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«Mira que estoy a la puerta y llamo,
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Buscador simple (o avanzado)
El buscador «simple» permite buscar con rapidez una expresión entre los campos predefinidos de la base de datos. Por ejemplo, en la biblioteca será en título, autor e info, en el santoral en el nombre de santo, en el devocionario, en el título y el texto de la oración, etc. En cada caso, para saber en qué campos busca el buscador simple, basta con desplegar el buscador avanzado, y se mostrarán los campos predefinidos. Pero si quiere hacer una búsqueda simple debe cerrar ese panel que se despliega, porque al abrirlo pasa automáticamente al modo avanzado.

Además de elegir en qué campos buscar, hay una diferencia fundamental entre la búsqueda simple y la avanzada, que puede dar resultados completamente distintos: la búsqueda simple busca la expresión literal que se haya puesto en el cuadro, mientras que la búsqueda avanzada descompone la expresión y busca cada una de las palabras (de más de tres letras) que contenga. Por supuesto, esto retorna muchos más resultados que en la primera forma. Por ejemplo, si se busca en la misma base de datos la expresión "Iglesia católica" con el buscador simple, encontrará muchos menos resultados que si se lo busca en el avanzado, porque este último dirá todos los registros donde está la palabra Iglesia, más todos los registros donde está la palabra católica, juntos o separados.

Una forma de limitar los resultados es agregarle un signo + adelante de la palabra, por ejemplo "Iglesia +católica", eso significa que buscará los registros donde estén las dos palabras, aunque pueden estar en cualquier orden.
La búsqueda admite el uso de comillas normales para buscar palabras y expresiones literales.
La búsqueda no distingue mayúsculas y minúsculas, y no es sensible a los acentos (en el ejemplo: católica y Catolica dará los mismos resultados).

Parejas gallegas separadas desde hace décadas se plantean ahora la nulidad exprés

9 de octubre de 2016
La reforma del papa Francisco ha agilizado el proceso y muchos han solicitado información

Hasta que el papa Francisco democratizó y agilizó el proceso para resolver las nulidades matrimoniales, solo se hablaba de ello cuando lo solicitaba algún famoso, que además debía pagar por el proceso unas elevadas tasas a mayores de los emolumentos de los abogados contratados. De ahí que en la opinión pública quedase la impresión de que se trataba de un proceso elitista y discriminatorio con el que la Iglesia favorecía a los poderosos. Cierto es que la fe no tiene que ver con la riqueza, y buena prueba de ello es que algunas personas que acuden ahora a pedir información sobre la nulidad no lo hacen para casarse de nuevo por la Iglesia, sino para estar en paz con Dios y quizás consigo mismas. Lo atestigua así el vicario de Tui-Vigo. Juan Carlos Sendón asegura que van a preguntar muchas personas mayores, de 70 o 80 años incluso y que llevan más de treinta separados pero que quieren volver a comulgar «y morir en el seno de la Iglesia».

A los expertos en Derecho canónigo les molesta que haya trascendido la idea de que este proceso es solo para celebridades, impresión que califican como falsa, y no ahora porque el papa lo haya simplificado, sino porque el hecho de que en los medios de comunicación saliesen solo unos casos determinados, eso no implica que fuesen mayoría. «Yo llevo en Santiago desde 1998 y la mayor parte de la gente que lo solicita es gente común, no hemos tenido famosos. Si hiciésemos un estudio sociológico serían de clase media-baja, y también personas en paro o con relaciones laborales precarias», dice.

Por eso en diócesis como Santiago o Lugo el 30 % de las causas se tramitan de forma gratuita, cuando los demandantes carecen de recursos. «Y nosotros hemos llegado al 50 % de gratuidad», puntualiza Lorenzo.

También el servicio de asesoría legal es gratuito en Santiago, y no ahora por la reforma. «Lo hacemos así desde hace más de treinta años», aseguran.

[Información elaborada por las aportaciones de las delegaciones de Vigo y Lugo.]

«La pedí porque creo en el matrimonio»

«Si querer aún nos queremos, pero no como se quiere una pareja». Ana conserva una fotografía de su boda en el salón de su casa en Oleiros. Ella aparece radiante junto al padre de sus hijos y delante de una iglesia. Han pasado más de quince años desde ese momento. Y una separación. Y un divorcio. Y un largo proceso de nulidad ante imponentes tribunales eclesiásticos. Pero la foto sigue ahí, a la vista, como parte de su pasado de una unión fracasada pero que al mismo tiempo le ha dado lo que más quiere en el mundo, sus hijos. Quizá también la fotografía de la boda se haga soportable a la vista, porque la ruptura no fue traumática. «Apenas hubo gritos, pero sí muchos silencios, muchos».

El periodista que la escucha no consigue encajar las piezas. Tiene la sensación de que la nulidad matrimonial implica la voluntad de borrar para siempre al que un día fue cónyuge, liquidarlo legal y espiritualmente, hacer borrón ante Dios. Pero Ana lo saca de su error: «Yo pido la nulidad porque soy creyente y practicante, creo en la institución del matrimonio, para mí decir 'mi mujer' o 'mi marido' tiene un valor». Y no vale cualquier palabra para dirigirse al que un día fue su marido. Ana no tiene 'ex' «porque soy soltera».

El declive del matrimonio comenzó al poco de nacer su segundo hijo. Su marido sufrió una tragedia familiar, la muerte en accidente de un hermano. Aquello le sumió en tal estado de tristeza que el hogar se resintió. «Se hundió, me dejó la carga de la casa y los niños y no pude dedicarme emocionalmente a él». Llegaron entonces esos silencios que convierten cualquier matrimonio en compañeros de piso. Siempre por acuerdo mutuo, deciden que él abandone el hogar, y meses más tarde comienzan los papeleos para el divorcio, una gestión en la que se ahorraron muchas consultas porque Ana es abogada.

Un día le propone pedir la nulidad matrimonial por los argumentos ya citados. Y su pareja vuelve a unirse a ella para avanzar en el camino de la separación definitiva. Tras una primera entrevista en el Arzobispado de Santiago, les insinúan que sí, que su caso puede prosperar, y les citan para un nuevo encuentro con test psicológicos, entrevistas personales. La sentencia es favorable. «Pero el Tribunal de la Rota no la ratificó, dijeron que la causa no estaba suficientemente acreditada». Así que tocó reiniciar el proceso con viajes a Madrid. Ana nunca olvidará el escenario donde tuvo que contar su vida y buena parte de sus intimidades. «Aquel gran salón era como el coro de una catedral, con las caras de papas y obispos, todo muy inquietante». Tan inquietante como la persona que ejercía de fiscal, la que hurgaba para encontrar contradicciones, y que se denomina Defensor del Vínculo. «Pero ahí no acabó todo, ese mismo día nos tuvimos que someter a los test de Rorscharch y Murray, fue una jornada maratoniana, muy estresante...».

A los seis meses de aquel último viaje a Madrid, esta vecina de Oleiros recibió la llamada en la que se confirmaba la nulidad de su matrimonio, casi diez años después de que se produjera la separación inicial. «Pagué por todo el proceso cerca de 3.000 euros, y gracias que soy abogada, porque si no me hubiera costado el doble», apostilla.

por Susana Luaña Toni Silva

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