
Una década después de que Benedicto XVI visitara Chipre, la llegada este jueves de Francisco suscita «sorpresa» y alegría «también para los no católicos». Pero el franciscano Jerzy Kraj, vicario para la isla del Patriarcado latino de Jerusalén, subraya que también es un «reto: nos desafiará en nuestra vida cristiana» e invitará a «no desanimarnos respecto al proceso de paz».
Esta isla del Mediterráneo oriental se encuentra dividida desde la invasión turca de 1974 en la República Turca del Norte de Chipre, reconocida solo por Turquía, y la República de Chipre. «El proceso de paz está pasando por un momento muy difícil», explica el vicario. «Nuestra opción es la de una isla unida en una federación de dos repúblicas», turcochipriota y grecochipriota. Pero en los últimos tiempos «es muy fuerte la influencia del presidente turco contra la reunificación». Exigen la independencia total, y lo han acompañado de varias provocaciones políticas.
No sin los líderes religiosos
Con todo, aclara el vicario, cómo alcanzar la paz «no es cuestión nuestra». El papel de las religiones es otro: promover la reconciliación y la convivencia, necesarias desde el principio de cualquier proceso de paz. Lo subraya a Alfa y Omega Salpy Eskidjian, directora desde 2010 de la Vía Religiosa del Proceso de Paz de Chipre bajo el auspicio de la Embajada de Suecia.
En 2004, el Consejo Mundial de las Iglesias, donde trabajaba, vio con preocupación el gran rechazo de los grecochipriotas, especialmente de los religiosos, al plan de paz elaborado por Kofi Annan y sometido a referéndum. «Aunque el de Chipre es un conflicto político, la religión es parte de la identidad» de ambas comunidades y se vio afectada por la ruptura. Por ejemplo, musulmanes y cristianos desplazados perdieron el contacto con sus lugares de culto. Además, cree que el proceso fracasó porque «en las negociaciones de la ONU no se implicó a las comunidades religiosas».
Así surgió la idea de formar un órgano de diálogo con los líderes musulmán, ortodoxo, armenio, maronita y latino. «Yo hago la mediación», explica Eskidjian. Al principio era una labor muy exigente, porque «era todo bilateral, yendo de unos a otros», hasta que se desarrolló «una confianza asombrosa» entre ellos. Sus prioridades son promover la conservación del patrimonio religioso abandonado tras la partición de la isla y facilitar que los fieles lo visiten. Dos cuestiones claves para la convivencia, sea cual sea el desenlace político.
«Empezaron a defender cosas juntos y todo comenzó a cambiar», celebra la directora. No faltan los pasos atrás, como la reciente salida del muftí Talip Atalay, un pilar muy valorado del grupo, coincidiendo con el endurecimiento de la posición turcochipriota. A pesar de todo, «no perdemos el ánimo», afirma el vicario. «Estamos sembrando las semillas de la esperanza y la reconciliación».
«El sistema está sobrecargado»
Otro de los grandes temas de la visita papal será la cuestión migratoria. Más aún tras la noticia de que, a raíz del viaje y gracias a la intervención del Papa, un grupo de refugiados serán reubicados en Italia. Este gesto del Santo Padre, similar al que ya realizó en 2016 en Grecia, llamará la atención sobre la difícil situación migratoria de la isla, que pasa desapercibida fuera. Con 40.677 solicitudes de asilo recibidas desde 2017, Chipre es el país de la UE con más solicitantes per cápita. Representan un 4 % de su población, frente a menos del 1 % en el resto de la Unión. En lo que va de año, han llegado a la isla 10.868 inmigrantes irregulares, un 38 % más que en todo 2020. De ellos, 4.459 solicitaron asilo.
El Gobierno ve la mano de Ankara detrás de esto, pues de los recién llegados, 9.270 entraron a través de la zona turcochipriota con un visado de sus autoridades, sin validez fuera. Por eso, en noviembre el Ejecutivo de Nicosia solicitó a la UE poder denegar las solicitudes de quienes no tengan sus documentos en regla. «El sistema está sobrecargado: cada trabajador social tiene 800 expedientes abiertos», reconoce Elizabeth Kassini, directora ejecutiva de Cáritas Chipre. «Y esto desgraciadamente lleva a una situación muy tensa».
Los nuevos beneficiarios que recurren a esta entidad cada año se han triplicado desde 2017, de los 733 a los 2.300. Y la práctica totalidad son extranjeros. Se les ofrece asesoramiento legal y administrativo, alimentos y ayuda para acceder a una vivienda. Pero una de sus principales carencias es el trabajo, pues a los solicitantes de asilo solo se les permite trabajar en sectores marcados por la precariedad y la explotación. Muchos otros tienen un visado vinculado a un contrato de trabajo, y si dejan su puesto por las malas condiciones laborales, pasan a estar indocumentados.
En una situación tan compleja, Kassini espera del Papa un mensaje sobre la cultura del encuentro. «En algún momento de su vida, la mayor parte de la gente se moverá entre países, y las sociedades tendrán que afrontarlo». Solo con que «destaque esta cuestión de forma sincera y seria», y desde la idea de que «en una situación de recesión económica tenemos que compartir los recursos», será muy valioso.