Málaga, 28 oct (EFE).- Málaga, finales del XIX, el sol cae sobre la plaza de la Malagueta bajo los ojos de un niño, que, junto a su padre, contempla con detalle al picador para después plasmarlo en el papel. Así comienza la historia de un artista, Pablo Ruiz Picasso, que hizo de su afición la musa que inspiraría sus obras.
Las escenas de tauromaquia han sido una constante en la trayectoria del pintor que, como él, han evolucionado de uno a otro estilo "pasando del arte figurativo al más vanguardista", explicó a Efe Andrés Luque, profesor de Historia del Arte de la Universidad de Sevilla, quien intervino en el I Congreso Internacional en Defensa de la Cultura de la Tauromaquia en Málaga.
En su conferencia "Picasso y los toros", este especialista reveló la fascinación con que la que el artista se acercó al mundo de los toros con apenas 7 años y que le llevó a plasmar "de forma muy descriptiva" todo cuanto veía en la plaza, tanto la propia fiesta como cualquier escena anecdótica que viese a su alrededor".
Y es que, según Luque, Picasso "fue un excepcional aficionado" pues "parece increíble que un niño tan pequeño pudiese describir con tal precisión aspectos complejos del mundo del toreo", una afición que ha permitido conservar un legado "de lo más realista sobre la tauromaquia del siglo XIX".
Ya de adolescente, durante su estancia en Madrid, el pintor se interesa por los grandes maestros como Velázquez o El Greco, pero será Goya y su retrato de la tauromaquia quien le influya sobremanera hasta el punto de tratar de "reinterpretar su obra y superarla, añadiendo a las mismas escenas elementos propios del toreo de su época".
En esta etapa su dibujo seguirá siendo figurativo hasta cumplir los 30 años en tierras francesas, cuando el pintor, "desde la nostalgia", buscará darle a sus escenas taurinas la tercera dimensión a través del cubismo.
A pesar de estar lejos, el creador malagueño no abandonó su gusto por el toreo que le llevó continuamente a la plaza de Nimes para volver a sentir el ardor la fiesta nacional y que continuó inspirando sus obras, algunas de las cuales "pintaba en improvisadas servilletas que regalaba a sus amigos picadores y que luego éstos aprovechaban para vender".
Será en esta época cuando centre su atención en la figura del matador y en especial en la del que sería el centro de su admiración, José Gómez Ortega "Gallito", considerado el inventor del toreo moderno y que marcó un punto de inflexión en la trayectoria del malagueño, "pues su muerte le lleva a alejarse de la temática taurina durante más de diez años".
A su regreso, en la década de los 30, Picasso recupera el toro en sus cuadros en dos facetas: "una vinculada a los mitos mediterráneos, como el que aparece en el Guernica, y otra puramente taurina en el interior del ruedo".
De esta etapa, Luque resaltó el aire "pesimista y lúgubre" que envolverá a estas obras protagonizadas por toreros y toreras cogidos o muertos "en un intento por reflejar el drama humano de la guerra y desahogarse por la pérdida del que fuera su ídolo".
El artista "alcanzará la paz" al final de su vida cuando, a través de grabados, retome su visión primigenia de la tauromaquia, centrada en la corrida y en la representación genérica del torero, "hombres sin identidad a los que eleva a la categoría de héroes históricos", aunque inspirados en su incondicional amigo, el torero Luis Miguel Dominguín.