Alfa & Omega, 12/06/06 - Pequeñas cosas hechas con amor», solía decir la Madre Teresa. Así se conformaba el día a día para ella, y así se lo transmitía a sus hijas, las Misioneras de la Caridad. Y a base de estas pequeñas cosas, tan aparentemente inofensivas y minúsculas, una fundación de tan sólo cincuenta años cuenta hoy con unas cinco mil hermanas repartidas por el mundo entero, siempre acudiendo a los más pobres de entre los pobres, tanto en los países ricos como en los menos afortunados.
Porque la Madre Teresa dejó bien claro que también en las grandes y modernas ciudades del primer mundo había pobres de solemnidad, quizá distintos a los que uno se encuentra en los suburbios de Calcuta o de Johannesburgo, pero pobres y necesitados, al fin y al cabo. Y en medio de ellos, las hermanas, ellas sí, idénticamente pobres en Nueva York y en Maputo, en San Francisco y en La Habana. Siempre fieles al carisma que la Madre Teresa les legó.
Quizá por esa fidelidad, hoy las Misioneras de la Caridad son un fenómeno vocacional que llama la atención en estos tiempos. 259 aspirantes, 248 novicias, 174 postulantes...
-«Yo no le puedo explicar por qué tenemos tantas vocaciones, eso sólo lo sabe Dios...» Me dice sonriendo Sister Céline, la superiora de la casa que las Misioneras tienen en Madrid, ya hace 25 años.
-«Bueno -le contesto-, yo no le pido que me explique por qué, sólo quiero que me cuente un poco cómo es la formación de una Misionera de la Caridad, cómo llega a hacer los votos, cómo es el proceso... Estoy segura de que a muchas personas les gustaría conocerlas un poco más a fondo...».
Que la superiora de la casa de Madrid nos concediera una entrevista nos ha costado su trabajo. «No es nuestro carisma conceder entrevistas...» Se excusa Sister Celine, con su sonrisa constante y un tono de voz acogedor. Lleva ya un año en Madrid y habla español con fluidez, teniendo en cuenta que procede del sur de la India.
«Antes, cuando una joven tenía vocación, y vivía la Madre Teresa, como éramos muchas menos, solíamos escribirle una carta a ella -comienza a contarme la hermana-. Hoy en día hay tantas casas en el mundo que muchas jóvenes se acercan a nosotros para hacer labores de voluntariado. De esta manera nos conocen, ven lo que hacemos y cómo es nuestro carisma.
Si una joven ve que puede tener una vocación, habla con las hermanas y viene a hacer una experiencia, que nosotros llamamos Come and see (Venid y veréis). Son quince días, y consiste en vivir junto a nosotras la oración, el trabajo, la comida..., todo, excepto la noche. Si, finalmente, ella ve claramente su vocación, y nosotros también lo vemos, habla con la Hermana General, o la Provincial.
Tenemos un año de aspirantado, otro de postulantado, y dos de noviciado. Durante estos años, estudiamos fuertemente inglés, lengua con la que nos comunicamos entre nosotras y en la que estudiamos las demás materias. Aunque podemos tomarnos más tiempo, en principio, si todo va bien, a los cuatro años hacemos los primeros votos, los temporales. Después, a los seis años (aunque también pueden ser más) hacemos los perpetuos».
Me parece que Sister Celine comienza a estar más relajada. Me habla de las dificultades del mundo moderno para que la gente se entregue completamente a Dios. «¿Cómo es posible que la gente pueda vivir sin Dios?», se pregunta. Más tarde, hablamos de su propia vocación. Me gusta mirarle a esos ojos oscuros que tiene y que me cuentan que llega de un lugar muy lejano. Pienso cómo será su hogar y su familia, y sobre todo me pregunto si conoció a la Madre Teresa. De hecho, no me resisto.
-«¡Sí, sí la conocí...! Hace más de treinta años que la conocí... Yo iba a ingresar en otra congregación religiosa, pero al conocer a la Madre Teresa cambié de opinión... Ella me dijo que esperara seis meses, y después la escribiera... ¡Y no aguanté tanto tiempo! A los tres o cuatro meses la escribí... Y entré en la congregación».
-«¿Cómo era la Madre Teresa? ¿Era tan pequeñita como la recuerdo? ¿Tenía tanto carácter como dicen?», la pregunto.
La hermana sonríe y hace un gesto de susto: «¡Sí que tenía carácter!»
Claro, cómo no va a tener carácter una mujer cuyo ejemplo dio tantas vueltas al mundo. Y para nada era pequeñita. Sin ser una mujer alta, no era tan pequeña como parecía. ¡Vaya!
Entonces, la hermana se pone más seria, y yo también agudizo el oído: «Para nosotros, es muy importante mantener el carisma original que nos dejó la Madre Teresa, y que recibió directamente del Señor. Sé que no siempre nos comprenden desde fuera. Pero eso no nos importa. Es muy fácil llegar y, sin conocernos bien, recomendarnos lo que debemos hacer para, según sus criterios, modernizarnos y ser más eficaces. Nosotros somos pobres, aquí y en cualquier lugar del mundo. Por eso viajamos tanto: hoy podemos estar aquí, mañana en cualquier otro país. Y siempre viviremos de la misma manera y con el mismo carisma».
Yo le digo que me parece que, precisamente por esa fidelidad, tienen tantas vocaciones, y que creo que hacen lo que el Señor espera de ellas. Mis palabras entonces me parecen muy pequeñas. Pero creo que tengo razón.
A. Ll. P.