
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Y bienvenidos todos.
La Pascua de Jesús no es un acontecimiento que pertenezca a un pasado lejano, ya sedimentado en la tradición como tantos otros episodios de la historia humana. La Iglesia nos enseña a hacer memoria actualizada de la Resurrección cada año en el Domingo de Pascua y cada día en la celebración eucarística, durante la cual se realiza de manera plena la promesa del Señor resucitado: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).
Por eso, el misterio pascual constituye el eje de la vida del cristiano, alrededor del cual giran todos los demás acontecimientos. Podemos decir entonces, sin irenismo ni sentimentalismo, que cada día es Pascua. ¿De qué manera?
Vivimos, hora tras hora, muchas experiencias diferentes: dolor, sufrimiento, tristeza, entremezclados con alegría, asombro, serenidad. Pero a través de cada situación, el corazón humano anhela la plenitud, una felicidad profunda. Una gran filósofa del siglo XX, santa Teresa Benedicta de la Cruz, cuyo nombre de pila era Edith Stein, que profundizó mucho en el misterio de la persona humana, nos recuerda este dinamismo de búsqueda constante de la plenitud. «El ser humano —escribe— siempre anhela volver a recibir el don del ser, para poder aprovechar lo que el momento le da y al mismo tiempo le quita» (Essere finito ed Essere eterno. Per una elevazione al senso dell’essere, Roma 1998, 387). Estamos inmersos en la limitación, pero también nos esforzamos por superarla.
El anuncio pascual es la noticia más bella, alegre y conmovedora que jamás haya resonado a lo largo de la historia. Es el «Evangelio» por excelencia, que da testimonio de la victoria del amor sobre el pecado y de la vida sobre la muerte, y por eso es el único capaz de saciar la demanda de sentido que inquieta nuestra mente y nuestro corazón. El ser humano está animado por un movimiento interior, tendido hacia un más allá que lo atrae constantemente. Ninguna realidad contingente lo satisface. Tendemos hacia el infinito y lo eterno. Esto contrasta con la experiencia de la muerte, anticipada por los sufrimientos, las pérdidas, los fracasos. De la muerte «nullu homo vivente po skampare», canta San Francisco (cf. Cántico del hermano sol).
Todo cambia gracias a aquella mañana en la que las mujeres, que habían ido al sepulcro para ungir el cuerpo del Señor, lo encontraron vacío. La pregunta que hicieron los Magos, llegados de Oriente a Jerusalén: «¿Dónde está el que ha nacido, el rey de los judíos?» (Mt 2,1-2), encuentra su respuesta definitiva en las palabras del misterioso joven vestido de blanco que habla a las mujeres en la madrugada pascual: «Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado» (Mc 16,6).
Desde aquella mañana hasta hoy, cada día, Jesús tendrá también este título: el Viviente, como él mismo se presenta en el Apocalipsis: «Yo soy el Primero y el Último, y el Viviente. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre» (Ap 1,17-18). Y en Él tenemos la seguridad de poder encontrar siempre la estrella polar hacia la que dirigir nuestra vida de aparente caos, marcada por hechos que a menudo nos parecen confusos, inaceptables, incomprensibles: el mal, en sus múltiples facetas, el sufrimiento, la muerte, acontecimientos que nos afectan a todos y a cada uno. Meditando el misterio de la Resurrección, encontramos respuesta a nuestra sed de sentido.
Ante nuestra frágil humanidad, el anuncio pascual se convierte en cuidado y curación, alimenta la esperanza frente a los retos aterradores que la vida nos plantea cada día a nivel personal y planetario. En la perspectiva de la Pascua, el Vía Crucis se transfigura en Vía Lucis. Necesitamos saborear y meditar la alegría después del dolor, volver a recorrer con nueva luz todas las etapas que precedieron a la Resurrección.
La Pascua no elimina la cruz, sino que la vence en el prodigioso duelo que cambió la historia de la humanidad. También nuestro tiempo, marcado por tantas cruces, invoca el amanecer de la esperanza pascual. La Resurrección de Cristo no es una idea, una teoría, sino el Acontecimiento que fundamenta la fe. Él, el Resucitado, por medio del Espíritu Santo, sigue recordándonoslo, para que podamos ser sus testigos incluso allí donde la historia humana no ve luz en el horizonte. La esperanza pascual no defrauda. Creer verdaderamente en la Pascua a través del camino cotidiano significa revolucionar nuestra vida, ser transformados para transformar el mundo con la fuerza mansa y valiente de la esperanza cristiana.