
Queridos hermanos y hermanas,
la pregunta con la que concluye el Evangelio que acabamos de proclamar abre nuestra reflexión: «¿Encontrará el Hijo del hombre la fe en la tierra cuando venga?». (Lc 18,8). Esta pregunta nos revela lo que es más precioso a los ojos del Señor: la fe, es decir, el vínculo de amor entre Dios y el hombre. Hoy mismo tenemos ante nosotros a siete testigos, los nuevos santos y santas, que con la gracia de Dios han mantenido encendida la lámpara de la fe, es más, se han convertido ellos mismos en lámparas capaces de difundir la luz de Cristo.
Frente a los grandes bienes materiales y culturales, científicos y artísticos, la fe destaca no porque estos sean despreciables, sino porque sin fe pierden sentido. La relación con Dios es de suma importancia porque Él creó todas las cosas de la nada, al principio de los tiempos, y salva de la nada todo lo que en el tiempo termina. Una tierra sin fe estaría poblada por hijos que viven sin Padre, es decir, por criaturas sin salvación.
Por eso Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, se pregunta sobre la fe: si desapareciera del mundo, ¿qué pasaría? El cielo y la tierra permanecerían como antes, pero ya no habría esperanza en nuestro corazón; la libertad de todos sería derrotada por la muerte; nuestro deseo de vida se precipitaría en la nada. Sin fe en Dios, no podemos esperar la salvación. La pregunta de Jesús nos inquieta, sí, pero solo si olvidamos que es el mismo Jesús quien la pronuncia. Las palabras del Señor, de hecho, siguen siendo siempre evangelio, es decir, anuncio gozoso de salvación. Esta salvación es el don de la vida eterna que recibimos del Padre, por medio del Hijo, con la fuerza del Espíritu Santo.
Queridos hermanos, precisamente por eso Cristo habla a sus discípulos de la «necesidad de orar siempre, sin cansarse nunca» (Lc 18,1): como no nos cansamos de respirar, ¡así tampoco nos cansemos de orar! Como el aliento sostiene la vida del cuerpo, así la oración sostiene la vida del alma: la fe, de hecho, se expresa en la oración y la oración auténtica vive de la fe.
Jesús nos indica este vínculo con una parábola: un juez permanece sordo ante las insistentes peticiones de una viuda, cuya insistencia le lleva, finalmente, a actuar. A primera vista, esa tenacidad se convierte para nosotros en un bello ejemplo de esperanza, especialmente en tiempos de prueba y tribulación. Sin embargo, la perseverancia de la mujer y el comportamiento del juez, que actúa de mala gana, preparan una provocadora pregunta de Jesús: Dios, el Padre bueno, «¿no hará justicia a sus elegidos, que claman día y noche hacia él?» (Lc 18,7).
Hagamos resonar estas palabras en nuestra conciencia: el Señor nos pregunta si creemos que Dios es un juez justo para con todos. El Hijo nos pregunta si creemos que el Padre siempre quiere nuestro bien y la salvación de cada persona. A propósito, dos tentaciones ponen a prueba nuestra fe: la primera se nutre del escándalo del mal, llevándonos a pensar que Dios no escucha el llanto de los oprimidos y no tiene piedad del dolor inocente. La segunda tentación es la pretensión de que Dios debe actuar como nosotros queremos: la oración cede entonces el lugar a una orden a Dios, para enseñarle cómo ser justo y eficaz.
De ambas tentaciones nos libera Jesús, testigo perfecto de la confianza filial. Él es el inocente que, sobre todo durante su pasión, reza así: «Padre, hágase tu voluntad» (cf. Lc 22,42). Son las mismas palabras que el Maestro nos entrega en la oración del Padre Nuestro. Pase lo que pase, Jesús se entrega como Hijo al Padre; por eso nosotros, como hermanos y hermanas en su nombre, proclamamos: «Es verdaderamente bueno y justo, nuestro deber y fuente de salvación, darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno, por Cristo nuestro Señor» (Misal Romano, Plegaria Eucarística II, Prefacio).
La oración de la Iglesia nos recuerda que Dios hace justicia a todos, dando su vida por todos. Así, cuando clamamos al Señor: «¿Dónde estás?», transformamos esta invocación en oración y entonces reconocemos que Dios está allí donde sufre el inocente. La cruz de Cristo revela la justicia de Dios. Y la justicia de Dios es el perdón: Él ve el mal y lo redime, tomándolo sobre sí. Cuando estamos crucificados por el dolor y la violencia, por el odio y la guerra, Cristo ya está allí, en la cruz por nosotros y con nosotros. No hay llanto que Dios no consuele; no hay lágrima que esté lejos de su corazón. El Señor nos escucha, nos abraza tal como somos, para transformarnos como Él es. Quien, en cambio, rechaza la misericordia de Dios, sigue siendo incapaz de misericordia hacia el prójimo. Quien no acoge la paz como un don, no sabrá dar la paz.
Queridos hermanos, comprendamos ahora que las preguntas de Jesús son una vigorosa invitación a la esperanza y a la acción: cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la providencia de Dios? Es esta fe, de hecho, la que sostiene nuestro compromiso con la justicia, precisamente porque creemos que Dios salva al mundo por amor, liberándonos del fatalismo. Preguntémonos, pues: cuando sentimos la llamada de quienes están en dificultad, ¿somos testigos del amor del Padre, como lo fue Cristo hacia todos? Él es el humilde que llama a los poderosos a la conversión, el justo que nos hace justos, como atestiguan los nuevos santos de hoy: no héroes, ni paladines de algún ideal, sino hombres y mujeres auténticos.
Estos fieles amigos de Cristo son mártires por su fe, como el obispo Ignacio Choukrallah Maloyan y el catequista Pedro To Rot; son evangelizadores y misioneros, como sor María Troncatti; son fundadoras carismáticas, como sor Vincenza María Poloni y sor Carmen Rendiles Martínez; con su corazón ardiente de devoción, son benefactores de la humanidad, como Bartolo Longo y José Gregorio Hernández Cisneros. Que su intercesión nos asista en las pruebas y su ejemplo nos inspire en la vocación común a la santidad. Mientras somos peregrinos hacia esta meta, oremos sin cansarnos, firmes en lo que hemos aprendido y creemos firmemente (cf. 2Tm 3,14). La fe en la tierra sostiene así la esperanza del cielo.