
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
La vida humana se caracteriza por un movimiento constante que nos empuja a hacer, a actuar. Hoy en día se exige en todas partes rapidez para conseguir resultados óptimos en los ámbitos más diversos. ¿De qué manera la resurrección de Jesús ilumina este aspecto de nuestra experiencia? Cuando participemos en su victoria sobre la muerte, ¿descansaremos? La fe nos dice: sí, descansaremos. No estaremos inactivos, sino que entraremos en el descanso de Dios, que es paz y alegría. Bien, ¿solo tenemos que esperar, o esto puede cambiarnos desde ahora?
Estamos absortos en tantas actividades que no siempre nos satisfacen. Muchas de nuestras acciones tienen que ver con cosas prácticas, concretas. Tenemos que asumir la responsabilidad de muchos compromisos, resolver problemas, afrontar fatigas. También Jesús se involucró con las personas y con la vida, sin escatimar esfuerzos, sino entregándose hasta el final. Sin embargo, a menudo percibimos que el exceso de actividad, en lugar de darnos plenitud, se convierte en un torbellino que nos aturde, nos quita la serenidad y nos impide vivir mejor lo que es realmente importante para nuestra vida. Entonces nos sentimos cansados, insatisfechos: el tiempo parece dispersarse en mil cosas prácticas que, sin embargo, no resuelven el significado último de nuestra existencia. A veces, al final de días llenos de actividades, nos sentimos vacíos. ¿Por qué? Porque no somos máquinas, tenemos un «corazón», es más, podemos decir que somos un corazón.
El corazón es el símbolo de toda nuestra humanidad, la síntesis de pensamientos, sentimientos y deseos, el centro invisible de nuestra persona. El evangelista Mateo nos invita a reflexionar sobre la importancia del corazón, al citar esta hermosa frase de Jesús: «Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,21).
Por lo tanto, es en el corazón donde se conserva el verdadero tesoro, no en las cajas fuertes de la tierra, ni en las grandes inversiones financieras, hoy más que nunca descabelladas e injustamente concentradas, idolatradas a costa del sangriento precio de millones de vidas humanas y de la devastación de la creación de Dios.
Es importante reflexionar sobre estos aspectos, porque en los numerosos compromisos que afrontamos continuamente, cada vez es mayor el riesgo de dispersión, a veces de desesperación, de falta de sentido, incluso en personas aparentemente exitosas. En cambio, leer la vida bajo el signo de la Pascua, mirarla con Jesús Resucitado, significa encontrar el acceso a la esencia de la persona humana, a nuestro corazón: cor inquietum. Con este adjetivo «inquieto», san Agustín nos hace comprender el impulso del ser humano que tiende a su plena realización. La frase completa remite al comienzo de las Confesiones, donde Agustín escribe: «Señor, tú nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (I, 1,1).
La inquietud es la señal de que nuestro corazón no se mueve al azar, de forma desordenada, sin un fin o un objetivo, sino que está orientado hacia su destino último, el de «volver a casa». Y el auténtico destino del corazón no consiste en la posesión de los bienes de este mundo, sino en alcanzar lo que puede colmarlo plenamente, es decir, el amor de Dios, o mejor dicho, Dios Amor. Sin embargo, este tesoro solo se encuentra amando al prójimo que se encuentra en el camino: los hermanos y hermanas de carne y hueso, cuya presencia interpela e interroga a nuestro corazón, llamándolo a abrirse y a donarse. El prójimo te pide que reduzcas la velocidad, que lo mires a los ojos, a veces que cambies de planes, tal vez incluso que cambies de dirección.
Queridos hermanos, he aquí el secreto del movimiento del corazón humano: volver a la fuente de su ser, disfrutar de la alegría que no falla, que no defrauda. Nadie puede vivir sin un significado que vaya más allá de lo contingente, más allá de lo que pasa. El corazón humano no puede vivir sin esperanza, sin saber que está hecho para la plenitud, no para la carencia.
Jesucristo, con su Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección, ha dado un fundamento sólido a esta esperanza. El corazón inquieto no se verá decepcionado si entra en el dinamismo del amor para el que ha sido creado. El destino es seguro, la vida ha vencido y en Cristo seguirá venciendo en cada muerte cotidiana. Esta es la esperanza cristiana: ¡bendigamos y demos gracias siempre al Señor que nos la ha dado!