
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Creer en la muerte y resurrección de Cristo y vivir la espiritualidad pascual infunde esperanza en la vida y anima a invertir en el bien. En particular, nos ayuda a amar y alimentar la fraternidad, que es sin duda uno de los grandes retos de la humanidad contemporánea, como ha visto claramente el Papa Francisco.
La fraternidad nace de un dato profundamente humano. Somos capaces de relacionarnos y, si queremos, sabemos construir vínculos auténticos entre nosotros. Sin relaciones, que nos sostienen y nos enriquecen desde el comienzo de nuestra vida, no podríamos sobrevivir, crecer, aprender. Son múltiples, diferentes en modalidad y profundidad. Pero lo cierto es que nuestra humanidad se realiza mejor cuando estamos y vivimos juntos, cuando logramos experimentar vínculos auténticos, no formales, con las personas que nos rodean. Si nos encerramos en nosotros mismos, corremos el riesgo de enfermar de soledad, e incluso de un narcisismo que se preocupa por los demás solo por interés. El otro se reduce entonces a alguien de quien tomar, sin que estemos nunca realmente dispuestos a dar, a entregarnos.
Sabemos bien que, incluso hoy, la fraternidad no es algo que se dé por sentado, no es inmediata. Muchos conflictos, tantas guerras esparcidas por el mundo, tensiones sociales y sentimientos de odio parecerían demostrar lo contrario. Sin embargo, la fraternidad no es un hermoso sueño imposible, no es un deseo de unos pocos ilusos. Pero para superar las sombras que la amenazan, hay que ir a las fuentes y, sobre todo, sacar luz y fuerza de Aquel que solo nos libera del veneno de la enemistad.
La palabra «hermano» deriva de una raíz muy antigua, que significa cuidar, tener en el corazón, sostener y mantener. Aplicada a cada persona humana, se convierte en un llamamiento, una invitación. A menudo pensamos que el papel de hermano o hermana remite al parentesco, a ser consanguíneos, a formar parte de la misma familia. En realidad, sabemos bien cómo los desacuerdos, las fracturas y, a veces, el odio pueden devastar incluso las relaciones entre parientes, y no solo entre extraños.
Esto demuestra la necesidad, hoy más urgente que nunca, de reconsiderar el saludo con el que San Francisco de Asís se dirigía a todos, independientemente de su procedencia geográfica y cultural, religiosa o doctrinal: «omnes fratres» (todos hermanos) era la forma inclusiva con la que San Francisco ponía en el mismo plano a todos los seres humanos, precisamente porque los reconocía en el destino común de dignidad, diálogo, acogida y salvación. El papa Francisco ha retomado este enfoque del Poverello de Asís, valorando su actualidad después de 800 años, en la encíclica Fratelli tutti.
Ese «todos», que para San Francisco significaba el signo acogedor de una fraternidad universal, expresa un rasgo esencial del cristianismo, que desde el principio ha sido el anuncio de la Buena Nueva destinada a la salvación de todos, nunca de forma exclusiva o privada. Esta fraternidad se basa en el mandamiento de Jesús, que es nuevo en cuanto realizado por Él mismo, cumplimiento sobreabundante de la voluntad del Padre: gracias a Él, que nos ha amado y se ha entregado por nosotros, nosotros podemos a nuestra vez amarnos y dar la vida por los demás, como hijos del único Padre y verdaderos hermanos en Jesucristo.
Jesús nos ha amado hasta el final, dice el Evangelio de Juan (cf. 13,1). Cuando se acerca la pasión, el Maestro sabe bien que su tiempo histórico está a punto de concluir. Teme lo que está a punto de suceder, experimenta el tormento más terrible y el abandono. Su resurrección, al tercer día, es el comienzo de una nueva historia. Y los discípulos se convierten plenamente en hermanos, después de tanto tiempo de vida juntos, no solo cuando viven el dolor de la muerte de Jesús, sino, sobre todo, cuando lo reconocen como el Resucitado, reciben el don del Espíritu y se convierten en testigos de él.
Los hermanos y hermanas se sostienen mutuamente en las pruebas, no dan la espalda a quienes están necesitados: lloran y se alegran juntos en la perspectiva activa de la unidad, la confianza y la entrega mutua. La dinámica es la que Jesús mismo nos da: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (cf. Jn 15,12). La fraternidad que nos ha dado Cristo, muerto y resucitado, nos libera de la lógica negativa del egoísmo, de las divisiones, de la prepotencia, y nos devuelve a nuestra vocación original, en nombre de un amor y una esperanza que se renuevan cada día. El Resucitado nos ha indicado el camino que debemos recorrer junto a Él, para sentirnos y ser «todos hermanos».