
La inmediata consecuencia trágica de este encuentro estará en la muerte de Urías, el marido de Betsabé. David, aún inflamado de pasión, busca sin embargo hacer recaer el embarazo en el marido, que además de rival en el amor de Betsabé, es también su servidor y guerrero. Para ello lo empuja a tener urgentemente relaciones con su mujer. Sin embargo, no contó con que un extranjero (es hitita, según el relato) es más cumplidor de la Ley que el mismo gobernante, y Urías no aceptará acostarse con su mujer mientras esté en tiempo de guerra -una costumbre de la época destinada a reservar todas las fuerzas para abatir al enemigo-. Es más, cuando David lo insta a que vaya con su mujer, Urías da una respuesta que, en la ironía del relato, se le clava en el alma a David:
«El arca, Israel y Judá habitan en tiendas; Joab mi señor y los siervos de mi señor acampan en el suelo ¿y voy a entrar yo en mi casa para comer, beber y acostarme con mi mujer? ¡Por tu vida y la vida de tu alma, no haré tal!»
¡Un extranjero siente con mayor pasión el drama de Israel que el propio Rey, incapaz de haber frenado sus pasiones!
David enloquece, intenta que Urías tenga relaciones a toda costa, lo emborracha incluso, pero no lo logra. Finalmente toma la decisión de manchar su nombre con un asesinato infame: ni siquiera hará matar a Urías, sino que lo pondrá en la primera línea de combate.

La Biblia, comprensiva de nuestra debilidad, no juzga la pasión del Rey: entiende que el hombre es débil, y que Dios puede servirse de medios inapropiados... pero este asesinato rebasa toda medida, y de él se ocupará todo el capítulo, hasta dar motivo a uno de los más bellos textos penitenciales de toda la Biblia, el Salmo 51: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad / por tu inmensa compasión, borra mi culpa...», que cantará David cuando ya no le quede sino reconocer que ha descendido hasta el fondo de la vileza.
Retomamos la mirada de dos artistas sobre esta escena del asesinato. Miguel Ángel lo utiliza como un motivo accesorio en otra escena bíblica central (la borrachera de Noé). El asesinato de Urías ocupa uno de los medallones que enmarcan ese otro tema.
Rembrandt, en cambio, se detiene en el momento mismo en que aún hubiera sido posible no descender al último peldaño del pecado, y nos muestra a David, en el fondo del cuadro, ordenando a Urías (que aparece joven en primer plano) marchar hacia un combate que él sabe que terminará en la muerte de su servidor:
«... escribió David una carta a Joab y se la envió por medio de Urías. En la carta había escrito: "Poned a Urías frente a lo más reñido de la batalla y retiraos de detrás de él para que sea herido y muera."»
Urías tiene el gesto del servidor fiel: marcha al combate, aunque el pintor nos deja entrever en el rostro del personaje que ha comprendido la peligrosidad del puesto que el Rey le ha asignado.
David, a la derecha del espectador, al fondo, no mira de frente: acaba de hablar, y ya se encuentra sumido en la contradicción de su culpa.


El personaje de la derecha, anciano, probablemente sea el profeta Natán. No puede impedir esta caída del ungido, y la tristeza inunda su rostro. Será él el encargado de declarar al Rey en nombre del Dios Santo, que la tierra se ha llenado de crímenes a causa de los hombres que no respetan el derecho de los débiles. Lo hará con una parábola sobre un hombre fuerte y rico que pisotea la propiedad de su vecino pobre.
«Traed a ese hombre -dirá David- para que yo le haga justicia»; Natán tan solo agrega: «Tú eres ese hombre».
Cuadros:
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Miguel Ángel (1475-1564)
Medallón: muerte de Urías (1511)
Fresco, diámetro 135 cm
Cappella Sistina, Vaticano
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Rembrandt (1606-1669)
David y Urías (1665)
Óleo sobre panel, 127 x 117 cm
Hermitage, St. Petersburgo
y detalles de David y -posiblemente- Natán
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