11/11/05 Alfa & Omega - ¿Existe una ley natural que obligue a todos y que proteja a los ciudadanos de los posibles abusos legislativos que pueda cometer el partido en el poder? En Italia es un debate abierto, en el que participan, en diversos foros, pensadores, políticos y miembros de la Iglesia católica.
¿Dios existe? Un encuentro sobre verdad, fe y ateísmo fue el lema del debate mantenido recientemente entre el filósofo Paolo Flores d´Arcais y el arzobispo de Bolonia, monseñor Carlo Caffarra, y cuyas palabras fundamentales ha recogido el diario Avvenire. El asunto que aleteaba en el fondo de las intervenciones de ambos fue la misma existencia de la verdad, y si ésta debe regir la actuación política en una democracia.
El filósofo fue el primero en abrir fuego, con una serie de preguntas polémicas, si bien fundamentales: «¿Es compatible la religión con la democracia? Depende. El Papa Wojtyla sostenía que un Parlamento que aprobase una ley contra la ley natural sería ilegítimo. Según él, una democracia, para ser tal, debe promulgar leyes coherentes con el Derecho natural, según es interpretado por la Iglesia católica.
Si esto es así, una democracia no puede hacer las leyes que considere oportunas si éstas afectan al Derecho natural. El cardenal Ratzinger afirmaba que la ley natural apela a la naturaleza como creación, pero esto significaría que el Derecho natural es deudor de lo religioso. En cambio, la democracia es la primera forma de convivencia que no se basa en la trascendencia, sino en la autonomía; si imponemos una norma porque es voluntad de Dios, nos encontraremos de nuevo frente a una Obediencia, con o mayúscula.
¿Cuáles serían los valores mínimos comunes que habría que reconocer entonces en democracia? Si el Estado pudiese decidirlo, entonces sería un Estado ético. De hecho, la convivencia democrática no debe permitir una verdad pública; tolera sólo una pluralidad de opiniones. Esta convivencia se funda sobre un pluralismo moral».
Un enorme impacto político :
El arzobispo de Bolonia, monseñor Carlo Caffarra, también comenzó su intervención con una pregunta apremiante: «¿Existen o no existen comportamientos humanos que todos podamos considerar, en sí mismos, injustos? Si acudimos a nuestra experiencia cotidiana, cada uno podría afirmar que sí existen. Cuando decimos que existe una verdad, queremos decir que existen actos que, por sí mismos, perturban la dignidad esencial del hombre, que le hacen mal.
Existe en la persona humana la capacidad de individuar comportamientos que son lesivos de esta dignidad: esta capacidad es la dimensión racional del hombre. Cuando hablamos de ley natural, afirmamos con esta expresión la capacidad natural de la razón de discernir lo que está bien y lo que está mal; éste es un hecho que nosotros podemos verificar».
El alcance de esta cuestión para la supervivencia del sistema político más implantado en Occidente no se le escapa al arzobispo de Bolonia: «Este asunto tiene un enorme impacto político.
Si no se admite esto, creo que será bastante difícil fundar razonablemente una verdadera democracia. Esta postura no conduce a la dictadura; en cambio, el relativismo ético a duras penas justifica una democracia verdaderamente deliberativa.
Si no existe una verdad sobre el bien y el mal, la democracia se convierte inevitablemente en una provisional convergencia de intereses opuestos, una convivencia de compromisos entre intenciones. Con una consecuencia: cuando se confrontan dos intereses y ninguno de ellos puede apelar a una razón universal, acaba por prevalecer el interés del más fuerte».
J. L. V.
Fanáticos de lo relativo:
La máxima del relativismo podría resumirse en Todo es según el color del cristal con que se mira. El filósofo Luigi Pareyson analiza, en un escrito inédito publicado por Avvenire, el fenómeno cultural constituido en bandera de nuestros días: «Si no queremos reducir la historia de la filosofía a una letanía de opiniones, debemos suponer que la verdad puede ser objeto de un conocimiento múltiple, pero no por ello meramente aproximado o parcial.
Hay que evitar tanto el intolerante fanatismo de la filosofía única como el cínico escepticismo de la verdad relativa. Análogamente, toda obra de arte suscita infinitas interpretaciones, siempre nuevas y distintas, sin privilegiar ninguna en particular, pero tampoco disolviéndose en cada una de ellas. A mi parecer, el concepto de interpretación significa esencialmente dos cosas: no debe ser considerada como la supresión de la verdad, sino como la única vía de acceso a ella: la verdad es accesible sólo desde la interpretación; en segundo lugar, no todo es obra del hombre, por lo que el ser humano debe habérselas con una realidad que tiene que reconocer y respetar, esto es, interpretar.
Pero no por ello se debe decir que no le queda nada por hacer, porque la interpretación, junto a la fidelidad, posee también un aspecto personal e innovador. En suma: la plenitud del obrar humano no se reduce a la simple aceptación, ni mucho menos a la pura praxis, siempre prepotente y violenta. Esta plenitud se realiza conjugando inseparablemente la fidelidad al ser de lo real con el empeño de la libertad. El ser y la libertad son los dos polos del obrar humano, el cual es tanto más efectivo cuanto más receptivo y activo es, inseparablemente».