Alfa & Omrga, 23/04/06 (España) - No hay niño en el mundo que no esté dispuesto a cambiar todas las actividades habidas y por haber por la compañía de alguien capaz de arrancarle su sonrisa más verdadera. Si nunca puede negarse la experiencia de que no es bueno que el hombre esté solo, como dice Dios en el relato bíblico de la Creación, se hace especialmente evidente en el caso del niño.
No son las cosas, sino el amor de donde nacen lo que llena la vida. Arrancas ese amor, y la vida se destruye, por mucho que intentes llenarla de cosas, de ruido o de actividades mil. Cada día es más temprana la edad de los usuarios de todo tipo de artilugios electrónicos, ¡de la era de la comunicación!, pero, de hecho, a la inmensa mayoría incomunican y aíslan. Si ser adulto es haber crecido en la capacidad de amar, es decir, de vivir en plenitud esa compañía capaz de arrancar en los demás la mejor de las sonrisas; si ser adulto, en definitiva, es crecer en la verdad más honda que constituye el alma humana, sedienta de un amor sin fin, ¿cómo llegarán a serlo unos niños a los que se les trata de arrancar el alma?
La caridad «es siempre algo más que una simple actividad... La actuación práctica resulta insuficiente si en ella no se puede percibir el amor por el hombre... Para que el don no humille al otro, no solamente debo darle algo mío, sino a mí mismo». Estas palabras de la encíclica de Benedicto XVI Dios es amor desvelan de modo magistral el secreto de la vida, que precisamente en los niños tiene su más acabado retrato. «Éste es un modo de servir -continúa el Papa- que hace humilde al que sirve. No adopta una posición de superioridad ante el otro, por miserable que sea momentaneamente su situación.
Cristo ocupó el último puesto en el mundo -la cruz-, y precisamente con esta humildad radical nos ha redimido». La advertencia de Jesús: «Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos», no son ciertamente palabras vacías, ¡ni mucho menos! Por eso es doblemente terrible la trágica situación de nuestra sociedad contemporánea, en la que no sólo falta en los adultos esa indispensable sencillez de corazón de los niños, sino que hasta se les trata de borrar de su alma a los propios niños.
Tampoco eran vanas las palabras de Jesús a sus discípulos que, precisamente, dieron pie a la citada advertencia: «Dejad que los niños se acerquen a mí». ¿Quién aprende de quién? ¿Acaso no son los hijos quienes hacen a los padres realmente tales? ¡Y de tal modo, que dar la espalda al modelo que un hijo es para todo padre es lo que a éste le destruye, no ya como padre, sino como ser humano en su más elemental verdad! Es muy elocuente la constatación que hacen pedagogos y psiquiatras de las causas de tanto fracaso infantil, escolar, familiar y social en todos los órdenes: no son problemas en su inteligencia o en su psicología, es sólo «un montaje de vida inhumana».
Mientras, por ejemplo, se acorta de un modo desmedido la jornada laboral a los adultos, a los niños se les alarga de un modo más desmedido aún; y cuando la relación humana podría acrecentarse, no sólo se frustra en el adulto cuya merma de trabajo no da paso a una compañía humana sino a mayores aislamientos, sino que se obstaculiza en el niño, no dejándole, precisamente, ser niño, ¡el único modo de llegar a ser un adulto verdaderamente humano!
Constatan asimismo pedagogos y psiquiatras que los niños «se están apropiando de modelos adultos», precisamente porque ser como niños ha dejado de considerarse modélico. Si hoy el modelo adulto ha dejado de ser el bien, la verdad y la belleza, ¿cómo van a adherirse a ellos unos niños que no tienen dónde encontrarlos? ¡Cuántos padres se rasgan las vestiduras ante sus hijos cuando han sido incapaces de rasgar su corazón ante el mal, la mentira y todo tipo de corrupción! Si no los quieren para sus hijos, ¿cómo es que los quieren para ellos? Han dejado de ver la vida. Sólo ven cosas.
Es revelador que no sean, en general, los más pudientes económicamente los que tienen más hijos, y esto en España tiene un inmenso valor añadido, dada la falta de ayuda estatal a la familia, ¡hasta la extenuación!, sobre todo a las familias numerosas. No es el dinero, no son las cosas, en efecto, lo que hace gustar de veras de la vida. Sólo la hace gustar la Vida misma. Si no somos capaces de verla en los niños, ya en el seno de su madre, ya en el primer instante de su estado embrionario, ¿qué clase de futuro puede esperarnos? Y es que en los niños, en los que haciéndose como niños se hacen criaturas nuevas en Cristo resucitado, está la vida en plenitud.