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El Papa: “Nunca más abominaciones, los abusadores serán llevados a la justicia”

21 de diciembre de 2018
En el discurso de fin de año a sus principales colaboradores de la Curia Romana, Francisco refuerza su decisión de impulsar una política de tolerancia cero contra los responsables de abusos a menores y defiende a los periodistas que sacan a la luz los escándalos.

La Iglesia llevará ante la justicia a los abusadores de menores. “Nunca intentará encubrir o subestimar ningún caso”. Esa es la elección y la decisión de toda la comunidad católica. Palabras netas. Un crudo mea culpa. Porque todavía existen sacerdotes que atacan sexualmente a pequeños “y continúan como si nada”. Es el compromiso del Papa, en su mensaje de fin de año. Ante sus colaboradores de la Curia Romana, Francisco abordó la peor crisis de su pontificado. Volvió a reconocer las culpas del pasado. Defendió con fuerza a los periodistas que sacaron a la luz los escándalos. Y criticó a quienes, desde la jerarquía, piensan formar parte de “un círculo de privilegiados”.

“Este año, en un mundo turbulento, la barca de la Iglesia ha vivido y vive momentos de dificultad, y ha sido embestida por tormentas y huracanes”, constató Jorge Mario Bergoglio, al inicio de un largo discurso. Ante sacerdotes, obispos y cardenales, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico Vaticano.

Comenzó enumerando las grandes aflicciones de la humanidad. Los inmigrantes que hallan la muerte en sus viajes o, si sobreviven, encuentran las puertas cerradas. Los miles que mueren cada día por la falta de agua, alimentos y medicinas. La violencia contra los débiles y las mujeres, la pobreza y la miseria. Los escenarios de guerras, las personas sistemáticamente torturadas todavía hoy en las comisarías de policía, en las cárceles y en los campos de refugiados en diferentes lugares del mundo.

También denunció la existencia de “una nueva era de mártires”, porque los “Nerones” de hoy oprimen a los cristianos por su fe, mientras grupos extremistas se multiplican, toman como punto de mira a las iglesias, a los pastores y a los fieles. “Viejos y nuevos círculos y conciliábulos viven alimentándose del odio y la hostilidad hacia Cristo, la Iglesia y los creyentes”, apuntó.

Entre todas estas aflicciones, el líder católico dedicó un espacio importante al “antitestimonio” y los escándalos de algunos hijos y ministros de la Iglesia. “Hoy hay ‘ungidos del Señor’, hombres consagrados, que abusan de los débiles, valiéndose de su poder moral y de la persuasión. Cometen abominaciones y siguen ejerciendo su ministerio como si nada hubiera sucedido; no temen a Dios ni a su juicio, solo temen ser descubiertos y desenmascarados. Ministros que desgarran el cuerpo de la Iglesia, causando escándalo y desacreditando la misión salvífica de la Iglesia y los sacrificios de muchos de sus hermanos”, estableció.

Insistió que muchos, “sin pestañear”, entran en una red de corrupción, traicionan a Dios, sus mandamientos, su propia vocación, la Iglesia, el pueblo de Dios y la confianza de los pequeños y sus familiares. Lamentó que, a menudo, detrás de su gran amabilidad, su labor impecable y su rostro angelical, ocultan descaradamente a un lobo atroz listo para devorar a las almas inocentes. Los pecados y crímenes de las personas consagradas adquieren un tinte todavía más oscuro de infidelidad, de vergüenza, y deforman el rostro de la Iglesia socavando su credibilidad, continuó.

El Papa recordó que desde hace varios años, la Iglesia está comprometida seriamente en erradicar el mal de los abusos, que grita la venganza del Señor, del Dios que nunca olvida el sufrimiento experimentado por muchos menores a causa de los clérigos y personas consagradas: abusos de poder, de conciencia y sexuales.

Más adelante, aclaró que ante estas abominaciones, la Iglesia no se cansará de hacer todo lo necesario para llevar ante la justicia a cualquiera que haya cometido tales crímenes. Casi como una advertencia, precisó que la institución eclesiástica nunca más intentará encubrir o subestimar ningún caso.

No dejó de reconocer que en el pasado, por ligereza, por incredulidad, por falta de preparación, por inexperiencia o por superficialidad espiritual y humana, algunos responsables trataron muchos casos sin la debida seriedad y rapidez. “Esto nunca debe volver a suceder. Esta es la elección y la decisión de toda la Iglesia”, ponderó.

Anticipó que, por eso, en febrero, en la cumbre mundial de obispos convocada por él para abordar el tema, la Iglesia reiterará su firme voluntad de continuar, con toda su fuerza, en el camino de la purificación. Se cuestionará, valiéndose también de expertos, sobre cómo proteger a los niños; cómo evitar tales desventuras, cómo tratar y reintegrar a las víctimas; cómo fortalecer la formación en los seminarios y se buscará transformar los errores cometidos en oportunidades para erradicar este flagelo no solo del cuerpo de la Iglesia sino también de la sociedad, ponderó.

“De hecho, si esta gravísima desgracia ha golpeado algunos ministros consagrados, la pregunta es: ¿Cuánto podría ser profunda en nuestra sociedad y en nuestras familias? Por eso, la Iglesia no se limitará a curarse a sí misma, sino que tratará de afrontar este mal que causa la muerte lenta de tantas personas, a nivel moral, psicológico y humano”, añadió.

Luego, Francisco plasmó una poco común defensa de los periodistas que han sacado a la luz los escándalos de abusos de los sacerdotes. Aceptó que algunos, también dentro de la Iglesia, se alzan contra los agentes de comunicación acusándolos de ignorar la gran mayoría de los casos, que no son cometidos por ministros católicos, y de querer dar de forma intencional una imagen falsa, como si este mal golpeara solo a la Iglesia.

Al respecto, dijo: “En cambio, me gustaría agradecer sinceramente a los trabajadores de los medios que han sido honestos y objetivos y que han tratado de desenmascarar a estos lobos y de dar voz a las víctimas. Incluso si se tratase solo de un caso de abuso -que ya es una monstruosidad por sí mismo- la Iglesia pide que no se guarde silencio y salga a la luz de forma objetiva, porque el mayor escándalo en esta materia es encubrir la verdad”.

Asimismo, aseguró que se necesitan nuevas personas capaces de hacer despertar a los hombres de Dios a despertarse de su vida “hipócrita y perversa”. Es más, pidió ayuda en reconocer los casos verdaderos, distinguiéndolos de los falsos, las acusaciones de las calumnias, los rencores de las insinuaciones y los rumores de las difamaciones. Constató que esta es una tarea difícil porque los verdaderos culpables saben esconderse tan bien que muchas esposas, madres y hermanas no pueden descubrirlos entre las personas más cercanas. E incluso muchas víctimas, bien elegidas por sus depredadores, a menudo prefieren el silencio e incluso, vencidas por el miedo, se ven sometidas a la vergüenza y al terror de ser abandonadas.

Entonces, se dirigió específicamente a los abusadores. Los conminó a convertirse, a entregarse a la justicia humana y a prepararse a la justicia divina. “¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay del hombre por el que viene el escándalo!”, señaló.

Tras referirse a los abusos, habló de otra aflicción que ha afectado a la Iglesia en los últimos meses: la infidelidad de quienes traicionan su vocación, su juramento, su misión, su consagración a Dios y a la Iglesia. Sin mencionarlo, en realidad estaba hablando del ex nuncio apostólico en los Estados Unidos, Carlo María Viganò, quien lanzó acusaciones contra el Papa y otros personajes de la Curia en varios memoriales escritos desde el exilio.

Para Francisco, personas como él se esconden detrás de las buenas intenciones para “apuñalar a sus hermanos y sembrar la discordia, la división y el desconcierto”; siempre encuentran justificaciones, incluso lógicas y espirituales, para seguir recorriendo sin obstáculos el camino de la perdición. Parafraseando metafóricamente el evangelio, consideró que siempre detrás de estos “sembradores de cizaña” se hallan “las treinta monedas de plata”, como aquellas recibidas por Judas para traicionar a Jesús.

De hecho, basó parte de su reflexión en dos figuras bíblicas: el rey David y Judas Iscariote. David lo presentó como ejemplo de un ungido, que por su ambición terminó cometiendo abusos de poder, de conciencia y sexuales. Con él comparó a todos los sacerdotes abusadores. Por otra parte, a Judas unió a todos aquellos que siembran la desunión.

“(Ellos) siempre estarán presentes en la Iglesia, ya que representan la debilidad que forma parte de nuestro ser humano. Son iconos de los pecados y de los crímenes cometidos por personas elegidas y consagradas. Iguales en la gravedad del pecado, sin embargo, se distinguen en la conversión. David se arrepintió, confiando en la misericordia de Dios, mientras que Judas se suicidó”, evocó.

Más allá de todos estos males, el pontífice dedicó una parte de su discurso a las “alegrías vividas” durante el 2018. Desde el resultado positivo en la asamblea del Sínodo de los Obispos dedicado a los jóvenes hasta el avance en la reforma de la Curia. Y el “gran número” de personas consagrados, obispos y sacerdotes, que viven diariamente su vocación en fidelidad, silencio, santidad y abnegación. “Son personas que iluminan la oscuridad de la humanidad con su testimonio de fe, amor y caridad”, insistió.

Concluyó el mensaje invocando el deber de todos de combatir cualquier corrupción espiritual, que calificó de ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de “autorreferencialidad”. Indicó que la fortaleza de cualquier institución no reside en la perfección de los hombres que la forman sino en su voluntad de purificarse continuamente, en su habilidad para reconocer humildemente los errores, corregirlos y en su capacidad para levantarse de las caídas.

“Por lo tanto, nuestro corazón necesita abrirse a la verdadera luz, Jesucristo: la luz que puede iluminar la vida y transformar nuestra oscuridad en luz; la luz del bien que vence al mal; la luz del amor que vence al odio; la luz de la vida que derrota a la muerte; la luz divina que transforma todo y a todos en luz; la luz de nuestro Dios: pobre y rico, misericordioso y justo, presente y oculto, pequeño y grande”, subrayó.

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