
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El centro de nuestra fe y el corazón de nuestra esperanza están profundamente arraigados en la resurrección de Cristo. Al leer atentamente los Evangelios, nos damos cuenta de que este misterio es sorprendente no solo porque un hombre —el Hijo de Dios— resucitó de entre los muertos, sino también por la forma en que eligió hacerlo. De hecho, la resurrección de Jesús no es un triunfo estrepitoso, no es una venganza o una revancha contra sus enemigos. Es el maravilloso testimonio de cómo el amor es capaz de levantarse después de una gran derrota para continuar su imparable camino.
Cuando nos levantamos después de un trauma causado por otros, a menudo la primera reacción es la ira, el deseo de hacer pagar a alguien por lo que hemos sufrido. El Resucitado no reacciona de esta manera. Al salir de los infiernos de la muerte, Jesús no toma ninguna revancha. No regresa con gestos de poder, sino que con mansedumbre manifiesta la alegría de un amor más grande que cualquier herida y más fuerte que cualquier traición.
El Resucitado no siente ninguna necesidad de reafirmar o afirmar su superioridad. Se aparece a sus amigos, los discípulos, y lo hace con extrema discreción, sin forzar los tiempos de su capacidad de acogida. Su único deseo es volver a estar en comunión con ellos, ayudándoles a superar el sentimiento de culpa. Lo vemos muy bien en el cenáculo, donde el Señor se aparece a sus amigos encerrados en el miedo. Es un momento que expresa una fuerza extraordinaria: Jesús, después de haber descendido a los abismos de la muerte para liberar a quienes estaban prisioneros allí, entra en la habitación cerrada de quienes están paralizados por el miedo, trayendo un regalo que nadie se habría atrevido a esperar: la paz.
Su saludo es sencillo, casi ordinario: «¡La paz sea con vosotros!» (Jn 20,19). Pero va acompañado de un gesto tan hermoso que resulta casi inapropiado: Jesús muestra a los discípulos sus manos y su costado con las marcas de la pasión. ¿Por qué mostrar las heridas precisamente ante quienes, en aquellas horas dramáticas, lo negaron y abandonaron? ¿Por qué no ocultar esas marcas de dolor y evitar reabrir la herida de la vergüenza?
Sin embargo, el Evangelio dice que, al ver al Señor, los discípulos se alegraron (cf. Jn 20,20). La razón es profunda: Jesús está ahora plenamente reconciliado con todo lo que ha sufrido. No hay sombra de rencor. Las heridas no sirven para reprochar, sino para confirmar un amor más fuerte que cualquier infidelidad. Son la prueba de que, precisamente en el momento de nuestro fracaso, Dios no se echó atrás. No renunció a nosotros.
Así, el Señor se muestra desnudo y desarmado. No exige, no chantajea. El suyo es un amor que no humilla; es la paz de quien ha sufrido por amor y ahora puede afirmar finalmente que ha valido la pena.
Nosotros, en cambio, a menudo enmascaramos nuestras heridas por orgullo o por miedo a parecer débiles. Decimos «no importa», «todo es pasado», pero en realidad no estamos en paz con las traiciones que nos han herido. A veces preferimos ocultar nuestra dificultad para perdonar para no parecer vulnerables y no correr el riesgo de sufrir de nuevo. Jesús no. Él ofrece sus heridas como garantía de perdón. Y muestra que la Resurrección no es la cancelación del pasado, sino su transfiguración en una esperanza de misericordia.
Luego, el Señor repite: «¡La paz sea con vosotros!». Y añade: «Como el Padre me envió, así os envío yo» (v. 21). Con estas palabras, confía a los apóstoles una tarea que no es tanto un poder como una responsabilidad: ser instrumentos de reconciliación en el mundo. Como si dijera: «¿Quién podrá anunciar el rostro misericordioso del Padre, si no vosotros, que habéis experimentado el fracaso y el perdón?».
Jesús sopla sobre ellos y les da el Espíritu Santo (v. 22). Es el mismo Espíritu que lo sostuvo en la obediencia al Padre y en el amor hasta la cruz. A partir de ese momento, los apóstoles ya no podrán callar lo que han visto y oído: que Dios perdona, levanta, devuelve la confianza.
Este es el corazón de la misión de la Iglesia: no administrar un poder sobre los demás, sino comunicar la alegría de quien ha sido amado precisamente cuando no lo merecía. Es la fuerza que ha hecho nacer y crecer a la comunidad cristiana: hombres y mujeres que han descubierto la belleza de volver a la vida para poder donarla a los demás.
Queridos hermanos y hermanas, también nosotros somos enviados. También a nosotros el Señor nos muestra sus heridas y nos dice: La paz sea con vosotros. No tengáis miedo de mostrar vuestras heridas sanadas por la misericordia. No temáis acercaros a quienes están encerrados en el miedo o en el sentido de culpa. Que el soplo del Espíritu nos haga también a nosotros testigos de esta paz y de este amor más fuerte que cualquier derrota.