Santa Fe (Argentina) , 15 Jun. 06 (AICA) - Al finalizar su Evangelio san Mateo nos trasmite las últimas recomendaciones que Jesús le hizo a sus discípulos: “Vayan, les dice, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y concluye, yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt, 28, 19-20).
En estas palabras de despedida Jesús nos deja, podemos decir, su voluntad que se convierte en el camino de la comunidad que él ha fundado. Es más, esta misión que les encomienda será la señal o el signo de que el Evangelio está vivo en la humanidad. No podemos callar lo que hemos recibido, decían los primeros cristianos. La vida cristiana es tanto una misión recibida, como la celebración de esa misión. Dicho de otro modo, la palabra que hemos recibido y que estamos llamados a vivir y a predicar tiene que ser celebrada.
Esta celebración de la palabra son los sacramentos, que no son un registro para inscribirnos en una comunidad o un acontecimiento social, sino que son acciones sagradas que Jesucristo nos ha dejado en la Iglesia para comunicarnos su vida. La vida cristiana es, por ello, también una vida sacramental. Cada sacramento es un encuentro con el Señor, en los que él ha querido quedarse para caminar con nosotros.
Hoy quisiera detenerme a considerar algún aspecto del Bautismo, que es el primer sacramento. Cuánta alegría hay en una familia cuando se aproxima el día de un nacimiento. Todo comienza y todo continúa. Pero en el camino de esa familia hay algo nuevo, que les pertenece, pero que ya tiene una autonomía que lo hace una persona con su propia identidad y derechos. La familia es el ámbito propio y necesario de este misterio de la vida que nos sorprende, nos cautiva y compromete.
El Bautismo es el sacramento que Jesucristo nos ha dejado para acompañar cada nacimiento. En todo nacimiento nos encontramos con la obra creadora de Dios, la vida es obra de Dios, pero que está a la espera de ese encuentro nuevo y transformador con su Hijo, Jesucristo, que nos ha sido enviado para ser nuestro camino y nuestra vida. Yo diría que esta obra creadora de Dios sin el bautismo sería incompleta. El Bautismo no es algo exterior que le agregamos a un niño, sino que es darle lo que Dios ha enviado para él. Si la justicia es dar a cada uno lo que le corresponde, me atrevería a decir que el bautismo es un acto de justicia para con nuestros niños. Esto es lo que Jesucristo nos manda en el Evangelio. Con algo de dolor tengo que decirlo, este sacramento que antes estaba en el horizonte de las familias cristianas como una enseñanza de Jesucristo que nos alegraba y comprometía, hoy ha perdido algo de su fuerza, incluso ha dejado de estar presente..
Queridos amigos, qué bueno que volvamos nuestra mirada hacia aquello que Jesús nos ha traído como un regalo de Dios para nuestros niños, y tengamos el deseo de recibirlo y el valor de predicarlo. Reciban junto a mis oraciones y afecto, mi bendición de Padre y amigo.