
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! ¡Y bienvenidos a todos!
La resurrección de Jesucristo es un acontecimiento que nunca dejamos de contemplar y meditar, y cuanto más lo profundizamos, más nos llena de asombro, nos atrae, como una luz insoportable y al mismo tiempo fascinante. Fue una explosión de vida y alegría que cambió el sentido de toda la realidad, de negativo a positivo; sin embargo, no ocurrió de manera espectacular, y mucho menos violenta, sino suave, oculta, se diría humilde.
Hoy reflexionaremos sobre cómo la resurrección de Cristo puede curar una de las enfermedades de nuestro tiempo: la tristeza. Invasiva y difusa, la tristeza acompaña los días de muchas personas. Se trata de un sentimiento de precariedad, a veces de profunda desesperación, que invade el espacio interior y parece prevalecer sobre cualquier impulso de alegría.
La tristeza le quita sentido y vigor a la vida, que se convierte en un viaje sin dirección y sin significado. Esta experiencia tan actual nos remite al famoso relato del Evangelio de Lucas (24, 13-29) sobre los dos discípulos de Emaús. Decepcionados y desanimados, se marchan de Jerusalén, dejando atrás las esperanzas depositadas en Jesús, que ha sido crucificado y sepultado. En sus primeras líneas, este episodio se presenta como un paradigma de la tristeza humana: el fin de la meta en la que se habían invertido tantas energías, la destrucción de lo que parecía esencial en la propia vida. La esperanza se ha desvanecido, la desolación se ha apoderado del corazón. Todo ha implosionado en muy poco tiempo, entre el viernes y el sábado, en una dramática sucesión de acontecimientos.
La paradoja es realmente emblemática: este triste viaje de derrota y retorno a la normalidad se realiza el mismo día de la victoria de la luz, de la Pascua que se ha consumado plenamente. Los dos hombres dan la espalda al Gólgota, al terrible escenario de la cruz aún grabado en sus ojos y en sus corazones. Todo parece perdido. Hay que volver a la vida anterior, con perfil bajo, esperando no ser reconocidos.
En cierto momento, un viajero se acerca a los dos discípulos, tal vez uno de los muchos peregrinos que han estado en Jerusalén para la Pascua. Es Jesús resucitado, pero ellos no lo reconocen. La tristeza nubla su mirada, borra la promesa que el Maestro había hecho varias veces: que sería asesinado y que al tercer día resucitaría. El desconocido se acerca y se muestra interesado en lo que están diciendo. El texto dice que los dos «se detuvieron, con el rostro triste» (Lc 24,17). El adjetivo griego utilizado describe una tristeza integral: en sus rostros se refleja la parálisis del alma.
Jesús los escucha, les deja desahogar su decepción. Luego, con gran franqueza, los reprende por ser «necios e insensibles de corazón, por no creer en todo lo que han dicho los profetas» (v. 25), y a través de las Escrituras les demuestra que Cristo debía sufrir, morir y resucitar. En los corazones de los dos discípulos se reaviva el calor de la esperanza, y entonces, cuando ya cae la tarde y llegan a su destino, invitan al misterioso compañero a quedarse con ellos.
Jesús acepta y se sienta a la mesa con ellos. Luego toma el pan, lo parte y lo ofrece. En ese momento, los dos discípulos lo reconocen... pero Él desaparece inmediatamente de su vista (vv. 30-31). El gesto del pan partido reabre los ojos del corazón, ilumina de nuevo la vista nublada por la desesperación. Y entonces todo se aclara: el camino compartido, la palabra tierna y fuerte, la luz de la verdad... Inmediatamente se reaviva la alegría, la energía vuelve a fluir en los miembros cansados, la memoria vuelve a ser agradecida. Y los dos regresan rápidamente a Jerusalén, para contarlo todo a los demás.
«El Señor ha resucitado verdaderamente» (cf. v. 34). En este adverbio, verdaderamente, se cumple el destino seguro de nuestra historia como seres humanos. No en vano es el saludo que los cristianos se intercambian el día de Pascua. Jesús no ha resucitado con palabras, sino con hechos, con su cuerpo que conserva las marcas de la pasión, sello perenne de su amor por nosotros. La victoria de la vida no es una palabra vana, sino un hecho real, concreto.
La alegría inesperada de los discípulos de Emaús sea para nosotros un dulce recordatorio cuando el camino se hace difícil. Es el Resucitado quien cambia radicalmente la perspectiva, infundiendo la esperanza que llena el vacío de la tristeza. En los senderos del corazón, el Resucitado camina con nosotros y por nosotros. Da testimonio de la derrota de la muerte, afirma la victoria de la vida, a pesar de las tinieblas del Calvario. La historia aún tiene mucho que esperar en el bien.
Reconocer la Resurrección significa cambiar la mirada sobre el mundo: volver a la luz para reconocer la Verdad que nos ha salvado y nos salva. Hermanas y hermanos, permanezcamos vigilantes cada día en el asombro de la Pascua de Jesús resucitado. ¡Solo Él hace posible lo imposible!