados, toda la jornada en el cenáculo porque tenían miedo que les sucediera a ellos lo que le sucedió a Jesús. Y la Iglesia no deja de decir a nuestros fracasos, a nuestros corazones cerrados, temerosos… ¡detente!, el Señor ha resucitado. Pero si el señor ha resucitado, ¿cómo es que suceden estas cosas, cómo es que suceden tantas desgracias, enfermedades, tráfico de personas, trata de personas, guerra , destrucción, mutilación, revancha, odio…? ¿dónde está el Señor?

Ayer llame por teléfono a un joven con una enfermedad grave, un joven culto, un ingeniero, y hablando para darle un signo de fe le dije: no hay explicaciones para lo que te sucede, mira a Jesús en la cruz, Dios hizo eso con su Hijo, no hay otra explicación. Y él me ha contestado: "sí. Pero se lo ha pedido al Hijo y el Hijo a dicho: sí. Pero a mí no me han preguntado si quería esto, y yo no he dicho que sí". Esto nos conmueve, a ninguno de nosotros nos han preguntado si estamos contentos con lo que pasa en el mundo, si estamos dispuestos a llevar a delante esta cruz… y la cruz va adelante y la fe en Jesús se viene abajo, por eso la Iglesia continúa diciendo ¡Jesús ha resucitado!. Y esto no es una fantasía. La resurrección de Cristo no es una fiesta con flores; es algo más. Es el Misterio de la piedra descartada que termina por ser el fundamento de nuestra existencia, ¡Cristo ha resucitado!. Y esto significa en esta cultura del descarte, donde eso que no sirve toma el camino del “usa y tira” y todo lo que no sirve viene descartado; esa piedra que ha sido descartada es fuente de vida. También nosotros, pequeñas piedras, en esta tierra de dolor, de tragedia, con la fe en Cristo resucitado, tenemos un sentido. En medio de tanta calamidad, sin mirar más allá, no hay un muro sino un horizonte. Está la vida, está la gloria, es la cruz con esta ambivalencia. Mira adelante, no te cierres, tú pequeña piedra tienes un sentido en la vida porque eres una piedra tomada de aquella gran piedra que la maldad del pecado ha descartado.

¿Qué nos dice la Iglesia hoy ante tantas tragedias? simplemente esto; la piedra descartada no resulta realmente descartada. Las piedritas que creen y se aferran a esa piedra no son descartadas, tienen un sentido. Con este sentimiento la Iglesia repite desde dentro del corazón, ¡Cristo ha resucitado!

Pensemos un poco cada uno de nosotros en los problemas cotidianos, en las enfermedades que cada uno de nosotros hemos vivido o alguno de nuestros familiares; pensemos en las guerras, en las tragedias humanas, y simplemente con voz humilde, sin flores, solo delante de Dios, delante de nosotros mismos. No sé cómo va esto pero estoy seguro que Cristo ha resucitado y yo apuesto por esto. Hermanos y hermanas, esto es lo que quería decirles. Vuelvan a casa hoy repitiendo en sus corazones ¡Cristo ha resucitado!

en América y España

“México no es tan católico”

19 de abr de 2017
El país se debate entre escándalos de corrupción, violencia, inseguridad y el impacto del crimen organizado. Un desafío enorme para la Iglesia católica. Entrevista con el director del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana.

Para el Vaticano, México es el segundo país del mundo con mayor cantidad de fieles católicos después de Brasil. Esto debería hacer de la mexicana una nación donde los valores cristianos tengan amplio arraigo e incidencia social. Pese a ello, debe hacer cuentas con escándalos de corrupción, brutal violencia, el impacto del narcotráfico y, cada vez con más frecuencia, el asesinato de sacerdotes. Una paradoja sobre la cual reflexionó, en entrevista con el Vatican Insider, Jorge Navarrete Chimés, director del Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (Imdosoc), prestigiosa institución académicas vinculada a la Iglesia.

¿Cuál es el panorama de México que se advierte desde el Imdosoc?

Lo primero que vemos es el grave problema de desigualdad. México es uno de los países más desiguales de América Latina, y este problema acarrea que tengamos 60 millones de pobres. Muchas personas tienen “trabajo estable” y siguen siendo pobres, eso es de lo más dramático, es una gran injusticia, una persona que trabaja no debería ser pobre. El salario es otro de los graves problemas, el salario mínimo es insuficiente. La pobreza incluye no solamente la parte económica sino, también, la falta de oportunidades de estudio, de empleo, de aspirar a una vida mejor. Esto no sería tan grave si no estuviéramos en un país con tantos recursos naturales. Somos un país rico lleno de pobres.

El narcotráfico y la delincuencia ¿cómo afecta en esta ecuación?

Se puede explicar con el ejemplo de una canción popular en México que se llama “Mi padrino el diablo”. El cantante dice que su papá era un borracho, su mamá dejaba que lo maltratara, se salió a la calle, acabó debajo de un puente y entonces le tocó al hombro un hombre de negro que le dijo: “Soy el diablo, te espanté a la muerte”. Entonces el cantante añade: ¿Quieren saber en qué acabó la historia? Manejo un Ferrari, vivo en Las Vegas y soy feliz. Esta canción expresa mucho de lo que está sucediendo con los jóvenes mexicanos que viven en zonas rurales y que no tienen ninguna oportunidad de salir sino a través del narcotráfico. Esta cultura ha permeado en grandes zonas del país: la “narcocultura”. El problema es que no todo termina con el Ferrari y las muchachas, sino cuando no le pueden pagar al diablo y son asesinados, en la cárcel o en un vacío existencial. Pero eso no lo dice la canción.

Pero el problema surge antes…

El origen de todo está en el sistema económico y político mexicano, que generan familias empobrecidas, el machismo, el alcoholismo. Al final, la respuesta viene del narcotráfico. Como Iglesia debemos preguntarnos, ¿por qué no somos nosotros quienes tocamos el hombro de ese muchacho y le ofrecemos una alternativa? Eso debería ser una Iglesia-comunidad, donde pudieran encontrar esos espacios, que lamentablemente son muy pocos y que debemos fortalecer. Es increíble que las autoridades permitan que estas canciones y esta cultura esté por todos lados.

¿Cómo es posible que un país tan católico haya llegado a estos niveles de degradación?

Deberíamos decir que no es tan católico. En 2013 el Imdosoc hizo una encuesta muy grande que se llamó “Creer en México”, sobre cultura y práctica religiosa, y lo que encontramos es una gran espiritualidad, muy plural, pero con una baja práctica religiosa católica.

¿Práctica de congruencia?

De congruencia y de rito. A qué nos referimos con práctica religiosa: leer la Biblia, ir al templo más de 10 veces al año, coincidir al menos con lo principal de la fe. Una de las preguntas era: “¿Crees en algún tipo de vida después de la actual?”. El 47 por ciento de los católicos dijeron que no. Esto indica una falta de conciencia sobre la trascendencia, no creemos que nuestros actos en vida tienen una consecuencia en la vida eterna. Surgieron peores indicadores cuando se habló de ciudadanía, aunque se pensaría que si uno es buen católico debe pertenecer a una comunidad.

¿A qué se refiere?

Cuando preguntamos: “¿estás contento de ser católico?”, el 60 por ciento dijo que sí. Pero eso no implica ningún compromiso o responsabilidad de cambiar los propios hábitos, la forma de vivir. Pero a la pregunta sobre qué gusta más de la propia fe, la mayoría respondió que las fiestas. Sólo el tres por ciento dijo: “juntarse con otros cristianos”. ¿Qué es la religión sino la pertenencia a una comunidad que busca lo divino? Los mexicanos nos decimos católicos, sí, pero incluso esa cifra ha bajado en los últimos años.

La inseguridad ha afectado también a la Iglesia. ¿A qué se debe?

El mismo ambiente de violencia y de delincuencia organizada afecta a algunas diócesis, a sacerdotes. La mayoría son secuestros o extorsión. Se extorsiona con amenazas para que se pague una cantidad o se es atacado. Por eso han asesinado a algunos sacerdotes, otros han sido secuestros para exigir rescate. La mayoría, por desgracia, termina en tragedia. La Iglesia no está exenta.

¿Cómo cambiar esta situación?

No es posible que sigamos generando una cultura de la violencia que permea hasta los más chiquitos. Tenemos que cambiar nuestra canción, que no sea “Mi padrino el diablo”. Hay que buscar que la familia esté custodiada por políticas públicas, que el padre de familia tenga un trabajo digno, que la calle no sea una opción para los jóvenes y que los delincuentes paguen. Otro grave problema de México es la impunidad y lo vemos a todos los niveles, desde el gubernamental donde ha habido grandes desfalcos y corrupción increíble, pero no hay detenidos o los detienen y salen libres. Hay que cambiar esa canción para que los jóvenes tengan opciones y el país pueda salir adelante. Con esta espiral de violencia no vamos a ninguna parte.

¿La sociedad percibe que la Iglesia puede ser una alternativa eficaz ante esta situación?

La Iglesia sigue teniendo un alto porcentaje de confianza, en primera posición aparecen el ejército y la marina, en segunda la Iglesia católica. Tiene todavía un bono importante de confianza de parte de las personas, algo que más allá de enorgullecernos nos debería responsabilizar en la formación de comunidad. Que los jóvenes puedan pertenecer a una comunidad que los cuide, que los acoja, que los apoye cuando se dan todas estas problemáticas.

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